niño

 

 

Hola señores y señoras,

 

Cómo están ustedes? (Ya saben que siempre que hago esa pregunta me los imagino a todos gritando al unísono: “Biennnnnn”.)

 

Como les prometí, ya he visto El niño, que cuando escribo estas líneas encabeza la taquilla española, por encima de Lucy y Guardianes de la galaxia (de las dos ya hemos hablado en este humilde blog), y promete ganar el fin de semana, aunque de momento no conocemos las cifras.

 

Antes de entrar al trapo con la película de Daniel Monzón, permítanme que felicite a Tele 5 por su insoportable campaña de marketing con ella, que casi me ha convencido de que era una porquería por pura machaconería.

Llevamos ya tres meses de Niño aquí y Niño allá, en cada programa, en cada pausa, en cada debate, en cada periódico, televisión, radio y blog de nuestro país. Sin tregua, como si la táctica de bombardear al españolito por tierra, mar y aire con lo de la maldita película fuera a asegurarles el taquillazo.

 

Bueno, ya saben ustedes que la cosa ha funcionado con Torrente(s), Los ojos de Julia, El orfanato, Lo imposible y Ocho apellidos vascos, así que para qué iban a querer cambiarlo. Al final tenemos lo que nos merecemos, pero yo siempre he creído que hay una gran cantidad de espectadores que simplemente no va (menos a Ocho apellidos vascos, a esa fue todo el mundo menos mi abuela) por el coñazo que te dan (día y noche) con el producto de turno.

 

A lo que íbamos.

 

El niño es una buena película, magníficamente dirigida, bien escrita y con algunas escenas (como la famosa persecución de lancha y helicóptero) que son francamente espectaculares. Los actores son de primera (aunque a mí el niño de los ojos bonitos y que todas las niñas quieren beneficiarse me toque bastante el pie), especialmente Luís Tosar y Jesús Carroza. Este último encabeza ahora mismo mi ranking de actores secundarios españoles con su capacidad para crear personajes de la nada, con un par de pinceladas. Su perdedor en El niño es un tipo memorable, y seguro que todos somos capaces de nombrar a alguien que nos lo recuerda, muestra indiscutible de que en lo específico se esconde lo universal.

 

Así pues, todo bien, Monzón demuestra que es un director de primera clase (a este le veremos volar en breve, junto a Bayona, en Hollywood) y que, aunque haya transcurrido casi un lustro entre ésta y su anterior película (la impresionante Celda 211), no se le ha olvidado dirigir.

 

Dicho esto, a mí la película no me parece memorable. Creo que hay cierta frialdad en el tono, cierto nervio que echo de menos, y que –me da la impresión– al niño se le ha escogido por su cara bonita más que por otros factores y que, cuando lo vemos con Luís Tosar, se pone de manifiesto que sí, que realmente es un niño.

Además, si tenemos en cuenta lo que era Celda 211, un thriller afilado como el maldito bisturí de Hannibal Lecter, El niño me parece corta: en ambición y en resultados. Quizás porque cuando hizo Celda 211 Monzón contaba con un presupuesto limitado y todas las decisiones eran puramente narrativas (que no estéticas), en esta ocasión me temo que, obligado por el gigantismo del propio filme que tenía entre manos, a veces parece como si tuviera que cumplir con un cupo de acción que queda muy bien en los trailers pero acaba resultando –al menos para mí– un simple recurso, un set pensado para embobar al público.

 

El niño me hace pensar en Manhattan sur o Heat, lo cual debería ser un piropazo, pero, mientras Mann y Cimino apretaban el acelerador hasta el fondo, Monzón se ve obligado a darle constantemente al embrague.

 

Ya saben lo que decía Harry El sucio de las opiniones: “Son como el culo, todo el mundo tiene una”. Bueno, pues ahí tienen la mía.

 

Hala, abrazos/as,

T.G.

 

 


en-el-ojo-de-la-tormenta

 

Buenas señores/as,

 

¿Qué tal están? ¿Se han portado bien? Voy a creer que sí y les voy a obsequiar con uno de mis fabulosos posts que harían sonreír a Shakespeare, Dante, Melville y Alfonso Ussía.

 

Debería haber sido rapero porque la fuerza de mis palabras es algo propio de la ciencia-ficción, pero no sabía cómo ponerme la gorra y me quedaban mal los pantalones anchos, así que opté por escribir un blog para el señor Moltó. Eso sí, a veces cuando escribo muevo las manos como un rapero y digo “yo, yo” [lo pronuncio “llou, llou”] e imagino que estoy en Brooklyn y que las niñas me miran y me guiñan el ojo.

 

Esta semana quería hablarles de El niño, de la que no paro de oír cosas buenas (Daniel Monzón, director de Celda 211, va para grande), pero aún no he podido verla. No quiero que nadie sufra por ello, que ya veo por ahí ojos llorosos y caras de preocupación, ya que mañana mismo haré los deberes en uno de esos multisalas que parecen salidos del infierno, con jóvenes que llevan gafas de sol dentro del cine y un tatuaje en la nuca que pone “Collejas por la voluntad”.

 

En fin. Tranquilízate T.G.

 

(He empezado a hablar conmigo mismo y estoy mucho mejor, como pueden comprobar.)

