Buenas señores y señoras,

El otro día dije ‘raza humana’ y me han reñido. La verdad es que con algo de razón, ya que en nuestro bendito idioma la expresión correcta (o recomendable, que es lo que dice Fundeu) es ‘especie humana’. Así que rectifico, pero solo porque dicen que es de sabios y yo soy muy aspiracional.

Olvidé comentar Toro, que es una peliculilla bastante entretenida, pero ni la obra maestra que algunos sugieren, ni la porquería que otros comentan. Ya saben, ‘no está mal para ser española’.
Alguien dijo que es una mezcla entre Bigas Luna y Agustín Díaz Yanes y no es mala definición porque tiene la opulencia de uno y la mala hostia del otro, sin acabar de decidir nunca qué desea hacer con esos ingredientes. Luís Tosar está muy bien (como casi siempre), Mario Casas sigue sin verbalizar y debería llevar un intérprete y José Sacristán le da a la cosa un toque de realeza. Con esa voz que gasta tampoco hace falta mucho más, la verdad.

En resumen, que después de gastarse entre 7 y 9 euros uno no tiene ganas de matar a nadie, o, en todo caso, no demasiadas ganas de matar a nadie.

La otra película que no comenté (y debía) es la maravillosa El libro de la selva. Seguramente -y junto con Jurassic world– la mejor peli de aventuras de los últimos años. Más allá de la absoluta brillantez de los efectos especiales a la hora de crear un paisaje tan hiperrealista que es imposible pensar que todo aquello lo han rodado en un estudio de Los Ángeles, lo mejor del filme es lo ligero de su narración y la inteligencia que demuestra en cada esquina de la pantalla a medida que la trama crece. Puede parecer una forma de no decir nada pero una de las grandes meteduras de pata de las modernas películas de aventuras es esa necesidad de opostar siempre por la opción más rápida, porque si uno se toma su tiempo para contar quiénes son los personajes a los que se va a acompañar enseguida es acusado de escatimar recursos. “El público no tiene paciencia” hemos oído decir docenas de veces. Pues oiga, resulta que sí, que tienen muchísima paciencia, y la prueba definitiva es el taquillazo de El libro de la selva. A ver si va a resultar que el público no es gilipollas.

Y ahora les dejo, porque ayer me grabé Juego de tronos y me dispongo a verla acto seguido. Sí, me gusta (y mucho) Juego de tronos. A veces me molestan ciertas idas y venidas de algunos de los personajes que allí habitan y algunas escenas gratuitamente violentas que parecen más pensadas para escandalizar a las mentes bien-pensantes (y otras que no lo son tanto, como la mía) se llevan las manos a la cabeza. Pero, dicho esto, la literatura de la serie es fantástica, algunos de los diálogos harían sonreír al mismísimo Maquiavelo y el trabajo actoral es absolutamente brutal. No por nada el 90% de los actores del show son británicos y todo el mundo sabe que la escuela inglesa (y escocesa, e irlandesa, etc) es espléndida, básicamente porque el que empieza declamando a Shakespeare cuando tiene 16 años ya tiene la mitad del trabajo hecha.

Por cierto, déjenme que les recomiende The path, una serie protagonizada por Aaron Paul, Hugh Darcy y Michelle Monaghan, sobre las interioridades de una secta estadounidense (basada en la Iglesia de la Cienciología) que tiene más puntos oscuros que las cárceles secretas de la CIA.

Hala, que tengan ustedes una buena semana.

Abrazos/as,
T.G.


Cuidado con las invitaciones

He vuelto, aunque hubiera preferido no hacerlo, que diría mi querido Bartleby.

Estuve en San Francisco, haciendo –entre otras cosas- una visita a Pixar, esos señores que tantos alegrías han dado a los aficionados al cine y a la buena vida en general. Allí pude ver la nueva película de la compañía, Buscando a Dory, secuela de Buscando a Nemo y una auténtica obra maestra. No puedo decir mucho más porque firmé una de esas cartas de embargo que me impiden decir nada más bajo amenaza de muerte lenta y dolorosa. Tampoco puedo decirles que el corto que se proyecta antes de la película, Piper, es –para mi gusto- el mejor de Pixar hasta la fecha. Ya lo verán, no les queda mucho, y entonces podemos discutir del asunto.

 

De lo que sí puedo hablar es de la estupenda Capitán América: Civil war, que pasa por ser una de las mejores películas de la historia en el atiborrado género de superhéroes. Ya saben de qué va, el universo Marvel se parte en dos por culpa de la política (qué otra cosa iba a ser) y de repente el hombre de hierro y el capitán América se ven enfrentados en una lucha sin cuartel. Aparecen War machine, la Viuda negra, el nuevo Spiderman (Tom Holland), Visión, la Bruja escarlata, etc. Un elenco de gala (se suele decir eso, ¿no?) para decidir a bofetones el futuro de la raza humana.

