Una merienda de negros

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Hola señores y señoras,

¿Cómo están ustedes?

Ayer noche mi señor padre sufrió una isquemia intestinal y hoy se encuentra en la UCI, enchufado a una máquina. Nos han dicho que no pasará de esta noche. Luego que igual sí. Luego que igual no. Luego que no saben.

Lo único seguro es que está enchufado a esa máquina, que es como una especie de Skynet que estoy seguro de que aparte de mantener vivo a mi padre podría declarar la guerra a la raza humana si quisiera. Tiene mas botones y válvulas que HAL-9000.

Después otro médico nos ha hecho unas preguntas sobre su autonomía “para ver si valía la pena intentar salvarle”. Estoy seguro que no quería decir lo que ha dicho pero también estoy seguro de que eso era exactamente lo que quería decir. Ya saben, a veces la medicina tiende a ser excesivamente pragmática que es justo lo que no debería ser. Gracias a Dios dejé mi AK47 en casa.

Por cierto, eso que decía el horóscopo del ABC de que en septiembre todo mejoraría es una puta patraña y quiero que se sepa. Si me lees, astrólogo del ABC, que sepas que algún día pasaremos cuentas. Cabrón mentiroso.

Así que esta noche a las 2 de la mañana he cogido un taxi para irme a mi pueblo a ver a mi padre y me he encontrado a uno de esos conductores que insiste en darte sus consejos aunque le expliques claramente que no tienes ningún interés en escucharlos. “Pues mi padre sufrió mucho, ¿sabe?”. Pues no, oiga, ni puta idea, y además me la sopla.

Pero uno aguanta porque le puede la educación victoriana, como esos amigos que te dicen “yo sobre esto prefiero no opinar” y a continuación se pasan dos horas y media dándote su opinión. ¿Qué vas a hacer? ¿Matarles a todos? Lamentablemente no dispongo de tanta munición.

Así que aquí me tienen, en casa, con el teléfono a mano, ya que en la UCI uno no puede quedarse con su familiar, tiene que esperar fuera. Las horas de visita son media hora, cada tres o cuatro horas. No me quejo, sé que todos/as allí están muy delicados y no hay otra manera de hacerlo, pero la idea de estar en mi casa con el teléfono perpetuamente enchufado esperando la llamada de un tipo a las tantas de la noche que te comunique que ya puedes salir echando hostias si quieres despedirte. Pues no sé. Voy a discutirlo con mi perro, pero yo creo que a él tampoco le va a parecer bien.

La moraleja de todo esto es que no hay que creer en los horóscopos, ni en el ABC.

Por cierto, he visto Straight outta Compton, que para aquellos interesados en la historia del rap es una auténtica joya. Ya saben, el nacimiento de los NWA (Niggas with Atittude) y su influencia en el gansta-rap y en el hip-hop, gracias (particularmente) al trabajo del Dr.Dre. Desde un punto de vista cinematográfico la película es impecable, si nos ponemos quisquillosos, la cosa cambia: resulta que Eazy-E y el primer manager de la banda son los culpables de todo el desastre que acabó con la disolución del grupo. Algo difícil de creer con Dre y Ice Cube de por medio, que no son precisamente dos hermanitas de la caridad.

Por lo demás, pues estupendísima banda sonora, fantástico casting (con el hijo de Ice Cube interpretando a Ice Cube… los dos son clavaditos) y una dirección – de F Gary Gray- de lujo. En Estados Unidos ha arrasado. Aquí no se va a comer un colín, pero bueno.

Y ahora, si me lo permiten, voy a seguir mirando el teléfono fijamente, como si me fuera la vida en ello.

Cuídense, abrazos/as,
T.G.


 

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Hola amigos y amigas,

¿Cómo llevan ustedes este verano eterno que amenaza con eternizarse aún más? Yo me estoy planteando irme a vivir a Islandia, lamentablemente el sueldo no me da ni para irme a vivir a Somalia, donde los alquileres están baratos y los AK47 pueden comprarse en cualquier parte.

Hablando de AK47s, no me digan ustedes que no se han reído con lo del terrorista este del tren francés. El tipo sube a bordo con un billete de primera (140 euros) y una vez allí ve una video llamando la yihad, carga su kalashnikov, se pone a mano su machete, revisa los 15 cargadores llenos de balas (270 en total, dicen) y prepara la gasolina para pegarle fuego al tren cuando acabe. Afortunadamente (para nosotros), es un patán de manual y no sabe cómo manejar el AK47, así que se le encasquilla. Le dan una buena paliza, le quitan el arma y, un rato después, le detienen.

Hasta aquí todo correcto y, en cierto modo, razonable: el clásico terrorista patoso (aún recuerdo aquel que se subió con un zapato explosivo a un avión. Lo pillaron cuando intentaba encender la mecha del zapato. O sea, llevaba un zapato explosivo con mecha. CON MECHA). Sin embargo, lo mejor viene cuando el tío va y declara: “Me sorprende que me llamen terrorista: yo sólo quería robar el tren porque soy pobre y no tengo para comer”.

Analicemos están espectaculares declaraciones.

Resulta que el tío dice que es pobre, pero aún así tiene 140 euros para cogerse un billete de primera clase. Como no hay restaurantes, ni tiendas, ni peluquerías en Francia, decide que va a atracar un tren, porque como todo el mundo sabe las rutas de escape de un tren de alta velocidad son muchas y variadas: puedes tirarte a 270 kms por hora o puedes esperar que te detengan en la primera estación. Al tipo le sorprende que le llamen terrorista, porque claro, es bastante normal que para atracar un sitio te lleves un kalashnikov 300 balas, dos granadas de mano, dos machetes y una lata de gasolina. Claro, puedes encontrar resistencia, alguien que viéndote con un AK47 y esa barba de musulmán a juego con tus ojos de psicópata decida no darte los 20 euros que lleva, ni su teléfono móvil.