 

Para compensarles por lo que no he podido ver y que va a ser la gran noticia para el cine español hasta que entrenen la vigésimo-segunda entrega de Torrente, les voy a hablar de lo que sí he visto, que es una auténtica chaladura con la que me lo pasé como un chaval: En el ojo de la tormenta.

 

Recuerdan ustedes esa película llamada Twister? No, Twitter no, Twister.

 

(Esta pregunta determinará a qué generación pertenecen ustedes.)

 

Bueno, si no la han visto, se la cuento –los que la hayan visto pueden saltar hasta el próximo párrafo. Twister (que significa “tornado” en inglés) es una película sobre un grupo de cazadores de tornados que intentan descubrir la manera de predecir a esos malos bichos con el tiempo suficiente para que las poblaciones puedan ser desalojadas. La protagonizaban Bill Paxton, Helen Hunt y el mismísimo Philip Seymour Hoffman. Sí, lo han leído bien.

 

En el ojo de la tormenta tiene el mismo sujeto (los tornados), pero con cámara en mano (ya saben, el famoso “found footage”) y con unos efectos especiales tan bestiales que la cosa acaba siendo un festival de luz y colores.

 

Se lo digo ya desde ahora: la peli no vale un pimiento.

 

No tiene guión.

Los personajes son de cartón piedra.

La narrativa es inexistente.

El final no tiene ningún sentido (bueno, y el principio tampoco).

 

Sin embargo, si lo que buscan ustedes es un poco de diversión que les aleje de este país delirante que tenemos, En el ojo de la tormenta es su película. El nivel de destrucción en pantalla es tan salvaje que 2012 parece una bromista (vale, bueno, exagero un poco). Sólo les recomiendo lo del tornado en el aeropuerto: si el tornado más grande jamás recordado es un F5 este es un F18000.

 

No les digo más, si les gustan las películas apocalípticas incomprensibles pero deliciosamente caóticas, ya están corriendo al cine. Yo no me lo pasaba tan bien desde Independence Day.

 

Si alguien ve El niño antes que yo (hablaré de ella el sábado) que la comente. Que lo casque. Que lo diga.

 

Hala, hasta el sábado. No dejen que se los lleve el tornado.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lucy

 

No estoy bien, se lo confieso. No es broma, ando muy jodido, así que van a ser ustedes mi diván.

 

Llevo unos días en que no levanto cabeza, sólo me ayudan el vino y las pastillas mágicas (no, no el Viagra, pervertidos). Es culpa mía, eso es lo peor, no tengo nadie a quien echar a los perros.

 

 

 

Hasta aquí mi confesión de hoy. Ya pueden dejar ustedes de ser el diván.

 

 

 

Hoy hablamos de Lucy, que se estrena mañana. Ya saben, la película de Scarlett Johansson donde ésta va soltando tiros y demás delicatessen con una pistola en cada mano.

 

 

 

El precepto –digámoslo ya- es absurdo: una chica normal y corriente se mete en un lío tremebundo sin comerlo ni beberlo y acaba tomando una droga experimental que expande su cerebro hasta límites inimaginables.

 

 

 

Se ha dicho muchas veces aquello de que sólo usamos un 10% de nuestra capacidad cerebral. Y se ha especulado también con lo que pasaría si utilizáramos el 100%.

 

 

 

Lo cierto es que nadie sabe que parte del cerebro usamos y algunos científicos se han molestado en indicar que lo que realmente pasaría si alguien usara el 100% de su capacidad cerebral: acabaríamos en un manicomio porque el cerebro ordenaría al cuerpo hacer todo a la vez. Todo. Naturalmente, todo son conjeturas, nadie sabe que pasaría pero me resulta más razonable pensar en un tipo volviéndose loco ante una cantidad descomunal de impulsos eléctricos que a otro volviéndose telépata, telequinésico y omnipotente.

 

 

 

Sin hacer demasiados spoilers, algo parecido (con bastantes matices) es lo que lo sucede a nuestra querida protagonista, una Johansson que parece estar pasándoselo como una niña en un columpio a la que cada vez empujan más arriba.

 

 

 

Así dicho, podrían ustedes/as pensar que estamos ante un coñazo de película o algo peor. Pues no, quitándole los últimos 20 minutos (puro delirio) Lucy es una de las películas más entretenidas del verano. Espléndidamente dirigida por un veterano de la acción como Luc Besson (el señor de El quinto elemento o los Transporter), la película tiene un par de escenas memorables y una de las mejores persecuciones de la historia del cine: la que tiene lugar en el centro de París, y que hubiera firmado el mejor George Miller, John Frankenheimer o el Friedkin de French connection.

 

 

 

Me perdonaran que hoy sea más breve que de costumbre, me cuesta escribir con tantas sombras en la cabeza pero no quería dejar de cumplir con ustedes/as.

 

 

 

Un abrazo,

 

T.G.

