Anarchy

 

Hola señores y señoras,

 

¿Qué tal?

 

Espero que vieran ustedes/as (como vi yo) el lamentable espectáculo de nuestros políticos con el llamado “cañonazo”. Pocas veces se ha televisado un ridículo mayor en nuestra historia reciente (y mira que estaba el listón por las nubes). Pero así son sus señorías, intentando legislar sobre internet cuando apenas saben escribir.

 

Qué gusto de país, dan ganas de tirarse por el balcón.

 

Y de cine, ¿qué? Pues ya ven, la taquilla suicidándose cada fin de semana. Montoro sudando de cualquier tipo de esfuerzo colateral (la bajada del IVA) y la población repitiendo aquello de que “el cine español es malo”. Cuando vean La isla mínima y El niño, ya me lo dirán.

 

Y dicho todo esto, parte de mi habitual discurso optimista, pasemos a las novedades de la semana. Son alrededor de media docena pero les hablaré de dos porque –francamente– tampoco es que sea para tirar cohetes.

 

La primera es Sex tape (aquí titulada Algo pasa en la nube). Para los lectores masculinos es importante que sepan que Cameron Diaz sale desnuda y se conserva extremadamente bien. Para las lectoras femeninas decir que sale Jason Seger y que, aunque se ha adelgazado mucho, sigue siendo el tipo alto y raro de siempre. A ver, yo no digo que sea feo, pero como hombre objeto no cuela. Y si la cosa va de que es la pareja de Cameron Diaz, pues tampoco cuela.

 

Algo pasa en la nube explica la historia de una pareja que, vencida por la monotonía de la vida conyugal (los niños y blablablá), decide grabar una cinta de sexo casero. Lo malo es que en tiempos modernos uno tiene que tener mucho cuidado con los botones que toca y lo que acaba sucediendo es que el torpe marido lo cuelga sin querer en la nube, con lo que muchos colegas pueden acceder al material.

Así que marido y mujer se lanzan a una loca carrera por confiscar todos los Ipads donde parece estar contenida la información.

 

El primer problema de la película es su evidente (e inevitable) obsolescencia programada: dentro de un par de años la nube será otra cosa y la película se verá como una antigualla. Supongo que les importa un pito, pero había que decirlo.

 

Lo segundo es que la pareja no cuela. Así de sencillo. Es obvio que él está en el filme por su (innegable) vis cómica, pero, más allá de eso, es pedirle peras al olmo que un espectador se trague que ese señor está con esa señora.

 

Lo tercero es que la película tiene una excusa muy pequeñita y que además el núcleo es inofensivo. Imagínense ustedes grabando una cinta porno con su pareja y que esta se cuelgue por error en la nube y que sus conocidos tengan acceso a ella. Aunque sea una comedia, habría que percibir esa tensión y lo cierto es que aquí no se percibe en absoluto.

 

Lo cuarto es que esta es una comedieta divertida, que pasa rápido, que tiene cinco o seis gags geniales y que ellos (independientemente de que uno se trague ese matrimonio) están muy bien. Por tanto, si no desean complicarse la vida y pasar una hora y media de su vida en formato ligero, con unas cuantas risas en el camino, esta es su película. Si busca usted/a algo más complejo y elaborado huya. Pero corra.

 

La segunda película que –sorprendentemente– es entretenida (muy entretenida) es la secuela de The purge, un filme que a mí me parece regular y hasta pretencioso, pero que en esta segunda entrega se olvida de las hombreras y se dedica a divertir al espectador. En ese sentido del espectáculo está lo mejor de La noche de las bestias (así se llama), que recuerdas a esas pelis italianas de los ’80 como Los guerreros del Bronx. Además, el protagonista es Frank Grillo, un actorazo de pura raza (sólo hace falta ver Warrior para darse cuenta de ello) y la peli es un pepinazo en el sentido puramente rítmico.

 

Ya saben de qué va el tema: durante una noche en Estados Unidos el crimen es legal y uno puede hacer lo que le dé la gana sin que la ley haga nada para detenerlo.

Obviamente, los ricos se protegen en sus fortalezas mientras que los que no tienen donde caerse muertos acaban en un agujero o en un contenedor.

 

Aquí se añade la idea de un vengador y una pareja que parece haberse caído de un guindo, lo que le otorga a la receta un plus de maldad (de serie B) que se agradece.

 

Estrenan más películas, pero yo no iría a verlas.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 


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He vuelto.

 

Hoy estaba leyendo la historia de un ciudadano holandés que perdió el avión que desapareció en algún lugar del Océano índico y que antes de ayer perdía el que fue derribado en Ucrania (por cierto, qué papelón el de algunos medios calificando de “accidente” el hecho de que un misil impactara con un avión en pleno vuelo, cuando ya se había confirmado que no había sido ningún accidente. Lo del lenguaje es algo maravilloso), salvándose así de una muerte segura no en una, sino en dos ocasiones.

 

Pensé qué buena película sería eso, si alguien se atreviera a hacerla. No dentro de dos años, ni de cinco, ahora. También he pensado muchas veces (extrañas conexiones que tiene mi cerebro, o lo que me queda de él) cuánto me gustaría ver una buena película sobre lo qué ha pasado en el País Vasco durante los últimos 40 años con una organización terrorista llamada ETA. Sin embargo, y un día alguien lo lamentará, la historia está pasando de largo y –de nuevo– volveremos a perder la oportunidad de aprender algo de los momentos difíciles.

