tauro

 

A principios de año me encontraba yo sumido en una depresión de caballo. Las razones son lo de menos, seguro que ustedes pueden imaginarse alguna(razón) lo suficientemente buena. La cuestión es que pensé que nada podía ser peor que 2014.

Me equivocaba.

La cuestión es que, un día, estando en casa con las persianas bajadas, la tele puesta y una resaca mortal que lo hacía todo aún peor, decidí que lo mejor era ponerme a leer horóscopos de mi signo (Tauro) para 2015. Ya saben, las decisiones que se toman después de una gran ingesta de alcohol acostumbran a ser poco razonables y uno puede hacer locuras de todo tipo. Yo empecé a consultar los horóscopos (ahora que lo pienso, y ya en faena, me podría haber ido a comprar una taza de Mr.Wonderful) y antes de hacerlo me conciencié de que lo que dijeran tenía que ser verdad. Y punto. Seguro que –como acostumbra a suceder- lo pintaba todo de color rosa. Era justo lo que necesitaba: leer todas las alegrías que me esperaban a la vuelta de la esquina.

El más largo y completo –curiosamente- fue el de ABC. La gente de derechas debe ser muy fan de la astrología.

Venía a decir que 2015 sería una auténtica mierda hasta septiembre. Mi gozo en un pozo, señores y señoras. ¿Cómo cojones iba yo a aguantar hasta septiembre en aquella situación lamentable? Así que donde dije digo digo Diego.
Bah, el horóscopo, ¿quién cojones se puede creer esa mierda?

Pues estamos en agosto, oiga, y el año está siendo una porquería, tal y como decía el horóscopo de ABC. Así que ahora exijo (exijo) que el puto horóscopo cumpla sus putas predicciones. Si en septiembre las cosas no mejoran una barbaridad pienso empezar una masacre de astrólogos y así lo anuncio desde este modesto blog. Si conocen a alguno díganle que se haga una maleta ligera para abandonar el país. No bromeo. No voy a permitir que jueguen con mi destino con esa ligereza.

No se lo digan a nadie, pero hace unos 19 o quizás 20 años consulté a una astróloga (no se rían, miserables/as). Era una señora ligeramente obesa con gafas de culo de vaso y tenía el despacho forrado de diplomas inquietantes: “La sociedad de amigos de la Ouija otorga a doña xxxxxx este diploma como testimonio de su destreza con los espíritus”.

Me miro fijamente, saco una grabadora de esas con casete y me dijo “Ahora hablarán los astros, todo quedará grabado por si quieres repasarlo después”.

Empezó a hablar: “Eres un hombre obsesionado por el orden”.

Allí mismo supe que las pesetas que iba a gastarme había sido mejor gastármelas en heroína y unas jeringas.

Siguió hablando y hablando y hablando sin acertar ni una sola cosa. No les engaño, según esta señora yo era “serio, responsable y ahorrador”. En algunos momentos llegué a girar la cabeza por si había alguien más en esa habitación, pensé que con esas gafas podría haberme confundido con alguna otra persona. Repetí mi nombre en voz alta varias veces, y mi signo:

-“SOY TAURO DEL 7 DE MAYO”.

Pero nada, ni así. Ella siguió a lo suyo. Tendría dos hijos y sería muy feliz y con dinero en el banco.
Lo malo es que no recuerdo la dirección de la señora porque les aseguro que ahora iría y la estrangularía con la cinta del casete. “En nombre de todos los tauro, muere”.

¿Y por qué les cuento todo esto? Pues porque falta un mes para septiembre y tengo previsto ser extremadamente feliz desde el mismo día 1, así quiero compartir con ustedes esta pre-alegría. Y para que ni se les ocurra visitar al astrólogo… como mucho el tarot, que tiene mucha más posibilidades de acertar y las cartas tienen dibujitos chulos.

Por cierto, he visto Misión imposible: nación fantasma y me lo he pasado teta. Mira que me lo pasé bien con la anterior pero diría que esta es incluso superior. El guión es muy loco (mucho) pero funciona como un reloj; Cruise sigue siendo acojonante (sólo él puede interpretar a Ethan Hunt con tanto despiporre) y las escenas de acción (la del avión es una maldita locura y la de las motos no lo es menos) son absolutamente brutales. Hasta me olvidé de mis ganas de matar durante más de dos horas.

Abrazos/as,
Su amigo tauro


1272607808219744141

Señoras y señores, ¿qué tal están?

Yo hoy me he levantado con el ánimo sombrío. Es uno de esos días en los que cogería mi soplete industrial, bajaría a la calle y haría algunos interrogatorios improvisados a personas aleatorias, sólo para ver si se me pasa esta mala hostia. Menos mal que no es contagiosa, porque si lo fuera mañana a esta hora estaríamos hablando de una plaga de dimensiones apocalípticas.
Estoy pensando en mudarme señores/as, en largarme de este país a otro. Lejos. De hecho, si no fuera porque sé de buena tinta que mis líos me siguen a cualquier parte, haría la maleta mañana mismo y no me verían la jeta nunca más (es una forma de hablar, ya que no me la han visto hasta ahora… al menos, no todos ustedes).

¿Saben lo peor? Creo que nadie me echaría de menos. Mi hermana (que siempre he creído que es adoptada), mi cuñado (el mago del bosque encantado) y mi pobre padre se olvidarían de mí en cuanto hubiera salido por la puerta y mis amigos/as harían una fiesta para celebrar mi desaparición. Así que un día de estos haré la maleta, cogeré mis blu-rays y unas gafas de pasta que tengo para los días en los que me apetece sentirme intelectual y me iré en un velero, como decía José Luís Perales o Nino Bravo, que ahora no me acuerdo.

Bueno, miento, mi perro me echaría de menos, así que tendría que llevármelo. Ayer el hijo de puta estuvo a punto de sacarle un ojo a un pobre hombre que se estaba atando un zapato. Se mascó la tragedia, se lo aseguro. El animal tiene alma de anarquista y a pesar de mis esfuerzos por convencerle de que no pegue saltos de dos metros sin notificármelo antes, parece que nos ha salido librepensador. Un día hablaremos también del precio de su comida, porque el cabronazo come bastante mejor que yo y un día de estos voy a tener que pedir una hipoteca para que pueda seguir haciéndolo.