 

Después de esa inmundicia inacabable que fue Batman vs Superman da gusto ver que aún queda ahí fuera gente capaz de llevar a buen puerto la fantasía épica que supone meter a doce superhéroes en una película. Lo mejor de esta nueva (y despiporrante entrega) de las aventuras del capi es el tremendo equilibrio que preside todo el metraje y la madurez que desprenden los diálogos del filme. Así da gusto señores y señoras, ver a superhéroes capaces de hacer otra cosa que no sea dar manotazos a sus semejantes.

 

Dicho esto, quiero recomendarles (si la tienen ustedes a mano vayan al cine y si no hagan por verla de cualquier modo) una de las películas que más me ha gustado en lo que va de año: La invitación.

 

Como ya pasó con Coherence, aquella pequeña joya de ciencia-ficción rodada en el comedor de una casa con cuatro euros, me fascinan las películas capaces de vivir en tu cabeza con un simple (aunque quizás no sea la palabra justa) y delicado trabajo de guión. A veces es todo lo necesario, no hace falta romperse más la cabeza o gastarse 100 millones de dólares en marketing o abusar de los efectos especiales. La invitación habla de eso, de una invitación a una cena. Un hombre bastante cascado (podía ser yo, o no) recibe una invitación de su ex mujer después de un par de años sin tener noticias de ella. La chica y su nuevo marido quieren invitarle a una cena con otros amigos para celebrar su nueva vida. El problema es que cuando el hombre atormentado llega allí empieza a sentir la extraña sensación de que nada es lo qué parece en aquella casa.

 

La propuesta, llevada hasta las últimas consecuencias, es extraordinaria, tensa como la piel de un tambor. Recuerdo pocas películas que me hayan causado tanta desazón manejando –simplemente- los recursos narrativos que genera la interacción humana, sin trampa ni cartón.

 

Y si quieren hacer una suerte de programa doble, acompañen el visionado de la serie The path, que comparte con la primera temática similar (no me hagan hablar más que luego me echan en cara que les ‘spoileo’ las cosas).

 

Hala, cuídense.

 

T.G.


Buenas señoras y señores,

Cómo están ustedes? Yo a punto de tirarme de un entresuelo. No sé si lo de los entresuelos es algo puramente barcelonés o si lo tienen también por las Españas. La última vez que estuve en Madrid y dije que quería tirarme de un entresuelo, me miraron cómo diciendo: “¿De qué cojones habla este tío?”.

En mi bloque hay entresuelo, principal y primero.

Y hasta aquí mi comentario socio-arquitectónico de calidad.

Hoy quiero hablarles de uno de los mejores documentales que estrenarán este año para ese sector cada vez más minoritario que son los cinéfilos. Yo me lo pasé pipa viéndolo pero no tiene ningún mérito, porque yo soy fan de los dos sujetos de los que se ocupa la película: Hitchcok/Truffaut.

Hitchcock/Truffaut fue en su origen un libro. El primer libro de cine que me regalaron mis padres (permítanme añadir este apunte autobiográfico) en el que magnífico director francés entrevistaba largamente al no menos magnífico director británico. Era un volumen, un tomo que rezumaba amor al séptimo arte; una conversación insuperable entre dos tipos que adoraban el cine.

Truffaut siempre fue uno de mis ídolos, probablemente porque era el director de cine más improbable de la historia: un delincuente juvenil con fama de pendenciero que gastaba muy mala hostia y que llegó a la dirección de forma casi rocambolesca. Les aconsejo que busquen su historia , aunque sea para comprobar que aquella frase de “la realidad es siempre más extraña que la ficción” es indudablemente cierta.
El francés firmó algunas joyas condenadas a perdurar: Jules y Jim, Los 400 golpes, La noche americana o El pequeño salvaje, además de aparecer en Encuentros en la tercera fase, una de las películas clave de la ciencia-ficción moderna, dirigida por un admirador suyo, Steven Spielberg.

De Hitchcock tampoco hay mucho qué decir, porque ya se ha dicho todo. Uno de los mayores genios de la historia del cine, realizador de filmes como Psicosis, Rebeca, Encadenados, Con la muerte en los talones, Extraños en un tren, Vértigo, La soga, Los pájaros, Atrapa a un ladrón o La ventana indiscreta. No he tenido que mirar google, son las que puedo recordar de memoria, porque hay pocos directores que me hayan fascinado tanto, cuyos mecanismos narrativos hayan sido tan importantes en el devenir del séptimo arte.

El documental es una auténtica gozada, con algunos de los mejores directores del mundo hablando de cómo ambos influyeron en generaciones enteras de cineastas. Esta montado con solvencia y transcurre con fluidez (traducción: no es jodidamente aburrido).

Si son ustedes cinéfilos, o les gustan los buenos documentales, o tienen interés en saber un poco más de lo que sucede entre bambalinas, esta es una apuesta segura.

También me lo pase bien (probablemente porque venía de ver esa cosa llamada Batman vs Superman) con Orgullo y prejuicio y zombis, pero no se la voy a recomendar, que son ustedes unos/as salvajes/as y no quiero que encuentren mi cuerpo en algún sendero poco transitado.

