Por piernas

Señores y señoras,

¿Cómo están ustedes?

Supongo que ya habrán visto Mad max. Aunque la película debería llamarse Charlize Theron, porque ella es la auténtica protagonista. Es la película más brutal que verán en mucho tiempo y la demostración de que un tipo como George Miller (un veterano del copón) tiene más energía en sus venas que Ridley Scott, Michael Bay y Luc Besson juntos.

Para aquellos de ustedes amantes del cine de acción de los ’70, Mad max (este Mad max) puede ser la película de su vida. Una gigantesca persecución al límite, con tanta imagen icónica, tal filigrana estilística y tal habilidad narrativa que cuando salen los títulos de crédito el cine huele a gasolina.

Y ahora, siguiendo la tradición iniciada hace unos meses en los que les atormento con mis propios problemas (como si ustedes no tuvieran los suyos) con ágil prosa y deliciosa ironía… cuando en realidad lo que me apetecería es coger una cucharilla de café y salir a la calle a metérsela en el ojo a todo aquel peatón que se cruzara en mi camino, aleatoriamente, como un psicópata cualquiera.

Lamentablemente no consumo café y no tengo cucharillas, así que me veo obligado a escribir en este blog en lugar de salir a la calle a sembrar el pánico.

El sábado, estando yo en Cannes, mi hermana me llamó a primera hora de la mañana para decirme que el cirujano había visto a mi padre, de urgencias, y le había dicho que iba a ser difícil salvarle las piernas. Así, tal como lo oyen.

Obviamente, yo cambié mi vuelo para poder volver a casa y que le dieran por el culo (perdón, por el recto) a Cannes.
Cinco horas después volví a recibir otra llamada: “a papá le han puesto el antibiótico y está mucho mejor”.

Bueno, ahí ya pensé que la medicina es sumamente laberíntica y que seguramente no tenía suficiente información la primera vez. Uno no pasa de “te voy a cortar las piernas” a “ qué bien te ha sentado el antibiótico, oye”. A menos que hayas estudiado medicina en el Cirque du soleil.

Volví el lunes. Fui a ver a mi padre. El hombre no estaba bien. Sus piernas seguían ahí. “Evoluciona bien”, me dijo el médico.

Hoy es miércoles. Mi padre está aislado en una unidad especial porque al parecer tiene una potentísima infección vírica en las piernas que podría afectar a otros pacientes y extenderse por el hospital.

Repasemos.

1) Te corto las piernas.
2) Qué bien el antibiótico.
3) Evolucionas bien.
4) ¡AISLAD A ESTE HOMBRE, RÁPIDO. TRAED LAS CORTINAS DE CAMUFLAJE!

Mi padre, un hombre que habla menos que Harpo (¿era Harpo, no?) está desconcertado. Lo veo por esa mirada de búho cocainómano que se le ha quedado. Estoy seguro de que si mañana el cirujano fuera a verle y le dijera “señor García, hemos estado hablando entre nosotros y hemos decidido que lo mejor sería criogenizarle y devolverle a la vida en 2097 cuando tengamos la medicina adecuada para curarle. Dígale a sus hijos que compren hielo porque vamos justos de presupuesto y la máquina consume una barbaridad”, él se limitaría a mirarle y asentiría con la cabeza.

Mañana, cuando vaya a verle, me tendré que poner bata, guantes y una mascarilla. Como si en la habitación del pobre hombre alguien hubiera hecho estallar una bomba sucia (ya saben, esas que llevan una pizquita de uranio, lo justo para matarte de cáncer en un par de días) y yo fuera Grissom.

Me imagino que pensaría yo si un amigo viniera a verme con bata, mascarilla y guantes y todo el mundo me dijera “pero no es nada grave, ¿eh? Tú tranquilo”. Claro, claro, pero idme pasando la pipa de crack, para que me distraiga.

Estoy por escribir un blog desde el punto de vista de las piernas de mi padre. Se llamaría “Piernas”.

“Hoy nos ha venido a ver el médico. Nos ha dicho que estamos mal, que igual no pasamos de hoy… luego ha vuelto el mismo médico y nos ha dicho que bien, oye, que él lo ve bien. Luego ha vuelto y nos ha felicitado por nuestro aspecto. Más tarde ha vuelto a venir y nos ha dado el pésame. Luego ha venido un cura y nos ha rociado con agua bendita. Luego ha venido la tuna.”

No sé si me explico.

Abrazos/as,
T.G.


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Señoras y señores,

Antes de nada, al señor que puso el post hablando de que su progenitora estaba en el hospital, desearle lo mejor de lo mejor. Y si pasa lo que nos pasará a todos en un momento u otro, que sea rápido e indoloro. Y que se recuperen usted y los suyos a más velocidad que el Halcón Milenario destruyendo los destructores imperiales.

Que la fuerza esté con usted, amigo.

Esto me recuerda a aquella frase del señor de la funeraria en Los siete magníficos, cuando le acusan de ser racista: “No señor, se equivoca usted, yo trato a todos por igual: como futuros clientes”.

Todos/as seremos futuros clientes así que más vale reírnos mientras podamos, amigos y amigas. Y si es posible mientras se está comiendo y con la boca llena, que es más ofensivo y notorio.

Sigo sin ir al cine, oigan. Entre que tengo a mi padre más jodido que una rubia tetuda en una película de terror estadounidense y la reciente adquisición de un cachorro (más todo lo de escribir, que también me lleva unas horas) no me da tiempo a nada. A veces puedo echarle un ojo a una serie.

Esto del perro además, me está haciendo conectar con mi parte más paternal. No tengo ni la más endemoniada idea de cómo criarlo. De momento, tiene tanto miedo que no quiere salir a la calle, así que ha procedido a decorarme la casa con sus micciones y deposiciones, se ha comido media pared y no me hace ni caso. Empiezo a pensar que me han vendido un gato que les salió raro.