En fin, que si súbitamente dejo de escribir en este delicioso blog que sepan que me he ido o que he muerto. Ahora mismo podría ser cualquiera de las dos cosas y prefiero no descartar ninguna posibilidad.

Cambiemos de tema, antes de que haya un suicidio en masa entre mis queridos/as lectores/as. Sé que les afectan profundamente mis estados de ánimo. A mí también me afectan mucho los suyos, que lo sepan.

Ayer empecé a ver Sense8, la serie de televisión que los Wachowsky (ya saben, aquellos chavales que empezaron haciendo dos peliculones como Lazos ardientes y el primer Matrix) han vendido a Netflix. Miren, a mi la verdad es que los Guachoski estos ya me traen sin cuidado porque sus últimas películas me han interesado cero, en un fenómeno similar al de M Night Shyamalan, que hizo una ristra de obras maestras para acabar metido en un lodazal de mediocridad que ya querrían para si Julio Medem o Isabel Coixet (aún no he visto la última maravilla de la directora catalana pero prometo hablar de ella en cuanto lo haga, en serio).

Sense8 es la historia de ocho personajes que un día empiezan a sufrir unas visiones y saben que tienen qué hacer algo al respecto. Esto se lo puedo contar porque he leído la sinopsis, ya que si ustedes ven el piloto no entenderían una mierda. Bueno, cabe la posibilidad de que todos los lectores de este blog sean visionarios y yo esté en baja forma, pero creo que viendo la primera entrega de Sense8 lo único que le queda claro al espectador es que los Guachoski tienen un camello de lo más competente y que el producto que se están metiendo es de primerísima calidad: es el problema de las buenas drogas, que cuando las pruebas no quieres otra cosa.

También cabe la posibilidad de que se hayan vuelto completamente locos. Así que empecé a ver Sense8 ayer a las 9.30 y a las 10.15 ya había acabado de ver Sense8. Para siempre. Gracias a Dios.

(en la serie parece el ‘actor’ español Miguel Angel Silvestre en el que es -sin duda- el peor papel de su carrera, que ya es decir, no sé si me explico)

Por favor, échenle un ojo a esta bonita serie y comuníquenme su veredicto.

Ahora, les dejo, creo que voy a bajar a la calle a por unas víctimas, previa visita a casa de mi vecino Rocky Balboa.

Abrazos/as,
T.G.


El cyborg que me amó

Terminator_Genisys_9

 

Señores y señoras,

¿Qué tal están?

No sé ustedes, pero servidor no recuerda un verano tan caluroso, cuando ni siquiera hemos empezado agosto. Con lo que he sudado hasta hoy se podría dar de beber a todos los niños de Somalia y sobraría agua… perdonen, me ha quedado un tanto incorrecta la hipérbole, el calor, ya saben.

Estoy seguro de que este abuso solar y las respectivas oleadas de bochorno africano no tienen nada que ver con el cambio climático, porque lo dijo el presidente Rajoy que se lo había dicho su primo. No hay nada que me tranquilice más que el nepotismo metereológico y si el primo o el hermano de alguien importante me dicen que no hay cambio climático, pues aquí paz y después gloria. No importa que en mi pueblo jamás se hubiera registrado (en 100 años) una temperatura tan alta porque el primo de Mariano dice que no hay por qué preocuparse. Ahora sólo falta que lo confirmen los Morancos y Bertín Osborne y ya podemos cerrar el asunto.

Volví a la ciudad amigos, a la ciudad. Ese laberinto de ratas estresadas que siempre llevan prisa, arrastrando sus culos en un asfalto dónde podríamos hacer huevos fritos. La echaba de menos… los cojones.

Lo bueno es que servidor vive a pocos metros del mejor cine de España (así es y así se lo hago saber), un templo llamado Phenomena, con 450 asiento, Dolby Atmos, películas en VO y en el que uno puede repetir Terminator Genesis en versión original un viernes a las cinco de la tarde. Alguna jodida ventaja tenía que tener la jodida ciudad, ¿no? Así que a falta de estímulos más apremiantes, eso es lo que hice: irme a ver de nuevo Terminator génesis y llevarme la contraria a mí mismo, una vez más.

La verdad es que mientras considero Terminator y Terminator 2 dos obras maestras, debo reconocer que no lo pasé nada mal con la tercera y la cuarta, así que esperaba obtener un mínimo de diversión que es justo lo que conseguí esta vez. Yo soy así, amigos y amigas, tengo el súperpoder de cambiar de opinión veinte veces en cinco minutos.

Eso y las expectativas…

Ay, amigos/as, las expectativas, basta con rebajarlas un poco para sumergirse en momento de intensa felicidad… bueno, rebajarlas mucho, dejémoslo así.

Terminator génesis quiere ser una película de verano y se le nota a la legua. No hay ninguna pretensión estilística ni conceptual, no trata de reinventar la saga, a no ser que su nuevo reparto tenga esa intención. Arnold Schwarzenegger sigue siendo el amo de la fiesta, tanto que el ofrece los mejores momentos de la película sin tener que hacer ningún esfuerzo. Su imagen es tan icónica y su papel quedó tan perfilado por James Cameron, que con añadir algo de humor le basta para llevarse –de calle- la función. También me convenció Emilia Clarke, que construye una Sarah Connor muy joven pero muy dinámica y que le pone empeño, joder, que al final es lo que hace que un actor sea relevante. Lo mismo se puede decir de Jason Clarke, aunque sus cicatrices parezcan el resultado de un becario (con mi respeto a todos/as ellos/as) que se ha colado en el departamento de efectos especiales. El tipo es tan sólido que da igual: te lo crees.

En cambio, el hombre que han escogido para interpretar a Kyle Reese (el impresionante Michael Biehn de la primera entrega ya está muy mayor, creo) debería pensar en dedicarse a otra cosa. Tampoco me convenció de hijo de Bruce Willis en la última entrega de La jungla de cristal y sólo me convenció ligeramente en Jack Reacher. Me ha convencido tan poco en todas sus películas que ni siquiera soy capaz de recordar su nombre, y yo me acuerdo de esas cosas. Le buscaría en google pero no se lo merece: es un actor del montón. Pobre.