La que sí les voy a recomendar es Altamira, la obra maestra absoluta e integral de Antonio Banderas interpretando al señor que descubrió las pinturas de las famosas cuevas. No sé qué toma Banderas pero yo también lo quiero: no recuerdo su última película decente (ni yo, ni nadie) pero aún así se las ingenia para seguir trabajando, y eso debe valer algo, ¿no?

Altamira es uno de los mayores disparates (vale, reconozco que intentaba engañarles con lo de ‘obra maestra absoluta e integral’) que he visto en el s.XXI, con un Banderas absolutamente delirante, con los ojos más abiertos que un búho cocainómano y soltando frases que parecen haber sido escritas por un menor adicto al LSD.

Pero ahí le tienen, cobrando y estrenando en no sé cuántas pantallas, para demostrar que hay algunos tipos con suerte y otros que ni la huelen.

Voy a seguir bebiendo vino, a ver si así logro entender algo.

Sean buenos/as, yo haré lo que pueda.

Abrazos/as,
T.G.


Buenas señoras y señores,

Ya han ido al cine a ver esa magistral obra maestra llamada Batman vs Superman? Espero que sí, porque es necesario que todo el mundo vaya al cine, así aprenderán a relativizar los malos momentos.

Siempre que piensen que no podría ser peor, cierren los ojos y recuerden el momento en que veían Batman vs Superman. De repente nada parecerá tan malo (en comparación) y comprobarán que milagrosamente todo adquiere un color más blanquecino, más relajado.

Ni Paulo Coelho podía haber pensado en algo igual, y ni siquiera hace falta que me den las gracias: lo hago por ustedes/as, con todo el cariño del mundo.

Me recordaba alguien en los comentarios del post anterior lo buena qué es Calle Cloverfield 10. Y sí, coño, sí. Se me había pasado totalmente hablarles de esta película. Es lo qué sucede con los malditos viajes y el maldito jet-lag, que te olvidas de las cosas importantes y acabas hablando de mamarrachos y mamarrachadas.

No sé si recordarán Cloverfield (aquí titulado Monstruoso, haciendo gala de esa discreción que nos caracteriza). Es una película que se estrenó casi de escondidillas, sin que nadie supiera qué era, con una campaña de marketing realmente pequeña, pero espectacular. Fue (junto con REC, el original, por favor) la mejor película de ‘found footage’ que hemos visto nunca. Ya saben, películas rodadas cámara en mano que en algunas ocasiones se nos presentaban como metraje que se había encontrado en algún lugar. Una buena idea que luego ha servido para perpetrar todo tipo de barbaridades.

Monstruoso era una auténtica gozada y si no la han visto, sáltense por favor el siguiente párrafo.

Unos amigos celebran la fiesta de despedida de uno de ellos. La película se toma u tiempo para presentar a los protagonistas, tipos de buena familia con buenos trabajos, jóvenes triunfadores que –obviamente- sufren de problemas del primer mundo (léase, trastornos del corazón, amores no correspondidos, etc). De repente un apagón y después el caos. Un gigantesco monstruo que nadie sabe de dónde demonios ha salido se dedica a destruir Manhattan en cuerpo y alma. Naturalmente, no hay manera de matarlo. Y –naturalmente también- los chavalotes que hemos visto antes se ven metidos en el ajo.

Una película salvaje, espectacular, sin tregua, que demuestra que con poca pasta y mucha imaginación se pueden hacer grandes cosas. Ellos –JJ Abrams y sus secuaces- filmaron una de las mejores monster-movies de la historia.

Y ahora, después de años en los que se hablaba de una posible secuela, el cabronazo de Abrams presenta otra película, con el ‘Cloverfield’ en el título y que –no desvelaremos más- guarda cierta relación con el original. No, no adelanto más y no hago spoilers.

Calle Cloverfield 10 empieza con un accidente de tráfico pero en realidad transcurre en un sotano. Allí se despierta la víctima del citado accidente, en compañía de un señor que afirma que está a salvo siempre que no se le ocurra salir al exterior. Según el desconocido, algo terrible ha sucedido en la superficie.

No hace falta que les aclare que nada es lo qué parece ,que los últimos 20 minutos son aterradores y el giro argumental es la monda. No soy muy partidario de decir “el mejor thriller del año” cuando aún no hemos llegado ni a abril pero me cuesta pensar que vaya a estrenarse otra película con la misma capacidad para tensionar el espectador con tan pocos elementos (iba a decir ‘recursos’ pero es que los protagonistas son Mary Winstead y John Goodman, ahí es nada).

Hacía tiempo que no me lo pasaba tan jodidamente bien en el cine y mucho más que no me ponían tan nervioso. No dejen de ir a verla, antes de que la quiten para poner otra mierda de superhéroes.

En serio.

Abrazos/as,
T.G.


Señores y señoras,

Qué tal están? Les tengo abandonados/as, pero estoy muy mayor para todo y especialmente para el jet-lag. Consideren esto: tardé 24 horas en volver a casa y cuando llegué me habían perdido parte del equipaje (naturalmente, sigue perdido). Eso llevó el total a 26 horas.