 


rocket

 

 

Amigos y amigas,

 

He vuelto, después de una larga (pero grata) ausencia. El motivo de mis reiteradas faltas de actualización no ha sido –como siempre- mi alarmante tendencia a la procrastinación sino un largo viaje desde Barcelona a Moscú y de allí a Los Ángeles para acabar en Las Vegas, donde (aunque parezca mentira) sólo perdí 20 dólares después de un lamentable intento por entender la mecánica de una moderna máquina tragaperras. ¿Dónde quedaron aquellas maquinicas con manzanas, peras y cerezas? El cacharro me preguntaba si quería jugar a una línea, a dos o a diez. No lo sé, oiga no lo sé, no tengo ni la más mínima idea. Naturalmente le di a jugar a diez (soy un tío ambicioso) y perdí 15 dólares de una tirada. A mi lado, una mujer de rasgos asiáticos, se tomaba un mojito mientras miraba embobada una mesa de black-jack mientras mascullaba algo en chino (o quizás fuera coreano) que no entendí.

 

Lo de Moscú se lo cuento otro día, tan solo explicarles que mi presencia en el país coincidió con una de las cuatro fiestas nacionales por motivos militares. Esta vez era el de la marina. Pregunté si había que tomar alguna precaución ante la perspectiva de miles de marinos borrachos. “No, no se preocupe, a menos que sea negro o gay no tiene nada que temer” me dijo el recepcionista del hotel, como quitándome un peso de encima.

 

Lo dicho, ya se lo cuento otro día, con un par de vodkas encima.

 

Bueno, pues aprovechando mis viajes me vi unas pocas películas: Lucy, Life after Beth y Guardianes de la galaxia.

 

De la primera ya les hablo la semana que viene, cuando se estrena; de la segunda no lo sé, porque no sé si alguien va a querer comprarla (aunque me reí mucho con ella, las cosas como sean); de la tercera, una obra maestra como la copa de un pino, paso a hablarles ahora mismo.

 

¿Obra maestra? Dirá alguno/a frunciendo el ceño y rascándose la áxila. Pues sí., amigos, porque una película sin ínfulas de ningún tipo que acaba llegando al nivel de brillantez de Guardianes de la galaxia no puede ser calificada de ningún otro modo.

 

Naturalmente, la vi en Imax 3D con Atmos (dos veces) porque en Estados Unidos tienen estas cosas (en España han cerrado los Imax de Barcelona y Madrid, después de una patética trayectoria trufada de documentales sobre animales y deterioro de las instalaciones) y uno tiene la obligación de disfrutarlas por encima de cualquier otra consideración.

 

Supongo –les tengo a ustedes por personas inteligentes- que ya habrán ido a verla o estarán pensando en hacerlo. También supongo que otros/as dudarán de ir porque pensarán que es otra de superhéroes y ya tienen sobredosis.

 

No se preocupen, Guardianes de la galaxia no es una película de superhéroes. Guardianes de la galaxia es una comedia, con pinta de película de acción y disfrazada de epopeya de ciencia-ficción. El reparto es tan jodidamente mayúsculo (con Chris Pratt llamado a ser estrellón en breve) y tan bien mezclado que cuesta pensar en que algo podría haber sido mejor.

 

La historia, por si no la conocen: un niño es abducido por unos extraterrestres a las puertas de su casa. Veinte años después ese mismo niño se ha convertido en un contrabandista espacial metido en toda clase de líos (un Han Solo con más músculos y el mismo sentido del humor) que se verá envuelto en una guerra entre uno de los personajes más poderosos de la galaxia y algunos de sus colegas.

 

La banda sonora (sensacional), los efectos especiales (deslumbrantes) y el tono de la película, que nunca se toma a sí misma en serio, hacen de Guardianes una de las mejores pelis de lo que va de año: divertida, fresca, genial y corta, cortísima.

 

Por una vez, y aunque el sello Marvel siempre ayuda, hay que decir que la taquilla le ha reconocido los méritos y la ha empujado a una recaudación que ya supera los 400 millones de euros en todo el mundo.

 

En resumen, si les interesa saber lo que una señora verde, un culturista tatuado, un mapache superdotado (hablo del intelecto, pervertidos), un árbol con poco vocabulario y un contrabandista pueden hacer en la pantalla grande, ya tardan.

 

Vamos, hop hop, deprisa.

 

Abrazos/as,

T.G.

P.D.: descansen en paz ese tremendo actor y grandísimo actor llamado Robin Williams y mi adorada Lauren Bacall. Ojalá estén ustedes disfrutando de un sitio mejor, amigos.


boyhood

 

Señores, señoras, he vuelto.

 

Justo a tiempo para ver como Pujol por fin se ata su propia soga y se cuelga.

 

Ahora espero que hagan lo mismo Botín, Camps, Cotino, González y todos los que se han enriquecido mientras nos hablaban de lo importante que era mantenerse recto e inmune a las tentaciones.

 

Naturalmente, todos van a robarnos de una forma u otra así que al final sólo cabe pedirle al ladrón algo de elegancia y mucha discreción. Esto es España y aquí todo pasa y nada cambia, pero al menos esperemos poder tener el placer de ver a algunos de esos ladrones sin palancas y de día entrar a la cárcel. Aunque luego dentro tengan teles, y bonitas celdas individuales, y reproductores de dvd y los guardias les lancen piropos al pasar, porque –eso sí- nadie es miserable con tanto estilo como nosotros.