¿Lo mejor de Terminator Genesis? La primera media hora, maravillosa. Los primeros cinco minutos de película tienen algunas ideas visuales absolutamente brillantes (ese niño viendo por la ventana como alzan el vuelo los misiles desde la ventanilla del avión) y si uno –como un servidor- tiene pánico a cualquier cosa que lleve ‘nuclear’ en su definición, no puede evitar sentir los efectos de un ataque de ansiedad sólo sobrellevable por el mantra ‘esficciónesficciónesficciónesficción’.

El resto es material de acción básico, con algunas piezas muy bien resueltas (como la llegada de Reese a Los Ángeles, un bonito homenaje al primer Terminator) y entretenimiento puro y duro. Los diálogos son bastante risibles pero basta con esperar que explote algo y se te olvidan. Lo peor es (como ya dije) el rollazo de ahora nos vamos a los ’90 y ahora a 2017 y ahora alBASTA YA.

Así que si quieren ustedes dos horas de diversión contenida (tampoco vamos ahora a entusiasmarnos demasiado) esta puede ser una buena apuesta. En un par de días les hablo de esa obra maestra llamada Del revés, que vuelve a poner a Pixar varios escalones por encima de todos los demás.

Abrazos míos, de mi vecino Rocky y del que toca la trompeta; observo con fervor que no soy el único que tiene vecinos con patologías mentales. Menos mal.

T.G.


pilgrim

 

Qué tal señores y señoras?

Ya ven que mi ritmo de posteo ha bajado ostensiblemente. No es que yo no quiera pero como ya les comenté fui invitado por una amiga a una de esas casas en medio del campo donde ni siquiera hay internet, en las afueras un pueblo gallego con un súper y tres mil quinientos bares. Ay amigos y amigas, qué paz interior que te trae beberte dos estrellas (gallegas, aunque soy catalán apártenme de la cara esa cosa de Damm o les agredo clavándoles las uñas en los ojos) y disfrutar de una buena conversación a la sombra. Mi militancia barcelonesa (ya saben, qué bonita es mi ciudad, blablablá) se ha visto claramente afectada por este hecho y ahora quiero volver a mi aldea gallega de bares viejunos con pulpo y godello. Volver a la ciudad ha sido la prueba definitiva de que estoy sintiendo un profundo ataque de morriña.

En fin, amigos y amigos gallegas que me leéis, cerrad las fronteras, no dejéis que entre nadie más, dejadlo todo tal y como está. Que nadie toque nada hasta que yo vuelva.

He aprovechado este parón vital (y audiovisual) para ponerme al día con el tema literario y aunque este es un blog de cine (añadan aquí unas risas o unos insultos, lo que ustedes consideren más oportuno) también son conocedores de que al final hablo de lo que me da la gana, que para algo es mi blog. Así que si lo que buscan es uno de esos críticos de cine al uso que gustan de ir al cine con la mano en la barbilla y darse luego al onanismo por escrito utilizando palabras raras, se han equivocado de sitio.

Procedo a recomendarles algunos de los libros que he degustado estos días, sin ningún orden, ni preferencia, tal que así.

El primer libro del que di buena cuenta fue una maravilla llamada Soy Pilgrim. Sí, ya sé que el título puede parecerles sospechoso, a mí también me lo pareció, pero cometerían un error si lo subestimaran. Soy Pilgrim es probablemente el mejor libro de espías que se ha editado en una década, un John LeCarré multiplicado por dos, un tochazo de 800 páginas que se lee como si tuviera 10 y que cuenta la persecución implacable de un espía –aparentemente retirado- llamado Peregrino (de ahí el nombre, lo de Soy peregrino hubiera quedado mal) a un terrorista apodado Sarraceno, y más listo que el hambre. Escrito con dominio absoluto del tempo del género, abundante en detalles (los que gusten de saber cosas del mundillo del espionaje irán de orgasmo en orgasmo) y finiquitado con uno de los desenlaces más trepidantes que un servidor recuerda haber vivido en una novela en lustros. Ya tardan, el señor que lo ha escrito se llama Terry Hayes y los derechos ya han sido adquiridos para su adaptación cinematográfica, así que no tardaremos mucho en ver la película.

El segundo que me zampé ya tiene película, bueno, no exactamente… el que tiene película es el personaje que lo protagoniza, un tal Jack Reacher. Reacher es un ex policía militar con alma de vagabundo que mide metro noventa, pesa más de 100 kilos y da unas hostias como panes. Reacher no tiene ni una jodida maleta, se compra ropa nueva y tira la anterior, tampoco tiene tarjeta de crédito, ni dirección conocida, sin embargo se le puede localizar, utilizando métodos que no voy a desvelar por no decir más de la cuenta. Zona peligrosa es su primera novela (es decir la primera que se publicó del personaje) y es fantástica: brillante, seca como un Martini en Almeria, violenta hasta decir basta y muy, muy bien escrita. No hay puntada sin hilo en las obras de su autor, Lee Child, y Zona peligrosa no es una excepción.

La tercera, y última (a estas alturas ya llevamos 1400 páginas de literatura) ha sido Persona, del duo sueco Erik Axl Sund que es una novela con una tendencia desmesurada a la brutalidad, un giro esplendido al final y la promesa de una segunda parte aún mejor (Trauma, la segunda entrega, ya está editada, y la última de la trilogía aparece en septiembre. Ojo, no es apta para los estómagos sensibles, porque los tipos no se andan con rodeos y son, cómo decirlo, unos bestias. Está por muy debajo de las otras obras comentadas, pero vale la pena y creo que lo mejor está por llegar. De esta van a hacer una miniserie, para 2016.

Hala, vayan a la librería, compren, no sean vagos. Les prometo que se lo pasarán de miedo.

(Ellas también disfrutarán mucho de Pilgrim y de Zona peligrosa, no sé si de Persona, no lo veo claro)

Abrazos/as,
T.G.

P.D.: en el próximo post les hablo de Ant-man.