Hoy me he levantado y al llegar al comedor (donde se refugia) me he acordado de Encuentros en la tercera fase. ¿Recuerdan ustedes la montaña del diablo? ¿Ese gigantesco flan de roca donde aparece la nave nodriza al final de la película? Pues en el comedor mi casa he visto eso, pero hecho de un material que no era roca. He pensado que si el perro es capaz de generar esa clase de residuos con tres meses, no quiero ni pensar lo que va a hacer cuando cumpla un año. Eso sí, con un poco de suerte para entonces ya le habré convencido de salir a la calle.

También he descubierto los grandes secretos de la economía canina, cuando ayer fui a comprar un saco de pienso (pequeño), un juguete y una botellita de jabón y un poco más y tengo que hipotecar la casa donde resido en régimen de alquiler (lo que creo resultaría problemático). Creo que me saldría más barato comprarme un anillo de diamantes en Tiffanys o simplemente darle al perro jamón ibérico, filetes de buey y champán francés.

Le he llamado Groucho, porque sospecho que con ese nombre tiene que salirme cachondo por cojones. Mi primer perro (o debería decir ‘el perro de mi madre’) también se llamaba Groucho y salió estupendo (aunque estaba completamente loco y podía comerse una vaca y luego correr 20 kilómetros). Espero no volverme pesado, como esos padres que insisten en enseñarte las fotos de sus retoños con una cadencia desmesurada. Sin embargo, mi analfabetismo tecnológico va a jugar a su favor, ya que hasta la simple idea de hacer una foto con el móvil me produce ataques de ansiedad.

Este fin de semana me voy a Cannes, a ver si me da un ataque de glamour o algo. Tengo que entrevistar a Martin Scorsese, ir a un fiestorro, y ver la versión restaurada de Rocco y sus hermanos.

También tengo que reencontrarme con un viejo amigo con el que hace muchísimo que no hablo. Uno de esos amigos que no concede segundas oportunidades y con el que llevamos demasiado tiempo esquivándonos.

Quizás acabamos en la Croissete abrazados y ebrios o quizás nos saludamos con un apretón de manos.

O quizás ni siquiera nos crucemos. Lo cual me recuerda la toxicidad de dejar que el tiempo pase con los que nos importan, porque cuando necesitas encontrar la excusa para haber dejado de llamar, llegas a la conclusión de que no tienes ninguna.

Abrazos,
T.G.

P.D.: en un par de días les hablo de esa obra maestra llamada Mad max. Sí, el remake. El puto Mad max.


Cenizas

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Señores y señoras,

¿Qué tal están?

Hace unos meses pensaba que había encontrado la inscripción perfecta para mi lápida (tengo pensado incinerarme si no muero antes de un ataque de hipo, o algo semejante). Ponía “Deberías ver cómo quedó el otro”. A mis íntimos les hizo gracia. Incluso hubo quien fantaseó con ir a mi lapida con colegas para presumir (no sé si le hacía más ilusión ir a mi lápida o lo de presumir). Pero en estos últimos días se me ha ocurrido una mucha mejor: “Mi vida no ha dado ni para un telefilme de Antena 3”. Ya, ya sé, pensarán ustedes/as que ya estoy de nuevo con mi vena fatalista y no les falta razón.

Mi madre se incineró (no ella misma, obviamente) lo cual me pareció bien en principio. Lo peor fue (pocas horas después de que mi progenitora se fuera al otro barrio) ir con un señor al que el traje le iba pequeño y que no podría ni venderle heroína a un yonqui, a contemplar una gran variedad de urnas, vendiéndome sus múltiples ventajas para acabar abriendo una de ellas y mostrándome como las cenizas irían en una bolsa abre-fácil que según sus propias palabras llevaban un cierre como “el del pan Bimbo”. Por si me apetecía ir soltando cenizas de mi madre por ahí sabiendo que con el abre-fácil del pan Bimbo luego quedaría bien cerrado.

Sin embargo, lo que en principio me pareció bien (el dramatismo de una cremación es mucho menor que el de un entierro, parece más bien un proceso industrial) hace días que me parece incómodo (quizás no sea esa la palabra). El otro día vi una mala película donde salía Clint Eastwood. Era mala, pero salía Eastwood.
Y –sobre todo- tenía una escena preciosa donde su personaje iba a la tumba de su esposa el día de su cumpleaños, a llevarle flores y hablar con ella. Al final le cantaba una canción. La suya.

En aquel momento pensé que si tuviera una tumba a la que ir no tendría que tener blog. Tiene muchas cosas positivas: en primer lugar no admite comentarios (no se lo tomen a mal, son ustedes un encanto, es solo una observación). En segundo lugar (consecuencia de lo primero) uno llega allí, canta, llora, se marca una parrafada todo lo intensa que quiera y nadie pone pegas, nadie se queja y hasta –con un poco de imaginación- crees que de verdad has estado hablando con alguien. No he visto nunca a nadie hablar con una urna de cenizas. De hecho, mi padre nunca ha querido ni tocarla. Ahora sería el momento en que debería contarles cuando fuimos con mi cuñado y mi hermana a arrojar las cenizas de mi madre a una montaña catalana y éste protagonizó una bonita anécdota cuando mi hermana (que como no lee este blog puedo afirmar que creo que es adoptada) se empeñó en tirar las cenizas con el viento en contra y llenó a mi cuñado, que se estaba fumando un porro, por aquello de la educación victoriana, de las cenizas de mi madre.

Confieso que intenté no reírme y lo conseguí. Sin embargo pronuncié la que considero una de las mejores frases de mi vida (en el ámbito de la comedia) cuando le dije: “Hazte así en la cara que tienes a mi madre”.

A él no le hizo gracia. A mí sí.