 

Estamos en un momento de la historia de este país que será recordado por nuestros hijos y nuestros nietos. No sólo por lo de Cataluña, o por lo de Podemos, o por la sensación de que el bipartidismo que hemos sustentado con nuestros votos desde los años ’80 (no sé si lo de la UCD cuenta para algo) va a acabarse. Hay algo más: la sensación de que en las próximas elecciones generales a este país no lo reconocerá ni la madre que lo parió. ¿Y qué hacemos? En lugar de tomar nota y documentarlo y hablar de ello en tiempo real, nos dedicamos a regodearnos en sandeces y a olvidarnos de lo que se discute aquí es nuestro futuro. Plain and simple, como dirían al otro lado del Atlántico.

 

Bien, pasado este ataque de trascendencia (no se me preocupen, sólo los tengo cada tres o cuatro meses, la medicación me tiene bastante a raya), decirles que este fin de semana se estrena –al menos– una película cojonuda, que deberían ir a ver inmediatamente: El amanecer del planeta de los simios.

 

Todos/as recordamos/as el clásico de Charlton Heston. Todos/as hemos querido olvidar el despropósito de Tim Burton. Y –creo– que todos/as podemos reconocer lo estupenda que era el reboot de hace un par de años, extremadamente inteligente y totalmente solvente. De pronto anunciaron que el director lo dejaba y a algunos/as (incluido yo) se nos cayó el cielo encima: la gracia de la película era tener a un tipo con ideas frescas, un novato que no dudó a la hora de pasarse por el forro lo que se suponía que tenía que ser el filme para perseguir su propia visión del mismo.

 

Sin embargo, cuando anunciaron que Matt Reeves tomaba el control, reconozco que me iluminaron los ojos. Un tipo del círculo de JJ Abrams, con dos películas en su currículo de la altura de Déjame entrar y (la brutal) Monstruoso y un talento que no le cabe en el cuerpo.

 

Lo primero que hizo fue contratar a Gary Oldman y a Jason Clarke. Lo segundo, reescribir el guión. Y lo tercero, convertir la película en algo más que la secuela de un reebot que es en realidad un remake (lo siento, yo también me he mareado al decirlo).

 

El amanecer del planeta de los simios es un tour de force, una reflexión sobre la humanidad que va más allá del puro espectáculo (que lo hay, créanme, madre de Dios si lo hay) y que entronca de algún modo con un humanismo que es difícil ver en las grandes superproducciones de Hollywood. Tanto es así, que muchos republicanos y la Asociación Nacional del Rifle (los que van después de cada matanza en un colegio a decir que las armas no tienen culpa de nada) han puesto al grito en el cielo por lo que ellos consideran que es un manifiesto radical contra las armas de fuego.

 

La película arranca un tiempo después de donde lo dejó la anterior: César es el líder de un numeroso grupo de simios que viven en algún lugar al otro lado del Golden Gate. La gripe simia ha barrido el planeta y diezmado a la humanidad hasta límites insospechados, pero –aun así– estos siguen empeñados en buscarles las cosquillas a los simios, lo que provoca un conflicto que va a poner al hombre contra las cuerdas.

 

Los efectos especiales son algo descomunal (atención al CGI de los simios, que demuestra cuanto ha avanzado esta tecnología) y el diseño de producción es extraordinario. No se mira el reloj ni una sola vez y cuando se encienden las luces a uno se le queda la cara de “¿puedo tomarme otro Cola-cao, papá?”.

 

Sí señores, es así de buena. Un espectáculo sensacional por el que vale la pena pagar el precio de una entrada.

 

Corran, coño, corran.

 

(Si es posible en versión original, la voz de César en la doblada es una aberración.)

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


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Señores y señoras,

 

¿Cómo están ustedes?

 

Por suerte, cuando lean estas líneas, ya estará a punto de acabarse el mundial y empezaremos de nuevo con la liga y luego la Champions league y la Copa del Rey y la Supercopa de Europa y la de España y la madre que me parió.

 

Sobre todo, que no tengamos tiempo de distraernos y eso.

 

Además, en verano tenemos la suerte de disfrutar de esos apasionantes anuncios de cerveza: los pijos de la cala de Estrella Damm, los mamarrachos del famoseo de Mahou, los músicos de pega de San Miguel, los cretinos de Cruzcampo… Seguramente por eso, la única cerveza que me apetece beber es la Estrella Galicia. Y la Moritz.

 

Cualquiera que no me diga que, bebiendo una cerveza, me van a rodear un montón de hipsters vestidos como si acabaran de salir de un garito de Brooklyn. Si eso es así, yo prefiero beber vino, que debe ser menos cool, pero –sin duda– es más agradable.

 

En fin, vayamos al tema, que esta semana hay madera que cortar.

 

En primer lugar, Borgman.

 

Esta es una de las películas más raras (por original) que se podrá ver en España este año. Es la historia de un tipo que pertenece a un grupo de vagabundos (casi una tribu) que es asediado por las fuerzas vivas de no se sabe muy bien dónde. Uno de los vagabundos consigue huir y busca refugio en la primera casa que le parece bien. Se planta en la puerta y les pide a la pareja que le abre si les molestaría que se diese un baño.

 

Hasta aquí podría parecer (relativamente) convencional, pero no.

 

La irrupción de este personaje, bohemio, trotamundos y completamente loco, en la vida de dos personas “normales” tendrá consecuencias tremebundas. Muy tremebundas.