Me recuerda a ese tipo que fue con una funda de puro metida en el culo al hospital. Cuando le preguntaron que había pasado dijo que antes de dormir tenía costumbre de fumarse un habano, debió quedarse traspuesto y como estaba desnudo (le gustaba dormir desnudo) pues en una de esas vueltas que se da uno en la cama se le introdujo la funda vía anal. Vamos, ¿a quién no le ha pasado algo así? Te duermes en pelotas, das unas vueltas y cuando te levantas tienes la mesilla de noche metida en el ano.

Perdónenme, pero más que ofenderme lo del terrorismo en sí (que ya es bastante penoso, tener que matar porque te dicen que lo dice un libro porque tú no sabes ni leer, sucio bastardo) me ofende que ni siquiera tenga el valor de decir la verdad: “Mire, yo soy un terrorista, su modo de vida me ofende, me ofenden su música, el modo en que se visten y su forma de hablar, así que me monte en el tren dispuesto a cumplir la voluntad de Alá, que yo creo que es matarles a todos y luego incendiar los restos, por si acaso. Soy un terrorista, me dedico a eso. Lamentablemente se me encasquilló el arma, porque yo era barbero y no tengo ni puta idea de cómo manejar un AK47. También fue mala suerte que en ese momento se encontraran en el vagón dos marines americanos, uno de metro 90, que me dio tantas hostias que hasta Alá me dijo “huye tío, huye, olvídate de mis instrucciones previas”. Y eso es todo, soy un terrorista tonto. Métanme en la cárcel y ya. No tengo nada más qué decir”.

¿No sería todo más fácil? “Mire, estaba en casa, estaba cachondo, he visto la funda del puro y me he dicho: ‘eso me lo meto yo por detrás como me llamo Jaime’. No ha salido bien. Quítenmelo, díganme cuánto necesitan para perder mi historia, y aquí paz y después gloria”.

No es que yo esté a favor de la verdad integral, ni mucho menos. Si fuera así, cada vez que me dieran los buenos días contestaría “que te jodan, lerdo/a”. Sin embargo, contesto “buenos días”. Pero coño, es que si uno tiene la jeta de coger un arma e irse a perpetrar una matanza lo mínimo que puede hacer después es echarle un poco de coraje al asunto. “No, oiga, es que yo iba a robar”.

Luego ha salido el padre del presunto terrorista diciendo que “mi hijo no tenía pan, ese es su único delito: no es ningún terrorista”. Pues mire, buen hombre, si no tiene pan lo dice. “Tengo un AK47 y quince cargadores y dos granadas de mano y no tengo pan. Vosotros mismos”.

Yo voy y le llevo pan. Y jamón ibérico. Y le abrazo.

Si alguno de ustedes/as no tiene pan y un montón de armas en casa y ya se ha comprado el billete en clase CLUB porque quiere robar el AVE que lo diga ahora y lo arreglamos entre todos.

Abrazos/as,
T.G.

 


 

 

 

 

 

 

 

mr-creosote

Buenas señores y señoras,

gracias por sus amables consejos a la pregunta en mi post anterior, que -por supuesto- no pienso seguir. Como un enano metido en un carro del Lidl y arrojado por un acantilado: mi destino está sellado. Al menos llevo casco.

Hoy tenía ganas de hablar de eso tan bonito llamado los límites del humor. Hace tiempo que le daba vueltas y toca hoy. Espero ofender a muchos/as de ustedes, porque, ¿no se trata de eso?

Hace unas semanas, el concejal de cultura del ayuntamiento de Madrid, Guillermo Zapata, tuvo que presentar la dimisión después de que vieran la luz unos cuantos tuits en el que este hombre con aspecto de judío neoyorquino se burlaba de Irene Villa, las niñas de Alcaser, las víctimas de ETA y el holocausto. El tal Zapata presentó la dimisión y leyó el clásico comunicado de “si alguien se ha sentido ofendido” que consiste en pasar la pelota al receptor del presunto chiste en lugar de aceptar que sí, que les has ofendido, porque eres absolutamente torpe.
Sin embargo, a mí lo único que me ofendió de los mencionados tuits es lo malos que son. No es que sean chistes ofensivos, es que son chistes malos. Lo que debería haber hecho Zapata es pedir perdón por ser un humorista de pena. “Siento haber tratado de ser gracioso cuando no tengo ni puta idea de cómo serlo. Perdonadme, no volveré a hacer chistes”.

Dijo una vez el comediante Larry David que “comedia es cualquier cosa que me haga reír”, que es probablemente una de las mejores definiciones del género que se han hecho jamás. El problema de Zapata y de tantos como él, no es que escojan temas peliagudos sobre los qué hacer coña; el problema de Zapata y de tantos como él es que no conocen los mecanismos del humor y confunden ser cafre con ser incisivo. Muchos recordamos aquel chiste de Louis C.K. sobre la masturbación y las Torres gemelas (“dicen que se puede saber lo pervertido que es uno dependiendo de lo que tarda en hacerse una paja después de una gran desgracia: yo me la estaba cascando entre la caída de la torre norte y la de la torre sur”) y lo hacemos porque era estructuralmente perfecto: impactante, faltón y extremadamente divertido. Ahora bien, cambiemos las torres por trenes, cambiemos el 11 de septiembre por el 11 de marzo y pongamos el chiste en boca de un humorista español. El tsunami de descalificaciones posterior nos hundiría a todos en la miseria.