 

 

 

 

 

600full-rocky-posterBuenas señores y señoras,

Qué tal están ustedes? Supongo que algunos/as ya andarán de vacaciones, jodiendo la vida al prójimo. No sé si les comenté que mi vecino del entresuelo se ha comprado una trompeta. “Oh, será un músico de jazz” comentarán los más optimistas. Pues no, el hombre no tiene ni puta idea de tocar la trompeta pero les puedo asegurar que no será por falta de práctica: cuando el segundero pasa ligeramente de las 8 de la mañana el buen hombre (iba a mirar su nombre en el buzón y reproducirlo aquí pero nunca se sabe quién puede estar leyendo este blog) se pone ya a ello. Estos días he estado pasando por delante de la ferretería y mirando a través del escaparate la sección de cuchillos de carnicero, fantaseando con llamar a su puerta y decirle “te voy a dar yo a ti trompeta”.
Lo sé, alguien dirá “pero tío, tú tienes un perro”, y tendrá razón. Pero mi perro al menos afina y no está día y noche dándole al aparato. He deducido que el señor es un parado porque es imposible que alguien con un trabajo fijo esté todo el día con la trompeta en la boca (no busquen dobles lecturas, pervertidos). Si al menos mejorara, pero es que aún estamos con el do-re-mi-fa-sol.

¿Dónde están los albano-kosovares cuándo se les necesita? Seguro que las trompetas valen su dinero en el mercado negro. Y si no pues que le quiten un riñón. El pack trompeta + riñón tiene que vender, fijo.

Yo estoy por comprarme un trombón y mudarme al piso de abajo del trompetero pero tengo miedo que baje a proponerme un dueto.

Mi otro vecino (ya saben que me mude recientemente) es un esquizofrénico paranoide. Es decir, no tengo un papel con su diagnóstico pero me quedan pocas dudas sobre su estado.

Lo que les voy a contar es 100% cierto, como lo de mi cuñado amansando a las fieras en la Riviera maya (o Rivera, que nunca recuerdo cómo se dice).

Un día, serían sobre las 6.45 de la mañana, suena el timbre de la puerta. Me levanto de la cama y abro. Me encuentro al vecino en calzoncillos, con una camisa verde de tirantes y la cara desencajada. “¿Hola?” Le digo. El tipo me mira de arriba abajo (con cierta dificultad, porque mide un metro cincuenta) y me dice “respeto tío, respeto” y a continuación se muerde los nudillos. Como los malotes de mi barrio cuando yo tenía 14 años. Estuve a punto de contestar al estilo rapero, “yo yo motherfucker” pero vi que el hombre mostraba diversos tics faciales y pensé en el clásico tipo que acaba clavándote un trozo de jarrón chino en la cara sin previo aviso. Así que le pregunté, “¿hay algún problema?”.
Aquello pareció activar su cortex:

-Tío, respeto, tío.
-Ya eso ya lo has dicho.
-Acabas de poner música y te hemos oído gritar.
-Estaba durmiendo, eso es imposible. Igual has oído un ladrido de mi perro.
-¿Me estás llamando tonto?
-(La respuesta obvia era “sí”) No, ni mucho menos, sólo digo que te confundes.

A continuación el tipo entra en mi casa y se pone a merodear, hasta que le digo: “Por favor sal de mi casa”. El hombre, vestido como Rocky Balboa pero en lerdo, se lo piensa. Repito: “Sal de mi casa, ya”.

El tío se va al rellano. Empieza a dar saltitos y a estirar los brazos y me dice: “Sal aquí, vamos, sal aquí. Respeto, tío”.

Le pregunto que si tiene alguna enfermedad mental aunque ya conozco la respuesta. Eso parece cabrearle aún más.

En ese momento aparece la hermana del sujeto por la puerta. “Es que hemos oído unos ruidos por la mañana”.

(Él sigue en el rellano, lanzando puñetazos en el aire: ”Sal aquí tío, va a ser matar o morir” dice).

En ese momento (soy una persona extremadamente pacífica), me debato entre salir, coger su metro cincuenta de chicha y lanzarlo por el hueco de la escalera o estamparle la cabeza contra el hueco del ascensor, mientras mi perro, animado por la escena, sale y empieza a lamerle los tobillos a Rocky Balboa (mi perro es pequeño y aún no tiene criterio). Sin embargo, me sobreviene un amago de ataque de risa y trato de recomponerme mientras les pido disculpas por las molestias del perro y les prometo que no volverá a suceder. Todo con tal de no enfrentarme a Rocky. Créanme, la imagen de aquel enano con camiseta de tirantes lanzando puñetazos al aire y anunciando mi muerte a las siete menos cuarto de la mañana fue muy inquietante.

Así que cierro la puerta y me vuelvo a dormir, pensando en si debería haberle clavado un cuchillo en el homoplato a Rocky y lanzado a su hermana por las escaleras.

Al cabo de un par de horas cojo a mi perro y salgo a la calle a pasearlo: me encuentro a Rocky con su perro (un chucho de 68 años que apesta, pobriño) y este me saluda efusivamente: “Vecino, ¿qué tal?”.

Entiendo que ni siquiera se acuerda de que hace dos horas estaba en mi rellano practicando sus mejores golpes contra el aire. Imagino el esqueleto de su madre en una mecedora, en el comedor, mientras toda la familia ve Sálvame. Me alegro de no haberle arrancado los brazos por la mañana.

Después otro vecino me cuenta que era pintor pero que tiene la baja indefinida porque tiene reuma en ambas manos. Sin duda, sus puñetazos reumáticos me hubieran causado un trauma irreversible.

A día de hoy mi perro sigue mirándole raro cuando le encontramos. No me extraña.

¿Cine? Pues poca cosa, oigan, estoy en Galicia, en la casa de una amiga, comiendo como un cerdo y bebiendo como un hipopótamo. No he visto nada, oído nada, leído nada (excepto un par de libros que me he traído conmigo. Uno de ellos, Soy Pilgrim, es espectacular: se lo recomiendo con fervor).

Pronto volveré a casa, a escuchar al de la trompeta y a lidiar con las alucinaciones auditivas de Rocky y su hermana. Qué ganas, lógicamente.