 

No me gustaría contarles demasiado porque lo bueno de Borgman es que es absolutamente imprevisible, incluso si uno ha visto mucho cine, siempre que alguien no la destripe antes como podría hacer yo ahora mismo.

Lo único que quiero decirles es que, si desean ver algo distinto, que les deje descolocados, esta es su oportunidad.

 

Lo segundo de lo que quiero hablarles es Ahora y siempre, una película sobre una chica con cáncer. Es tan maniquea, manipuladora, barata y sentimentaloide que dan ganas de acercarse a la cabina y destruir el proyector a hachazos. Es curioso comparar esta película con Bajo la misma estrella: donde una era delicada y emotiva, esta es fácil y sensiblera. Lo peor es que, pudiendo ser un filme sobre lo jodido que es convivir con la sombra de la muerte cuando ni siquiera eres lo suficientemente adulto como para decir que has vivido, acabe convirtiéndose en un hediondo telefilme que explota el dolor de su protagonista para restregarnos por la cara que el cáncer es muy malo. Oiga, ya lo sabemos, y no hace falta que encienda el ventilador. Memo.

 

El tercero es un producto simpaticote con la presencia de nuestro buen amigo, Arnold Schwarzenegger: Sabotaje. El guión es lo de menos, lo importante es que se reparten hostias a diestro y siniestro y que Arnold maneja una ametralladora con cada mano, como debe ser. Naturalmente, ganan los buenos.

 

No esperen ninguna obra magna porque aquí de lo que se trata es de distraernos. Si usted es un yonqui de la acción no dude de que esta es su película. Si es usted un yonqui de otra cosa, ya sabe “pasapalabra”.

 

Y para terminar, dos cosas:

 

La española, La cueva. Una película de terror, bastante digna, que se ha remontado y rodado dos veces, porque el productor no estaba conforme con el resultado inicial. Si han visto The descent (magnífica, apabullante película de horror), ésta es más o menos lo mismo, pero sin monstruitos. Es claustrofóbica y tiene una idea inicial interesante: no es un ninguna obra maestra pero se ve con agrado (aun siendo de un mal rollo bastante intensito). Tampoco hay que pedirle mucho más.

 

Y por último, porque hay que mencionarla: El abuelo que saltó por la ventana y se largó, una adaptación de la obra homónima de ese famoso escritor nórdico que tanto vende en nuestro país. Es un señor que a punto de cumplir los 100 años decide fugarse de la residencia donde vive para ver mundo.

El libro me importó un pito y la película es bastante peor que el libro.

 

Me explico, ¿no?

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 


bajolamismaestrella

 

Buenos días, señores y señoras,

 

¿Qué hacen ustedes en esta soleada mañana de domingo mientras escribo estas líneas? (Es soleada aquí, desde mi ventana, no sé desde la suya. Que anda el tiempo muy loco… ¿Ya han salido los expertos a decir que no habrá verano?)

 

En fin. Estaba yo hoy escribiendo de cosas sin importancia, cuando he caído que no les había hablado de una de las películas que más me ha gustado en los últimos meses. Seguramente porque esperaba que fuera una gran memez y me sorprendió por su madurez, su delicadeza y su sentido del humor.

 

La película en cuestión se llama Bajo la misma estrella, y es la enésima demostración de que con un buen guión y un buen director se puede llegar adonde se desee.

 

 

El material original es un horrible libro (lo sé porque lo he leído) donde se habla de un grupo de adolescentes enfermos de cáncer y del grupo de apoyo en el que se reúnen. Seguramente les parecerá familiar porque tiene puntos en común con la obra de ese gurú de la autoayuda (y escritor de medio pelo) llamado Albert Espinosa. Ya saben, el de Si me dices ven lo dejo todo… Pero dime ven. O el de El club de las pulseras rojas. Ese.

 

Pero, si en el caso de Espinosa las traslaciones de sus delirios literarios siguen siendo delirantes, en el caso de Bajo la misma estrella la cosa cambia mucho. Y cambia porque el encargado de adaptar la obra de John Green es un tal Michael H. Weber, al que los cinéfilos recordarán por el magnífico libreto de 500 días juntos.

 

Weber, un tipo listo como pocos, con un sentido del humor a prueba de bombas y una pluma afilada como un sable laser, es capaz de convertir las emociones baratas del original en un precioso drama, cargado de valentía, en el que los protagonistas jamás sienten lástima por sí mismos. Es difícil resultar cristalino sin ver la película, pero si uno olvida los prejuicios a la hora de ver Bajo la misma estrella puede encontrarse a uno mismo muy cerca de una sensibilidad que pocas veces hemos visto en pantalla sin sentir que nos manipulaban.

 

Pero, más allá del sensacional trabajo del señor Weber y la mano firme del director, un tal Josh Boone, al que yo conocía de nada (pero que resulta ser el realizador de Un invierno en la playa, que era un filme notable), la gran sorpresa de la película resulta ser una actriz que prometía muchísimo y que aquí agarra al espectador por el gaznate y no le suelta hasta mucho después de que se acabe la película.

 

Su nombre es Shailene Woodley. La habíamos visto en Los descendientes y en Divergente. En ambas mostraba destellos de genialidad, pero uno siempre podía optar por pensar que era otra de esas actrices que queda embarrancada en la arena de las jóvenes promesas.