¿Y a qué viene todo esto? Bueno, es mi blog y tampoco debería dar muchas explicaciones pero si mi madre estuviera enterrada en algún lugar creo que me acercaría allí de cuando en cuando a darle charleta y por eso mismo motivo voy a pedir que a mi padre lo entierren en algún sitio cercano. Lamentablemente, con mi amado progenitor (un buen hombre) no habré cruzado más de 1000 palabras en los últimos cinco años así que nuestras conversaciones (mis monólogos) van a ser más bien breves, pero al menos sabré seguro dónde está y –lo más importante- no acabará en la cara de mi cuñado.

Este fin de semana estoy en Roma haciendo una cosa de Guy Ritchie y de su última película. No les puedo contar mucho (ya saben, me matarían y entregarían mi cuerpo a una secta satánica, o al revés) pero les voy a decir que tiene muy buena pinta y que Armie Hammer y Henry Cavill hacen buena pareja.

Eso y que me he ido a la tienda de Fabriano, una de las compañías más antiguas del mundo (y que se dedica al papel) y me he comprado cuatro libretas pequeñas. Las voy a llamar verano, otoño, invierno y primavera. Empezaré a escribir en ellas cada día desde el lunes y espero que cuando llegue a primavera mi estado mental haya llegado a un nivel aceptable. Sino me envolveré con las mismas y me prenderé fuego (no se preocupen, he ideado un sistema infalible para que funcione).

(Prometo volver a hablar de cine algún día. En serio. El próximo lunes, por ejemplo).

Sean buenos/as. Resistan.

T.G.


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¿Qué tal señores y señoras?

Hace tiempo que no me dedico a hablar de cine (igual ya toca). Bueno, hace tiempo que no hago muchas cosas que desearía hacer, hablar con –añoradas- personas con las que no hablo o enviar a tomar viento a algunos indeseables que insisten en ponerme las cosas difíciles (especialmente en el terreno profesional, lo que al menos es un consuelo, porque ahora mismo es el que me importa menos).

Les doy las gracias (de nuevo) por sus comentarios a mi anterior post. Ojalá un día les pueda contar algo bonito e inesperado en lugar de algo triste y de final previsible. Les aseguro que jamás he sido amante del drama, aunque éste haya decidido que se va a quedar conmigo un ratito. Como en aquella canción de The national donde decía que “el dolor me encontró siendo yo joven”, que define perfectamente esa sensación de que algo te está saliendo mal sin que sepas muy bien que hay qué hacer para quitártelo de encima.

En La cosa, de John Carpenter, el personaje de Kurt Russell decía “sé que al menos algunos de vosotros sois humanos porque sino me atacaríais”. Yo sé que hay muchos seres humanos entre los lectores de este blog porque no me da miedo leer sus comentarios (algo que –les aseguro- no se produce en otros medios para los que trabajo, en los que simplemente no leo nada que escriban los lectores). Escribir para un blog de seres humanos es algo bastante reconfortante y de alguna manera compensa la impresión de que cada vez nos importan menos los demás y que somos capaces de olvidar a cualquiera en 10 minutos. Seré que soy lento, pero me cuesta perder con esa soltura. Voy a tener que leer alguno de esos libros de autoayuda para lerdos, a ver si me da pista sobre como superar el hecho de que los amigos/as desaparezcan cuando asoma un nubarrón porque si querer a alguien significa ir a tomar gintonics, cenar y hablar de fútbol se pueden ir todos/as a tomar por culo. Me compraré un gato y ya sabré a qué atenerme: no me hará ni puto caso pero tendré el consuelo de pensar “es un puto gato”.

En fin. Hablemos de lo nuestro (aunque lo de arriba también es nuestro)

He visto la secuela de Los vengadores.

Me ha gustado. Bastante. Pero la primera me parece superior.

El problema básico que le veo es que mucho más comiquera que la primera (sólo por el hecho de incorporar a Visión como personaje ya era previsible que el tono ya sería mucho más pegado al tebeo) y eso puede sacar de la trama a muchos espectadores que no sean fans del universo Marvel. También hay algo de lio al principio, con algunas tramas resueltas de forma regular y otras absolutamente maravillosas (a mi el romance de Hulk con el personaje de Scarlett Johansson me fascina). Es verdad que el reparto es tan sólido y el director es tan ‘creyente’ que incluso en esos momentos uno disfruta de una superproducción hecha con el corazón en lugar de con el vulgar dinero.

Por supuesto, el personaje de Ultrón (con la voz del increíble James Spader) se come todas las escenas y la acción (atención al último set, que es tan potente –aunque quizás menos épico- como el de la primera entrega) es brutal. Ultrón es una creación de Iron man que está concebido como protector de la paz hasta que –como la propia Skynet de Terminator– decide que lo mejor que puede hacer en tal que inteligencia artificial es borrar a los humanos del planeta. Naturalmente, Los vengadores piensan ponerle la zancadilla.

No quiero joderles la marrana con demasiados spoilers, creo que van a disfrutar muchísimo y que la película va a recaudar bastante más que la anterior. Un servidor se lo ha pasado pipa y se ha olvidado durante unas horas de todas las jorobas que lleva en la espalda (el jorobado de Notredame es un simple aficionado a mi lado. De hecho, espero una oferta de la Catedral de París para pasearme por ahí como reclamo turístico).

Vayan y cuéntenme. Y no dejen de molestar: esta es su casa.

Abrazos,
T.G.


Ella

Escribir ebrio debería estar reservado a Bukowsky, Pynchon, Ballard, Dick (a éste le permitimos incluso las drogas) y Hemingway.
Por eso, cuando ayer llegué al hotel, después de una cena larga y densa, decidí renunciar a plasmar mi melopea en este blog. Era una melopea malsana y desordenada y me hubiera perdido en vericuetos que nada tenían que ver con lo que realmente quería contar.

