Tomen asiento, hablemos

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Señoras y señores,

¿Qué tal están ustedes? No sé dónde ubicarles, yo estoy frente a una ventana en el que hay sol y todo eso. Como en un cuadro de esos de Monet con el atardecer a punto de explotarle a uno en la cara. No se preocupen, no me ha dado un ataque de poesía colorista, es simplemente que dicen que el sol nos cambia el humor y el carácter y yo –que soy un hombre de frío- estoy esperando que llegue como agua de mayo.

Si explicara aquí mi último año y medio de vida, con mis separaciones, mis funerales, mis líos de herencia, mis romances tormentosos, mis depresiones y mis días lluviosos, el propio Dickens se levantaría de su tumba para escribir un libro, uno de esos que huelen a barro y cenizas . Es un hecho que todos (y todas) hemos vivido malas rachas, y que cada uno/a tiene su fórmula, su receta (sea mágica o no) para navegarlas o –al menos- sobrevivirlas. Dicen que nunca vienen solas y la mayoría de las veces es verdad: a una mala noticia la sigue otra, y luego otra, y otra, hasta que te sobreviene el miedo al ruido del interfono o al sonido del móvil porque sabes que nada bueno puede salir de esos aparatejos del infierno. Aún recuerdo cuando te daban las malas noticias de viva voz (o al menos por teléfono), y casi tengo nostalgia de aquellos tiempos en los que le decías a alguien algo difícil con voz temblorosa. Cuando llamabas a tu novia y pasabas por el filtro de tu suegra; cuando estando en casa de un amigo tu padre te llamaba para decirte que quería hablar contigo, que sería mejor que volvieras casa. Y echabas a correr. A correr como un loco.

A lo mejor es que nos hemos vuelto demasiado cobardes. Ya lo éramos con los correos electrónicos y los malditos mensajes de texto pero lo del whatsapp es algo inexplicable. Noticias terribles aderezadas con un emoticono, eso sí, un emoticono triste. “Hey, has oído que ha muerto x? Lo acabo de ver en twitter :_(“.

Durante un mes me libré de la aplicación, me salí de twitter, de cualquier red social, y sólo atendí al correo electrónico de trabajo. Fue como si a un cocainómano le quitaran la papelina, pero de repente los amigos/as empezaron a llamarme para preguntarme si estaba bien. “Si no tiene whatsapp, ni twitter debe haber muerto, seguro”.

Creo que voy a hacer lo mismo, durante un par de meses esta vez, aunque me pierda los comentarios ingeniosos, los videos de gatitos, las grandes polémicas que duran 30 segundos, esas noticias tan importantes que olvidas en cuanto lees la siguiente noticia importante. Estoy empezando a vernos a todos/as como los protagonistas de ese gag de Woody Allen donde hay un actor que un día se da cuenta de que está desenfocado. Igual empiezo a salir más de casa, y a llamar a amigos; igual borro todos los malditos emoticonos cuando esté contento diré “estoy contento” y cuando éste jodido diré “estoy jodido”.

Es lo bueno de tener un blog como este, donde casi todos/as nos conocemos, que puedo explicarles que hay días en los que tengo la sensación de que nací en el planeta equivocado. Estoy seguro de que muchos de ustedes/as han sentido lo mismo alguna vez. Son ustedes/as libres de desmentirme y llamarme cosas feas (dentro de un orden) en la bonita sección de comentarios de este, su blog.

Por cierto, el otro día fui a ver Cenicienta (la de Kenneth Brannagh) y me encantó. Me lo pasé pipa viendo a Cate Blanchett de villana y pensé lo inteligente que resultaba actualizar una propuesta que podría convertirse una ñoñería insufrible y convertirla en una fábula moderna sobre la familia y lo bonitos que pueden resultar los vestidos de una auténtica hija de puta cuando sabe cómo llevarlos.

También podría ser que la medicación que mi amado psiquiatra me recetó con suma amabilidad me esté haciendo efecto y que de repente empiecen a gustarme cosas inenarrables. Así que –por favor- si me ven haciendo una buena crítica de la siguiente película de Isabel Coixet inviten al propietario de esta web a despedirme inmediatamente.

(Por cierto, ahora ya no hay sol, y los colores parecen los de un cuadro de Rothko. Los de la última etapa, concretamente).

Cuídense mucho,
T.G.


MEEEE ABURRROOOOO

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Señores y señoras,

Vaya racha de escribir que llevo, ¿eh? Creo que la depresión (o la medicación que tomo para combatirla, o los ansiolíticos, o los calmantes, o el alcohol o la maravillosa combinación de todos estos elementos) me impulsa a hacer posts de manera compulsiva, como si Camilo José Cela se comunicara conmigo y yo entrara en un trance literario maravilloso que acaban dando como resultado estos horribles bloques de texto que ustedes –incautos- leen para matar esa sensación de no pueden estar peor.

Bien, leyéndome ya lo saben: podría ser peor.

