Hace muchos años (uno que es mayor) recuerdo haber pasado momentos estupendos con la trilogía de Scream. La primera era simplemente magnífica, divertida, inteligente, un banquete para los cinéfilos a los que les gustaba verse retratados en parámetros –más o menos- intelectuales. La cosa iba (para aquellos/as que aún no disfrutaban del cine en aquella época sin mails, ni descargas, ni ninguna otra mandanga) de jóvenes, en su mayoría guapos y de buena posición social, asediados por un maniaco enmascarado –el legendario Ghostface- que se los cargaba uno a uno con la vieja metodología del slasher de toda la vida (un género que (re)inventó John Carpenter con La noche de Halloween).

Las rubias la palmaban, los morenos la palmaban, los pelirrojos la palmaban. El asesino parecía clarividente (y por supuesto inmortal… o algo parecido) y se subvertían –con mucha coña- las reglas básicas del género en eso tan bonito que los iniciados llaman metacine.

La cosa llegó hasta tres.

Luego murió porque algunas formulas caducan igual que los políticos (otros no caducan, simplemente se cuidan más el bigote y duermen envueltos en papel de plata, pero ese es otro tema) y llegaron otras propuestas que rozaban la indigencia cinematográfica. Por lo que se ve a los nuevos espectadores que les vacilen un poquito desde la pantalla grande no les va nada porque lo que les gusta en realidad es ver como atan a alguien a una silla y le meten una Black & Dekker por la oreja. Por eso Scream duró tres entregas y otros ya van por la diecisiete y en tres dimensiones y qué sé yo.

La cuestión es que Scream ha tardado pero ha vuelto y sinceramente debo decir que me lo pase fabulosamente bien viendo a mi querido Ghostface dedicarse a su desparrame habitual rodeado de gente que merece morir (cinematográficamente hablando) y de una estructura narrativa notable, buenos diálogos y un montón de guiños a los que seguimos creyendo que el cine de terror puede ser cojonudo.

Supongo que si el género estuviera ahora en buenas manos lo de Scream 4 me hubiera parecido una broma, un divertimento banal, pero la cosa es que en el país de los ciegos el tuerto es el rey y el tuerto de la mascara parece un emperador en este misero panorama de delirios explícitos y torturadores con una “L” en la espalda.

Así que no me queda más remedio que pedirles que si quieren pasar un buen rato se acerquen a ver a Ghostface a su cine más cercano (créanme, esta es una de esas películas que es algo más que resultona en pantalla grande y una solemne chorrada vista en un ordenador), cómprense un cubo de palomitas –si eso es lo que les va- y disfruten de lo que puede hacer un asesino competente con la actitud correcta y un cuchillo bien afilado.

También se ha estrenado Aguila Roja, una película vergonzante que trata de explotar el filón de la serie (también vergonzante) que parece haber capturado el corazón de la buena gente de este país. Es tan patético el resultado final que me da la impresión de que la única respuesta justa a tal despropósito hubiera sido quemarse a lo bonzo en la presentación para acto seguido correr a abrazar a los miembros del equipo que estuvieran a mano.

Aguila roja es cutre, salchichera, antigua, rústica, contrahecha, deforme, pésima y penosa. Es como si Richard Donner hubiera escogido a Juanito Navarro (E.P.D.) para interpretar a Superman y a Doña Croqueta para hacer de Lois Lane.

Un despropósito del tamaño del Titanic que seguro reinará en la taquilla, porque en España estamos orgullosos de nuestros desechos.

Abrazos/as,

T.G.

P.D.: si les apetece echarse una siestecita (pagando) pueden visionar el infumable panegírico que la infumable Isabel Coixet dedica al juez Garzón. Un consejito Isabel: deja lo de los documentales, no es lo tuyo.

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