Desde entonces (martes) he estado entrando y saliendo de un estado semi-comatoso en el que no sé ni cuándo duermo, ni cuándo como, ni cuándo respiro. Por suerte, esta última función es automática.

Ayer decidí tomar de nuevo las riendas de mi vida y salir de casa para ver Batman vs Superman. Es trabajo, ya saben. Tengo que escribir de esa ‘película’ para un par de sitios y no me quedaba más remedio que verla.

Ya habrán advertido por las comillas en película, que lamento profundamente haber salido de casa para ver esa cosa.

El primer problema de Batman vs Superman es que se ha hecho únicamente con el objetivo de crear varias franquicias. No solo uno, que sería lo normal, no, sino varias. Por eso salen Wonder woman, y Aquaman, y Flash, y la madre que los parió.

Nolan se largó de Batman y dejó la franquicia temblando. Christian Bale ya ha dicho que no volverá a ponerse el traje del hombre murciélago y eso hizo que se buscara otro rostro para él: se escogió a Ben Affleck. La cagaron.

Ese es el segundo problema: si ya me cuesta conectar con El hombre de acero (ese montón de músculos al que alguien ha coronado con una cabeza), lo de Batman es peor. Me gusta Affleck, creo que es buen actor y mejor director, pero en esta película parece que está muy ocupado poniendo cara de tormento. Como si hiciera muchísimo tiempo que no puede ir al baño y no hubiera ninguna farmacia de guardia en Gotham.

El tercer problema es la deleznable falta de guión del filme: no se entiende por qué los dos superhéroes se cogen manía, y aún se entienden menos por qué se les pasa. Es decir, se odian a muerte una hora y media y de repente (por una memez) dejan de odiarse. Oiga, esto es serio, hablamos de Batman y Superman, no son dos chavales del barrio que han atropellado a una vieja haciendo el burro con la bici. Hay un crítico americano que decía que como si la extraña pareja (Oscar y Félix) decidieran un día que tenían que matarse.

El cuarto problema es el ruido. Por el amor de Dios, es insoportable, peor que una película de Michael Bay. Me costó 2400 milígramos de Paracetamol y cinco horas recuperarme de ese sonido machacón que produce la gente con capa tirándose cosas a la cabeza.

El quinto problema (y no se vayan, ahí más) es la entidad del villano. Si algo probó Nolan, es que una película de superhéroes es tan buena como su villano. Por eso segundo Batman, en el que aparece el Joker (esa impresionante creación del malogrado Heath Ledger) está considerada una de las mejores pelis del género de toda la historia. El malo, interpretado aquí por Jesse Eissenberg, es un trapo, un perchero, un ficus, una silla en una esquina del comedor en la que nadie se sentaría. El actor ni siquiera es capaz de darle al villano un toque cómico, una vena paródica que le haga conectar con la audiencia. Es una de las interpretaciones más torpes y mediocres que un servidor ha visto en su vida y el peor Lex Luthor de la historia, incluso peor que el del papanatas de Kevin Spacey en Superman returns.

El sexto problema es que esta película se toma demasiado en serio a sí misma, cuando todos sabemos que no da ni para un corto: Superman cogería a Batman y le arrancaría la cabeza. Le llevaría unos 30 o 40 segundos. Incluyendo los títulos de crédito de entrada y de salida, la película debería durar uno o dos minutos.

Hay más problemas, pero ahora debería comer o dormir (o quizás no) y encima esta noche cambian la hora, así que les dejo con una reflexión: ¿estamos ya hasta los huevos/ovarios de películas de superhéroes?

(Mi respuesta es: más Deadpool y menos de todo lo demás)

Ah, y ya que estamos, qué estafa tan burda es la cuarta temporada de House of cards. Y he perdido diez u once horas mirándola. Maldita sea mi estampa.

Abrazos/as,
T.G.


Texas mon amour

Buenas señores y señoras,

 

Qué tal están ustedes?

 

Les escribo desde el corazón de Texas, en Austin, lugar en el que me encuentro desarrollando mi actividad favorita: ver cosas en la gran pantalla.

De momento no estoy entusiasmado, aunque la cerveza sea buena, haya buena comida (a veces gratis, lo cual reconforta mi faceta de catalán) y la gente sea extremadamente amable. He visto dos grandes películas, una muy notable, dos grandes documentales, uno bastante bueno y media docena de películas mediocres. También he visto dos series, la dos me han parecido medio buenas, lo que significa que necesito saber dónde van exactamente antes de pronunciarme.