Además, me he dado cuenta de algo terrible: desde que he entrado en esta fase de tristeza insulsa y vulgar, no veo ninguna película que me guste, ni una. No hay manera. No es solo que no me apetezca ver nada (lo cual, trabajando de lo que trabajo, no es un mal menor) sino que todo lo que veo me parece una porquería, una basura, un container mal precintado, un gemelo de Carlos Floriano, el pelo de Pujalte, el peinado de Rosa Díez… la sonrisa de Monago.

Todo el mundo me ha dicho lo maravillosa que es Puro vicio y lo mucho que disfrutaron lo de Cronenberg y blablablá y yo trato de no bostezar y contener mis impulsos homicidas.

Esta semana he visto Focus. La he visto y no sé si ya he hablado de ella en este delicioso foro. En cualquier caso si ya lo hice, lo voy a volver a hacer.

Focus es una película, tipo El golpe (con todos mis respectos para esa maravillosa película de Robert Redford, Paul Newman y Robert Shaw), con un estafador de primera clase (Will Smith, que hace 20 años que no hace una película interesante) que quiere dar el golpe del siglo. El tipo tiene un equipazo, unos métodos ultramodernos (que no se los creería ni Fernando Tejero) y la infraestructura suficiente para triunfar como la Coca-Cola.

Además, conoce a una señorita muy atractiva (la espectacular Margot Robbie, aquella criatura que nos fascinó en El lobo de Wall Street) que parece que le va a venir de perlas para sus planes.

Lo más interesante de la película es que Will Smith (que para los menos observadores añadiré que es de raza negra) tiene por primera vez en su carrera cinematográfica un romance con una señorita blanca (efectivamente, Margot Robbie es blanca). A nosotros este tema nos la trae bastante al pairo (no es que no seamos racistas –lo siento amigos y amigas, lo somos un rato) sino que nos importan un pito los malditos romances de Will Smith.

Hasta mi comentario socio-antropológico del filme y –supongo- la gran baza del filme con las audiencias estadounidenses para que picaran y fueran a ver la película.

Y ahora voy a dar mi opinión, mesurada y –como siempre- perfectamente articulada de la película: vaya coñazo.

Primero es que no me creo nada de nada. Ni a Will Smith de estafador, ni a Rodrigo Santoro de rico medio lerdo, ni a Margot Robbie de aprendiz de truhán, ni nada de nada.

Segundo, que porque cada treinta segundos hay un giro dramático tremendo que se supone debe sorprender al espectador y dejarle pegado a la butaca: EL PRIMO DE LA CUÑADA DE LA AMIGA RUBIA DE LA TIPA QUE VIMOS LIGERAMENTE AL FONDO EN EL PLANO SECUENCIA ERA EN REALIDAD EL HERMANO PERDIDO QUE ESTABA CONCHABADO CON EL ABUELO DEL QUE SE ESTÁ LLEVANDO TODO EL DINERO EN UNA BOLSA DEL CARREFOUR.

Pues así todo el rato. Ahí hasta un homenaje –involuntario- a El imperio contraataca y tantas escenas sin ningún tipo de sentido que me dieron ganas de levantarme, coger mi pequeña petaca de gasolina (que siempre llevo en casos de urgencia), rociar la pantalla, pedir un mechero a mis compañeros periodistas y sentarme a ver cómo arde la sala.

Después pensé en que la gasolina es muy cara y que en mi situación actual la cárcel podría no ser un buen sitio para vivir.

Hay varios momentos en que la idea de salir a la calle a estrangular peatones aleatoriamente puede asaltar a algún espectador. Aconsejo contener esos impulsos homicidas, pero si deciden seguirlos no mencionen este blog.

Lo peor de todo (ya lo verán si se atreven a verla) es una escena en la final de la Superbowl con el peor actor chino que habrán visto jamás. Yo creo que el director de casting se propuso encontrar al peor actor chino posible. Hizo miles de pruebas y finalmente encontró a uno que lo hacía tan mal que le fue imposible rechazarlo. Y para acabar le pusieron un bigote que convertía al pero actor chino del mundo en el peor actor chino más feo del mundo.

(Ahora saldrá algún listillo/a a decirme que no, que el actor es coreano. Pues oiga, el párrafo se queda así)

Volveré, pronto, con este tono positivo que me caracteriza. Ahora les dejo un momento que tengo que ir al baño a clavarme un sacacorchos en la rótula.

Abrazos/as,
T.G.


Y aquí llega la Jenni

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He vuelto, señores y señoras, no para quedarme (o sí, aún no lo tengo decidido) pero si para ofrecerles otro de mis delirantes posts, esos que comentan con su esposa/marido/amante/novio/novia mientras se dicen uno al otro: “¿ves cómo no estamos tan mal?”.

Bueno, esta semana ha habido más escándalos, con informes falsos de hacienda, arrestados, imputados, pederastas, tipos que dicen que Caritas es lo mismo que el PP (“que los dos sirven a la sociedad”), un tal Monedero tratando de hilar discursos cuando no sabe ni escoger un modelo de gafas que le quede decente, los de Ciudadanos yendo del liberalismo a la social-democracia y viceversa en menos de lo que tarda Darth Vader en sacar el sable laser… y así, señores, con las elecciones del domingo a la vuelta de la esquina (porque es este domingo, no) y precisamente coincidiendo con el Barça-Madrid, que también es mala suerte.