Ayer cené con dos de mis mejores amigos de Madrid. Siempre hago la distinción entre mis amigos de Barcelona y los de Madrid, porque a los primeros les veo más y a los segundos les echo realmente de menos, con esa morriña que se tiene por las cosas buenas. Por las cosas que uno sabe que son buenas.

Uno de ellos (no lee este blog, tampoco tiene importancia que su nombre aparezca aquí) está casado con una mujer maravillosa. Y si alguna vez he creído (ya no lo creo) en el concepto de media naranja ha sido viéndoles a ellos. Dos personas que se tienen el uno al otro.

Hace cinco años (cuando ella tenía 25) le diagnosticaron un tumor cerebral inoperable. Nadie le puso fecha de caducidad, probaron la quimio, ella pareció recuperarse. Después el maldito tumor volvió y vuelta a empezar. Después volvió. Y volvió.

Ahora ella (siempre la llamamos ‘ella’, como si por el hecho de no decir jamás su nombre le quitáramos algo de peso a todo. Como si el piano de cola pesara algo menos) se encuentra en esa fase en la que empieza a tener dificultades para hablar, ha perdido capacidad psicomotriz, y lo que antes eran unas horitas de cama, ahora son días enteros allí.

Él nunca habla de esto. A veces dice ‘hoy ha sido un mal día’ y le ponemos la mano en la nuca y le miramos y no decimos nada. Porque tampoco hay nada que decir. Ayer nos quedamos en silencio, mirando nuestras copas de vino, como si buscáramos algo en el aire, alguna promesa de algo mejor. Lamentablemente, ninguno de los tres creemos en los milagros, así que nos quedaba la opción de simplemente llorar. O soltar alguna frase grandilocuente. Decir ‘la vida seguirá, hermano’. O ‘mañana volverá a salir el sol’.

Pero la vida no seguirá. O al menos no seguirá igual. Y el sol saldrá sólo para él.

Así que seguimos sin decir nada. Volvimos a los chistes, a los insultos, a hablar de otras mujeres, de otras vidas (de las nuestras, no de la suya). Y de repente nuestros grandes quebraderos de cabeza parecían tan jodidamente insignificantes, tan insultantemente diminutos, que casi nos daba vergüenza seguir hablando.

Al final nos abrazamos. Con dos segundos de más antes de soltarnos. Porque somos machos, y los machos se abrazan con un cronómetro.
Pero ayer nos permitimos alargarnos un poquito más, y darnos dos besos. Y desearnos suerte. Aunque los dos le hubiéramos cedido la nuestra a él, toda.

Después me fui a tomar una copa solo. A pensar en memeces y en el ratito que dedicamos a olvidarnos de lo fácil que es que a nuestro alrededor todo se derrumbe en un minuto.

Y recordé aquella frase que a veces oigo de boca de personas a las que considero inteligentes: “Todo pasa por una razón”. Como si Dios estuviera de pesca con una caña o en algún lugar de la vía láctea alguna estrella que se apaga tuviera un plan para cada uno de nosotros.

Nada pasa por una razón. Todo es perversamente aleatorio, nadie tira de ningún hilo, las cosas simplemente suceden. Y me acorde de esa frase de Willem Dafoe: “No hay significado u orden en esta vida; son sólo algunos días, amontonados entre otros días, los que importan”.

Y en esa sensación de profunda tristeza disfrazada de indignación paseé hasta mi hotel con la intención de sentarme a escribir sobre la incomprensión, la apatía, la injusticia, el olvido, el perdón y la rabia que me produce ver a alguien a quien quiero sufrir por algo cuyo final parece cercano.

Pensé en la docena de veces que brindamos con un ‘que se joda el mundo’ cuando sabíamos que el mundo nos estaba jodiendo a nosotros.

Me acordé de aquellas palabras de Dante en La divina comedia, “A partir de aquí, abandona toda esperanza”. Pero lo cierto es que cuando pase lo que pasará, los tres nos iremos a un bar, nos abrazaremos, nos llenaremos las copas de vino y volveremos a brindar. Y luego, seguiremos. Sin plan, sin sueños, sin visiones del futuro. Simplemente seguiremos.

Un fuerte abrazo, sigan ustedes fuertes, pero -sobre todo- sigan.
Toni


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Hola señores y señoras,

¿Cómo están ustedes? Yo sigo como la niña de The ring, tratando de salir del pozo (eso sí, la chavala de The ring tiene pelazo y yo no). Me compré una vela de lavanda hace unos días. Una vela de lavanda.

Con lo que yo había sido.

Estoy seguro de que ahora vienen los de la Cienciología a captarme y les doy todo lo que tengo (nada) y me hago adepto, pero de los de verdad, de los que te venden máquinas para que no te masturbes a 400.000 dólares.

Sino fuera porque canto y bailo fatal hasta podría valorar hacerme de los Hare krishna, pero lo cierto es que no sé llevar el ritmo ni con un cencerro.

En fin, otra semana en el paraíso ligeramente tonificada porque ayer me dejaron entrevistar (con público, que pagó su entrada… la gente está chiflada) a Dan Harmon (el gran Dan Harmon) en Barcelona y se encariño conmigo, abrazándome contra su barrigón, mientras me decía lo buen periodista que era. Seguro que era todo mentira pero yo me lo creí y me fui a dormir semi-alegre. Hay que ver lo poco que hace falta a veces para hacer sonreír a un lerdo como yo.

Gracias Dan, y gracias a tu barrigón, es cálido y confortable.

Por otro lado, el miércoles (o el jueves) me invitaron al evento de Star wars. Ya saben, lo que llaman un panel: los actores y/o directores y/o productores, presentan la película ante una manada de fans hambrientos. El acto principal se celebraba en Anaheim, California, ante decenas de miles de fans (sí, decenas de miles de fans) y acudió la plana mayor del asunto: JJ Abrams (el realizador), Kathleen Kennedy (la productora), los nuevos intérpretes, los viejos conocidos, R2D2… en lo que fue uno de esos eventos en los que podrías reventar un termómetro si midieras la temperatura de los asistentes.