 

En Bajo la misma estrella, espanta de un plumazo todos los fantasmas y construye a un personaje tan fascinante, tan sonoro, tan rotundo en su fragilidad, que resulta difícil no conmoverse de un modo genuino. A su lado, dos actores de una potencia descomunal, dos chavales llamados Ansel Egort y Nat Wolff, cuya complicidad y química es simplemente insuperable. Woodley tiene un cáncer que la obliga a llevar una bombona de oxígeno arriba y abajo; Egort ha visto como le amputaban una pierna; Wolff ha perdido un ojo.

 

Suena a dramón, ¿verdad?

 

Pues hay tal chute de vitalidad en esta película, tal sentido del humor, tal arrojo, que uno se olvida de cualquier hándicap para rendirse al ser humano y a su capacidad para sobrevivir a cualquier cosa. O casi.

 

Acostumbrados a las torpezas del cine adolescente, encontrarse con un título como Bajo la misma estrella nos recuerda lo difícil que es resultar creíble y relevante cuando se manejan determinados códigos. Los adolescentes no son tan tontos como pudiera parecer en primera instancia, y por eso Bajo la misma estrella ha sido un triunfazo sin precedentes en Estados Unidos y promete dar la misma guerra en cada país donde se estrene.

 

¿Y saben lo mejor? Que se lo merece.

 

Abrazos/as,

T.G.


Terror en el Windows

Open Windows

 

Señoras y señores,

 

¿Qué tal están ustedes? (no puedo evitarlo, cada vez que hago esa pregunta me los imagino a todos/as gritando al unísono “BIENNNN”).

 

Ya ven que estamos animados:

 

1)     Los presuntos bastardos del Rey

2)     La imputación de la Infanta

3)     Cristóbal Montoro

4)     Los despidos que tributan

5)     La Catalan Navy

6)     Las notas de Froilán

7)     Los caníbales de Ibiza

8)     Las portadas de ABC

9)     El PP

10)Pablo Iglesias

 

No me veo capaz de encontrar un solo tema que merezca más espacio que los otros, todos ellos son igualmente absurdos y sirven para ejecutar un buen retrato robot de este país en el que vivimos. Lástima que Gila, Berlanga o Rubianes ya nos hayan dejado, porque sería espectacular verles desenvolverse en el delirio actual.

 

En fin, probablemente mucho/as de los que estén leyendo estas humildes líneas sean ETA. O algunos/as, o todos. Ya saben que los criterios para entrar a formar parte de la banda han cambiado y ahora es muy sencillo alistarse. Con eso y las constantes referencias al nazismo para compararlo con cualquier memez, damos una imagen magnífica de cara al exterior.

 

Pero no estamos aquí para hablar de eso, aunque por otro lado se presentan tiempos apasionantes en este país, porque da la sensación de que van a haber hondonadas de hostias.

 

Entremos ya en materia, porque el fin de semana viene cargadito:

 

Ya hablamos de esa comedia fallida que es Mil maneras de morder el polvo. Nada más que añadir: fallida.

 

Se estrena también la adaptación del fantástico libro de Reif Larsen, El extraordinario viaje de T.S. Spivet, cuya maravillosa edición en español la convierte en un libro imprescindible.

Dirige la película Jean Pierre Jeunet, al que muchos recordarán por Amélie (un filme con el que sigo sonriendo, a pesar de ser un cínico vocacional y un pesimista experimentado) y que aquí vuelve a ese universo con la historia de un niño que por momentos recuerda a Huckleberry Finn.

 

A mí me pareció una pequeña delicia, y no puedo por menos que recomendarla, pero también es verdad que, si es usted diabético, puede sufrir una sobredosis de azúcar, así que ojo.

 

Por otro lado, se estrena Un largo viaje. Una película con el (habitualmente) magnífico Colin Firth y la (un poco pasada de rosca) Nicole Kidman. Un filme a priori interesante sobre la construcción del ferrocarril Birmania-Tailandia en la Segunda Guerra Mundial, por parte de centenares de soldados británicos prisioneros del ejercito japonés. La historia inspiró un filme tan legendario como El puente sobre el rio Kwai y prometía muchas alegrías.

 

Por desgracia, el director –un australiano llamado Jonathan Teplitzky– no sabe aprovechar el material a su disposición y mediante delirantes opciones esteticistas (más que estéticas) acaba pergeñando un churro eterno, que se hace más y más indigesto a medida que avanza el filme. Colin Firth no cuela como soldado traumatizado ni como vejete que busca venganza, y Nicole Kidman tiene tanto botox en la cara que cualquier sonrisa la obliga a un esfuerzo inhumano que finalmente acaba siendo inútil.

 

En suma: ni se les ocurra ir.

 

Y finalmente, Open Windows.

 

Esta es la tercera película de Nacho Vigalondo, un director que genera (como suele decirse) amores y odios a partes iguales.

Su primera película, Los cronocrímenes es un filme de culto: raruno, inexpugnable y francamente espeso. Pero al mismo tiempo tremendamente arrojado y original. La obra de un chiflado al que le gusta mucho el cine.

 

Extraterrestre es más asequible pero igualmente fascinante. Una comedia en clave de ciencia ficción, que reflexiona sobre los mecanismos emocionales de auto-defensa y de eso llamado “el elefante en la habitación”, el gran trauma presente en cada relación y que tratamos de obviar para seguir sobreviviendo y que Vigalondo sublima en una gigantesca nave espacial.