Es lo que se ha dado en llamar ‘los límites del humor’ y que define la facilidad con la que nos sentimos ofendidos por determinados chistes. En España ya no se puede bromear con gordos, enanos, enfermos de cáncer, lesbianas, homosexuales, bisexuales, merengues, culés, fascistas, comunistas, celiacos, diabéticos o víctimas del terrorismo. De hecho en España ya no se puede bromear con nada, porque antes de soltar el chiste alguien en alguna parte está emitiendo un comunicado para condenar el futuro chiste. Lo más curioso es que sería difícil encontrar un país en el que la diferencia de criterio entre el ámbito público y el privado fuera tan abismal. Pasamos de hacer chistes en nochevieja sobre Miguel Ángel Blanco mientras brindamos con la familia a ofendernos porque un tipo cuenta un chiste de judíos que tiene más años que el Antiguo Egipto.

La corrección política de nuestro país es como un ente autónomo que va por ahí todo el día con gesto compungido, buscando un motivo por el que ofenderse. Luego, en la barra del bar, nos reímos con la boca llena de tortilla de patatas y hablamos de moros y maricones sin ningún tipo de complejo, pero ay del que goce tratar de articular algún tipo de chiste incorrecto en público. Aún recuerdo a aquel humorista que hizo un chiste de chinos en una cadena privada: protestó hasta el cónsul de China. ¿Quiere decir esto que podemos hacer chistes de cualquier cosa? Por supuesto, pero con una sola condición, absolutamente innegociable: que sean buenos. Lo demás es opcional, incluso reírse.

Y esto es así aquí y en la China popular. Con perdón.

Por cierto, no he ido al cine esta semana. Prometo ir el martes.

(Me han chivado que la nueva película de Medem es una mamarrachada de proporciones épicas. Sí, ya lo sé, no podíamos esperar otra cosa).

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 


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Señoras y señores,

¿qué tal están ustedes?

Aquí me hallo, somnoliento y cabizbajo, pensando en mis cosas.

Permítanme que les haga una pregunta (muy seria): han intentado ustedes alguna vez ser amigo/a de alguien a quien hayan amado. Y más importante: ¿lo han conseguido?

(Lo sé, es lunes por la mañana y no están ustedes para soplapolleces, pero sírvanse usar la sección de comentarios para ilustrarme. No es para mí, es para un amigo. Un amigo muy cercano con mi nombre y apellidos. Ya saben, “un amigo”. No me ven, pero les estoy guiñando el ojo y muevo las cejas arriba y abajo muy rápidamente, como si estuviera sufriendo algún tipo de electrocución)

Me encuentro ahora mismo encerrado en la cueva de Platón mirando mi sombra (que cuando me giro aprovecha para hacerme cortes de mangas) y me ha sobrevenido esta duda existencial. O sea, o la resuelvo o me tiro de un entresuelo o intento acabar con mi vida a base de comer nubes de algodón.

Sé que ustedes/as pueden ayudarme porque son listos/as, guapos/as y –probablemente- estén de vacaciones.

Como compensación, y entre las mejores respuestas, sortearé un paquete de 100 gramos de Navidul. Compréndalo, el presupuesto de este blog es modesto y yo soy catalán y autónomo, lo que significa que no tengo dinero y que aunque lo tuviera no pensaba gastarlo en comprar jamón del bueno.
Dudas existenciales aparte (háganme caso, no se enamoren jamás de nadie y si les pasa cómprense una sartén antiadherente y dense golpes con ella en la cabeza, bien fuerte, hasta que se les pase) esta semana me he ido a ver la quinta entrega de Misión imposible. Quería ir a ver una de la Coixet y así sentirme menos miserable (es como cuando uno se siente pobre y piensa en los piratas de Somalia, que ni siquiera pueden ir a sacar dinero al cajero porque allí no hay bancos. Bueno, allí de hecho no hay nada) pero –inexplicablemente- ya no la dan. Así que me fui a ver a Ethan Hunt y a su equipo… y qué bien me lo pasé coño.

Yo soy muy fan de la franquicia de Misión imposible y de Tom Cruise, de ambas dos. La única que –la repasé ayer- no me gusta nada es la segunda. John Woo se ha quedado tan antiguo y lo de Anthony Hopkins es tan cutre, y la primera es tan buena, que aquello no se lo traga nadie.

Sin embargo la primera, la tercera, la cuarta y la quinta son peliculones. Mi favorita es la primera pero la cuarta… ay la cuarta, joder qué maravilla.

Pues la quinta, oigan bien lo que les voy a decir a continuación, es –casi- mejor que la cuarta. La dirige Christopher McQuarrie (el guionista de esa obra maestra llamada Sospechosos habituales) y el hombre sabe muy bien lo que se hace: buenos diálogos, un uso del personaje de Cruise que es absolutamente sensacional (potenciando el carisma del actor y sacando todo el provecho de su vena cómica, que es estupenda), la incorporación de la despampanante Rebecca Ferguson, que es un descubrimiento absoluto porque su química con Cruise es fantástica y porque, señores y señoras, qué pedazo de actriz. Y luego, pues los sospechosos habituales: Ving Rhames, Jeremy Renner (este tipo está en todas) y ese genio llamado Simon Pegg.

Y claro, los sets de acción que son el rizar del rizo al cubo y que tienen el morbo de comprobar lo loco que está Tom Cruise, que sigue insistiendo en hacer él los trucos. Por ejemplo: la escena donde se agarra a la puerta de un avión que despega, pero también una persecución en moto que ríase usted de Jason Bourne. Y todo ello con un ritmazo despampanante que durante dos horas te mantiene enganchado al asiento.

Por mi pueden seguir haciendo Misiones imposibles hasta el día del juicio final, que –por cierto- a ver si llega pronto ya, porque estoy empezando a cansarme de ser un ser tan circunspecto. Les juro que si un día me asomo por la ventana y veo el meteorito llegando le diré hola con la mano e iré corriendo a ponerme una copa de champán (eso sí, en casa nunca falta alcohol, algo es algo).