 

En primer lugar vi el estreno mundial de la película de Richard Linklater, Everybody wants some, sobre un equipo de beisbol en los años 80. Un equipo universitario, para ser más concretos. La película es una especie de secuela de la estupendísima Dazed and confused, y la demostración de que Linklater domina ya todos los registros cinematográficos: del potentísimo drama cuasi experimental pero tremendamente emocionante de Boyhood al punto de comedia loca y adolescente de Everybody wants some, con la misma fiabilidad, el mismo talento y el mismo grado de brillantez. Este último filme del de Austin (dónde nació Linklater) es una preciosa alegoría nostálgica que rememora aquellos tiempos en los que la gente salía a la calle a divertirse. No habían móviles, ni videojuegos en 3D, ni redes sociales. Nadie conocía a nadie quedándose en casa y comiendo ganchitos. De ahí –entre otras cosas- su relevancia: poner las cartas boca arriba hablando de algo que parece que ha quedado estancado. La idea de la amistad como ítem imperecedero, de lo básico que resulta la interconexión social para sobrevivir a este charco que llamamos planeta tierra.

 

Además, cosa que no es menos importante, Everybody wants some es una carcajada detrás de otra, empezando por una escena a bordo de un coche en que cinco de los protagonistas improvisan un karaoke a cuenta del Rapper’s delight de Sugar hill gang. Uno de esos momentos en los que uno se abraza a una peli como si le fuera la vida en ello. Ya saben, el instante de “joder, qué buen rollo esto”. Dado que soy poco dado a amar a las películas de buenas a primeras, pero en este caso, y con un ambiente en el cine (obviamente el tipo jugaba en casa) de alegría expansiva, me dejé llevar por el torrente y me lo pasé como un enano.

 

(Si hay algún enano leyendo esto que no se ofenda)

 

Luego pasé un mal rato con una de terror, Don’t breathe, del mismo director del remake de Posesión infernal, un chaval uruguayo llamado Fede Alvárez. Una película tensa como la piel de un tambor, seca, sádica, extremadamente entretenida, rodada con la precisión de un cirujano, contando una historia que ya hemos visto antes, pero con salero: tres ladrones de medio pelo se proponen robar la casa de un ciego suponiendo que éste no les dará ningún problema. Lamentablemente, el ciego tiene otros planes.

 

Y para acabar, dos series. Preacher, adaptación del famoso comic de un chiflado que se dedica a combatir el mal. No me disgustó, sin entusiasmos. Tampoco puedes decir mucho de nada con solo un bocado, pero si encuentran el tono puede ser interesante. La otra es Outcast, muy bien dirigida, interesante en algunos momentos, pero que no puede evitar esa sensación de deja-vu constante: el niño poseído, el muchachote que ha visto la jeta del demonio demasiadas veces y ha optado por aislarse en un caserón que se cae a trozos. Pero ya se sabe, el demonio es tozudo y tiene las piernas muy largas, así que le encuentra sin problemas.

 

También es verdad que si la historia (basada en otro comic, esta vez del creador de The walking dead, Robert Kirkman) encuentra el modo de sobreponerse a los tópicos y logra construir su propia mitología, esta puede ser una gran serie. Cruzaremos los dedos.

 

Y nada, señores/as, era solo para que les cupiera la certeza de que sigo vivito y coleando. Volveré el lunes de Texas (si me animo les obsequiaré con otra de mis parrafadas este mismo fin de semana) y ya les contaré como me sientan los 50 kilos que he ganado a base de engullir barbacoas y beber cerveza.

 

Abrazos/as,

T.G.


La gente es imbécil

Seguro que muchos/as de ustedes/as ya lo sabían, pero la gente es imbécil. Sartre decía que “el infierno son los otros”, pero a mí me gusta más “la gente es imbécil”. De hecho, creo que si Sartre hubiera conocido a alguno de los idiotas con los que tengo que tratar a diario, cambiaría su frase sin problemas.

No sé si se han sentido ustedes/as alguna vez alienígenas, como si hubieran acabado de aterrizar con su nave en algún páramo y tuvieran que lidiar con los aldeanos que creen que les ha enviado Satanás. Pues eso me ha pasado a mí estos días, sentado en reuniones con funcionarios de medio pelo que solo sienten pasión por sus putos gintonics de fin de semana y sus conversaciones con los colegones sobre los problemas del primer mundo. Eso y algunos/as amigos y amigas, de esos que consideran que si no les llamas tú, no pueden llamarte ellos. El parásito común, disfrazado de amistad incipiente.

Ya pueden ver que estoy de un humor magnífico, maravilloso. En días como hoy amo al ser humano. Cuando acabe de escribir esto me pondré de rodillas en el balcón a rezar para que llegue pronto el meteorito. Uno grande. Del tamaño de Rusia. Me ahorraría muchos dolores de cabeza.

En fin, ya me he desahogado. Ahora solo necesito que el Altísimo me envíe un lanzallamas para acercarme a Madrid a solucionar un asunto pendiente. No pido mucho. La gente pide toda clase de cosas, qué si un millón de euros, qué si un Ferrari, qué si un montón de señoritas de moral laxa: yo solo pido un lanzallamas. Me parece justo.

Bueno, déjenme que les hable de los Oscar. Vaya una mierda.