Pero vayamos al grano, que sé que le gusta.

Esta semana se estrena una película que vi hace unos meses y que se llama Obsesión (creo que se llama así, pero no me hagan buscarlo en google. Yo les explico de qué va y si ven que no coincide con lo que están contando pues ya se buscan ustedes/as la vida. No me hagan trabajar de más porque estoy muy mal de lo mío y a un paso de coger una cucharilla de café y salir a la calle a asaltar a gente aleatoriamente, usando la cucharilla como si fuera un micrófono, haciéndoles preguntas incómodas.

Pero me estoy despistando.

A lo que iba: se estrena Obsesión, una película protagonizada por Jennifer Lopez.

(Sí, entenderé perfectamente que dejen de leer a partir de este momento, pero piensen que no siempre puedo hacer posts sobre Kant y Thomas de Quincey, a veces tengo que hablar de cosas terrenales)

Repito: se estrena Obsesión, con Jennifer Lopez.

Es la historia de una mujer madura, con la vida ya estructurada, familia, casa con valla, buenas perspectivas, atractiva. Realizada, en fin.

¿Pero qué pasa? Ay amigos, pues la pasión. Que la mujer quiere pasión en su vida, quiere algo de tormenta, algo de bachata, que la hagan sentir deseada. Hasta aquí nada malo, oigan. Porque ustedes, y ustedes, y yo, y cualquier hijo de vecino/a ha sentido alguna vez el terrorífico peso de la rutina sobre sus hombros y ha sentido la necesidad de huir de ella. Algunos/as lo hacen con el sexo, otros/as con el alcohol, algunos/as tiran de drogas, algunos/as tienen hijos, otros se refugian en extrañas fantasías que les hacen sentir como Peter Pan en Neverland.

Así que por ese lado siento total empatía por el ser humano que desea introducir en su vida un elemento de disrupción, algo que sacuda los cimientos de su existencia, sin derribarla.

El problema es Jennifer Lopez, que no es que sea una actriz del montón, es que es una de las peores actrices del montón. Y no te la crees: solo ves la pija consentida que quiere lacasitos de colores en su camerino en lugar de a la mujer que sufre por culpa de un deseo que en ocasiones es incontenible.

Empezamos mal, pues. Porque si no te crees la pieza central del puzzle, no hay puzzle.

Luego está el actor cachas que hace de objeto del deseo de la Lopez. Un tipo tan inexpresivo que cuando trata de fingir que es un psicópata provocó risas en la sala. Un cómico involuntario que pone cara de villano con tal intensidad que una dependienta del Schlecker masticando chicle transmite más sensación de amenaza que él.

Y claro, todo ello se convierte en una especie de sopa de cola-cao con tropezones de pulpo: uno se lo puede comer pero no tardará mucho en darse cuenta de que aquello es una auténtica porquería.

(si están comiendo mientras leen esto les pido disculpas)

¿Y saben lo que más me molesta? Pues que hay tantas de esas pequeñas películas de todas partes que jamás logran encontrar un hueco para estrenarse, películas que valen la pena, hechas con cuatro duros, con tíos/as que se han jugado todo lo que tenían para hacer algo en lo que creían. Y cuando uno ve que esas pequeñas películas no logran salir del hueco y después tenemos que ver 200 pantallas copadas con productos de medio pelo como Obsesión, tiene la sensación de que hay algo en este mundo que funciona muy muy mal.

Sé que la conclusión es absurdamente infantil, hasta ingenua. Pero es que a veces yo mismo soy un poco Peter Pan.

Abrazos/as,
T.G.


El año de las hostias

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Señores y señoras,

¿cómo están ustedes? Espero que pasándolo bien en algún sitio de nuestra amada península ibérica. Aprovechen el momento y disfruten de cada segundo como si fuera el primero y el último porque son tiempos complicados. A mi alrededor (y perdonen que me ponga serio) parece como si todo el mundo estuviera atento a la última canción de los músicos del Titanic, los que no dejaron de tocar aunque el barco se hundiera.

Pero en fin, no nos pongamos trágicos, habrá tiempo para ello cuando se estrene la próxima película de Isabel Coixet.

Hoy escribo esta epístola esperando que hayan visto ustedes (si han tenido la suerte de tener cerquita algún cine donde la proyectaran) el maravilloso documental sobre la Cannon Films. Si no la han visto que sepan que pronto estará disponible en dvd y webs de pago por visión. Seguro que también estará por ahí pirateada pero creo que la gente que se ha gastado el dinero en hacer algo tan loco debería al menos recuperar un poquito del mismo, al menos para beberse unos gintonics. Aunque sean de Larios.

Pero bueno, vayamos al grano, y en esta ocasión no voy a hacer ningún comentario político aunque no me negarán ustedes que lo del informe falso de Hacienda hecho por el hermano de uno de los capitostes de la agencia donde se comparaba al PP con Caritas y la Cruz roja, daba para unas buenas risas. Ay, gracias amigos y amigas de la política por estos momentos de asueto.