Abrazos/as,
T.G.


Arded en el infierno

llamarada-solar

 

Buenas tardes señoras y señores,

¿Qué tal les va? Mi perro y yo estamos sufriendo los efectos de esta bonita ola de calor sahariano. Luego tengo que oír todo el año que esto es ‘el buen tiempo’.

¿Así que este bochorno sin fin es mejor que llegar a casa y meterte debajo de veinte mantas a ver una buena película, no?

Claro, porque puede uno ir a la playa a quemarse y puede escoger agua o arena. Un día, cuando manden los míos (aún no sé muy bien quiénes son, pero denme tiempo) daré la orden de acabar con el maldito verano. Eso por no hablar de todos esos personajes que andan por ahí con su camiseta de baloncesto, o directamente sin camiseta. No les hablo de la calle (aunque yo lo prohibiría también, no tengo por qué ver determinados espectáculos), les hablo del metro, o del bus. Ese lugar donde en verano puedes ver morir pingüinos y renos del frío que hace. Porque esa es otra: al cine hay que ir con chaqueta. Se ve que a España no ha llegado eso del ahorro energético así que en lugar de poner el aire acondicionado a 22 grados se pone a 5. Es maravilloso para morir.

En fin, les regalo el verano y la primavera, déjenme el otoño y el invierno y yo ya me apaño. Y quédense con la arena ardiendo y todos esos lerdos playeros que van al mar a ejercer su condición de macho alfa. Menos mal que ya no está de moda llevar radiocasete y ahora todo lo que tienen son sus jodidos móviles.

Bien, después de exponerles mi amor por esta calorcete tan bueno y las bienaventuranzas que nos trae, quiero darles las gracias por participar en mi pequeño experimento sociológico en el anterior post. Sabía que ustedes entrarían al trapo, porque son como toros bravos, queridos foreros o posteros o cómo cojones se diga.

Efectivamente, me salté datos y jugué un poco a ser la voz (averiada) de sus conciencias pero ustedes no me defraudaron y he de decir que algunos de sus repartos para la película son insuperables. Al que me llamo ‘majo’ decirle que me envíe un privado, podemos ser amigos si él quiere: me encanta la gente que me llama ‘majo’, aunque en la intimidad prefiero ‘majete’.

Sólo una cosa: si yo hubiera sido Teresa Romero también hubiera mentido como una perra, ¿y saben por qué? Se llama instinto de supervivencia y es una vocecita en nuestro interior que nos conduce (sabiamente) a mentir en condiciones de complejidad media/alta. Por ejemplo: “¿quién es esa?”. “Una amiga, cariño”.

Mentira, te la has follado.

¿Me siguen? ¿Cómo no vas a mentir si has metido la pata hasta el fondo? Ustedes los sinceros son portadores de una enfermedad muy peligrosa y –lo sé por experiencia- hasta peligrosa. Empieza uno diciendo la verdad y acaba presentándose en casa de un amigo a las tantas de la madrugada con un cadáver en el maletero del coche.

Ya lo sé: son ustedes ejemplos de nobleza y rectitud y todos/as hubieran dicho la verdad porque encarnan los valores más básicos de la sociedad moderna, pero yo, en tal que deshecho social, seguiría negándolo todo hasta que pusieran el último clavo en mi ataúd.

¿De cine? Pues poca cosa, la verdad. Me reí mucho con Spy (porque me río con la garrula de Melissa McCarthy) y fueron 9 euros bien gastados (sí amigos y amigas, a veces pago por ir al cine) porque las risotadas alegran el alma.

Si tienen niños Los minions son cojonudos, muy divertidos y bastante entretenidos incluso para los adultos. Por esa no pague, ya me perdonarán.

Lo que sí voy a recomendarles con fervor es una serie llamada Mr Robot. Háganse con ella porque es –posiblemente- de lo mejor que he visto en televisión este año.

Ah, y aquí va mi opinión de la segunda temporada de True detective: Vaya. Puta. Mierda.

(Es lo que pasa cuando pones a un mamarracho como Justin Lun a dirigir una serie de culto y cuando sustituyes a Matthew McConaughey por Vince Vaughn. Pues que te jodes).

¿Capisci?

Sean buenos/as y disfruten de este paraíso tropical mientras yo les maldigo.

Abrazos/as,
T.G.


¿Ébola?

El 6 de octubre de 2014 fue el día D del sistema sanitario español: por primera vez en Europa una persona daba positivo por ébola. Y tenía que ser aquí, en nuestro país, no podía haber sido en Francia o en Italia, gentes que han estado envueltas en guerras mundiales, que han inventado la guillotina o que han colgado a sus dictadores por los pies después de arrastrarlos por la capital. No, tuvo que pasar aquí.

Teresa Romero, una auxiliar de enfermería que se había prestado voluntaria para ayudar a un enfermo de ébola repatriado desde África se contagió sin que se sepa muy bien el porqué (después volveremos sobre ello). El religioso repatriado murió por causa de la enfermedad y Romero limpió su habitación. Luego, sin asesoramiento técnico, pudo contagiarse cuando se quitaba el traje: en una entrevista al diario El País, ella mismo reconoció que pudo ser así. No lo afirmó, especuló. Algo que en España se nos da muy bien.

Pasado el shock inicial y con la ventaja de tener a la ministra de sanidad más incompetente de la historia reciente del país, el Gobierno entendió que sin el equipo adecuado, con las advertencias de que traer a un enfermo de ébola a un hospital desballestado (el Carlos III, antes centro de referencia) era un error inconmensurable, lo mejor era buscar un culpable y hacerlo rápido. La propia sanitaria parecía la mejor idea, ¿por qué no? Así que con Romero debatiéndose entre la vida y la muerte, y con la prensa amiga ya armada y pertrechada de víveres y munición para aguantar el asedio, un médico (o eso afirmo él, no se le volvió a ver) saltó a la palestra para afirmar que la propia Teresa Romero le había confesado que había sido un error suyo. “Que se había tocado la cara”. Es decir, que una señora a la que muchos ya desahuciaban y con una enfermedad mortal de necesidad en el cuerpo había encontrado el momento de confesarse a un doctor que había sentido el impulso ético de interrogarla, por –suponemos- un sentimiento imperativo de hacer justicia y dejar claro que la única responsable de su -más que posible- muerte era ella misma. Casi se lo había buscado, ¿a quién se lo ocurría tocarse la cara después de haber limpiado una habitación llena de restos de un virus mortal? Hay que ser gilipollas.