Abrazos/as,
T.G.


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A principios de año me encontraba yo sumido en una depresión de caballo. Las razones son lo de menos, seguro que ustedes pueden imaginarse alguna(razón) lo suficientemente buena. La cuestión es que pensé que nada podía ser peor que 2014.

Me equivocaba.

La cuestión es que, un día, estando en casa con las persianas bajadas, la tele puesta y una resaca mortal que lo hacía todo aún peor, decidí que lo mejor era ponerme a leer horóscopos de mi signo (Tauro) para 2015. Ya saben, las decisiones que se toman después de una gran ingesta de alcohol acostumbran a ser poco razonables y uno puede hacer locuras de todo tipo. Yo empecé a consultar los horóscopos (ahora que lo pienso, y ya en faena, me podría haber ido a comprar una taza de Mr.Wonderful) y antes de hacerlo me conciencié de que lo que dijeran tenía que ser verdad. Y punto. Seguro que –como acostumbra a suceder- lo pintaba todo de color rosa. Era justo lo que necesitaba: leer todas las alegrías que me esperaban a la vuelta de la esquina.

El más largo y completo –curiosamente- fue el de ABC. La gente de derechas debe ser muy fan de la astrología.

Venía a decir que 2015 sería una auténtica mierda hasta septiembre. Mi gozo en un pozo, señores y señoras. ¿Cómo cojones iba yo a aguantar hasta septiembre en aquella situación lamentable? Así que donde dije digo digo Diego.
Bah, el horóscopo, ¿quién cojones se puede creer esa mierda?

Pues estamos en agosto, oiga, y el año está siendo una porquería, tal y como decía el horóscopo de ABC. Así que ahora exijo (exijo) que el puto horóscopo cumpla sus putas predicciones. Si en septiembre las cosas no mejoran una barbaridad pienso empezar una masacre de astrólogos y así lo anuncio desde este modesto blog. Si conocen a alguno díganle que se haga una maleta ligera para abandonar el país. No bromeo. No voy a permitir que jueguen con mi destino con esa ligereza.

No se lo digan a nadie, pero hace unos 19 o quizás 20 años consulté a una astróloga (no se rían, miserables/as). Era una señora ligeramente obesa con gafas de culo de vaso y tenía el despacho forrado de diplomas inquietantes: “La sociedad de amigos de la Ouija otorga a doña xxxxxx este diploma como testimonio de su destreza con los espíritus”.

Me miro fijamente, saco una grabadora de esas con casete y me dijo “Ahora hablarán los astros, todo quedará grabado por si quieres repasarlo después”.

Empezó a hablar: “Eres un hombre obsesionado por el orden”.

Allí mismo supe que las pesetas que iba a gastarme había sido mejor gastármelas en heroína y unas jeringas.

Siguió hablando y hablando y hablando sin acertar ni una sola cosa. No les engaño, según esta señora yo era “serio, responsable y ahorrador”. En algunos momentos llegué a girar la cabeza por si había alguien más en esa habitación, pensé que con esas gafas podría haberme confundido con alguna otra persona. Repetí mi nombre en voz alta varias veces, y mi signo:

-“SOY TAURO DEL 7 DE MAYO”.

Pero nada, ni así. Ella siguió a lo suyo. Tendría dos hijos y sería muy feliz y con dinero en el banco.
Lo malo es que no recuerdo la dirección de la señora porque les aseguro que ahora iría y la estrangularía con la cinta del casete. “En nombre de todos los tauro, muere”.

¿Y por qué les cuento todo esto? Pues porque falta un mes para septiembre y tengo previsto ser extremadamente feliz desde el mismo día 1, así quiero compartir con ustedes esta pre-alegría. Y para que ni se les ocurra visitar al astrólogo… como mucho el tarot, que tiene mucha más posibilidades de acertar y las cartas tienen dibujitos chulos.

Por cierto, he visto Misión imposible: nación fantasma y me lo he pasado teta. Mira que me lo pasé bien con la anterior pero diría que esta es incluso superior. El guión es muy loco (mucho) pero funciona como un reloj; Cruise sigue siendo acojonante (sólo él puede interpretar a Ethan Hunt con tanto despiporre) y las escenas de acción (la del avión es una maldita locura y la de las motos no lo es menos) son absolutamente brutales. Hasta me olvidé de mis ganas de matar durante más de dos horas.

Abrazos/as,
Su amigo tauro


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Señoras y señores, ¿qué tal están?

Yo hoy me he levantado con el ánimo sombrío. Es uno de esos días en los que cogería mi soplete industrial, bajaría a la calle y haría algunos interrogatorios improvisados a personas aleatorias, sólo para ver si se me pasa esta mala hostia. Menos mal que no es contagiosa, porque si lo fuera mañana a esta hora estaríamos hablando de una plaga de dimensiones apocalípticas.
Estoy pensando en mudarme señores/as, en largarme de este país a otro. Lejos. De hecho, si no fuera porque sé de buena tinta que mis líos me siguen a cualquier parte, haría la maleta mañana mismo y no me verían la jeta nunca más (es una forma de hablar, ya que no me la han visto hasta ahora… al menos, no todos ustedes).

¿Saben lo peor? Creo que nadie me echaría de menos. Mi hermana (que siempre he creído que es adoptada), mi cuñado (el mago del bosque encantado) y mi pobre padre se olvidarían de mí en cuanto hubiera salido por la puerta y mis amigos/as harían una fiesta para celebrar mi desaparición. Así que un día de estos haré la maleta, cogeré mis blu-rays y unas gafas de pasta que tengo para los días en los que me apetece sentirme intelectual y me iré en un velero, como decía José Luís Perales o Nino Bravo, que ahora no me acuerdo.