Esta semana –por fin- estrenan una película que me ha interesado (y mucho). Se llama El año más violento.

Se titula así porque mirando las estadísticas (ya saben, las que nunca mienten, a menos que las publique La Razón) el año en el que se sitúa la película (1981) está considerado el año más violento de la historia de la NY moderna. En este contexto se mueve un empresario que trata de hacer las cosas de una forma mínimamente decente (he dicho ‘mínimamente’) porque aunque sea un delincuente consumado posee un código de honor que respeta a trancas y barrancas.

El problema es que la ciudad se mueve más rápido que él y a sus competidores lo del código de honor les parece lo mismo que a mí el cine de Julio Médem: malo. Por eso la cosa empieza a ponerse jodida y el pobre empresario decide que igual es hora de ponerse más contundente y pegar unos tirillos aquí y allí, especialmente para salvaguardar a su familia.

A mí la película (que me pareció excelente) me recuerda a ese cine seco y tensado de James Gray, uno de mis directores favoritos, y es que el realizador de El año más violento (un tipo llamado J.C. Chandor) ya tenía dos películas cojonudas en su haber y que si no han visto deberían recuperar: Margin call y Cuando todo está perdido.

Hay que decir que el casting es maravilloso, encabezado por dos bestias pardas como Jessica Chastain y Oscar Isaac.
Y fíjense (que diría José María García) que a mi el tal Isaac me parecía un mastuerzo. Recuerdo cuando le vi en Robin Hood (el remake de Ridley Scott, Dios nos coja confesados… aunque sea uno de mis placeres culpables) pensé que era un auténtico patán: sobreactuado, indigno y botarate.

Pero es que luego le vi en Drive, y luego en la nueva Bourne, y luego en A propósito de Llewyn Davis y luego pensé: “tú eres gilipollas” (no Isaac, yo). Porque este tío es un gran actor, un actor llamado a ser un actorazo y yo a veces necesitaría gafas graduadas.

La cuestión es que su papel en esta película, la del tipo contra la pared (un poco como el protagonista de Perros de paja –la de Peckinpah, no la porquería esa que perpetraron luego) que un día estalla porque –francamente- es lo único que puede hacer.

La recomiendo vivamente. Y quiero advertir que es una película grisácea, altamente cinéfila, magníficamente interpretada y cocida a fuego lento, pero con un desenlace brutal.

Ya sé que normalmente no me hacen caso pero esta vez deberían pensárselo.

Les quiero… a mi manera.

Abrazos/as,
T.G.


Mucho vicio, amiguetes

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Lo confieso señores y señoras, estoy completamente desconcertado.
Más allá de mi escepticismo habitual (multiplicado estos días por asuntos personales que sólo podrían solucionarse con un lanzallamas y mucha gasolina) debo sufrir alguna clase de síndrome anti-obras maestras porque cada vez que alguno de mis colegas del sector suelta esa expresión (‘obra maestra’), extraños temblores sacuden mi cuerpo y empiezo a proferir imprecaciones en lenguas extrañas, como si fuera la niña de El exorcista.

Como ya sabrán los que me lean habitualmente (no sé por qué lo hacen, pero allá ustedes) las dos películas que realmente me han parecido dignas de epítetos mayúsculos en los últimos tiempos han sido Coherence y Whiplash.

También me gustó Birdman, y Boyhood… y poca cosa más. Esa fue mi cosecha de 2014, la que confesé. No digo que fueran las únicas que me gustaran pero esas fueron básicamente mis favoritas.

Entonces empiezo a ver las listas de algunos de mis compañeros: películas de cuatro horas sobre un cabrero en China que contiene un plano de 70 minutos del cabrero mirando a una cabra y que alguien ve como una analogía del pensamiento tradicional frente a la naturaleza y la inmovilidad del pasado frente a la necesidad de un revolución que rompa el cristal que separa al hombre de sus ancestros. Pero yo sigo viendo a un cabrero mirando a su cabra.

Pues esto, que ya me paso con esa cosa llamada Maps to the stars, y que tanto entusiasmó a algunos de mis colegas, me ha vuelto a suceder con la última película de Paul Thomas Anderson, un director al que adoro (aunque considero que sus mejores películas son Boogie nights y Magnolia, y no There will be blood o The master) y que acaba de hacer un filme ininteligible y delirante llamado Puro vicio.

Puro vicio es la historia de un policía (al menos creí entender que era un policía) que se mete en un lío (al menos creí entender que era un lío) que le lleva de una punta a otra de una ciudad que podría ser Los Ángeles en los años 70 o quizás 80, mientras habla con un montón de personas (todas ellas actores y actrices perfectamente reconocibles) de temas que no acabo de comprender. Porque eso sí, no paran de hablar en todo el rato: hablan y hablan y hablan.