Establecida ya la (indudable) culpabilidad quedaba sembrar la duda para el público en general y –sobre todo- contar lo imprudente que había sido Romero, que – menuda desfachatez- seguía muriéndose en el hospital sin que nadie supiera muy bien que había que hacer. Enseguida nos enteramos de que se había ido a depilar, de que había acudido a unas oposiciones, de que había ido a pasear al perro, de que se había ido de vacaciones a Galicia, de que había mentido y de que era una irresponsable del carajo. Columnistas y tertulianos que un día te hablan de sainetes y al día siguiente de la merluza congelada aparecían ahora como expertos en una enfermedad mortal. Ellos y ellas sabían lo que había que hacer y sabían también que había dos culpables (según el bando en el que se situasen, ya se sabe que en España el octavo pecado capital es la equidistancia): el gobierno y/o la sanitaria.

La oposición soñaba con un país lleno de casos de ébola y el Gobierno rezaba para que la tal Romero no la palmara. Ana Mato, una mujer que debería casarse con un oftalmólogo, famosa por no ver un Jaguar en su garaje ni un virus mortal a diez metros, intento asumir las riendas de un caballo percherón que relinchaba como un condenado. Verla leyendo papeles en el congreso, como el que se sabe incapaz de articular ninguna frase sensata y prefiere llevar las respuestas a pesar de no conocer las preguntas, fue uno de los grandes momentos de una crisis que por un momento amenazó con engullirnos a todos.

La prensa empezó a publicar fotos que había fusilado del Facebook de la sanitaria, fotos filtradas desde el propio hospital (nunca olvidaremos esa editorial de un director catalán que venía a decir que si ellos habían publicado esas fotos robadas era porque los demás también lo habían hecho: un argumento irrefutable) y las redes sociales se enzarzaron en una de esas discusiones con catapulta en las que lo que importa es el nivel de ingenio más que el propio fondo de la cuestión. Capitaneados por twitter perdimos el norte, el sur, el este y el oeste, y mientras unos pedían que si la sanitaria se recuperaba pagase por todas las molestias que había causado, otros venían a decir que el Partido Popular había inventado el ébola y se lo había traído a Madrid para molestar.

Un buen día sacrificaron al perro de Romero y hasta emitieron un comunicado para que todos nos enteráramos. No había duda: estábamos en buenas manos.
Paradójicamente, los perros con los que Excalibur había jugado en el parque no fueron sacrificados, ni tampoco los perros que a su vez había jugado con éstos en otros parques. Suponemos porque sacrificar a mil perros no hubiera dado muy buena prensa o quizás porque localizar a todos esos chuchos no era una prioridad. Si tenían el ébola, pues bueno, ya se encargarían los veterinarios. Por cierto, en Estados Unidos no necesitaron sacrificar al perro de la primera afectada, la cuna del capitalismo siempre con manías.

Un día, Mato fue cesada de facto (una comisión liderada por Soraya Sáenz de Santamaría tomaba el control). Los ataques a la auxiliar cesaron y todos empezaron a llamar a Romero “Teresa”. Lo importante era que “Teresa” se recuperase a la mayor celeridad posible, decían ahora a derecha e izquierda.
Enfermeras y médicos empezaban a aparecer como setas en televisiones, emisoras y periódicos contando la falta de previsión, lo paupérrimo del equipo y la ausencia absoluta de supervisión. Alguien le susurraba al presidente del Gobierno que si “Teresa” fallecía iba a arder Troya y la oposición se fregaba las manos.

Pero Romero sobrevivió, a pesar de todo, a pesar de que durante semanas fuera solo un objeto arrojadizo para que nuestros políticos, sus bufones y la tropa de advenedizos que inclinan la cabeza cuando ven pasar a alguien con corbata, demostraran su talla moral a ambos lados del arco político. Luego, con secuelas evidentes, abandonó el hospital y dio gracias a todo el mundo, se defendió como pudo de los ataques, pidió que la dejaran en paz y concedió una entrevista.

Aquello dio pie a otra campaña, más pequeña y menos insistente: la de que Teresa Romero se iba a forrar vendiendo su historia a la prensa. La del corazón, se entiende. Que tenía un contrato en exclusiva ya con Tele5, que se iba a “hacer de oro”. De nuevo, los guardianes de la democracia atacaron a esta mujer de aspecto frágil y que hablaba a cámara lenta.
Pero Teresa tenía otros planes: después de la entrevista desapareció. Ni siquiera podía ir a su casa porque la estaban desinfectando; se habían llevado la mitad de sus muebles; le habían roto la puerta de entrada y confiscado la ropa; habían matado a su perro y la habían vilipendiado. Pero Teresa Romero no vendió nada a nadie, no se convirtió en tertuliana de Ana Rosa, no empezó a frecuentar los platós de televisión. La persona que se había presentado voluntaria para auxiliar a un enfermo aquejado de una de las afecciones más graves de la historia de la medicina, simplemente se fue. Había sobrevivido al ébola y a un país de mezquinos.

Su nombre no ha vuelto a aparecer en ninguna parte, muchos ya no recordarán su rostro, ni su indefensión ante docenas de cámaras de televisión que la esperaban en aquella rueda de prensa donde apareció agotada, feliz de estar viva e inmensamente triste por la perdida de su mascota (con la que pasó 12 años, de eso también nos reímos en twitter, “cómo se ponen por un perro, hay que ver”). Seguramente sería sencillo buscarla y preguntarle por todo aquello y contar cómo se encuentra, si lleva una vida normal, si ha podido recuperarse del todo. Seguramente sería sencillo dedicarle algo de tiempo, después de tantas portadas, de tantas especulaciones, de tanta tontería. Pero ya se sabe, ahora lo importante ya no es el ébola (la cooperación internacional de España en ese terreno sigue siendo como había sido antes del caso Romero: entre cero y nada), porque aunque la enfermedad sigue causando estragos en África, aquí ya estamos a salvo y lo hicimos todo bien. El Carlos III sigue siendo lo qué era antes, lo que viene siendo desde en que noviembre de 2013 decidieron que tampoco era un hospital tan importante mediante la orden administrativa 1017 emitida por la Consejería de Sanidad y que cambiaba su estatus. Claro, ¿qué iban a saber ellos del ébola?