Si no fuera suficiente con la maldita canción de Sam Smith (la peor canción de la historia de la saga James Bond) llevándose la estatuilla, resulta que tuvimos que aguantar a Iñárritu ganando el Oscar a mejor director. Pero señores y señoras, es que Tarantino no estaba ni nominado. Y Tarantino (con Robert Richardson) se manejó en un formato que ya no existe. No es solo que su película sea una gozada, es que rodó en 70 milímetros ultra-panavision, que no se utiliza desde mediados de los años 60. Tarantino ha resucitado a Lázaro, en versión cinematográfica y solo ese esfuerzo (de vocación bíblica) debería haberle llevado a conseguir el premio. Lo demás son mamarrachadas y soplapolleces. Perdónenme el lenguaje.

Por otro lado, aguantar durante horas al pesado de Chris Rock hablando del monotema me pareció una tortura digna de Fray Torquemada. He visto pocas polémicas tan hinchadas como esa: había pocos negros nominados y era por culpa del racismo. Pues no, oiga, es que –con excepción de Michael B Jordan por Creed- no había grandes interpretaciones de actores afroamericanos en la parrilla de salida. El año 2015 no fue un gran qué para el cine negro y eso se ha notado en las nominaciones. Otra cosa es que los estudios sean racistas, o que Hollywood sea racista, o que el mundo sea racista, de eso me caben pocas dudas. Pero hinchar el globo de la academia con el rollo de que han pasado de los actores negros siguiendo algún tipo de consigna, es una ridiculez memorable. Y pasarse toda la maldita ceremonia haciendo chistes de serie Z sobre el tema, un jodido coñazo.

Me aburrí como el demonio en navidad, todo ese rollazo insoportable de la reivindicación continua me resultó hilarante. Si no hubieran sido las 3 o las 4 de la mañana hasta me hubiera dedicado a tuitear insultos, pero a esa hora solo tengo hambre y sueño.

No sé ni qué estrenan este fin de semana, prometo mirarlo y escribir de ello el lunes, pero siendo fin de semana post-Oscar, espérense lo peor.

Por cierto, si tienen tiempo échenle un ojo a 11.22.63, la adaptación de la magnífica novela de Stephen King, protagonizada por James Franco. No es una obra maestra, pero me lo estoy pasando como un enano con ella: se han gastado un montón de pasta en la serie y se nota. Ya me contarán.

Abrazos/as,
T.G.


El hijo de perra del año

Hola amigos y amigas,

Cómo están ustedes? Estoy a punto de irme a Londres y luego a Austin. Literatura y cine, respectivamente. A la capital del Reino Unido me voy a entrevistar a un famoso novelista; a la ciudad de Texas que no parece una ciudad de Texas a ver cine. Todo el que pueda. Hace siglos que no voy a un festival de cine y el SXSW (South by South West, un homenaje al título original de Con la muerte en los talones, North by North West) es el sitio perfecto para eso.

Estos días he aprovechado para ver las películas que me faltaban para los Oscar y me ha impresionado La habitación. Me ha impresionado por la delicadeza del guión, por la maravillosa actuación del reparto y sobre todo por ese maldito niño que hace que se te olvide que el mundo sigue girando. Es bastante sabido que los niños actores acaban como el rosario de la aurora, pero es que este chaval es algo extraordinario. De verdad, hacía mucho tiempo que no veía un personaje tan matizado, tan sensible, tan perfecto. Él solo hace que el precio de la entrada me parezca una ganga.

También he visto Brooklyn, que es otra de esas películas que verán cuatro personas y el resto obviará, porque el mundo funciona así y porque no está hecha la miel para la boca del asno. Pero si son ustedes sabios o se fían de mí (ya sé que ambas cosas no son necesariamente sinónimos) acudan a esa sala rara e incómoda en la que ponen películas que no va a ver nadie. Brooklyn es la historia de un romance en un Nueva York que ya no existe. Saorse Ronan ofrece una exhibición de talento y sensibilidad en una actriz muy joven pero que promete darnos muchas tardes de alegría. A veces uno ve interpretaciones como la suya y recuerda la inmensa capacidad de algunos seres humanos para trascender su propio ámbito de acción. Lo de Ronan en Brooklyn es de Oscar, y aunque va a ser difícil que se lo den, no puedo negar que me encantaría equivocarme.

Y finalmente, déjeme que les hable de la primera película en meses que ha hecho que me ría a mandíbula batiente (siempre he querido usar esa expresión): Deadpool.
Deadpool es una franquicia en la que Marvel (Disney) no confiaba y ese es el motivo por el cual vendió los derechos a Fox. Fox a su vez la rodó por cuatro duros (los rumores dicen que se hizo por menos de 50 millones más unos 20 de marketing y publicidad) y la lanzó con discreción. Los trackings, que son las predicciones que hacen los estudios respecto a la recaudación de sus lanzamientos, decían que la película recaudaría entre 40 y 60 millones de dólares, se quedaron un poquito cortos: Deadpool sobrepasó los 120 millones, convirtiéndose en la película no recomendada para menores de 18 años mas taquillera de la historia.