Y yo es que no acabo de verle la gracia al conjunto. Tanto cripticismo me parece bien en las películas de Mamet, cuando durante media hora no sabes de qué cojones están hablando pero cuando han pasado 10 minutos más tienes todo clarísimo. No es que yo me vaya a poner a predicar sobre las bondades de la narrativa convencional, pobre de mí, pero oiga si pudiéramos entender algo de lo qué dicen los personajes pues tampoco estaría mal.

En la sesión en la que fui, más de la mitad del cine se largó, algunos no demasiado contentos. Luego me pongo a leer críticas y parece que es la mejor película que se ha hecho en el mundo en el último cuarto de siglo y que no comprendes la genialidad inherente a su alambicado entramado de diálogos incomprensibles es que en el colegio no te enseñaron lo que es el nihilismo.

Pues miren, yo es que lo del nihilismo me la trae bastante al pairo, lo mismo que el confucionismo y el dadaísmo (ya que estamos) pero lo bonito de ver una película es no salir pensando “joder, ¿habrán puesto las bobinas al revés?”.

Yo creo que me he explicado bien, pero es que estoy empezando a pensar que el ininteligible soy yo.

Abrazos/as y besos/as,
T.G.


Ay, ninja de mi vida

 

 

 

 

 

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Señores y señoras,

¿Cómo están ustedes?

Veo que les ha gustado mi bonito post sobre ese genio llamado David Cronenberg y su horrorosa película llamada Maps of the stars: una película que puede provocar fracturas de mandíbula por bostezo.

Esta semana seguimos hablando de elecciones, y de lo ridícula que es House of cards cuando se compara con lo qué pasa en Madrid a diario. Esperanza Aguirre se comería a Frank Underwood con patatas y aún le quedaría hambre para comerse unas albóndigas y un cocido madrileño.

No me digan ustedes que no se han reído con la historieta de Espe, el tipo del ático, la delegada de Gobierno, el comisario Canillejas (igual acabo de inventarme el nombre) y los desayunos de trabajo en la Mallorquina. Ah, y me he dejado a Enrique Cerezo, que también es un hombre al que le gusta hablar por teléfono.

Hay algo que no entiendo, si toda esta gente representa que son genios del crimen, ¿cómo es posible que tengan la boca tan grande, sea en persona o por teléfono?

En fin, señores, viva la guerra sucia y estos momentos de asueto que proporcionan a mi alma atormentada todos estos botarates que se han forrado a nuestra costa.

Esta semana se estrenan un par de cosas interesantes. Una de ellas llama a gritos a mi freak anterior; la otra que confirma mis peores temores.

Pero vayamos por partes.

El primer estreno (y ya me imagino que va a ser limitadísimo) es el documental sobre la historia de Cannon Films.

Vale, lo admito. Mientras ustedes, hijos de Apolo y Afrodita, iban por ahí bebiendo, fumando y morreándose con desconocidos/as yo desperdiciaba mis años de adolescencia echando horas en el videoclub. El viernes salía del cole (y estoy hablando de cuando tenía 12 o 13 años) y me iba al videoclub. Llegaba allí antes de las cuatro y me pasaba en el sitio hasta que cerraban.

Allí vi más de 8000 películas entre el 83 y el 96. En ese tiempo no me bebí unos 5000 cubatas y dejé de besar… bueno, lo de besar lo dejamos, no era yo muy popular con las mujeres, viendo doce o quince películas cada fin de semana. Pero esa fue mi educación sentimental, y no las discotecas o las playas. Supongo que por ese motivo mis habilidades como nadador son tan limitadas y lo de ir en bici me parece más difícil que ganarle al ajedrez a Karpov.

Seguro que mi madre pensó que mejor aquello que tenerme en la calle entregándome a mis instintos más básicos.

(Eso lo hice luego, pero mi madre –Dios la tenga en su gloria- ya no se enteró de mis coqueteos con la oscuridad de mi alma, blablabla) Bueno, pues en esa parte de mi vida jugó un gran (GRAN) papel Cannon Films. Y esta semana estrenan Electric bogaloo: la loca historia de Cannon Films.

Juzguen ustedes mismos:

American ninja
Breakdance
Electric boogaloo
Delta Force
Invasion USA


Exterminador 2
Desaparecido en combate
Lifeforce
Bolero (¡Bolero!)

Señores y señoras: un mar de obras maestras.
Y sé que muchos de ustedes/as están ahora mismo con la mente perdida en aquellos años de películas locas, sin ningún tipo de corrección política, sin más ánimo que el de entretener o el de ofender a todos/as por igual.

Además, el docu es divertidísimo y cualquiera con un poquito de eso que llaman nostalgia en las venas va a soltar una lagrimilla recordando a todos esos hijos de puta que iban por ahí matando gente como si no hubiera un mañana.

Ah, sí, y la otra peli es una cosa que se llama Chappie.

Con ese nombre ya no se puede esperar nada bueno, pero es que la película es esperpéntica, y tiene además el concurso de uno de los peores actores del universo conocido: Dev Patel.

Qué malo es el tío, coño.

Lo peor de esta peli es que el director es Neil Blomkamp, un tipo que prometía mucho con Distrito 9, menos con Elysium y nada con Chappie, la historia de un robot policía que es muy bueno y muy inteligente.