Bueno, miento, mi perro me echaría de menos, así que tendría que llevármelo. Ayer el hijo de puta estuvo a punto de sacarle un ojo a un pobre hombre que se estaba atando un zapato. Se mascó la tragedia, se lo aseguro. El animal tiene alma de anarquista y a pesar de mis esfuerzos por convencerle de que no pegue saltos de dos metros sin notificármelo antes, parece que nos ha salido librepensador. Un día hablaremos también del precio de su comida, porque el cabronazo come bastante mejor que yo y un día de estos voy a tener que pedir una hipoteca para que pueda seguir haciéndolo.

En fin, que si súbitamente dejo de escribir en este delicioso blog que sepan que me he ido o que he muerto. Ahora mismo podría ser cualquiera de las dos cosas y prefiero no descartar ninguna posibilidad.

Cambiemos de tema, antes de que haya un suicidio en masa entre mis queridos/as lectores/as. Sé que les afectan profundamente mis estados de ánimo. A mí también me afectan mucho los suyos, que lo sepan.

Ayer empecé a ver Sense8, la serie de televisión que los Wachowsky (ya saben, aquellos chavales que empezaron haciendo dos peliculones como Lazos ardientes y el primer Matrix) han vendido a Netflix. Miren, a mi la verdad es que los Guachoski estos ya me traen sin cuidado porque sus últimas películas me han interesado cero, en un fenómeno similar al de M Night Shyamalan, que hizo una ristra de obras maestras para acabar metido en un lodazal de mediocridad que ya querrían para si Julio Medem o Isabel Coixet (aún no he visto la última maravilla de la directora catalana pero prometo hablar de ella en cuanto lo haga, en serio).

Sense8 es la historia de ocho personajes que un día empiezan a sufrir unas visiones y saben que tienen qué hacer algo al respecto. Esto se lo puedo contar porque he leído la sinopsis, ya que si ustedes ven el piloto no entenderían una mierda. Bueno, cabe la posibilidad de que todos los lectores de este blog sean visionarios y yo esté en baja forma, pero creo que viendo la primera entrega de Sense8 lo único que le queda claro al espectador es que los Guachoski tienen un camello de lo más competente y que el producto que se están metiendo es de primerísima calidad: es el problema de las buenas drogas, que cuando las pruebas no quieres otra cosa.

También cabe la posibilidad de que se hayan vuelto completamente locos. Así que empecé a ver Sense8 ayer a las 9.30 y a las 10.15 ya había acabado de ver Sense8. Para siempre. Gracias a Dios.

(en la serie parece el ‘actor’ español Miguel Angel Silvestre en el que es -sin duda- el peor papel de su carrera, que ya es decir, no sé si me explico)

Por favor, échenle un ojo a esta bonita serie y comuníquenme su veredicto.

Ahora, les dejo, creo que voy a bajar a la calle a por unas víctimas, previa visita a casa de mi vecino Rocky Balboa.

Abrazos/as,
T.G.


El cyborg que me amó

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Señores y señoras,

¿Qué tal están?

No sé ustedes, pero servidor no recuerda un verano tan caluroso, cuando ni siquiera hemos empezado agosto. Con lo que he sudado hasta hoy se podría dar de beber a todos los niños de Somalia y sobraría agua… perdonen, me ha quedado un tanto incorrecta la hipérbole, el calor, ya saben.

Estoy seguro de que este abuso solar y las respectivas oleadas de bochorno africano no tienen nada que ver con el cambio climático, porque lo dijo el presidente Rajoy que se lo había dicho su primo. No hay nada que me tranquilice más que el nepotismo metereológico y si el primo o el hermano de alguien importante me dicen que no hay cambio climático, pues aquí paz y después gloria. No importa que en mi pueblo jamás se hubiera registrado (en 100 años) una temperatura tan alta porque el primo de Mariano dice que no hay por qué preocuparse. Ahora sólo falta que lo confirmen los Morancos y Bertín Osborne y ya podemos cerrar el asunto.

Volví a la ciudad amigos, a la ciudad. Ese laberinto de ratas estresadas que siempre llevan prisa, arrastrando sus culos en un asfalto dónde podríamos hacer huevos fritos. La echaba de menos… los cojones.

Lo bueno es que servidor vive a pocos metros del mejor cine de España (así es y así se lo hago saber), un templo llamado Phenomena, con 450 asiento, Dolby Atmos, películas en VO y en el que uno puede repetir Terminator Genesis en versión original un viernes a las cinco de la tarde. Alguna jodida ventaja tenía que tener la jodida ciudad, ¿no? Así que a falta de estímulos más apremiantes, eso es lo que hice: irme a ver de nuevo Terminator génesis y llevarme la contraria a mí mismo, una vez más.

La verdad es que mientras considero Terminator y Terminator 2 dos obras maestras, debo reconocer que no lo pasé nada mal con la tercera y la cuarta, así que esperaba obtener un mínimo de diversión que es justo lo que conseguí esta vez. Yo soy así, amigos y amigas, tengo el súperpoder de cambiar de opinión veinte veces en cinco minutos.

Eso y las expectativas…

Ay, amigos/as, las expectativas, basta con rebajarlas un poco para sumergirse en momento de intensa felicidad… bueno, rebajarlas mucho, dejémoslo así.

Terminator génesis quiere ser una película de verano y se le nota a la legua. No hay ninguna pretensión estilística ni conceptual, no trata de reinventar la saga, a no ser que su nuevo reparto tenga esa intención. Arnold Schwarzenegger sigue siendo el amo de la fiesta, tanto que el ofrece los mejores momentos de la película sin tener que hacer ningún esfuerzo. Su imagen es tan icónica y su papel quedó tan perfilado por James Cameron, que con añadir algo de humor le basta para llevarse –de calle- la función. También me convenció Emilia Clarke, que construye una Sarah Connor muy joven pero muy dinámica y que le pone empeño, joder, que al final es lo que hace que un actor sea relevante. Lo mismo se puede decir de Jason Clarke, aunque sus cicatrices parezcan el resultado de un becario (con mi respeto a todos/as ellos/as) que se ha colado en el departamento de efectos especiales. El tipo es tan sólido que da igual: te lo crees.