 

Se lo cuento porque he pensado que podíamos hacer una película del tema (este es un blog de cine al fin y al cabo), una de terror.

¿Cómo lo ven? ¿Se lo vendemos a HBO?

Abrazos,

T.G.

 

 


índice

 

Señores y señoras,

He vuelto y no he tardado mucho. Señal de que cuando me propongo algo puedo lograrlo. Por ejemplo, esta mañana me he propuesto desayunar y lo he hecho. Ayer por la noche me propuse cenar y también lo conseguí. Por fin estoy progresando en la vida, sólo me falta ganar dinero, un penthouse en Manhattan, un bar gallego debajo de casa, una botella de Pingus y un harén de mujeres asiáticas extremadamente complacientes y a las que les guste el cine en versión original.

De momento creo que seguiré con las tres comidas diarias y algún donut de tanto en tanto.

Por cierto, ¿ya han borrado ustedes todos sus tuits comprometidos? Ya saben que ahora pueden decir en público (o por la tele) lo que les salga de los huevos pero como lo escriban en un tuit se les cae el pelo. El twitter es como el ebola, pero por lo menos con el ébola sabes que estás enfermo cuando empiezas a sangrar como un cerdo pero con el twitter nada. ¿Por qué esta bonita red social no incluye una especie de aviso tipo ‘ojo, alguien está revisando tus tuits de 2012, cuando te dedicabas a meterte con los chinos y los pakis del barrio porque nunca tenían tus marcas favoritas de conservas”? Nadie nos avisa y un día PAM, ya te la han metido (metafóricamente). Y tienes que ir con tu pinta de judío de Brooklyn a decir que no eres antisemita y que si hace falta abrazarías a uno para demostrarlo.

Si es que así no se puede vivir, amigos y amigas, ya no se puede ni tuitear tranquilamente.

Bueno, acabo de ver eso de San Andreas. Ya saben que es una falla descomunal que si algún día se desprende abrirá un boquete del tamaño de la cabeza de Paco Marhuenda en San Francisco y probablemente se llevará la mitad de California por delante.
No es necesario que les explique mucho del tema: orgía de destrucción, tsunamis, edificios cayendo por todas partes, gente muriendo a carretadas y en medio de todo ese infierno una bonita historia humana para que el espectador no se vea obligado a identificarse con un Prius o un casco de moto. En este caso la pareja formada por Dwayne ‘La roca’ Johnson y la siempre guapísima Carla Gugino deciden viajar desde Los Ángeles a San Francisco para tratar de salvar a su hijo y ya de paso su matrimonio.

¿Qué les voy a decir? Claro, es como pedirle un adicto a la cocaína si le apetece una rayita. “Pues venga hombre, echa ahí”. Servidor es muy fan de esas películas de destrucción desmedida porque no pienso en los inocentes que mueren sino en la cantidad de hijoputas de las que nos libraríamos. Ya, ya sé, creen ustedes que la mayoría de la humanidad está formada por buenas personas y demás, pero les aseguro que un porcentaje alto de sus conocidos pisaría la cara de su madre por un billete de 20 euros o un pasaje a la salvación en un helicóptero para salvarse de una ola gigante. “Lo siento mamá, entiéndelo, tú ya has vivido lo tuyo”.

Así que sí, me gusta ver como todo se desploma y la palma hasta el apuntador, como se consuma la venganza de la naturaleza y de repente ya no hay que reciclar nada más porque te acaban de reciclar a ti.

Huelga decir que los efectos especiales de impresión, el 3D es bastante potente y las interpretaciones rozan el ridículo. Por lo menos (eso sí) uno sabe que no hay final feliz… bueno sí, porque ya sabemos que alguien se salva y aunque la hayan palmado todos sus amigos lo importante es sobrevivir. Como decía Ving Rhames en aquella obra maestra llamada El amanecer de los muertos: “Mejor ellos que yo”.

“Mejor ellos que yo”.

¿No es bonito, amigos y amigas?

Tres hurras por la raza humana.

Abrazos/as,
T.G.


terminator

 

Ha pasado mucho tiempo, señores y señoras, pero ya se sabe: la vida.

Entre padre y perro, perro y padre, y los vaivenes de mi propia vida se me han quitado las ganas de darle a la tecla en muchas ocasiones. Cuando tenía tiempo de escribir no me apetecía y cuando me apetecía no tenía tiempo. Ahora se ha dado la conjunción astral de ambas cosas y me he puesto a ello.

En estos días he visto Poltergeist y el primer capítulo de True detective. De lo segundo les hablaré con calma en el próximo post (el viernes, ya se lo adelanto) y de lo primero ahora mismo.

Pero déjenme empezar explicándoles que estos días he andado metido en el Cine Europe, que es cosa de exhibidores de Europa que se juntan en Barcelona (al menos hasta 2017) para que las multinacionales les enseñen todas sus novedades en lo que resta de año.

He podido ver Terminator Génesis y una cosa nueva de Jack Black llamada Pesadillas. Huyan de lo segundo y vayan a lo primero por su cuenta y riesgo. La quinta entrega de Terminator es espectacular en las escenas de acción (créanme, espectacular es la palabra) pero se pierde uno entre tanta paradoja terminal y que si ahora viajo al pasado y luego al futuro y luego al presente y luego al futuro pero que parece el pasado y luego al futuro que parece el presente y luego… que dan ganas de levantarse y gritar “QUE OS ESTÉIS QUIETOS YA, COÑO”.

¿Qué me ha gustado? Pues Emily Clarke, la chica de Juego de tronos, que definitivamente es una gran Sarah Connor. Me la creo de tipa guerrera tanto como me la creo de khalessi (no sé si se escribe así, sean buenos, no me lo hagan buscarlo que tengo el wifi vago) y cada vez que coge un arma, ya sea el cañón o la metrallera, siento un cosquilleo en la entrepierna (perdónenme el comentario, ya saben que soy extremadamente correcto).