Aún más increíble: este tío va a dirigir la próxima entrega de Alien y ya me están entrando los temblores.

No sé, oigan, vayan ustedes/as y me cuentan.

(eso sí, no es peor que la de Cronenberg. Por lo menos es lo que aparenta)

Abrazos/as,
T.G.

 


 

 

 

 

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Hola señores y señoras,

¿qué tal están ustedes señoras y señoras? Espero que más animados que yo, que parece que me hayan encerrado en una película de Haneke con guión de Isabel Coixet.

Sí, así de terrible es mi vida ahora mismo. Creo que escribo este blog para que si hay algún/a miserable leyéndome ahí fuera no se sienta tan solo/a. Efectivamente, amigos, creo que si me viera un psiquiatra optaría por tirarse de la ventana de su despacho antes de seguir escuchando mi relato.

No voy a mortificarles con los detalles, no es necesario, así pueden ustedes especular y decidir qué horrores me atormentan.

Dicho lo cual (todo sea por empezar con una nota de optimismo en este mundo cruel) voy a hablarles de una de las mayores estafas fílmicas pergeñadas por un director al que he adorado cuando se lo ha merecido y aborrecido cuando ha optado por venderme una deposición de ornitorrinco y asegurarme que es chocolate. Y yo, señores y señoras, sé distinguir entre las deposiciones de ornitorrinco y el chocolate, de la misma manera que puedo distinguir entre un vaso de agua sucia y una Guiness.

No sé si me explico.

Soltemos de una vez el nombre del culpable: David Cronenberg.

Reconozco desde ya mi entusiasmo por obras maestras como Scanners, Inseparables, Una historia de violencia, La mosca o Promesas del Este. Y mi indiferencia por productos como Spider o Cosmopolis, coñazos pretenciosos que explotan una marca, un sello, más que un estilo o una dirección determinada.

Curiosamente, me atrevería a calificar su última película, Maps to the stars, como la peor de su carrera. Un engañabobos para los que consideran una obra de arte las luces de un árbol de navidad o un rollo de papel higiénico. Curiosamente también, he visto la película en dos ocasiones y la segunda me pareció incluso peor que la primera. ¿Por qué la vi dos veces? Métanse en sus asuntos y no me hagan enfadar, cada uno tiene sus cosas.

A estas alturas estarán esperando que les cuente de qué va la película, pero lo cierto es que no tengo la más mínima idea. No les miento, la primera vez creí que iba de una actriz adulta (madura, si lo prefieren) que observa con indisimulado desdén como las jovenzuelas con pechos que desafían la ley de la gravedad pululan ahora por los papeles que le solían dar a ella. Eso la lleva a un estado de rabia perenne que intenta apaciguar haciéndose masajes y retozando con señores y señoras. La actriz en cuestión está interpretada por Julianne Moore, pero no sabría decirles por qué ella acepto el papel, ni por qué suelta esas frases que harían enrojecer a un profesor de guardería.

La segunda vez que la vi (repito, dejen de juzgarme, todos tenemos vicios inconfesables) creí que era una fábula sobre una joven que llega a Hollywood en busca de respuestas para las que no tiene preguntas. Ya ven que hoy me estoy saliendo soltando frases lapidarias.

Por supuesto, no pienso verla una tercera vez porque puedo ser un vicioso pero no soy gilipollas… vale, soy gilipollas pero no hasta ese punto.

La cuestión es que la película está dirigida con tamaña dosis de indigencia intelectual que costa identificar en sus imágenes el talento de un realizador que siempre ha sido capaz de ponernos el estómago por corbata y los ojos del revés. A mí que me lo expliquen porque es imposible aguantar las casi dos horas que dura el filme y no preguntarse: “¿Qué cojones estará esnifando Cronenberg?”.

Parece como si un día se hubiera levantado y hubiera dicho: “Hostia, como me apetece tomarles el pelo a este montón de lerdos. Y al final seguro que me aplauden”. Hay tanto jeroglífico, encerrado en laberinto, metido en una caja de música, enterrado en una cueva marina, etc etc etc que al final es imposible entender una sola palabra de lo que los mamarrachos que salen en la película arrojan por esas bocas dubitativas. Estoy seguro de que llegados a cierto punto los actores siguieron actuando porque no habían quedado con nadie y les daba igual estar aquí que allí.

Ni una sola idea en la película, ni una sola, que justifique la tortura audiovisual de la mano uno de los realizadores más descomunales que ha dado el cine en las últimas tres décadas.

Pero oigan, vayan ustedes/as a verla y luego me cuentan. Eso sí, yo no le devuelvo el dinero a nadie.

Abrazos/as,
T.G.


¿Qué tal señores y señoras?

 

¿Hablando aún del interesantísimo debate sobre el estado de la nación? No me extraña, es lo más apasionante que he visto desde la última película de Isabel Coixet.

 

Para seguir con mi tono positivo de las últimas semanas ayer me fui al velatorio de un amigo que había acabado de cumplir los 50. Hace seis días (seis) me dijo que se encontraba mal y que debía ser cansancio (el hombre era un currante). Murió antes de ayer. Eso es lo que duró en el hospital.