Yo soy una de esas criaturas que vio El imperio contraataca y El retorno del jedi en el cine (Coliseum, si la memoria no me falla) y por tanto una parte de mi corazón siempre pertenecerá a La guerra de las galaxias, a Han Solo y a Obi Wan Ken-Obi. Así que sentado en un cine de Barcelona junto a otros centenares de fans (aunque yo estaba currando, que conste) sentí durante unos instantes el mismo cosquilleo que experimenté cuando escuché la Marcha imperial de John Williams.

Siéndoles sinceros, el evento fue bastante aburrido, la idea de ver vía satélite una rueda de prensa donde un periodista soso (el guaperas Anthony Breznican, que supongo fue elegido por su pelazo. Lo sé, ya es la segunda vez que digo ‘pelazo’ en este post. Prometo no hacerlo una tercera vez) hacía preguntas obvias que cumplían su función a la perfección: no revelar nada de la nueva entrega que esta por llegar (diciembre en nuestro país) para que los fans lleguen todo lo vírgenes posibles al estreno.

Ahora bien, si me pasé una hora escuchando respuestas poco emocionantes en una ceremonia absolutamente endogámica, valió la pena quedarme hasta el final para ver (dos veces) el nuevo tráiler del filme en pantalla grande. Como ya lo habrá visto todo el mundo puedo decir que lo mejor es el final cuando aparecen Han Solo y Chewbacca. Allí hubo emoción sincera. Se lo juro.

También entiendo que a muchos/as lo de Star Wars les parecerá ya un coñazo insoportable y que lo mejor sería dejarlo ya en paz de una vez. De hecho, yo mismo creo que se haría un favor a la humanidad si se quemaran los negativos de La amenaza fantasma, El ataque de los drones y la otra, cuyo nombre no recuerdo (bueno, de hecho no estoy muy seguro que la segunda se llamara El ataque de los drones) en un plaza pública.

En cualquier caso, esta semana no he ido al cine porque he estado ocupado presentando cosas varías en un festival de televisión, así que no les puedo hablar de nada de lo que no les hubiera hablado antes. Podría repetirme pero si ya de primeras resulto aburrido, de segundas provoco impulsos asesinos.

Como último apunte: decirles que ayer volví a tener ese sueño en el que me levantaba y me daba cuenta de que fuera se estaba produciendo el Apocalipsis así que me ponía a vestirme para salir de casa pero no encontraba unos calcetines. O sea, que el sueño transcurría en mi casa, con explosiones y tsunamis de fondo mientras yo no conseguía encontrar unos calcetines. No sé porqué pero la idea de asomarme al fin del mundo descalzo me parecía aterradora.

Ahora mismo Freud se iba a poner las botas conmigo.

Les abrazo y todo eso,
T.G.


¿Quién dijo miedo?

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Señoras y señores,

¿qué tal están ustedes?

Maravillado (y ya saben que yo no soy de hacer la pelota) por su listado de películas para (momentos) miserables. Tienen ustedes/as muy buen gusto.

Este es un post en los que sólo hablo de cine un ratito y al final. Luego no me vengan con protestas.

Hace un mes y algo (no recuerdo exactamente el algo) una de esas revistas ‘de prestigio’ me pidieron que escribiera algo sobre el miedo. O mejor dicho, sobre un miedo. Algo que diera miedo. Estaba en el momento justo para escribir sobre ello y tengo claro lo que me aterra: el silencio.

El silencio es el hijo pequeño del miedo y un aliado muy eficaz de cualquiera de esas cosas que pueden romperte el espinazo.

Les envíe un texto, largo y al grano. Es cierto que era muy personal, quizás demasiado personal, pero, ¿acaso no me habían pedido un texto sobre un miedo, mi miedo? Creo que –paradójicamente- les dio miedo mi miedo. Hubo una llamada, surrealista, en que me decían que mi texto era ‘demasiado fuerte y demasiado opinativo’. Lo de opinativo no lo entendí, pero me dijeron que si todo el mundo se ponía a hablar de sus miedos la revista quedaría ‘rara’. Así que pregunte que si querían que hablara del miedo de terceros. ‘Sí’, me contestaron, algo así. ‘¿Pero que cojones sé yo de los miedos de otros?’. ‘Haz algo de cine, de miedos en el cine’.

Me entienden, ¿no?

Lo que interesa es escribir algo genérico sobre un miedo de alguien genérico. Lo que no interesa es que uno se ponga a escribir cosas muy personales porque entonces correríamos el peligro de que las cosas fueran demasiado personales. ¿Y entonces para qué servirían todas esas agencias que redactan comunicados neutros de 400 palabras sobre cualquier cosa?

Así que voy a escribir un artículo sobre el miedo a la oscuridad, o al monstruo del armario, o a las pizzas sin gluten, o al vecino del ático o las cucarachas. Algo sesudo con muchos ejemplos y un montón de adjetivos que denoten mi profundo conocimiento del asunto.

He estado tentado de pegar el texto original enterito aquí, pero tampoco quiero amargarles la mañana (y la tarde). Lo que voy a hacer es pegarles unos párrafos (breves) para pensar que no lo escribí para nada. Para un periodista es muy frustrante escribir algo que no va a publicarse, pero lo es más cuando escribes algo que no solo roza sino que se sumerge en lo personal.

Así que aquí va. Cuatro parrafines. Y que se jodan los de la revista ‘de prestigio’.

Cuando la gente (creyentes o no) visualiza el infierno se imaginan estancias oscuras, grandes hogueras, gritos que rebotan en paredes de piedra manchadas con la sangre de un millón de pecadores. Supongo que lo ven como lo concibió el pintor Hans Memling: un demonio andrógino de patas gallináceas bailando sobre cadáveres que arden en la boca de un dragón. El fuego eterno, ruidoso, el fuego que te revienta los tímpanos.

