Aquí me tienen de nuevo, lo sé, ya lo sé, siempre voy con retraso. Mis promesas son como las películas de Isabel Coixet: no se aguantan por ningún lado. Aún así, confío en su infinita benevolencia y sus ganas de concederme el perdón sean cuales fueren mis pecados (que ya les adelanto que son muchos y variados).

 

La cuestión, permítanme que lo diga, es que he vuelto –aunque tarde- para cumplir eso que les dije de hablar de Sky fall, que –digámoslo ya- es uno de los tres mejores Bond de la historia (James Bond contra Goldfinger, Casino Royale y el que nos ocupa). Supongo que muchos de ustedes ya la habrán visto o estarán a punto de verla (francamente, no me cabe en la cabeza que haya más gente decidida a ver Lo imposible en lugar de ir a ver Skyfall. No voy a decir que la película de JA Bayon sea mala, Dios me libre, pero Skyfall es bastante más solida y mucho más disfrutable) así que si no lo han hecho léanme con precaución (aunque intentaré no soltar spoilers) y si la han visto ya no dejen de decirlo. Opinar es gratis señores y señoras… No sé por cuanto tiempo pero de momento es gratis.

 

Empecemos diciendo que Skyfall es una especie de homenaje al Bond más clásico volviendo a la raiz del personaje, que en algún momento se perdió entre tanto viaje y tanta tía buena y tanta botella de Bollinger. Ojo, no es que en esta entrega no haya de todo eso, pero ciertamente parece más accesorio que necesario: es decir, la trama no está focalizada en los parajes exóticos sino que son un simple instrumento para desarrollar la historia. Por otro lado, Bond vuelve a ser el cínico de siempre pero con un grado de madurez que le da al filme una textura completamente distinta, sublimada por ese –maravilloso- desenlace en tierras escocesas donde volvemos al mundo físico, ese donde los gadgets y las armas de gran calibre parecen futiles. Es en ese plano, mucho más material, más humano, menos ficcionalizado, donde se enroca la película de Sam Mendes. Hay drama, hay desarrollo de los personajes, hay introspección, hasta tal punto que los sets de acción (hay dos espectaculares) son lo que –al menos a mí- menos interesa al final.

 

Al contrario de lo que le pasaba al anterior filme de la saga, esa cosa llamada Quantum of solace, Skyfall tiene una fuertísima identidad dramática y los personajes son el núcleo de la acción, no la acción en sí. Eso pasa porque Mendes es un tipo que maneja con absoluta fruición los ejes emocionales de la trama y los articula para conseguir que sea eso lo que nos importe más allá de que Bond tenga una pistola que solo puede disparar él.

 

El equilibrio del guión en esos parámetros es lo que convierte Skyfall en una película de impresionante hondura dramática donde retrocedemos al pasado (esa visita al antiguo hogar de 007) para recomponer al presente. Jamás había habido un Bond tan personal, tan cercano al patio de butacas, de modo que el asesino cínico e impenetrable se muestra tan vulnerable como cualquiera de nosotros/as sin perder por ello la hombría que requiere su posición laboral.

 

Dicho de otro modo: James Bond no es aquí el inmortal al que resulta imposible eliminar y al que el malo revela los planes justo antes de ejecutarlos. No, Bond es aquí un tipo listo y letal pero que es perfectamente capaz de meter la pata hasta el fondo. En esa humanización del personaje, hecha a base de someterle a situaciones verosimiles y de enfrentarle a sus demonios, es lo mejor de una película que parece dirigida con escuadra y cartabón, donde ningún plano es gratuito. Es la diferencia entre tener a un botarate como Marc Foster (Quantum of Solace) o un director como la copa de un pino (Sam Mendes).

 

Me gusta mucho (mucho) la dicotomía entre M (la maravillosa Judy Dench) y 007. Creo que esa relación de igual a igual define perfectamente el recorrido vital de ambos, donde al final sólo la lealtad es un valor al alza en un mundo donde no puedes fiarte ni de tu propia sombra.

 

He dejado para el final a Javier Bardem. Se ha oído hablar mucho de su peluca y sus pintas pero –en mi inmodesta opinión- el español nos regala uno de los mejores villanos que la saga ha conocido: ese tipo de pose afeminada y voz de jilguero pero más peligroso que un bidón de nitroglicerina que no atesora ningún plan para la dominación mundial sino que –simplemente- acarrea la antorcha de la venganza. El primer encuentro entre Bond y Bardem es de lo más glorioso que veremos en el cine este año: una lección de mala hostia, con un –inesperado- momento de carga sexual que dará que hablar. Lo que me preocupa sobremanera es lo que el doblaje puede hacer con ese personaje: si algunos de ustedes/as la ha visto en español por favor manifiéstense. ¿Es creíble o lo han convertido en un señor gay rubio de tono caricaturesco?

 

Nada, que si ven ustedes Argo, la de Mel Gibson (Vacaciones en el infierno, que es cojonuda) y Skyfall, ya podrán presumir de haber visto CINE.

 

Ojo, en los tiempos que corren no es tan fácil…

 

Abrazos/as,

 

T.G.

 

 

 

 

 

 

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