¿Y qué es Deadpool? Pues el superhéroe más hijo de perra de la historia. Un auténtico chulazo al que lo que le importa es follar, beber y ganar pasta, y al que da vida un Ryan Reynolds apoteósico en el que es el mejor papel que le han regalado en su vida.
Si les digo que lo de esta película es humor negro me quedaría bastante corto. Hace años (probablemente desde Kick ass) que no se veía algo tan jodidamente perverso en pantalla grande. Eso sí, si no son ustedes de morro fino y disfrutan de la mala hostia tanto como yo, Deadpool es la peli hijoputesca del año. Y hasta de la década.

Y nada, que este fin de semana son los Oscar, pero el viernes volvemos a hablar.

Benditos sean.

T.G.


Señora, no moleste

Voy a ser sincero con ustedes: El renacido me parece un coñazo. Estaba muy bien rodada, tiene algunas escenas espectaculares y la fotografía es deliciosa. Ahora bien, eso de que venga un tipo a darme golpes con sus genitales en la cara para que yo pueda ver lo grande que tiene el pene, me molesta muchísimo. Eso es lo que hace Alejandro Iñárritu, cineasta y ególatra, cada vez que se pone detrás de una cámara. Quiere que todos nos levantemos y hagamos la ola cada vez que hace un plano, y yo ya estoy mayor para levantarme todo el rato. Eso me lo guardo para Tarantino o David Fincher, pero para los demás prefiero estar sentado.

Iñárritu me pone nervioso, me inquieta esa personalidad expansiva que le obliga a declararse el mejor director del mundo, un día sí y otra también. Lo malo es que Iñárritu no es el mejor director del mundo, de hecho ni siquiera es el mejor director de México (esos son Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro), así que tanta chulería es cansina. Pude tragar con Birdman porque me interesó y porque Michael Keaton es un tipo que me fascina. Lo que me pasa con El renacido es que todo ese misticismo de peluquería china me aburre mortalmente y todas las buenas escenas ya las había visto en el tráiler.

Muchos de mis colegas insisten en exclamar que esta película ya es mítica y blablablá. No entiendo muy bien por qué, ya que si realmente es mítica es por la dificultad del rodaje. Pero el rodaje de Waterwold también fue muy complicado y no recuerdo a nadie diciendo que era mítica por eso.
La realidad es que cuando empezamos a valorar la película por efectos colaterales que tienen poco o nada que ver con el resultado final estamos pervirtiendo la naturaleza misma del arte. Mire, oiga, me importa un pito que hubiera mucha nieve y lo pasara usted muy mal porque se empeñaba en ir en manga corta; lo que me interesaba es la película, y para ello no necesito pensar en lo que hay detrás porque no voy a ver un making of. Si lo que me importara fuera eso le daría todos los premios directamente a Los odiosos ocho y tan pancho (por cierto, que no hayan nominado a Tarantino como mejor director es una majadería del tamaño de Texas).

En fin, que me quiten de la lista de fans de esta película porque yo ya. Harto me tienen con tanta alabanza infernal. Eso sí, a favor de que le den el Oscar a Di Caprio porque se lo robaron tanto por Infiltrados como por El lobo de Wall Street y ya le va tocando. No es que sea su mejor papel, ni mucho menos, pero estoy a favor de la ley de la compensación en casos como estos.

Dicho esto, para quitármelo de encima, sabiendo que entre ustedes –criaturas de la noche- se esconden muchos admiradores de este mexicano pesado como un yunque de plomo.

Tampoco he podido con La verdad duele, que es una mamarrachada aburrida y trasnochada sobre una historia francamente interesante, mal explicada y pésimamente rodada, y –sobre todo- con un trabajo de Will Smith que debería llevarle a la cárcel. Lo de este señor tratando de que nos creamos que es un pobre médico nigeriano es de traca. Ya no sólo el acento, o esa cara de acelga/ameba que nos regala durante dos horas, sino que se ve desde este lado del Atlántico que lo único que piensa mientras ‘interpreta’ el papel es “buah, me estoy saliendo, me dan el Oscar fijo”. No, Will, no, no te van a dar ni una servilleta para que te limpies las babas.

Confieso que Smith no me parece un mal actor y en Ali me resultó increíblemente creíble (valga la paradoja), pero cuando decide ponerse profundo porque el director de turno le deja, cierro los ojos y pienso en un sidecar atropellándole y precipitándose por un barranco acto seguido.

Aunque no venga a cuento deben saber que llevo dos noches seguidas soñando con un caballo en llamas. Como soy un enfermo mental, decidí que era buena idea buscarlo en google. ¿Saben ustedes cuántos sueños de caballos hay? Dos horas dándole al scroll: que si un caballo blanco, que si cuántas patas tiene el caballo, que si corre o no, que si relincha o aúlla. Pero a ver, ¿quién es el gilipollas que se dedica a escribir esas mierdas?

(Lo sé, lo sé, yo soy peor, que me dediqué a leerlo)

Bueno, que el caballo en llamas según los ‘expertos’ que nadie sabe quiénes son, significa que un amigo me traicionará. Pues qué bien, oiga. La última vez que busco nada en google.