Sin embargo, para mí el infierno es como aquella canción de Wilco: “cromado y limpio”. Paredes metálicas, habitaciones completamente iguales, sin ninguna otra alma a la vista, en un silencio sepulcral. No concibo peor castigo que un silencio absoluto a perpetuidad. Silencio que te obliga a esas conversaciones contigo mismo que conducen irremediablemente a la locura. ¿Qué podría ser peor que vagar por un lugar dónde no hay nada, absolutamente nada? Vagar por un lugar así hace que lo de arder por toda la eternidad no parezca tan malo.

(…)

Hace poco leí una noticia de una suerte de cámara hiperbárica en la que había un silencio absoluto: no entraba ni una sola molécula de sonido. Habían puesto una cama en medio de la sala y pedido a unos cuantos voluntarios que se tendieran en ella para averiguar cuánto tiempo podían aguantar en un entorno de silencio absoluto. Un entorno tan perfectamente aislado que uno podía oír, no solo los latidos de su corazón, sino el aire entrando en los pulmones, la tensión de los huesos o la sangre circulando por ciertas partes del cuerpo. La mayoría huyeron como alma que llevaba el diablo en menos de cinco minutos; un valiente aguantó cuarenta-y-dos.
Yo ni hubiera entrado.

(…)

Como el que se levanta y antes de la ducha se sienta al borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en el suelo y durante unos minutos se pierde en un punto indeterminado de la pared, sin que nada ni nadie le interrumpa, extraviado en algún momento de su vida que probablemente ni haya sucedido. Un servidor se levanta, enciende la radio, y sólo especula con si debe poner música o las noticias. La otra opción me produce un terror absoluto.

Creo que mi pánico al silencio, a la ausencia de ruido, empezó con esas terroríficas escenas de la clásica familia americana del medio-oeste. Una mesa grande, con pure de patatas, guisantes, pollo rebozado, y esos horribles vasos que nunca van a juego. Bendicen la mesa, se cogen la mano los cuatro (siempre son cuatro) y luego comen en silencio. En un silencio aterrador. Cuando veo una de esas escenas siempre pienso en los venenosos secretos que se esconden en esa mesa y en los esfuerzos que cada uno de ellos realiza por no soltarlos a voz en grito.

Alguien me dijo que lo que me da miedo no es el silencio sino el ruido, que el silencio es otra cosa muy distinta. He llegado a creer que la felicidad es poder llegar a manejar el silencio, saber qué hacer con él, dominarlo como si fuera un luchador de sumo extremadamente bajito. Y supongo que el hecho de no poder soportarlo, de necesitar siempre algo que llene la habitación, tiene que ver con aquello que dijo Nietzche de la soledad: “El que puede vivir en soledad es un Dios o un monstruo”. Quizás cuando hablo de silencio hablo de soledad (aunque lo negaría llegado el momento) y en realidad cuando deje de engancharme al ruido y me decida a no tener miedo de poner los pies descalzos en el suelo, mirar a un punto de la pared e inventarme un momento de mi vida que no existe, puede que ese día lo del silencio me parezca un poquito más llevadero.

¿Qué? Vale, no he puesto los párrafos más jodidos, que esto es un blog de cine, pero ya pueden hacerse ustedes una idea.

Consumada mi venganza contra la revista ‘de prestigio’ les hablaré un poco (muy poco) de cine. Aunque sólo sea para justificar lo del nombre del blog. No sea que me llamen de las alturas para acusarme de reciclar material ajeno y que encima lleven razón.

Esta semana se han estrenado 17 películas (igual son 14, pero déjenme exagerar un poco), lo que demuestra el miedo que tenían todos a Furious 7. De las 17, 15 son horrorosas. Incluida La dama de oro (qué coñazo, dios mío).

Me he reído con La oveja Shaun, aunque echo de menos ese toque punki y con toques adultos de la factoría de Wallace and Grommit. Pero si tienen churumbeles es una gran apuesta.

La que me ha gustado más es The guest. Probablemente porque es una película sin ningún tipo de pretensión sobre un hombre que llega a uno de esos pueblos en medio de ninguna parte haciéndose pasar por un soldado. La película arranca así, con este ‘soldado’ yendo a casa de una familia y diciéndoles que era muy amigo del hijo que han perdido. No es un spoiler, ha salido hasta en el Pronto. Naturalmente, el hombre esconde unos cuantos secretos y acaba montando la de Dios es Cristo en el maldito pueblo. Me ha recordado a Walter Hill y no digo más.

Esa es la buena. Y tiene un sentido del humor absolutamente perverso.

Lo demás, ya saben, silencio.

(Guiño, codazo)

Abrazos/as,
T.G

 


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Buenas señores y señoras,

Un día más, aquí, en el paraíso.

Efectivamente no me voy a ir a ninguna parte, a menos que me ofrezcan un jugoso contrato en la mansión Playboy o en la NASA (con preferencia por lo primero) seguiré aquí, tocando el arco del triunfo. Con ambas manos si es posible.

Ahora mismo lo que me tiene más entretenido es un libro de RBA de la serie Jack Reacher. Cómprense cualquiera, es el único tipo que es capaz de sacarme la cabeza de mis ‘luciferes’ varios. Háganme caso, la cabeza de Sherlock Holmes en el cuerpo de una máquina de matar de casi dos metros de altura y cien kilos de peso. Más adictivo que el opio.

Esta vez no voy a hablar de ninguna película en concreto sino de películas en general. Bueno, ya han visto que Furious 7 ha arrasado sin piedad en todo el mundo: un bombazo bastante previsible entre el morbo generado por la muerte de Paul Walker (por cierto, no lo dije el otro día, he sido incapaz de ver ninguna escena donde se notara –aunque fuera un poco- que le habían puesto un doble) y la propia calidad de la película, un filme que va directamente a los ojos del espectador y se olvida de todo lo demás. Si señores, eso también es cine y también sirve para pasarlo bien.