En cambio, el hombre que han escogido para interpretar a Kyle Reese (el impresionante Michael Biehn de la primera entrega ya está muy mayor, creo) debería pensar en dedicarse a otra cosa. Tampoco me convenció de hijo de Bruce Willis en la última entrega de La jungla de cristal y sólo me convenció ligeramente en Jack Reacher. Me ha convencido tan poco en todas sus películas que ni siquiera soy capaz de recordar su nombre, y yo me acuerdo de esas cosas. Le buscaría en google pero no se lo merece: es un actor del montón. Pobre.

¿Lo mejor de Terminator Genesis? La primera media hora, maravillosa. Los primeros cinco minutos de película tienen algunas ideas visuales absolutamente brillantes (ese niño viendo por la ventana como alzan el vuelo los misiles desde la ventanilla del avión) y si uno –como un servidor- tiene pánico a cualquier cosa que lleve ‘nuclear’ en su definición, no puede evitar sentir los efectos de un ataque de ansiedad sólo sobrellevable por el mantra ‘esficciónesficciónesficciónesficción’.

El resto es material de acción básico, con algunas piezas muy bien resueltas (como la llegada de Reese a Los Ángeles, un bonito homenaje al primer Terminator) y entretenimiento puro y duro. Los diálogos son bastante risibles pero basta con esperar que explote algo y se te olvidan. Lo peor es (como ya dije) el rollazo de ahora nos vamos a los ’90 y ahora a 2017 y ahora alBASTA YA.

Así que si quieren ustedes dos horas de diversión contenida (tampoco vamos ahora a entusiasmarnos demasiado) esta puede ser una buena apuesta. En un par de días les hablo de esa obra maestra llamada Del revés, que vuelve a poner a Pixar varios escalones por encima de todos los demás.

Abrazos míos, de mi vecino Rocky y del que toca la trompeta; observo con fervor que no soy el único que tiene vecinos con patologías mentales. Menos mal.

T.G.


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Qué tal señores y señoras?

Ya ven que mi ritmo de posteo ha bajado ostensiblemente. No es que yo no quiera pero como ya les comenté fui invitado por una amiga a una de esas casas en medio del campo donde ni siquiera hay internet, en las afueras un pueblo gallego con un súper y tres mil quinientos bares. Ay amigos y amigas, qué paz interior que te trae beberte dos estrellas (gallegas, aunque soy catalán apártenme de la cara esa cosa de Damm o les agredo clavándoles las uñas en los ojos) y disfrutar de una buena conversación a la sombra. Mi militancia barcelonesa (ya saben, qué bonita es mi ciudad, blablablá) se ha visto claramente afectada por este hecho y ahora quiero volver a mi aldea gallega de bares viejunos con pulpo y godello. Volver a la ciudad ha sido la prueba definitiva de que estoy sintiendo un profundo ataque de morriña.

En fin, amigos y amigos gallegas que me leéis, cerrad las fronteras, no dejéis que entre nadie más, dejadlo todo tal y como está. Que nadie toque nada hasta que yo vuelva.

He aprovechado este parón vital (y audiovisual) para ponerme al día con el tema literario y aunque este es un blog de cine (añadan aquí unas risas o unos insultos, lo que ustedes consideren más oportuno) también son conocedores de que al final hablo de lo que me da la gana, que para algo es mi blog. Así que si lo que buscan es uno de esos críticos de cine al uso que gustan de ir al cine con la mano en la barbilla y darse luego al onanismo por escrito utilizando palabras raras, se han equivocado de sitio.

Procedo a recomendarles algunos de los libros que he degustado estos días, sin ningún orden, ni preferencia, tal que así.

El primer libro del que di buena cuenta fue una maravilla llamada Soy Pilgrim. Sí, ya sé que el título puede parecerles sospechoso, a mí también me lo pareció, pero cometerían un error si lo subestimaran. Soy Pilgrim es probablemente el mejor libro de espías que se ha editado en una década, un John LeCarré multiplicado por dos, un tochazo de 800 páginas que se lee como si tuviera 10 y que cuenta la persecución implacable de un espía –aparentemente retirado- llamado Peregrino (de ahí el nombre, lo de Soy peregrino hubiera quedado mal) a un terrorista apodado Sarraceno, y más listo que el hambre. Escrito con dominio absoluto del tempo del género, abundante en detalles (los que gusten de saber cosas del mundillo del espionaje irán de orgasmo en orgasmo) y finiquitado con uno de los desenlaces más trepidantes que un servidor recuerda haber vivido en una novela en lustros. Ya tardan, el señor que lo ha escrito se llama Terry Hayes y los derechos ya han sido adquiridos para su adaptación cinematográfica, así que no tardaremos mucho en ver la película.

El segundo que me zampé ya tiene película, bueno, no exactamente… el que tiene película es el personaje que lo protagoniza, un tal Jack Reacher. Reacher es un ex policía militar con alma de vagabundo que mide metro noventa, pesa más de 100 kilos y da unas hostias como panes. Reacher no tiene ni una jodida maleta, se compra ropa nueva y tira la anterior, tampoco tiene tarjeta de crédito, ni dirección conocida, sin embargo se le puede localizar, utilizando métodos que no voy a desvelar por no decir más de la cuenta. Zona peligrosa es su primera novela (es decir la primera que se publicó del personaje) y es fantástica: brillante, seca como un Martini en Almeria, violenta hasta decir basta y muy, muy bien escrita. No hay puntada sin hilo en las obras de su autor, Lee Child, y Zona peligrosa no es una excepción.