 

Para compensarles por todo esto, la morralla política y social que estamos condenados a soportar (incluyendo a un montón de corruptos de pequeña intensidad que hacen nuestras vidas menos soportables) les hablaré hoy de la que es posiblemente la mejor (o una de las mejores) película que veremos este año en este delicado país nuestro, que un día nos engullirá con un terremoto para demostrarnos lo cansado que está de nuestra maldita presencia.

 

Me despisto, perdón.

 

La película, tan delicioso que es difícil no rendirse ante ella, se llama Boyhood y su director es Richard Linklater.

 

A Linklater le conocerán por aquella preciosa trilogía donde dos amantes se reencuentran periódicamente en una ciudad distinta y en un día (sólo por ese día) hablan de si mismos. De lo que les preocupa, de aquello que aman, de lo que odian… de lo que envidian.

Son películas tan sencillas (Antes del amanecer, Antes del atardecer, antes del anochecer) y sin embargo tan complejas que uno siente que está aprendiendo algo de lo difícil que es ser simplemente humano tan solo por sentarse delante de una pantalla a oír hablar a esos dos personajes, maravillosos Ethan Hawke y Julie Delphy.

 

Pues bien. El señor Linklater tenía un pequeño proyecto, que ha estado rodando una semana al año durante doce años, con los mismos actores. De tal forma que –rizando el rizo- por primera vez el espectador puede ver a los protagonistas de una película envejecer ante sus ojos. Sin tener que recurrir a efectos especiales o maquillajes aparatosos. Simplemente por la obsesión de un director a la hora de pensar en un cine distinto, más atrevido, más ambicioso: mejor.

 

Da bastante igual que la película no tenga un línea narrativa muy marcada, porque el simple hecho cotidiano de encontrarse con esos actores, año tras año, y verles envejecer, madurar, volverse más sabios (o más idiotas), le añade al séptimo arte una capa de magia que nunca había tenido.

En cierto modo, al confundir a actores y personajes, Linklater entrega al espectador su propia Capilla Sixtina y le pide que la pinte a su gusto, que establezca en ella las relaciones que considere oportunas: que cierre los ojos y deje volar su imaginación, como cuando eres pequeño y estás convencido de que si lo deseas puedes aprender a volar.

 

En esa ingenuidad, a la que se aplica un barniz de calidez y otro de emociones (de las buenas, no de las que llevan aditivos y encuentras en las estanterías de los supermercados de Hollywood) explota en la retina del espectador y llega directamente a su cerebro. El cinéfilo sonreirá, el listo callará y el espectador convencional pensará que está viendo algo muy extraño, pero que es –en general- algo bueno.

 

El cine sensorial, que es algo que uno no puede forzar porque interactúa con nuestros sentidos sin pedirnos permiso, encuentra en Boyhood uno de los ejemplos más bonitos y sentidos que nos ha dado el cine en toda su historia.

 

Dentro de unos años hablaremos de ella con reverencia, la repasaremos para asegurarnos de que no fue una broma y la dejaremos a nuestros amigos para hacernos los guays.

 

La estrenan el 12 de septiembre y con total seguridad ganará entre poco y nada de dinero. Habrá otras cosas más grandes y ruidosas que reclamarán nuestra atención y es bien sabido que nos distraemos fácilmente, así que nos olvidaremos de ella.

 

Con suerte, resistirá en alguna capital de provincia durante unas cuantas semanas.

 

Por eso, antes de que se estrene, les advierto sobre ella. Para que la apunten y no se olviden.

 

Ya me lo agradecerán luego.

 

Un abrazo y buenas vacaciones,

T.G.


Anarchy

 

Hola señores y señoras,

 

¿Qué tal?

 

Espero que vieran ustedes/as (como vi yo) el lamentable espectáculo de nuestros políticos con el llamado “cañonazo”. Pocas veces se ha televisado un ridículo mayor en nuestra historia reciente (y mira que estaba el listón por las nubes). Pero así son sus señorías, intentando legislar sobre internet cuando apenas saben escribir.

 

Qué gusto de país, dan ganas de tirarse por el balcón.

 

Y de cine, ¿qué? Pues ya ven, la taquilla suicidándose cada fin de semana. Montoro sudando de cualquier tipo de esfuerzo colateral (la bajada del IVA) y la población repitiendo aquello de que “el cine español es malo”. Cuando vean La isla mínima y El niño, ya me lo dirán.

 

Y dicho todo esto, parte de mi habitual discurso optimista, pasemos a las novedades de la semana. Son alrededor de media docena pero les hablaré de dos porque –francamente– tampoco es que sea para tirar cohetes.

 

La primera es Sex tape (aquí titulada Algo pasa en la nube). Para los lectores masculinos es importante que sepan que Cameron Diaz sale desnuda y se conserva extremadamente bien. Para las lectoras femeninas decir que sale Jason Seger y que, aunque se ha adelgazado mucho, sigue siendo el tipo alto y raro de siempre. A ver, yo no digo que sea feo, pero como hombre objeto no cuela. Y si la cosa va de que es la pareja de Cameron Diaz, pues tampoco cuela.