Y de eso quiero hablar hoy (parezco uno de esos locutores de programa matutino dispuesto a leer el sumario): de películas que le hacen sentir a uno sentir bien. Por el motivo que sea: porque no tienen ataduras emocionales con nada y son propiedad de uno mismo (recuerdo una canción que dice que todos deberíamos tener secretos, y en el plano cinematográfico, musical o literario, eso también es absolutamente cierto). Yo tengo mis debilidades y me dispongo a confesarlas: las películas que veo cuando me siento miserable.

(O sea, como ahora, con perdón)

La red social, por ejemplo. La historia de todos esos sociópatas apáticos forrados hasta el tuétano contada como si fuera una persecución de French connection, con la música de Trent Reznor y Atticus Ross poniendo música de ‘ve al baño y tómate otra pastilla, coño” siempre me ha parecido tan sumamente loca que –inevitablemente- me ha hecho sonreír. Que alguien cuenta una película que pasa en oficinas, despachos de abogados y habitaciones estudiantiles como si fuera un puto thriller de Hitchcock es maravilloso.

También me gusta Heat. Me gusta esa poesía imposible del “no tengas nada en tu vida de lo que no puedas librarte en menos de 30 segundos cuando sientas la presión a la vuelta de la esquina”; me gusta ese De Niro mirando al mar, buscando quién sabe qué, en una casa vacía, con la pistola en la mesa. Si alguna vez una imagen simbolizo al forajido en los últimos veinte años de cine (y que no fuera una de Clint Eastwood) es justamente esa. También me gusta que tenga el mejor tiroteo de la historia del cine, no es muy relajante pero es espectacular.

El imperio contraataca, Testigo de cargo o Sillas de montar calientes también sirven para distraerme un rato, por distintas razones que no voy a especificar (ya me conocen ustedes demasiado y al final el blog va a acabar siendo sobre mi persona en lugar de sobre cine y yo no soy así de interesante, para nada) y las películas de Eastwood como El jinete pálido o Sin perdón me reconcilian con eso tan huidizo de ‘justicia divina’: cuando el bueno/malo (pero bueno) llega al final y no deja ni a un cabrón en pie.

Sin embargo no puedo ver dramas (soy así de obvio) excepto Warrior, por aquello de la redención y la capacidad de supervivencia y Drive, porque con tanta sangre y tanta adrenalina no me queda capacidad para percibir la tragedia.

El género bélico también ayuda a los depresivos de mi clase: Los violentos de Kelly, El día más largo, Salvar al soldado Ryan (que es drama pero muy guerrero) siempre son aceptados en casa en momentos de penurias.

Y luego, siempre, Granujas a todo ritmo o cualquiera de Carpenter. Esas son las películas que marcaron mi adolescencia, cuando mi mayor problema era convencer a mis padres de que a pesar de pasarme los fines de semana viendo películas en casa no iba a convertirme en ningún sociópata.

Ya ven que les engañé.

¿Y ustedes/as, cuáles son sus películas miserables? Quizás encuentre algo nuevo a lo que agarrarme.

Abrazos/as,
T.G.


Una pu*a locura

furious7

No señores y señoras, no me he ido. Ya saben, mala hierba nunca muere. Y su fidelidad y cariño es extremadamente bien recibida. Especialmente en estas fechas donde todos/as sienten la necesidad de huir a alguna parte cuando yo ni siquiera me movería del sofá sino fuera por recomendación médica.

Supongo que estarán ustedes/as por ahí de parranda y hacen bien. Disfruten y que se joda el mundo.

Yo ayer me acerqué al cine a ver Fast & Furious 7. Creo que es la primera vez en mi vida que veo la séptima parte de una película (la siguiente excepción va a ser La guerra de las galaxias), algo que intento evitar a toda costa. Siempre me acuerdo de aquel chiste de Aterriza cómo puedas donde en el fondo de un gag se puede ver un poster de Rocky 86. En el mismo aparece un tipo demacrado, de unos 90 años, que no puede ni levantar los guantes. Siempre que veo un 7 o un 8 detrás del nombre de una película me acuerdo de ese gag (magistral) y pienso: “¿Pero qué cojones estás haciendo aquí, lerdo?”.

Pero bueno, como decían los Blues brothers “estamos en una misión divina”, así que si ustedes/as quieren que yo vaya a ver Furious 7, pues allí que voy.

Oigan, deberían programar esta película en tratamientos contra la depresión porque me lo pasé como un enano. De acuerdo, mi opinión en estos momentos no pasaría una evaluación psiquiátrica pero sigue siendo válida como la de un simple miserable que escribe de cine cuando le dejan.

Para empezar diré que no soy un gran fan de la saga. No tengo especial afición por los coches (sí, lo sé, la paradoja es tan grande que podría comerse a Godzilla y le quedaría sitio para unas bravas) y lo de unos tipos yendo de un sitio a otro a toda pastilla para cumplir no-sé-qué-misión especial me parece especialmente ridícula. Ahora hay aviones y drones, y cosas peores. No necesitas un Porsche para recuperar un microchip. Pero vale, compro.

Me divertí con la primera, me aburrí con la segunda y-sinceramente- no recuerdo un pimiento de las otras (sé que una era en Tokio). Dicho esto, la penúltima me pareció decente y muy entretenida y se les iba tanto la castaña que me reí como el culpable de un crimen viendo como condenan al inocente a la silla eléctrica (vale, igual es mala comparación).