 

Ahora llega Open Windows, que –básicamente– explora el universo virtual como jamás habíamos visto hasta ahora. Con un nivel de pericia técnica despampanante, Vigalondo cuenta la historia de una estrella (la ex-diva del porno Sasha Grey) y su acosador, sin abandonar nunca la pantalla de un ordenador. Ese juego de espejos, trabajado como un puzzle que obliga al espectador a no desviar la mirada y que tensiona la pantalla como la piel de un tambor, es lo mejor de una película casi suicida, cuya carrera comercial –no me cabe duda– se verá lastrada por un planteamiento absolutamente radical.

 

No quiero contarles mucho porque les jodería una experiencia bastante psicotrópica e incluso extrema. Yo iría a verla y me llevaría un trankimazin.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


charlize

 

Señores y señoras, he vuelto otra vez.

 

Sí que debo estar poseído, porque es que lo de este mes no tiene explicación posible. Ahora mismo, yo debería estar tirado en el sofá, con una cerveza encima del respaldo, mi espalda completamente pendiente del contacto con el cuero (en realidad no tengo un sofá de cuero, pero quedaba muy bien decirlo, y yo soy muy de quedar bien).

 

Sin embargo, aquí estoy dándole a la tecla, sacrificándome por ustedes (especialmente por El que trocea los mensajes, un genio de la retórica que alegra mis días con su mala hostia. Gracias, amigo. En serio), esperando que algún día, cuando por un malentendido me encarcelen en Tailandia hagan una gran campaña en redes sociales y por fin sea Trending Topic, que no sirve de nada pero queda muy bien en el currículum.

 

Nada, no hace falta que me abracen ni nada, sé que me adoran y con eso es más que suficiente.

 

Hoy hablaremos de una comedia de la que un servidor esperaba muchísimas cosas pero que resulto ser una severa decepción. En unos días hablaré de Open Windows, de Nacho Vigalondo, que es una propuesta francamente atrevida y… no, nos perdamos, vayamos a la comedia.

 

Pero antes, unas palabras de Ocho apellidos vascos, que alguno de ustedes me había pedido con fruición.

 

A mí la película sólo me hace reír un par de veces (y esa es la cruel verdad), una de ellas la del autobús entrando en territorio vasco. El resto de chistes/gags me parecen baratos y el filme –en líneas generales- me aburre: la dirección es rupestre y el protagonista, Dani Rovira, es un actor malo (no horroroso, simplemente malo). No entiendo muy bien cuál ha sido el motivo de su éxito abrumador (creo ni siquiera sus productores sabrían explicarlo) pero –desde luego- no ha sido porque sea la mejor peli española de la historia.

 

Se me ocurren razones antropológicas o socio-políticas, relacionadas con aquello tan español de los chistes de vascos y nuestra necesidad de seguir perpetuando los tópicos, pero por si solas tampoco serían suficientes para justificar los 60 millones de euros que ha ganado la película.

 

No sé yo, señores/as. Si alguno de ustedes tiene alguna explicación soy todo oídos.

 

Y ahora vamos a otra comedia que ni fu, ni fa, pero que en este caso ni ha arrasado, ni ha merecido parabienes críticos, ni nada de nada. Eso sí, encabezando el reparto tenemos a un actor que es igual de inerte que Dani Rovira, aunque muchísimo más inteligente.

 

El actor se llama Seth McFarlane y es el creador de la magnífica Padre de familia, esa serie de animación afilada y faltona que nos alegra las tardes de domingo (bueno a mí, que me la grabo y la veo en ese momento. Su película se llama Mil maneras de morder el polvo (una traducción libre de A milion ways to die in the west) y es una especie de western en clave de comedia que –como he dicho antes- prometía mucho.

 

¿Problemas? Igual tienen ustedes en mente (al menos los más cinéfilos) el clásico de Mel Brooks Sillas de montar calientes. Era un western paródico maravilloso con algunos gags memorables (ese sheriff negro llegando al pueblo) y que funcionaba como un reloj. Mil maneras de morder el polvo sigue el mismo esquema de acumulación de gags pero el problema es que éstos no funcionan. Los que funcionan se liquidan en un plis-plas y los que no funcionan se alargan ad infinitum.

 

Además, lo que es peor, el actor principal (el propio Seth McFarlane) es horroroso. No malo, sino horroroso.

De la misma forma que tiene un gran talento como guionista, sus habilidades como intérprete son nulas. Además, se abusa de los chistes de caca-culo-pedo-pis y de un metraje inacabable (dos horas de agonía) que no aligeran ni un par de gags absolutamente asombrosos. Uno de ellos tan, tan bueno, que dan ganas de olvidar lo aburrida que es el resto de la película.

 

Con cuarenta minutos menos, y con un actor carismático al frente, la cosa sería distinta. Claro, cuando sale Liam Neeson haciendo de malo se lo come con patatas. No hablemos de Charlize Theron, que le da mil patadas y subraya la dolorosa distancia entre el actor amateur y la actriz profesional.

 

Y ya, créanme que yo quería reírme, lo necesitaba de hecho.

 

Pero no. A joderse tocan.

 

Abrazos/as,

T.G.


Terror con C de Coixet

temeacoixet

 

Señores y señoras,

 

Esa fecha del año que estaban (estábamos esperando) ha llegado por fin.

 

No, no es la final de la Champions. Ni la Superbowl. Ni la noche de los Oscar. Ni la nochebuena. Ni la Nochevieja.