 

Algo pasa en la nube explica la historia de una pareja que, vencida por la monotonía de la vida conyugal (los niños y blablablá), decide grabar una cinta de sexo casero. Lo malo es que en tiempos modernos uno tiene que tener mucho cuidado con los botones que toca y lo que acaba sucediendo es que el torpe marido lo cuelga sin querer en la nube, con lo que muchos colegas pueden acceder al material.

Así que marido y mujer se lanzan a una loca carrera por confiscar todos los Ipads donde parece estar contenida la información.

 

El primer problema de la película es su evidente (e inevitable) obsolescencia programada: dentro de un par de años la nube será otra cosa y la película se verá como una antigualla. Supongo que les importa un pito, pero había que decirlo.

 

Lo segundo es que la pareja no cuela. Así de sencillo. Es obvio que él está en el filme por su (innegable) vis cómica, pero, más allá de eso, es pedirle peras al olmo que un espectador se trague que ese señor está con esa señora.

 

Lo tercero es que la película tiene una excusa muy pequeñita y que además el núcleo es inofensivo. Imagínense ustedes grabando una cinta porno con su pareja y que esta se cuelgue por error en la nube y que sus conocidos tengan acceso a ella. Aunque sea una comedia, habría que percibir esa tensión y lo cierto es que aquí no se percibe en absoluto.

 

Lo cuarto es que esta es una comedieta divertida, que pasa rápido, que tiene cinco o seis gags geniales y que ellos (independientemente de que uno se trague ese matrimonio) están muy bien. Por tanto, si no desean complicarse la vida y pasar una hora y media de su vida en formato ligero, con unas cuantas risas en el camino, esta es su película. Si busca usted/a algo más complejo y elaborado huya. Pero corra.

 

La segunda película que –sorprendentemente– es entretenida (muy entretenida) es la secuela de The purge, un filme que a mí me parece regular y hasta pretencioso, pero que en esta segunda entrega se olvida de las hombreras y se dedica a divertir al espectador. En ese sentido del espectáculo está lo mejor de La noche de las bestias (así se llama), que recuerdas a esas pelis italianas de los ’80 como Los guerreros del Bronx. Además, el protagonista es Frank Grillo, un actorazo de pura raza (sólo hace falta ver Warrior para darse cuenta de ello) y la peli es un pepinazo en el sentido puramente rítmico.

 

Ya saben de qué va el tema: durante una noche en Estados Unidos el crimen es legal y uno puede hacer lo que le dé la gana sin que la ley haga nada para detenerlo.

Obviamente, los ricos se protegen en sus fortalezas mientras que los que no tienen donde caerse muertos acaban en un agujero o en un contenedor.

 

Aquí se añade la idea de un vengador y una pareja que parece haberse caído de un guindo, lo que le otorga a la receta un plus de maldad (de serie B) que se agradece.

 

Estrenan más películas, pero yo no iría a verlas.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 


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He vuelto.

 

Hoy estaba leyendo la historia de un ciudadano holandés que perdió el avión que desapareció en algún lugar del Océano índico y que antes de ayer perdía el que fue derribado en Ucrania (por cierto, qué papelón el de algunos medios calificando de “accidente” el hecho de que un misil impactara con un avión en pleno vuelo, cuando ya se había confirmado que no había sido ningún accidente. Lo del lenguaje es algo maravilloso), salvándose así de una muerte segura no en una, sino en dos ocasiones.

 

Pensé qué buena película sería eso, si alguien se atreviera a hacerla. No dentro de dos años, ni de cinco, ahora. También he pensado muchas veces (extrañas conexiones que tiene mi cerebro, o lo que me queda de él) cuánto me gustaría ver una buena película sobre lo qué ha pasado en el País Vasco durante los últimos 40 años con una organización terrorista llamada ETA. Sin embargo, y un día alguien lo lamentará, la historia está pasando de largo y –de nuevo– volveremos a perder la oportunidad de aprender algo de los momentos difíciles.

 

Estamos en un momento de la historia de este país que será recordado por nuestros hijos y nuestros nietos. No sólo por lo de Cataluña, o por lo de Podemos, o por la sensación de que el bipartidismo que hemos sustentado con nuestros votos desde los años ’80 (no sé si lo de la UCD cuenta para algo) va a acabarse. Hay algo más: la sensación de que en las próximas elecciones generales a este país no lo reconocerá ni la madre que lo parió. ¿Y qué hacemos? En lugar de tomar nota y documentarlo y hablar de ello en tiempo real, nos dedicamos a regodearnos en sandeces y a olvidarnos de lo que se discute aquí es nuestro futuro. Plain and simple, como dirían al otro lado del Atlántico.

 

Bien, pasado este ataque de trascendencia (no se me preocupen, sólo los tengo cada tres o cuatro meses, la medicación me tiene bastante a raya), decirles que este fin de semana se estrena –al menos– una película cojonuda, que deberían ir a ver inmediatamente: El amanecer del planeta de los simios.

 

Todos/as recordamos/as el clásico de Charlton Heston. Todos/as hemos querido olvidar el despropósito de Tim Burton. Y –creo– que todos/as podemos reconocer lo estupenda que era el reboot de hace un par de años, extremadamente inteligente y totalmente solvente. De pronto anunciaron que el director lo dejaba y a algunos/as (incluido yo) se nos cayó el cielo encima: la gracia de la película era tener a un tipo con ideas frescas, un novato que no dudó a la hora de pasarse por el forro lo que se suponía que tenía que ser el filme para perseguir su propia visión del mismo.

