Señores, señoras, ya he vuelto a casa. De los 26 grados de Dubai, su piscinita y su playa a los cinco de Barcelona, que ahora mismo parece un glaciar. Ya, ya sé que Madrid y el interior y el norte, y no se cuantos sitios más son aún peores, pero cada uno se queja de lo que puede.

En fin, les recomiendo que si algún día tienen pensado pasarse por Oriente Medio lo hagan en estas fechas porque de lo contrario necesitarán vestuario con aire acondicionado, algo que de momento no parece estar disponible en ninguna sastrería.

Pero a lo que iba, y lo que ha dado título a este post, es el visionado que hace un par de días -en Dubai- me lleno el alma de gozo cinéfilo, gozo del de verdad, sin asomo de cinismo o palabras vacuas, gozo en 35 milímetros… bueno, en video digital en este caso.

Hay películas que al acabar no es que le den a uno ganas de quitarse el sombrero es que le dan ganas de quitarse toda la ropa y correr por la sala golpeándose las orejas con las palmas de las manos gritando TATATATATA. Son esas cosas que pasan cuando la inspiración baja, te agarra por el cuello y te agarra por los mofletes hasta que te levanta del suelo. A mi personalmente me pone cachondo ver una película que me diga algo, que me haga sentir que formo parte de una realidad más grande que la mía propia o la de los que me rodean. Hoy me he levantado poético ya me disculparán.

Para ir al grano, la película de la que hablo se llama 127 horas y es el último trabajo de un realizador que siempre me ha gustado, aunque últimamente me gustara bastante menos. Su nombre es Danny Boyle y empezó su carrera cinematográfica con un filme llamado Trainspotting, que narraba las idas y venidas de un grupo de yonquis escoceses. Encontrar poesía con la heroína no era muy difícil, ya se sabe que la relación entre el arte y las sustancias “especiales” ha sido siempre muy estrecha. En cambio, encontrar poesía en lo que rodea a la heroína, en la suciedad, en la pobreza, en la miseria diaria de un drogadicto, parecía mucho más complejo. Sin embargo Trainspotting lo lograba de cabo a rabo.

Después vinieron otras con algunas cosas interesantes y otras que no tanto. Me gustaba la historia de La playa pero la ejecución no me intereso en absoluto. Me gustó –mucho- 28 días después y bastante menos Slum Dog Millionaire, pero siempre había en sus películas momentos de intensa brillantez, como aquella hora de hipnosis en clave de ciencia-ficción llamada Sunshine (después arruinada por un desenlace incomprensible, que parecía de otra película completamente distinta) o la estética de Millones, otra película con guión de papel de fumar.

Sin embargo con 127 horas Boyle firma –para este servidor de ustedes- la que pasa por ser su mejor película: madura, inteligente, humana, tremenda y brutal. No le sobra ni le falta nada, es sagaz y arrojada, rodada con la misma inconsciencia que arrastraría a un debutante pero con la mordacidad del que ya lo ha hecho y dicho todo. Su brillantez es tan indiscutible que hasta cuesta creer que algo tan intenso lo haya rodado un tipo de pulso tan irregular como Boyle. Será que le tenía ganas a la historia, digo yo.

La historia de 127 horas –y –el que no quiera tener detalles o ser informado más allá de lo que debería que deje de leer aquí mismo- gira en torno al periplo de Aron Ralston, un aventurero en permanente estado de sobreexcitación que un día, en una de sus escapadas en solitario naturaleza a través, tiene la mala suerte de darse de bruces con una gruta y una roca de grandes dimensiones. La primera le aloja y la segunda le atrapa. Con tan mala fortuna que aquello se convierte en su tumba.

Al menos eso parece, hasta que pasados cinco días y viéndose muerto Ralston opta por la solución que la parece más coherente: amputarse él mismo el brazo y largarse de allí a toda pastilla. Para el plan cuenta con una navajita de filo romo. Eso y ganas de vivir, con o sin brazo.

La historia –obvia decirlo- es real. La visualización de la misma es acojonante (perdonen mi castellano) con una de las utilizaciones más absolutamente fascinante que jamás se han hecho del formato digital. Boyle utiliza un guión lleno de recovecos (que no de agujeros) para meter emociones, rostros, chistes, lágrimas, sueños y una tonelada de silencios con vocación claustrofóbica, y lo hace con un estilo tan elegante, tan personal, que cuando sonríes lo haces de verdad y cuando te entristeces te dan ganas de apoyarte en el respaldo del asiento delantero y echarte a llorar.

Es una historia de superación (como no) y de la auténtica grandeza que reside en el interior de ser humano (o al menos de alguno/a), pero es –sobre todo- un cuento macabro con final feliz y retazos del “bigger than life”, ese concepto tan mal utilizado en el atribulado mundo del arte, esquivando al mismo tiempo todos trucos fáciles de papá Hollywood: como un futbolista que te amaga por la derecha y te dribla por la izquierda, sin darte tiempo a girar la cabeza.

Hasta en su utilización del video se esconde la sombra del temor: cuando el filme empieza vemos la utilización de la pantalla partida, aquello tan sobado y tan clásico, y nos asaltan las dudas de si aquello va a ser un refrito tipo MTV donde el continente ahoga al contenido. No hay ni un momento de videoclip en 127 horas y los que parece que podrían serlo o se disfrazan como tales acaban en realidad sacudiéndote en la cabeza con un martillo pilón, por desconfiado..

Lo cierto es que esta película todo tiene un propósito, una misión que cumplir.

Por eso cuando Ralston (encarnado por un majestuoso, memorable y magistral James Franco. Hay que ver como ha crecido este muchachito) recuerda a su hermana, se entrevista a sí mismo para –en realidad- contarle al espectador que no le ha dicho a nadie donde está, o cuando visualiza el sendero entre el desierto que es su garganta y el Gatorade que guarda en su coche, en realidad lo que hace es contarle a todo el mundo su currículum, su historia, para que sabiendo más de él nos acerquemos a su ratonera.

Empatía lo llaman.

Hay momento de gloria en esta película y no están precisamente en la escena más comentada, cuando Franco se amputa el brazo (dura y sin concesiones pero esquivando cualquier afán efectista) sino en pequeñas cosas aquí y allá: el protagonista hablando de beberse su orina; el papel de la cámara de video como amigo invisible que se convierte en el testigo mudo de la aventura; la foto que toma Franco al final del metraje, un detalle que a algunos/as les resultará molesto pero que ilustra a la perfección el carácter del tipo en cuestión ; el desenlace, delicada apropiación de los códigos del final feliz, con un maravilloso twist visual que no se parece en nada al clásico happy ending que tanto gusta al cine estadounidense comercial.

127 horas es cine: cine, cine y más cine.

Faltan dos meses para que se estrene en España y les aseguro que no me importara pagar para volver a verla. Ustedes/as tampoco deberían perdérsela.

De momento la alegría no me la quita nadie.

Cuídense, buen fin de semana,

T.G.

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