La tercera, y última (a estas alturas ya llevamos 1400 páginas de literatura) ha sido Persona, del duo sueco Erik Axl Sund que es una novela con una tendencia desmesurada a la brutalidad, un giro esplendido al final y la promesa de una segunda parte aún mejor (Trauma, la segunda entrega, ya está editada, y la última de la trilogía aparece en septiembre. Ojo, no es apta para los estómagos sensibles, porque los tipos no se andan con rodeos y son, cómo decirlo, unos bestias. Está por muy debajo de las otras obras comentadas, pero vale la pena y creo que lo mejor está por llegar. De esta van a hacer una miniserie, para 2016.

Hala, vayan a la librería, compren, no sean vagos. Les prometo que se lo pasarán de miedo.

(Ellas también disfrutarán mucho de Pilgrim y de Zona peligrosa, no sé si de Persona, no lo veo claro)

Abrazos/as,
T.G.

P.D.: en el próximo post les hablo de Ant-man.


 

 

 

 

 

600full-rocky-posterBuenas señores y señoras,

Qué tal están ustedes? Supongo que algunos/as ya andarán de vacaciones, jodiendo la vida al prójimo. No sé si les comenté que mi vecino del entresuelo se ha comprado una trompeta. “Oh, será un músico de jazz” comentarán los más optimistas. Pues no, el hombre no tiene ni puta idea de tocar la trompeta pero les puedo asegurar que no será por falta de práctica: cuando el segundero pasa ligeramente de las 8 de la mañana el buen hombre (iba a mirar su nombre en el buzón y reproducirlo aquí pero nunca se sabe quién puede estar leyendo este blog) se pone ya a ello. Estos días he estado pasando por delante de la ferretería y mirando a través del escaparate la sección de cuchillos de carnicero, fantaseando con llamar a su puerta y decirle “te voy a dar yo a ti trompeta”.
Lo sé, alguien dirá “pero tío, tú tienes un perro”, y tendrá razón. Pero mi perro al menos afina y no está día y noche dándole al aparato. He deducido que el señor es un parado porque es imposible que alguien con un trabajo fijo esté todo el día con la trompeta en la boca (no busquen dobles lecturas, pervertidos). Si al menos mejorara, pero es que aún estamos con el do-re-mi-fa-sol.

¿Dónde están los albano-kosovares cuándo se les necesita? Seguro que las trompetas valen su dinero en el mercado negro. Y si no pues que le quiten un riñón. El pack trompeta + riñón tiene que vender, fijo.

Yo estoy por comprarme un trombón y mudarme al piso de abajo del trompetero pero tengo miedo que baje a proponerme un dueto.

Mi otro vecino (ya saben que me mude recientemente) es un esquizofrénico paranoide. Es decir, no tengo un papel con su diagnóstico pero me quedan pocas dudas sobre su estado.

Lo que les voy a contar es 100% cierto, como lo de mi cuñado amansando a las fieras en la Riviera maya (o Rivera, que nunca recuerdo cómo se dice).

Un día, serían sobre las 6.45 de la mañana, suena el timbre de la puerta. Me levanto de la cama y abro. Me encuentro al vecino en calzoncillos, con una camisa verde de tirantes y la cara desencajada. “¿Hola?” Le digo. El tipo me mira de arriba abajo (con cierta dificultad, porque mide un metro cincuenta) y me dice “respeto tío, respeto” y a continuación se muerde los nudillos. Como los malotes de mi barrio cuando yo tenía 14 años. Estuve a punto de contestar al estilo rapero, “yo yo motherfucker” pero vi que el hombre mostraba diversos tics faciales y pensé en el clásico tipo que acaba clavándote un trozo de jarrón chino en la cara sin previo aviso. Así que le pregunté, “¿hay algún problema?”.
Aquello pareció activar su cortex:

-Tío, respeto, tío.
-Ya eso ya lo has dicho.
-Acabas de poner música y te hemos oído gritar.
-Estaba durmiendo, eso es imposible. Igual has oído un ladrido de mi perro.
-¿Me estás llamando tonto?
-(La respuesta obvia era “sí”) No, ni mucho menos, sólo digo que te confundes.

A continuación el tipo entra en mi casa y se pone a merodear, hasta que le digo: “Por favor sal de mi casa”. El hombre, vestido como Rocky Balboa pero en lerdo, se lo piensa. Repito: “Sal de mi casa, ya”.

El tío se va al rellano. Empieza a dar saltitos y a estirar los brazos y me dice: “Sal aquí, vamos, sal aquí. Respeto, tío”.

Le pregunto que si tiene alguna enfermedad mental aunque ya conozco la respuesta. Eso parece cabrearle aún más.

En ese momento aparece la hermana del sujeto por la puerta. “Es que hemos oído unos ruidos por la mañana”.

(Él sigue en el rellano, lanzando puñetazos en el aire: ”Sal aquí tío, va a ser matar o morir” dice).

En ese momento (soy una persona extremadamente pacífica), me debato entre salir, coger su metro cincuenta de chicha y lanzarlo por el hueco de la escalera o estamparle la cabeza contra el hueco del ascensor, mientras mi perro, animado por la escena, sale y empieza a lamerle los tobillos a Rocky Balboa (mi perro es pequeño y aún no tiene criterio). Sin embargo, me sobreviene un amago de ataque de risa y trato de recomponerme mientras les pido disculpas por las molestias del perro y les prometo que no volverá a suceder. Todo con tal de no enfrentarme a Rocky. Créanme, la imagen de aquel enano con camiseta de tirantes lanzando puñetazos al aire y anunciando mi muerte a las siete menos cuarto de la mañana fue muy inquietante.