 

Isabel Coixet estrena nueva película.

 

Sí, sí, sí. Hagan como yo, den vueltas por el comedor, desnudos/as, poseídos por una euforia que les envía el mismísimo Satán.

 

Qué alegría, verdad. Pues agárrense, porque aún no he acabado: no es sólo una película de Isabel Coixet, es una película de terror de Isabel Coixet.

 

Ya, ya, les entiendo, están ustedes/as pensando, si esta es de terror, ¿de qué eran las otras?

Y miren, les doy la razón, porque a mí las películas de Isabel Coixet me aterrorizan y no he pasado tanto miedo ni con La profecía, pero me dice un amigo (crítico de cine) que esta es la primera que INTENCIONADAMENTE es de terror. Es decir, que las otras dan miedo, pero no son de género.

 

La cuestión es que la película es tan tan tan terrible (¿ven? Ahora ya me pongo serio) que Isabel Coixet se ha negado a hacer promoción de la misma. Las malas lenguas dicen que le da miedo a hasta a ella. Otras malas lenguas aseguran que la directora ha cogido la puerta de atrás porque la distribuidora le ha remontado la película y ahora no vale nada.

 

Ante esto me surge una pregunta: ¿la distribuidora también le remontó las otras? No, de verdad, no estoy bromeando. Porque si me dicen que alguien malvado (Satán, Lucifer, Floriano) ha estado cogiendo las películas de la Coixet y haciendo malabarismos con ellas y antes de que este ser abstracto las tocara eran maravillosas, supongo que podría cambiar mi visión de su cine.

 

En principio, voy a seguir pensando que esta señora debería pintar cuadros al óleo o dedicarse a la agricultura agropecuaria (con todo mi respeto a los agricultores agropecuarios). Sin embargo, por razones que desconozco y que no consigo entender, alguien sigue dándole dinero para hacer sus películas.

Es muy extraño que esto sea así, pero es lo que hay: mientras jóvenes directores (con talento) sudan sangre para conseguir un euro, a esta sirena de gafas de pasta le cae la pasta del cielo.

 

Pero hablemos de la película: adapta una novela de alguien (lo siento pero me importa dos pitos) que habla de una joven que un día nota que la siguen. Para nuestro horror (y el suyo) ella empieza a temer que el misterioso acosador es en realidad su doble perfecto. Es decir, que se sigue a sí misma. O algo así.

 

El tema de los doppelgangers es más viejo que el tiempo y de ahí la leyenda urbana de que todos tenemos un doble perfecto en algún lugar: el mío se llama George Clooney y vive en Los Ángeles.

 

La película, como puede sospecharse, es un auténtico despropósito, lleno de ese tono afectado y ultra-esteticista que define la obra de la autora. Un estilo que ya era viejo hace 10 años pero que ella sigue trabajando, sabiendo que –como se acostumbra a decir– siempre puede ser peor.

 

Y –cabe felicitarla– porque es peor. Mucho peor.

 

Tanto que, aunque la película dura 86 minutos, cuando lleva unos 15, ya estás deseando que la protagonista se quede dormida y en un descuido se estrangule a sí misma.

 

Lamentablemente, el hecho no se produce y nos vemos arrastrados a un sinfín de disquisiciones profundas (“¿a qué huele el terror?”) que despertarían en un vegano pulsiones caníbales. No importa que los actores sean fiables (o muy fiables) empezando por Sophie Turner o Rhys Ifans, pero es que esto no hay por donde cogerlo.

 

Mi opinión es que la película se hundirá como el Titanic (o igual más rápido) y que no se meterá ni en el Top 10 de la taquilla española. También creo que dentro de seis meses tendremos otra película de Isabel Coixet, también de terror psicológico, y también un fracaso tremendo. Pero esta protegida de Almodóvar (otro que tal baila) seguirá dando el coñazo hasta que alguien se de cuenta de que es mejor quemar el dinero en el balcón de casa o dárselo a un mapache para que se haga una madriguera que entregárselo a la señora Coixet para que nos atormente con otra de sus películas.

 

Ah, la película se llama Mi otro yo, que me había olvidado de decírselo.

 

 

T.G.


 

perdona

Señores y señoras,

Sí, he vuelto. Otra vez.

¿Qué me está pasando? (Se preguntarán ustedes.) Actualizando cada dos o tres días, como un bloguero cualquiera.

¿Será esta una de las siete trompetas del Apocalipsis? ¿Habrán llegado ya los alienígenas a la tierra? ¿Me habrá poseído Elsa Punset?

Nada de eso, amigos y amigas, simplemente estaba hoy en mi casa, disfrutando de las bondades del verano (la humedad, el calor insoportable, los hippies que tocan el tambor en la playa, las noches en que no se puede dormir), cuando he caído en que en mi comentario/post sobre las películas de esta semana me dejé una obra maestra imprescindible y que deben ir a ver sí o sí, ya que es de lo mejor que va a estrenarse este año y –probablemente– en los que vienen: Perdona si te llamo amor.

Sí, amigos y amigas, se estrena otra de esas películas basadas en una novela de Federico Moccia. Esperen, esperen, no huyan aún.

Moccia es ese señor italiano que escribe novelas de amor adolescente, a pesar de que aún vive con su madre (no me lo invento, además viaja con ella a todas partes) y que hizo que todos los puentes del mundo se llenaran de candados testimoniando el amor de un número infinito de memos y mamarrachas (de hecho, leí que recientemente un puente de París se derrumbó por culpa del peso de los dichosos candados) y que en España conocemos por esas “películas” llamadas a Tres metros sobre el cielo y otra que no recuerdo y no pienso buscar porque tengo cosas mejores que hacer, como rascarme la rodilla.