 

¿Saben? A veces veo a los políticos destinar partidas millonarias a supuestas campañas de concienciación, o a gigantescas obras de arquitectura o a rotondas con barco, mientras que o científicos se ven obligados a buscarse la vida. Luego veo a un buen amigo morir de un cáncer tan agresivo que no le ha dejado vivir una semana y me pregunto si realmente se hace todo lo posible para erradicar la enfermedad, para prevenirla o para detectarla. Y no entraré aquí en mi opinión real para que no me tachen de demagogo, pero la multiplicación de casos de cáncer, especialmente en mujeres jóvenes, debería conllevar algún tipo de reacción.

 

Por supuesto, en un país que durante meses ha dejado morir a de hepatitis C -aun teniendo la medicación para parar el golpe- tampoco le vamos a pedir peras al olmo. Sí, ya sé que algunas enfermedades son imparables pero me gustaría mucho que dedicaran más tiempo a preguntarse por qué lo son y menos dinero a sus gilipolleces.

 

Descansa en paz, Manel.

 

Lamentando empezar este post con una nota póstuma, hablemos de la película de la semana. Y del mes.

 

No sé si les he hablado alguna vez de mi devoción por Mark Millar.

 

Millar es un cabrón escocés con una mala hostia diabólica y que decidió desde bien joven dedicarse a escribir guiones de cómic. El hombre se hizo famoso por Kick- Ass (y la película consecuente) y –sobre todo- por los Ultimates, una revisión de Los vengadores que reventó las de tebeos, trascendió el ámbito de la novela gráfica y le colocó de golpe y porrazo en todas las quinielas de los aficionados al cómic.

 

Si quieren ustedes empezar por algo realmente espectacular (y uno de mis comics favoritos de los últimos años) cómprense El viejo Logan, una maravillosa fábula sobre una América muy distinta de la actual en la que un Lobezno envejecido que hace 20 años que no saca las garras recorre el continente en busca de una respuesta. Un magistral que merodea por el universo Marvel con una inteligencia insultante.

 

Corran a su tienda de cómics. Bueno, mejor por la mañana que igual han cerrado… malditos gandules.

 

Todo esto viene a colación por el estreno de la adaptación de otro de sus cómics: Kingsman: The secret service.

 

La película la historia de un crápula adolescente metido en mil líos que se ve metido en una misión que incluye agentes secretos, súper-villanos y mujeres sumamente atractivas con cuchillas en los pies… o pies en forma de cuchillas.

 

Con un reparto impresionante que incluye a Sofia Boutella, Mark Strong (qué grande este ), Samuel L. Jackson y un imperial Colin Firth, en uno de los papeles más cachondos que le recuerda un servidor. Huelga decir que los efectos especiales son de sobresaliente y que el diseño de producción no tiene nada que envidiar a ningún Bond.

 

Kingsman es una de esas películas que recuerdan al espectador que es posible hacer cine comercial de primera clase con el que olvidar – dos horas- la cantidad de porquería que tiene uno que tragar en su día a día.

 

Y con


Sonia_Monroy

 

 

Señoras y señores,

 

¿Cómo están ustedes? Espero que en plena o al menos mejor que un servidor después de verme las tres horas y pico de ceremonia de los Oscar… en diferido.

 

Ya no estoy yo para ir trasnochando para ver según qué. Me dicen mis amigachos que el evento ha sido un auténtico coñazo y que Neil Patrick Harris no ha estado todo lo chisposo que se esperaba. No es ninguna novedad que estas ceremonias acostumbran ser larguísimas auto-felaciones en las que todos se dicen en voz alta y con cámaras de por testigo, cuánto se aman y lo encantados que están de haberse conocido.

 

Repasada la ceremonia (y utilizando el fast-forward para saltarme los momentos más embarazosos, todo hay qué decirlo) afirmar que han sido uno de los Oscar(s) más aburridos de la historia. Nada ha roto el rigor reinante, no ha habido ningún momento especial, ni especialmente emocionante y el público parecía más aburrido que los presentadores.

 

Lo más sorprendente ha sido la falta de energía de Neil Patrick Harris, un actor la copa de un pino y un tipo al que he visto en Broadway darlo todo sobre el escenario. No logro entender la desgana y aún menos ese truco de magia final (rozando el mentalismo) que parecía escrito por Los Morancos.

 

De los premios y los modelitos (incluyendo el modelo de Sonia Monroy, que hizo la pre-ceremonia de los Oscar del día anterior y no las del día del evento) ya se lo han dicho todo: nadie logra ponerse de acuerdo en qué mola y qué no, y y el otro y blablablá.

 

Es sorprendente lo mucho qué importan todos estos artilugios en las grandes ceremonias de premios. Al final parece que a todo el mundo le importan un pito los premios y lo único que es realmente relevante es el color del vestido de la actriz de turno.

 

De los premiados ya lo saben todo: Whiplash (mi favorita) se llevó tres premios (uno y dos técnicos: mejor actor; mejor montaje y edición de sonido) pero se quedo sin el guión adaptado que ganó The imitation game. Mal.