Así que cierro la puerta y me vuelvo a dormir, pensando en si debería haberle clavado un cuchillo en el homoplato a Rocky y lanzado a su hermana por las escaleras.

Al cabo de un par de horas cojo a mi perro y salgo a la calle a pasearlo: me encuentro a Rocky con su perro (un chucho de 68 años que apesta, pobriño) y este me saluda efusivamente: “Vecino, ¿qué tal?”.

Entiendo que ni siquiera se acuerda de que hace dos horas estaba en mi rellano practicando sus mejores golpes contra el aire. Imagino el esqueleto de su madre en una mecedora, en el comedor, mientras toda la familia ve Sálvame. Me alegro de no haberle arrancado los brazos por la mañana.

Después otro vecino me cuenta que era pintor pero que tiene la baja indefinida porque tiene reuma en ambas manos. Sin duda, sus puñetazos reumáticos me hubieran causado un trauma irreversible.

A día de hoy mi perro sigue mirándole raro cuando le encontramos. No me extraña.

¿Cine? Pues poca cosa, oigan, estoy en Galicia, en la casa de una amiga, comiendo como un cerdo y bebiendo como un hipopótamo. No he visto nada, oído nada, leído nada (excepto un par de libros que me he traído conmigo. Uno de ellos, Soy Pilgrim, es espectacular: se lo recomiendo con fervor).

Pronto volveré a casa, a escuchar al de la trompeta y a lidiar con las alucinaciones auditivas de Rocky y su hermana. Qué ganas, lógicamente.

Abrazos/as,
T.G.


Arded en el infierno

llamarada-solar

 

Buenas tardes señoras y señores,

¿Qué tal les va? Mi perro y yo estamos sufriendo los efectos de esta bonita ola de calor sahariano. Luego tengo que oír todo el año que esto es ‘el buen tiempo’.

¿Así que este bochorno sin fin es mejor que llegar a casa y meterte debajo de veinte mantas a ver una buena película, no?

Claro, porque puede uno ir a la playa a quemarse y puede escoger agua o arena. Un día, cuando manden los míos (aún no sé muy bien quiénes son, pero denme tiempo) daré la orden de acabar con el maldito verano. Eso por no hablar de todos esos personajes que andan por ahí con su camiseta de baloncesto, o directamente sin camiseta. No les hablo de la calle (aunque yo lo prohibiría también, no tengo por qué ver determinados espectáculos), les hablo del metro, o del bus. Ese lugar donde en verano puedes ver morir pingüinos y renos del frío que hace. Porque esa es otra: al cine hay que ir con chaqueta. Se ve que a España no ha llegado eso del ahorro energético así que en lugar de poner el aire acondicionado a 22 grados se pone a 5. Es maravilloso para morir.

En fin, les regalo el verano y la primavera, déjenme el otoño y el invierno y yo ya me apaño. Y quédense con la arena ardiendo y todos esos lerdos playeros que van al mar a ejercer su condición de macho alfa. Menos mal que ya no está de moda llevar radiocasete y ahora todo lo que tienen son sus jodidos móviles.

Bien, después de exponerles mi amor por esta calorcete tan bueno y las bienaventuranzas que nos trae, quiero darles las gracias por participar en mi pequeño experimento sociológico en el anterior post. Sabía que ustedes entrarían al trapo, porque son como toros bravos, queridos foreros o posteros o cómo cojones se diga.

Efectivamente, me salté datos y jugué un poco a ser la voz (averiada) de sus conciencias pero ustedes no me defraudaron y he de decir que algunos de sus repartos para la película son insuperables. Al que me llamo ‘majo’ decirle que me envíe un privado, podemos ser amigos si él quiere: me encanta la gente que me llama ‘majo’, aunque en la intimidad prefiero ‘majete’.

Sólo una cosa: si yo hubiera sido Teresa Romero también hubiera mentido como una perra, ¿y saben por qué? Se llama instinto de supervivencia y es una vocecita en nuestro interior que nos conduce (sabiamente) a mentir en condiciones de complejidad media/alta. Por ejemplo: “¿quién es esa?”. “Una amiga, cariño”.

Mentira, te la has follado.

¿Me siguen? ¿Cómo no vas a mentir si has metido la pata hasta el fondo? Ustedes los sinceros son portadores de una enfermedad muy peligrosa y –lo sé por experiencia- hasta peligrosa. Empieza uno diciendo la verdad y acaba presentándose en casa de un amigo a las tantas de la madrugada con un cadáver en el maletero del coche.

Ya lo sé: son ustedes ejemplos de nobleza y rectitud y todos/as hubieran dicho la verdad porque encarnan los valores más básicos de la sociedad moderna, pero yo, en tal que deshecho social, seguiría negándolo todo hasta que pusieran el último clavo en mi ataúd.

¿De cine? Pues poca cosa, la verdad. Me reí mucho con Spy (porque me río con la garrula de Melissa McCarthy) y fueron 9 euros bien gastados (sí amigos y amigas, a veces pago por ir al cine) porque las risotadas alegran el alma.

Si tienen niños Los minions son cojonudos, muy divertidos y bastante entretenidos incluso para los adultos. Por esa no pague, ya me perdonarán.

Lo que sí voy a recomendarles con fervor es una serie llamada Mr Robot. Háganse con ella porque es –posiblemente- de lo mejor que he visto en televisión este año.

Ah, y aquí va mi opinión de la segunda temporada de True detective: Vaya. Puta. Mierda.

(Es lo que pasa cuando pones a un mamarracho como Justin Lun a dirigir una serie de culto y cuando sustituyes a Matthew McConaughey por Vince Vaughn. Pues que te jodes).

¿Capisci?

Sean buenos/as y disfruten de este paraíso tropical mientras yo les maldigo.

Abrazos/as,
T.G.


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