Pues bien, este señor y sus acólitos estrenan otra película y lo hacen con ese pobre actor llamado Daniele Liotti (tranquilos/as, yo tampoco lo conocía de nada) y una desconocida de nombre Paloma Bloyd, que al parecer ha salido en muchas series españolas como El barco y Aguila roja. También sale en No habrá paz para los malvados, concretamente haciendo el papel de “Chica rubia 2”. No, no me lo invento, lo he encontrado en internet y allí nadie miente.

También salen Jan Cornet (éste creo que salía en una de Almodóvar) y Cristina Brondó (una buena actriz que supongo que vio luz, entró y se encontró con este rodaje). En fin, les cuento un poco de qué va la película porque sé que están impacientes/as: Álex es un atractivo ejecutivo que acaba de ser rechazado por su novia y está muy triste (muy, muy triste, extremadamente triste) y que ve como en su vida entra una adolescente de la que se enamora perdidamente.

Lo sé, es de una originalidad apabullante y están ustedes/as emocionados/as, a punto de coger la cartera y salir pitando hacia el cine.

Bueno, sepan ustedes que les he engañado aunque creo que algo se olían: Perdona si te llamo amor es una de las películas más nefastas de la historia de la humanidad. La ha rodado un mandril esquizofrénico al que han pagado mal, así que lo ha hecho rápido y sin ganas.

Moccia ha escrito unos diálogos que convertirían a Gandhi en un loco violento y los actores son de una senilidad preocupante teniendo en cuenta que ninguno llega a los 30, excepto el patán que interpreta a Álex, que tiene unos 43 y avanza a marchas forzadas hacia la jubilación forzosa.

Yo imagino que el trío de productores detrás de esta aberración había abusado de alguna sustancia psicotrópica o –a lo mejor– se estaban gastando el dinero de otro, porque sino es inexplicable que alguien se gaste más de 20 céntimos en hacer posible semejante aberración.

Mi escena favorita es aquella en la que el protagonista corre a comprar un helado. Es de una torpeza tan descomunal que –por comparación– el resto de la película parece menos detestable.

Oigan, que si alguien se atreve a ir al cine a verla yo estoy dispuesto a darle un abrazo. Siempre he sentido admiración por los valientes y hay que serlo mucho para pagar 8 euros por este delirio.

Abrazos/as,
T.G.


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Señores y señoras,

 

De nuevo estoy aquí. Lo sé, el gran procrastinador no procrastina como antes y eso les inquieta. Si yo dejo de ser un gandul, ¿qué será lo próximo? ¿Sacarán un flan de plátano? ¿Floriano leerá un libro? ¿Un político conducirá sobrio?

 

En fin, esperemos que mi intensa actividad literaria no sea el principio del fin, el Helter Skelter que muchos esperan, aunque debo confesarles que, si cayera un meteorito y acabara con la vida en la Tierra, tampoco se perdería mucho.

 

(Dejémoslo, últimamente me alegra que en las ferreterías no vendan lanzallamas, porque me gastaría todo lo que tengo en el modelo más modernos y unas cuantas latas de gasolina.)

 

Vayamos al tajo… bueno, aún no, que acabo de recordar que ayer eliminaron a la Roja. La verdad es que a mí ni fu ni fa, pero reconozco que oyendo a los de Telecinco no pude evitar unas benevolentes risotadas. “Seguimos siendo el máximo rival de Brasil para ganar el Mundial”; “Le vamos a meter cuatro a Chile”; “Que se preparen”; “He visto al equipo súper-motivado”.

 

AY, las hemerotecas, lo dolorosas que pueden llegar a ser, ¿verdad?

 

Hasta aquí mi pausa futbolera. La eliminación nos ahorrará más anuncios de cervezas de medio pelo y reflexiones preescolares sobre lo bonito que es ser español y “soy español, ¿a qué quieres que te gane?”, etc. A ver qué hacemos ahora, todo este mes, teniendo que hablar de algo que no sea fútbol.

 

Ah, ¿y los invitados de Iberdrola van a volver o se van a quedar allí? ¿Y Camacho? ¿Y Manu Carreño? ¿Y Paco González? ¿Y Juanma Castaño?

 

Bueno, hablemos de cine, que es más entretenido. Las salas estarán eufóricas porque ya no hay excusa para quedarse en casa y yo me alegro por ellas… lamentablemente este fin de semana estrenan unas cosas que no invitan a dejar la calidez de nuestros hogares.

 

Para no agobiarles les hablaré de dos de ellas: una es un delirio tan delirante que llega a ser hasta simpático; la otra es una auténtica mamarrachada.

 

El delirio simpático se llama Trascendence y está protagonizado por el actor antes conocido como Johnny Depp. La película trata de un experto en inteligencia artificial que después de sufrir un (spoiler) se convierte en una suerte de conciencia digital hiper-poderosa que amenaza con destruir el mundo.

 

Oigan, no me miren así, ya les he dicho que era un delirio.

 

Johnny Depp está como últimamente: regular tirando a mal. Y el resto del reparto (donde hay gente tan buena y apreciable como Bill Nighy –un genio– o Miranda Otto) hace lo que puede para no sufrir ataques de risa mientras lee unos diálogos que parecen escritos por un tertuliano de Sálvame después de haber sufrido un ictus.