 

Sin embargo, cuando anunciaron que Matt Reeves tomaba el control, reconozco que me iluminaron los ojos. Un tipo del círculo de JJ Abrams, con dos películas en su currículo de la altura de Déjame entrar y (la brutal) Monstruoso y un talento que no le cabe en el cuerpo.

 

Lo primero que hizo fue contratar a Gary Oldman y a Jason Clarke. Lo segundo, reescribir el guión. Y lo tercero, convertir la película en algo más que la secuela de un reebot que es en realidad un remake (lo siento, yo también me he mareado al decirlo).

 

El amanecer del planeta de los simios es un tour de force, una reflexión sobre la humanidad que va más allá del puro espectáculo (que lo hay, créanme, madre de Dios si lo hay) y que entronca de algún modo con un humanismo que es difícil ver en las grandes superproducciones de Hollywood. Tanto es así, que muchos republicanos y la Asociación Nacional del Rifle (los que van después de cada matanza en un colegio a decir que las armas no tienen culpa de nada) han puesto al grito en el cielo por lo que ellos consideran que es un manifiesto radical contra las armas de fuego.

 

La película arranca un tiempo después de donde lo dejó la anterior: César es el líder de un numeroso grupo de simios que viven en algún lugar al otro lado del Golden Gate. La gripe simia ha barrido el planeta y diezmado a la humanidad hasta límites insospechados, pero –aun así– estos siguen empeñados en buscarles las cosquillas a los simios, lo que provoca un conflicto que va a poner al hombre contra las cuerdas.

 

Los efectos especiales son algo descomunal (atención al CGI de los simios, que demuestra cuanto ha avanzado esta tecnología) y el diseño de producción es extraordinario. No se mira el reloj ni una sola vez y cuando se encienden las luces a uno se le queda la cara de “¿puedo tomarme otro Cola-cao, papá?”.

 

Sí señores, es así de buena. Un espectáculo sensacional por el que vale la pena pagar el precio de una entrada.

 

Corran, coño, corran.

 

(Si es posible en versión original, la voz de César en la doblada es una aberración.)

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


Borgman3

 

 

Señores y señoras,

 

¿Cómo están ustedes?

 

Por suerte, cuando lean estas líneas, ya estará a punto de acabarse el mundial y empezaremos de nuevo con la liga y luego la Champions league y la Copa del Rey y la Supercopa de Europa y la de España y la madre que me parió.

 

Sobre todo, que no tengamos tiempo de distraernos y eso.

 

Además, en verano tenemos la suerte de disfrutar de esos apasionantes anuncios de cerveza: los pijos de la cala de Estrella Damm, los mamarrachos del famoseo de Mahou, los músicos de pega de San Miguel, los cretinos de Cruzcampo… Seguramente por eso, la única cerveza que me apetece beber es la Estrella Galicia. Y la Moritz.

 

Cualquiera que no me diga que, bebiendo una cerveza, me van a rodear un montón de hipsters vestidos como si acabaran de salir de un garito de Brooklyn. Si eso es así, yo prefiero beber vino, que debe ser menos cool, pero –sin duda– es más agradable.

 

En fin, vayamos al tema, que esta semana hay madera que cortar.

 

En primer lugar, Borgman.

 

Esta es una de las películas más raras (por original) que se podrá ver en España este año. Es la historia de un tipo que pertenece a un grupo de vagabundos (casi una tribu) que es asediado por las fuerzas vivas de no se sabe muy bien dónde. Uno de los vagabundos consigue huir y busca refugio en la primera casa que le parece bien. Se planta en la puerta y les pide a la pareja que le abre si les molestaría que se diese un baño.

 

Hasta aquí podría parecer (relativamente) convencional, pero no.

 

La irrupción de este personaje, bohemio, trotamundos y completamente loco, en la vida de dos personas “normales” tendrá consecuencias tremebundas. Muy tremebundas.

 

No me gustaría contarles demasiado porque lo bueno de Borgman es que es absolutamente imprevisible, incluso si uno ha visto mucho cine, siempre que alguien no la destripe antes como podría hacer yo ahora mismo.

Lo único que quiero decirles es que, si desean ver algo distinto, que les deje descolocados, esta es su oportunidad.

 

Lo segundo de lo que quiero hablarles es Ahora y siempre, una película sobre una chica con cáncer. Es tan maniquea, manipuladora, barata y sentimentaloide que dan ganas de acercarse a la cabina y destruir el proyector a hachazos. Es curioso comparar esta película con Bajo la misma estrella: donde una era delicada y emotiva, esta es fácil y sensiblera. Lo peor es que, pudiendo ser un filme sobre lo jodido que es convivir con la sombra de la muerte cuando ni siquiera eres lo suficientemente adulto como para decir que has vivido, acabe convirtiéndose en un hediondo telefilme que explota el dolor de su protagonista para restregarnos por la cara que el cáncer es muy malo. Oiga, ya lo sabemos, y no hace falta que encienda el ventilador. Memo.