 

Tampoco ha sido novedad lo de Birdman, una película que me encanta a pesar de su director: un señor insoportable que lleva de lo del egolatrismo a extremos insondables. Sin embargo, el Oscar que la película se merecía con más merecimiento (olé yo y mi elección de palabras) se quedó en otras manos: Eddie Redmayne le arrebató la estatuilla a un sensacional Michael Keaton. Mal.

 

Por último, no hubo sorpresas con las actrices: los maravillosos de Patricia Arquette y Julianne Moore se alzaron con el premio. Las dos llegaban con trabajos impecable (Boyhood y Still Alice, respectivamente) y pasó lo que tenía que pasar.

 

Y hasta aquí mi análisis a una de esas ceremonias endogámicas que se celebran en todos los países con distintos rostros pero que en el caso que nos ocupa tiene un calado descomunal porque en Unidos, amigo, viven los tipos y tipas que nos hacen soñar cada años unas cuantas veces.

 

El que lo quiera ver lo ve y el que no pues no.

 

A veces me expreso tan que me doy rabia.

 

Abrazos/as,

T.G.


Dispárame a mí, campeón

 

 

 

american-sniper

 

Señoras y señores,

 

Se acabó ya el efecto Grey. Ya hemos visto reportajes de latigazos, consoladores, a una señora detenida porque se masturbó en el cine, salas que se negaron a proyectar la película y hasta un reportaje en una ferretería donde le preguntaban a un hermano de Mariano Ozores si habían ido clientes sospechosos pidiendo cinta aislante y cuerda.

 

Vaya, un despliegue periodístico sin precedentes para que ustedes estén informados como Dios manda y para que cuando vayan a adquirir sus productos sexuales a la ferretería lo hagan con un disfraz (yo recomiendo las gafas que incluyen una nariz de plátano, nunca fallan).

 

En fin, vamos a por un estreno de mañana (no sé si estoy mal informado pero parece que este viernes sólo hay dos estrenos, uno de ellos de animación, con lo que se intuye a las claras el miedo que produce el señor Grey y su fusta de castigo) que ha causado tsunamis de tinta en Estados Unidos por su temática pero que aquí nos la va a traer un poco al pairo: El francotirador.

 

La película narra la historia de uno de los soldados más letales de la historia del ejercito estadounidense, Chris Kyle. Este buen hombre, uno de los mejores francotiradores del mundo…

 

 

 

 

OJO QUE LLEGA UN SPOILER, SI NO DESEAN LÉERLO SÁLTENSE EL SIGUIENTE PÁRRAFO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(antes de morir a manos de un veterano al que intentaba ayudar), escribió un libro que se convirtió en un best-seller explicando los líos mentales, sociales y familiares que tiene un tipo dedicado al oficio de eliminar enemigos a los que ve a través de una mira telescópica. Sin hacer spoilers, en la película hay una escena (sobre todo una) que explica con claridad cristalina lo jodido que puede llegar a ponerse la vida de un soldado de élite.

 

El problema con la película ha llegado cuando se la ha acusado de ser un panfleto imperialista que trata a su protagonista como una suerte de héroe inmortal. Si juntamos ese concepto al hecho de que Clint Eastwood (no lo había dicho pero es el director del filme) es un conocido militante del partido republicano, tenemos entre manos la tormenta perfecta.

 

Yo no soy tan osado y no creo que sea un panfleto. Creo –eso sí- que es una película muy americana pero es que (con perdón) no podía ser de otra manera. Estamos hablando de un tipo que se ha cargado a 200 enemigos (y alguno que no lo era), un héroe militar de los que cuelgan la bandera en el balcón y son objeto de adoración de sus vecinos. Si tenemos en cuenta el argumento y la propia naturaleza autobiográfica del producto, pensar que iba a ser una reflexión sobre la naturaleza de la guerra era ciencia ficción.

 

Pero aun así, Eastwood se maneja para crear algunos momentos magníficos que tienen que ver con la dinámica familiar del soldado (un magnífico, descomunal Bradley Cooper) y su mujer (esplendida Sienna Miller) y la continua tensión de un tipo que vive con el dedo apoyado en el gatillo y al que no le está permitido relajarse.

 

La película ha sido el mayor triunfo financiero (en taquilla, vaya) de la carrera de Eastwood, y lleva más de 300 millones de dólares sólo en Estados Unidos, aunque internacionalmente no se espera que recaude ni la mitad dado el núcleo extremadamente local del filme. De hecho, con la película ya proyectándose en la mayoría de países, acumula unos 60 millones de dólares. Es decir: cinco veces menos.

 

Yo iría a verla porque es una buena película, pero por si algún motivo son ustedes contrarios a cualquier cosa que venga de Estados Unidos mejor quédense en casa.

 

La otra película, El libro de la vida, producida por Guillermo del Toro, aún no he podido verla. Prometo hacer los deberes este fin de semana. Todo sea por ustedes, por su cariño y delicadeza.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 

 

 


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