He visto más cosas: como la nueva de un director mítico que se estrena en navidad y de la que me han prohibido hablar bajo amenaza de muerte. Si ahora la mencionara aquí, unos albano-kosovares llamarían a la puerta, me atarían a una silla, me cortarían las manos y se las darían de comer a un cerdo que habrían traído con ellos en su furgoneta negra de matrícula suiza. O algo así.

En cualquier caso, sufriría las consecuencias y sería torturado por algún ciudadano de un país del este (por favor, si algún ciudadano de algún país del este se encuentra leyendo este post que no se sienta ofendido, podría haber dicho ‘algún ciudadano de los emiratos árabes pero por mi edad me encaja más que sea del este) ayudado, o bien por una batería y unos electrodos con pinza para los pezones, o bien por un perro pequinés al que previamente se ha trasplantado la mandíbula de un pit-bull. Vale, igual no, pero ¿a qué molaría?

La otra peli es Poltergeist, que me ha parecido un remake más que digno, autoreferencial, bien dirigido y con algunos sustos estupendos. Yo es que a estas películas tampoco les pido más, oigan. A lo mejor es que estoy mayor y ya no tengo la energía para andar buscando obras maestras cada vez que voy al cine. Ahora voy y si me entretienen hasta me alegro.

Me acuerdo de cuando pensé en comprarme una pipa y una boina para parecer más serio, además de asentir en el cine viendo cine iraní (para hacerme el interesante) y reírme antes en los chistes de las películas de Woody Allen (justo antes de los chistes, ojo) para que se entienda que para mí el humor judío no tiene secretos.

Les dejo. Voy a ver alguna película o algo, igual me arriesgo y no es estadounidense.

(Chúpate esa, crítico serio)

Abrazos/as,
T.G.


Jurassic_World_poster

Señores y señoras,

¿Cómo están ustedes? ¿Qué tal les están sentando estas semanas veraniegas seguidas de ciclogenesis explosivas (lo que antes llamábamos ‘tormentas fuertes’)?

Yo sigo aquí, a la vera de mi padre, disfrutando de la jerga médica (“parece muy grave, tendremos que operar”. Cinco horas después: “No era lo que nos temíamos, así que podemos descartarlo y no habrá que operar. ¿Qué tiene? No lo sabemos, pero creemos que no es nada importante”. Y así todo el rato).

Nos han dicho que tiene para dos o tres meses en el hospital, lo cual ha alegrado mucho a mi padre, ya que está encantado de estar en ese lugar, especialmente teniendo un compañero de habitación cuyos gustos televisivos van de la ruleta de la fortuna a Ahora caigo, pasando por Sálvame o el programa de Ana Rosa. Menos mal que mi progenitor es un hombre paciente, yo hubiera esperado a la noche y le hubiera practicado una traqueotomía con una cucharilla de plástico. Tampoco ayuda que en esa televisión en concreto solo se cojan Antena 3, Tele 5 y TVE. Por supuesto, cuesta 1 euro la hora, así que el hombre se está dejando unos 300 euros al mes en ver la tele (le he prohibido a mi padre que ponga un solo euro en ese infierno catódico). Para que luego digan que la sanidad pública no funciona.

Hoy es domingo y dentro de un rato volveré allí. Como es domingo sólo hay un médico de guardia en todo el recinto y si le pasa algo a alguien tardan diecisiete horas en venir. Puede darte un infarto y que el médico pase a verte en el velatorio (“Permiten, sí, a ver, un momento que le tomo las constantes, que me acaban de pasar el aviso de que este señor no se encontraba bien”) o caerte de la cama y que tengas que reptar hasta el bar para que avisen a alguien.

Por cierto, no les he hablado del bar: lujo asiático, oigan. El pan podría servir para hacer oleoductos, sólo haría falta quitarle lo de dentro (la molla, que en teoría es la parte esponjosa) y encolar un panecillo con otro. Es el material más duro de la tierra después de adamantium de Lobezno. Muy rico también el menú, elaborado con manjares llegados de todas partes del planeta. Y esos postres del Mercadona con los precios hinchados un 300%. Ay, Hacendado, qué calidad, señores.

Sé que me envidian y no me extraña. Las horas que paso allí son pura diversión. El señor de al lado tiene además una formación exquisita y cuando tiene algún problema grita amablemente a las enfermeras: “Me estoy cagando encima. ¿Venís o qué?”.

El lenguaje y los modales son importantes y él lo sabe. Dios le bendiga.

Aún así, esta semana encontré tiempo para ver Jurassic world y la verdad es que me lo pasé pipa y no puedo recomendarla lo suficiente. También es posible que en las circunstancias actuales Free Willy me pareciera una obra maestra, pero les prometo que desde un punto de vista objetivo la película es extremadamente entretenida. Ya saben, lo mismo de siempre: parque, dinosaurios, gente que interactúa con dinosaurios, dinosaurios que se toman demasiadas confianzas, muerte, destrucción y ebola. Bueno, esto último no, igual se lo guardan para la secuela.

Los efectos especiales son de primera clase y se nota que el director ha visto muchas películas de Spielberg. Buen tempo, gran montaje y buenos actores. ¿Qué más quieren? No es la ruleta de la fortuna pero se pasa bien, coño.

Ahora les dejo, la diversión me reclama. Ayer llegué a casa, paseé al perro, cené, bebí dos copas de vino y me fui a dormir. Estoy llevando mi vida social por caminos que conducen directamente a la soltería perpetua. Parezco un viudo.
El lunes estoy pensando en ir a ver algunas obras a pie de valla, visitar la biblioteca en busca de algún libro que no tengan para poder ponerme hecho un basilisco e ir al súper a comparar precios con la competencia (gracias a mi libreta de comparar precios) para luego quejarme amargamente a la cajera.

A ver si -como remate final- logro aficionarme a la petanca, no será fácil pero lo intentaremos.

Abrazos/as,
T.G.


Página 1 de 3912345...102030...Última »