 

Los efectos especiales no están mal y, llegados a cierto punto, es inevitable empezar a ver el filme como si fuera una comedieta y echarse unas buenas risas. Pero se lo advierto, si van ustedes al cine buscando un digno filme de ciencia-ficción van a acabar realmente enfadados. Y luego no quiero quejas.

 

La otra película (voy a ser respetuoso y la voy a llamar así) que quiero que vean: Yo, Frankenstein.

 

Seguro que con ese título no sospechaban que se trataba de un bodrio intolerable, ¿eh? Pues sí, estamos hablando –seguramente, y junto con esa película de terror de la Coixet– de la peor película en lo que va de año.

 

El filme cuenta la historia del famoso monstruo (no es que quiera ser insensible, es que el pobre es un monstruo) que lleva ya 200 años arrastrando los pies y ha llegado a la era moderna. Naturalmente, el hombre está algo cabreado y encima el presente tampoco le trata bien y descubre un gran complot y blablabla. El pobre Aaron Eckhart (un gran actor) no sabe ni lo que se hace. Casi lloro de pena por el putadón que le han hecho.

 

A los 30 minutos (y si deciden ir a verlas) sentirán ustedes un calorcillo interior que pronto dará paso a una quemazón y, sin ni siquiera darse cuenta, acabarán incendiando el chiringuito de las palomitas y estrangulando al proyeccionista.

 

Si alguno de ustedes se atreve a ir a ver alguna de estas dos obras magnas, por favor recuerden cascarlo aquí, no quiero ser el único primo de este blog.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 


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Señores y señoras, ¿cómo están ustedes?

 

Ya ven que no he tardado en volver y siempre me sorprendo a mí mismo cuando eso pasa porque –como saben ustedes/as perfectamente– soy un gran procrastinador.

 

En el país todo sigue bien, el ministro Gallardón (ya saben, “el moderado”) añade a su lista de indultados a un criminal de la Guardia Civil que grabó abusos sexuales (los que perpetraba un amigo suyo) sin dejar de reírse. A este elemento (que –recordemos– llevaba un arma y estaba obligado a hacer cumplir la ley) se le unen varios narcotraficantes, un conductor kamikaze (que causó una víctima), un banquero que se quedó con el dinero de un pensionista fallecido y un sinfín de corruptos.

 

Da igual que uno sea de derechas, de izquierdas, o de extremo centro. Hay cosas que no son admisibles y ésta es una de ellas: no se puede ir por ahí perdonando los pecados del mundo con esa cara de beato y luego administrar “justicia” con total impunidad. Esas son las cosas que me ponen de mala leche. Leía el otro día que en Francia en los últimos tres años ha habido 12 indultos mientras que en España llevamos 800. No me digan ustedes que no es curioso el uso de un instrumento que debería ser aplicado solo en ocasiones extraordinarias se haya convertido en nuestro país en una especie de ventilador.

 

Confío en que alguien recurra ese indulto y el guardia civil, que ahora vuelve a lucir placa en el cuerpo, sea expulsado inmediatamente y obligado a cumplir su pena, cualquiera que ésta fuera. No es que ello me reconciliara con la alta política (risas) de este bendito país, pero sería un buen comienzo.

 

En fin, al menos sé que conservo intacta la capacidad de cabreo. Algo es algo, porque el día que estas cosas no me indignen es que estoy muerto.

 

Bueno, y ahora hablemos de cine, y de la última película de Jim Jarmusch: Sólo los amantes sobreviven.

 

Que vaya por delante que siempre he sido fan de Jim Jarmusch, cuyo cine llega a la cima (en mi humilde opinión) en películas como Ghost dog y Flores rotas. Un tipo especial, con un cine dominado por cierta obsesión estilística y una suerte de excentricidad formal que dota a sus películas de una identidad inconfundible.

 

Eso y su habilidad para tejer historias con cierto ánimo de fábula moral y su (exquisito) sentido del humor convertían el visionado de la mayoría de sus filmes en una gozada cinéfila.

 

Ahora bien, Jarmusch también es el director de cosas Dead man down o –la que ahora nos ocupa– Sólo los amantes sobreviven. O sea: auténticos coñazos.

 

El problema con estas películas, y especialmente con su último trabajo, es esa patina de engolamiento que recorre la espina dorsal del filme y que obliga a sus protagonistas a soltar frases pretendidamente trascendentes una tras otra, ante la desesperación de una audiencia que en su mayoría se lo toma a risa.

 

La película relata la historia de dos vampiros que están aburridos de la inmortalidad y a los que todo les parece una porquería, pero que mientras tanto atormentan al espectador con inacabables diálogos sobre la muerte, la vida, la literatura, la música y la forma correcta de vestir una gabardina. Ojo, no es que los actores sean malos, que no lo son (Tom Hiddelston y Tilda Swinton son maravillosos), pero es que, llegados a cierto punto, digamos 20 minutos, uno empieza a desear que un tropel de admiradores de Van Helsing entre por la puerta y los liquide, estaca mediante, para acabar con la tortura.

 

Les daría más detalles, pero es que tampoco hay mucho más que explicar, la verdad sea dicha: los vampiros la quieren palmar, ya.

 

Oiga, señor Jarmusch, ¿no hubiera sido más eficaz (y económico) haber hecho un corto?

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


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