Con esta última tuve la misma sensación pero multiplicada por mil: estos tipos se han vuelto locos. Coches que vuelan, coches tirándose de un avión, coches persiguiéndose por montañas, parkings enteros yéndose a tomar viento y un final épico como pocos. Pues qué quieren que les diga, me agarré al asiento y pensé: “Dios mío, esto es lo que necesito: una jodida panda de enfermos mentales con sus jodidos cacharros haciendo explotar toda clase de cosas mientras (colateralmente) uno puede percibir lo que vendría a ser una ligera línea narrativa (me niego a llamarlo guión) que lleva a los protagonistas del punto A al punto B”.

Llegados a cierto punto, solo quería que Vin Diesel y Jason Statham se dieran más palos y más fuertes y que alguien embistiera un Carrefour con el coche y se llevara por delante la sección de congelados porque ahí es donde ocultaban los malos la llave de la salvación del planeta.

Todo muy loco. Extremadamente loco.

Y ahí reside la gracia (y el talento) de Furious 7: la idea de que no hay límite, de que puedes hacer la burrada que te de la gana porque el público ya sabe lo qué hay. ¿Qué hay que tirar cinco coches de un avión militar a 10.000 metros de altura y hacernos creer que aterrizan tranquilamente? Pues se hace. ¿Qué hay que creerse que a un tío le dan con una barra de hierro en la cabeza 57 veces y se le pasa con un paracetamol? Pues adelante. ¿Qué hay que ponerles alas a un coche para que vuele y saltarnos todas las leyes de la gravedad del planeta tierra y de otros planetas? Pues oye, se hace, ¿y qué pasa, EH? ¿Qué pasa?

Sin manías, sin complejos, a tope. Como el que va a un McDonalds y dice que quiere 5000 hamburguesas para llevar, 2000 de ellas sin queso y ve como el dependiente toma la nota y pasa el pedido, sin inmutarse. “5000 para llevar; 2000 sin queso. ¿Qué va a querer de beber caballero?”.

Naturalmente (no puede obviarse) el homenaje a Paul Walker. Un tipo que nunca me pareció mal actor (y el que lo dude que le eche un ojo a Running scared) y que se mató en un accidente de coche en el que parece que ni siquiera conducía él.

Y el homenaje es certero y delicado, probablemente el único momento de la película en la que el filme mira al espectador a la cara y le dice: “ojito, tete, que todo lo que has visto lo hemos hecho en unos talleres con unos aparatos muy caros: deja de hacer el mamarracho en la carretera”.

Me lo pasé bien, es espectacularmente entretenida, una de las películas más pasadas de vueltas que he visto en mi vida sin renegar nunca de ese carácter lúdico que deben tener los blockbusters.

Ahora bien, si quieren reflexionar ustedes sobre la vida y la muerte o presumir ante sus colegas de la profundidad dramática y narrativa de una película, esperen a que se estrena la próxima de la Coixet.

Abrazos/as,

T.G.


Señores y señoras,

Este va a ser un post breve.

En este blog conté la muerte de mi madre, conté también la de mi tío, la de algunos amigos, la de algunos extraños que me afectaron. En este blog he contado cosas que en realidad no tienen nada que ver con este blog. Nunca he sabido un pimiento de coches y -como todo el mundo- empecé a escribir por dinero. Creía que escribir de automóviles y camiones y furgonetas y relacionarlo con el cine podría ser divertido. Y si encima me pagaban por ello, pues oiga.

Me aburrí. Y se notó, porque cada vez escribía menos. Hacía apaños, me inventaba encuestas. Es lo peor del mundo para un periodista: aburrirse.

Luego, gracias al señor Moltó, seguramente una de las personas más intuitivas y generosas (no necesito hacerle la pelota, él ya lo sabe, aunque haga años que no hablamos) que he conocido, me dijo que a él no le servía algo así: que él no había comprado un concepto, que me había comprado a mí.

Y así fue: empecé a escribir de lo que me daba la real gana. Sin límites. A veces no me apetecía hablar de cine y le daba a la política; otras me gustaba tanto un libro que tenía que hablar de él.

De repente dejé de escribir en este blog por pasta y empecé a hacerlo porque me gustaba. Me gusta escribir en este blog porque se ha convertido en una especie de recordatorio de mi día a día. También me gusta porque son ustedes educados, afables y listos. También hay algún gilipollas, pero de los que aparecen una vez cada cierto tiempo para insultarte y largarse.

Por mi trabajo (algunos/as ya saben quién soy y dónde escribo) me veo obligado a aguantar a haters, trolls y demás criaturas del averno que consideran que descalificarte o reírse de cualquier desgracia es algo extremadamente divertido.

Cuando el otro día escribí un post bastante honesto (uno de los más honestos que he escrito en este blog y que desde luego no tenía nada de cinéfilo) no esperaba recibir respuestas igualmente honestas y eso me ha reconfortado (permítanme que me ponga naif, prometo no repetirlo) y aunque no me ha reconciliado con el mundo me ha servido para ver que somos capaces –aún- de empatizar con el tipo de al lado.

Les agradezco de corazón sus ánimos. Es cierto que las malas rachas vienen y luego se van y alguien escribía que quizás no apreciemos demasiado el momento en que salimos de ellas hemos olvidado esa sensación de ahogo que nos invadía. Creo que sólo los sabios tienen la perspectiva para saber que detrás de algo malo vendrá algo bueno aunque antes llegue algo peor. Ojalá todos lleguemos a adquirir la capacidad de perspectiva necesaria para ser un poco más sensibles a los que están jodidos/as, sea cual sea el motivo que nos ha llevado ahí.

Yo (sigo naif) me he sentido acompañado por ustedes y sólo espero que estos años, aunque haya sido en algún momento puntual, se hayan sentido ustedes acompañados por mí.

Si he conseguido eso, me doy por más que satisfecho.

Les mando un abrazo a todos/as, desde ese pozo que todos hemos visitado y del que hemos salido porque no hay otra.

Gracias,
T.G.


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