 

El tercero es un producto simpaticote con la presencia de nuestro buen amigo, Arnold Schwarzenegger: Sabotaje. El guión es lo de menos, lo importante es que se reparten hostias a diestro y siniestro y que Arnold maneja una ametralladora con cada mano, como debe ser. Naturalmente, ganan los buenos.

 

No esperen ninguna obra magna porque aquí de lo que se trata es de distraernos. Si usted es un yonqui de la acción no dude de que esta es su película. Si es usted un yonqui de otra cosa, ya sabe “pasapalabra”.

 

Y para terminar, dos cosas:

 

La española, La cueva. Una película de terror, bastante digna, que se ha remontado y rodado dos veces, porque el productor no estaba conforme con el resultado inicial. Si han visto The descent (magnífica, apabullante película de horror), ésta es más o menos lo mismo, pero sin monstruitos. Es claustrofóbica y tiene una idea inicial interesante: no es un ninguna obra maestra pero se ve con agrado (aun siendo de un mal rollo bastante intensito). Tampoco hay que pedirle mucho más.

 

Y por último, porque hay que mencionarla: El abuelo que saltó por la ventana y se largó, una adaptación de la obra homónima de ese famoso escritor nórdico que tanto vende en nuestro país. Es un señor que a punto de cumplir los 100 años decide fugarse de la residencia donde vive para ver mundo.

El libro me importó un pito y la película es bastante peor que el libro.

 

Me explico, ¿no?

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 


bajolamismaestrella

 

Buenos días, señores y señoras,

 

¿Qué hacen ustedes en esta soleada mañana de domingo mientras escribo estas líneas? (Es soleada aquí, desde mi ventana, no sé desde la suya. Que anda el tiempo muy loco… ¿Ya han salido los expertos a decir que no habrá verano?)

 

En fin. Estaba yo hoy escribiendo de cosas sin importancia, cuando he caído que no les había hablado de una de las películas que más me ha gustado en los últimos meses. Seguramente porque esperaba que fuera una gran memez y me sorprendió por su madurez, su delicadeza y su sentido del humor.

 

La película en cuestión se llama Bajo la misma estrella, y es la enésima demostración de que con un buen guión y un buen director se puede llegar adonde se desee.

 

 

El material original es un horrible libro (lo sé porque lo he leído) donde se habla de un grupo de adolescentes enfermos de cáncer y del grupo de apoyo en el que se reúnen. Seguramente les parecerá familiar porque tiene puntos en común con la obra de ese gurú de la autoayuda (y escritor de medio pelo) llamado Albert Espinosa. Ya saben, el de Si me dices ven lo dejo todo… Pero dime ven. O el de El club de las pulseras rojas. Ese.

 

Pero, si en el caso de Espinosa las traslaciones de sus delirios literarios siguen siendo delirantes, en el caso de Bajo la misma estrella la cosa cambia mucho. Y cambia porque el encargado de adaptar la obra de John Green es un tal Michael H. Weber, al que los cinéfilos recordarán por el magnífico libreto de 500 días juntos.

 

Weber, un tipo listo como pocos, con un sentido del humor a prueba de bombas y una pluma afilada como un sable laser, es capaz de convertir las emociones baratas del original en un precioso drama, cargado de valentía, en el que los protagonistas jamás sienten lástima por sí mismos. Es difícil resultar cristalino sin ver la película, pero si uno olvida los prejuicios a la hora de ver Bajo la misma estrella puede encontrarse a uno mismo muy cerca de una sensibilidad que pocas veces hemos visto en pantalla sin sentir que nos manipulaban.

 

Pero, más allá del sensacional trabajo del señor Weber y la mano firme del director, un tal Josh Boone, al que yo conocía de nada (pero que resulta ser el realizador de Un invierno en la playa, que era un filme notable), la gran sorpresa de la película resulta ser una actriz que prometía muchísimo y que aquí agarra al espectador por el gaznate y no le suelta hasta mucho después de que se acabe la película.

 

Su nombre es Shailene Woodley. La habíamos visto en Los descendientes y en Divergente. En ambas mostraba destellos de genialidad, pero uno siempre podía optar por pensar que era otra de esas actrices que queda embarrancada en la arena de las jóvenes promesas.

 

En Bajo la misma estrella, espanta de un plumazo todos los fantasmas y construye a un personaje tan fascinante, tan sonoro, tan rotundo en su fragilidad, que resulta difícil no conmoverse de un modo genuino. A su lado, dos actores de una potencia descomunal, dos chavales llamados Ansel Egort y Nat Wolff, cuya complicidad y química es simplemente insuperable. Woodley tiene un cáncer que la obliga a llevar una bombona de oxígeno arriba y abajo; Egort ha visto como le amputaban una pierna; Wolff ha perdido un ojo.

 

Suena a dramón, ¿verdad?

 

Pues hay tal chute de vitalidad en esta película, tal sentido del humor, tal arrojo, que uno se olvida de cualquier hándicap para rendirse al ser humano y a su capacidad para sobrevivir a cualquier cosa. O casi.