Y ni se les ocurra empezar a opinar sobre mis sueños. Ni se les ocurra.

Abrazos/as,
T.G.


dani-rovira

 

Señores y señoras,

¿qué tal están? Espero que un poco mejor que el país en el que vivimos, que tiene más agujeros que la contabilidad de un partido político. Ya lo ven, salen dos titiriteros haciendo el mamarracho y acaban cinco días en la cárcel y un pederasta confeso que abusó al menos de cinco chavales queda en libertad sin fianza “porque colabora”. Ya decía Jefferson que cualquier ciudadano en un momento determinado de su vida puede ser considerado enemigo del estado, pero al final va a resultar que el estado prefiere que seamos enemigos. Más cómodo, supongo.

Y nada, leí atentamente (como siempre) sus comentarios sobre mi vecino el de la trompeta/clarinete, pero no he sacado nada en claro. Uno de ustedes me pedía una contra-crónica de los Goya y como yo he sido este enviado a este mundo a complacerles a ustedes he decidido atender sus deseos y escribir sobre esta bonita ceremonia.

Siempre intento saltarme los Goya porque no tengo ningún interés en los premios, así en general. Me da igual que sean los Goya, los Oscar, los Grammy o el Nóbel: me importan un pito. Además, tienen esos horarios intempestivos y yo a las once y media ya estoy durmiendo. Qué alguien me explique cómo puede durar más de tres horas y diez minutos una ceremonia de entrega de premios. Cualquier ceremonia.

Sin embargo, este año no me quedó otra que ver los malditos premios porque tenía que hablar de ellos por la mañana. Así que ya me ven ustedes, a las diez de la noche, sentado frente al maldito televisor para ver ese ‘evento’.

Antes, a las ocho y media, ya me tragué la retransmisión de la alfombra roja. Allí, una niña que debía tener 14 años, analizaba los vestidos de las actrices con un “me encanta” o un “es ideal”, o “muy bien”. Remató la jugada con un “los Goya cumplen 30 años este año y yo también”. Muy bien bonita, gracias.

Los Goya adolecen de diversos problemas. Muchos y variados problemas.
El primero es la trascendencia que ellos mismos insisten en darse. Me parecería normal el autobombo si el resto de días del año hubiera algo de autocrítica, algún atisbo de “igual estamos haciendo algo mal” o “ni Dios va a ver cine español”. Pero no, la crítica brilla por su ausencia, nadie dice nunca nada, todos están encantados de haberse conocido, todos los días del año, sin excepción.

Claro, todo ese glamour es más falso que un diamante de papel de aluminio y cuando llega el día de la gala me parece risible que todos insistan en comportarse como si estuvieran desfilando por Beverly Hills. Oiga, que no, que están pisando un sitio donde la cuota del cine español es del tamaño de David el Gnomo. Toda esa ridiculez, además de una realización que rozó el delirio (la cámara nunca encontraba a nadie) y unos números de entretenimiento inacabables, convirtieron la gala en un sufrimiento inacabable. Luego está el asunto del amigo Dani Rovira. Yo no tengo nada contra este chaval, más allá de que crea que es un actor pésimo, un cómico de medio pelo y un monologuista del montón, pero por razones que se me escapan ahora resulta que este tipo es el nuevo ídolo mundial. Claro, lo pones a conducir una ceremonia de tres horas y al cabo de diez minutos ya quieres matarlo. Para empezar, alguien debería decirle que quizás tenga cierto talento anunciando yogures, pero que cantando y bailando tiene las mismas aptitudes que yo para la física cuántica. Es el gran problema de los actores españoles, esa creencia de que como los actores ingleses y estadounidenses pueden hacer lo que les salga de la entrepierna (preparación, se llama), ellos también pueden.

Hasta mi perro aullaba cuando volvía a salir el tal Rovira. Él y sus chistes del gazpacho, el pescaito frito y el ave a Málaga. Oiga, que estamos en el s.XXI y que Los morancos ya están inventados. Ojo, que igual es que el raro soy yo y es todo graciosísimo y no lo pillo. Recuerden que estoy en baja forma y me cuesta reírme.

No hay mucho más qué decir: me pareció un despropósito, presentado por un espantapájaros, para que un montón de advenedizos y sus respectivos representantes pudieran presumir de traje y pelazo. Eso sí, los guionistas tuvieron que entrar por la puerta de atrás ya que no se les consideró dignos de la alfombra roja. Ojalá fuera una broma, pero no lo es.

Les aconsejo que vayan a ver Carol, la mejor película de la semana y un maravilloso melodrama sobre la dificultad de amar a quién nos de la gana sin tener que ser juzgados por la inquisición. Un filme jodidamente delicado, con una fotografía maravillosa y que podría haber firmado Douglas Sirk (pero que firma Todd Haynes). Una película bonita, muy bonita. Y dura, muy dura.

Feliz día de San Valentín, voy a tener que ir pensando que le regalo a mi perro.

T.G.


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