 

Acostumbrados a las torpezas del cine adolescente, encontrarse con un título como Bajo la misma estrella nos recuerda lo difícil que es resultar creíble y relevante cuando se manejan determinados códigos. Los adolescentes no son tan tontos como pudiera parecer en primera instancia, y por eso Bajo la misma estrella ha sido un triunfazo sin precedentes en Estados Unidos y promete dar la misma guerra en cada país donde se estrene.

 

¿Y saben lo mejor? Que se lo merece.

 

Abrazos/as,

T.G.


Terror en el Windows

Open Windows

 

Señoras y señores,

 

¿Qué tal están ustedes? (no puedo evitarlo, cada vez que hago esa pregunta me los imagino a todos/as gritando al unísono “BIENNNN”).

 

Ya ven que estamos animados:

 

1)     Los presuntos bastardos del Rey

2)     La imputación de la Infanta

3)     Cristóbal Montoro

4)     Los despidos que tributan

5)     La Catalan Navy

6)     Las notas de Froilán

7)     Los caníbales de Ibiza

8)     Las portadas de ABC

9)     El PP

10)Pablo Iglesias

 

No me veo capaz de encontrar un solo tema que merezca más espacio que los otros, todos ellos son igualmente absurdos y sirven para ejecutar un buen retrato robot de este país en el que vivimos. Lástima que Gila, Berlanga o Rubianes ya nos hayan dejado, porque sería espectacular verles desenvolverse en el delirio actual.

 

En fin, probablemente mucho/as de los que estén leyendo estas humildes líneas sean ETA. O algunos/as, o todos. Ya saben que los criterios para entrar a formar parte de la banda han cambiado y ahora es muy sencillo alistarse. Con eso y las constantes referencias al nazismo para compararlo con cualquier memez, damos una imagen magnífica de cara al exterior.

 

Pero no estamos aquí para hablar de eso, aunque por otro lado se presentan tiempos apasionantes en este país, porque da la sensación de que van a haber hondonadas de hostias.

 

Entremos ya en materia, porque el fin de semana viene cargadito:

 

Ya hablamos de esa comedia fallida que es Mil maneras de morder el polvo. Nada más que añadir: fallida.

 

Se estrena también la adaptación del fantástico libro de Reif Larsen, El extraordinario viaje de T.S. Spivet, cuya maravillosa edición en español la convierte en un libro imprescindible.

Dirige la película Jean Pierre Jeunet, al que muchos recordarán por Amélie (un filme con el que sigo sonriendo, a pesar de ser un cínico vocacional y un pesimista experimentado) y que aquí vuelve a ese universo con la historia de un niño que por momentos recuerda a Huckleberry Finn.

 

A mí me pareció una pequeña delicia, y no puedo por menos que recomendarla, pero también es verdad que, si es usted diabético, puede sufrir una sobredosis de azúcar, así que ojo.

 

Por otro lado, se estrena Un largo viaje. Una película con el (habitualmente) magnífico Colin Firth y la (un poco pasada de rosca) Nicole Kidman. Un filme a priori interesante sobre la construcción del ferrocarril Birmania-Tailandia en la Segunda Guerra Mundial, por parte de centenares de soldados británicos prisioneros del ejercito japonés. La historia inspiró un filme tan legendario como El puente sobre el rio Kwai y prometía muchas alegrías.

 

Por desgracia, el director –un australiano llamado Jonathan Teplitzky– no sabe aprovechar el material a su disposición y mediante delirantes opciones esteticistas (más que estéticas) acaba pergeñando un churro eterno, que se hace más y más indigesto a medida que avanza el filme. Colin Firth no cuela como soldado traumatizado ni como vejete que busca venganza, y Nicole Kidman tiene tanto botox en la cara que cualquier sonrisa la obliga a un esfuerzo inhumano que finalmente acaba siendo inútil.

 

En suma: ni se les ocurra ir.

 

Y finalmente, Open Windows.

 

Esta es la tercera película de Nacho Vigalondo, un director que genera (como suele decirse) amores y odios a partes iguales.

Su primera película, Los cronocrímenes es un filme de culto: raruno, inexpugnable y francamente espeso. Pero al mismo tiempo tremendamente arrojado y original. La obra de un chiflado al que le gusta mucho el cine.

 

Extraterrestre es más asequible pero igualmente fascinante. Una comedia en clave de ciencia ficción, que reflexiona sobre los mecanismos emocionales de auto-defensa y de eso llamado “el elefante en la habitación”, el gran trauma presente en cada relación y que tratamos de obviar para seguir sobreviviendo y que Vigalondo sublima en una gigantesca nave espacial.

 

Ahora llega Open Windows, que –básicamente– explora el universo virtual como jamás habíamos visto hasta ahora. Con un nivel de pericia técnica despampanante, Vigalondo cuenta la historia de una estrella (la ex-diva del porno Sasha Grey) y su acosador, sin abandonar nunca la pantalla de un ordenador. Ese juego de espejos, trabajado como un puzzle que obliga al espectador a no desviar la mirada y que tensiona la pantalla como la piel de un tambor, es lo mejor de una película casi suicida, cuya carrera comercial –no me cabe duda– se verá lastrada por un planteamiento absolutamente radical.

 

No quiero contarles mucho porque les jodería una experiencia bastante psicotrópica e incluso extrema. Yo iría a verla y me llevaría un trankimazin.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


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