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No sé si les conté lo de mi vecino que toca la trompeta. Seguro que sí. Si no fuera tan vago lo buscaría, pero –como acabo de precisar- soy un vago. La cuestión es que hace meses que toca la trompeta, aunque lo más correcto sería decir “que intenta tocar la trompeta”. Digamos que si mi querido perro Groucho se empeñara en tocar la trompeta a estas alturas ya sería como Miles Davis comparado con él.
El hombre practica horas y horas, se lo aseguro. Me asomo al patio de luces y oigo su melodiosa agonía. Seguro que si la trompeta pudiera hablar le diría que lo dejara, que probara con la pandereta, pero uno de los problemas de los instrumentos musicales es que no acostumbran a airear sus problemas: se los guardan para sí mismos.

No quiero decir que mi vecino no tenga derecho a tocar la trompeta, pero si después de un año aún sigue con el do, re, mi, fa, sol en tono dudoso (quiero decir que si grabara eso y le dijera a alguien que mi vecino está estrangulando a un mapache, ese alguien me creería sin ninguna duda) quizás debería desistir: no hay deshonor en algunas derrotas.

A ver, jamás he tocado ningún instrumento, pero creo que aunque fuera por pura insistencia, si uno practica un año al menos sabrá tocar Amante bandido o Qué llueva, qué llueva la virgen de la cueva. Pero no. La trompeta sufre, no hay día en que no pase por delante de la puerta de este señor (un joven barbudo) y le oiga insistir con el asunto. Y me dan ganas de llamar a la puerta y decirle “oiga, déjelo ya, en serio. Basta”. Lo que pasa es que soy un sentimental.

Esto se lo cuento porque el otro día estuve a punto de cometer un acto malo. Un acto contra un semejante. No, no era asesinar al vecino de la trompeta, por mucho que me moleste su continua torpeza musical. Hace una semana la cartera me pilló abriendo la puerta y me entregó un aviso. “Es para su vecino, el del principal segunda, ¿se lo puedes dejar en el buzón?”. La señora, muy simpática, me conoce mucho (no para de entregarme paquetes) y me dijo que iba retrasadísima con su ronda.

Naturalmente, cogí el aviso. Sin embargo, algo me inquietó. El del principal segunda es el barbudo de la trompeta. Así que mire el papel. Era un aviso de una tienda llamada “Clarinetes Diaz”. Maldita sea, no debía haberle mirado. El hijo de puta no tenía bastante con maltratar una trompeta, ahora se había comprado un jodido clarinete. No hay –que yo sepa- asociación de protección de los instrumentos musicales, así que el destino del clarinete estaba en mis manos.
He tenido varios días el aviso en casa. Pensé que si tardaba lo suficiente en dárselo o si lo destruía le evitaría un problema a la comunidad. Ahora ya no solo nos daría el coñazo con la trompeta sino que lo combinaría con el puto clarinete. Es más, si quería podía invitar a un amigo suyo, probablemente igual de torpe que él, a tocar alguna pieza de mierda a dúo.

Pero no he podido. El viernes bajé y se lo metí por debajo de la puerta, pensé que ya tenía suficiente mal karma acumulado y que no convenía tentar a la suerte.

Esta mañana he pasado por delante de su puerta y he escuchado un ruido terrible, como si alguien estuviera estrangulando a una hiena embarazada. Les confieso que ha faltado muy poco para que llamara a la puerta, le cogiera el puto clarinete y se lo rompiera en la cabeza. Y a tomar por culo el karma.

Esta semana vayan a ver Carol, la adaptación de una preciosa novela de Patricia Highsmith sobre la historia de amor entre dos mujeres de mundos distintos en una época en que estaba aún peor visto que ahora. Solo la recreación de ese Nueva York clásico, y la increíble fotografía de la película (si les gusta Douglas Sirk y el cine dramático de muchos kilates, ya pueden empezar a ajustarse el babero) ya justifican el precio de la entrada. Porque Carol es una de esas películas que solo encuentran su auténtico sentido en una pantalla grande. Los colores, los matices, las texturas, solo pueden apreciarse en una butaca mullida, delante del proyector de un cine. Además, ellas son las maravillosas Cate Blanchett y Rooney Mara.

Mientras tanto, yo seguiré pensando si bajo al principal segunda.

Abrazos/as,
T.G.


Un cobarde magnífico

Cuando era un niño y vi por primera vez Los siete magníficos, no me enamoré de Yul Brynner o Steve McQueen, ni siquiera de Charles Bronson o James Coburn. Yo quería ser el personaje de Robert Vaugh. Me gustaban su sombrero y –sobre todo- sus guantes negros. Yo tenía unos guantes negros y cuando jugábamos a pistoleros con mis primos siempre quería ser él: el tipo chulo que decía que ya se había encargado de todos sus enemigos. “Ningún enemigo vivo” decía, con la luz de una lumbre iluminándole el rostro.

Años después entendí que aquel señor de negro que en la película moría arrastrando la cara por un muro, en un pequeño pueblo fronterizo, era en realidad el cobarde de la película. Apenas se atrevía a disparar unos tiros, y averiguábamos que el miedo a la muerte le había congelado el gatillo. Pasó mucho tiempo hasta que me pregunté por qué me atraía aquel personaje, si era un simple cuestión de estética o se adentraba en cuestiones más Freudianas. Supongo que nunca lo sabré realmente pero si es cierto, y no me da vergüenza decirlo porque es la verdad, que he sido un cobarde durante mucho tiempo. Prefería ignorar los problemas, esperando que de algún modo se convirtieran en cenizas y se perdieran en el viento. Pero eso jamás pasa, a menos que te acerques a ellos con una antorcha y les prendas fuego.

He aprendido la lección a las malas, como se aprenden casi todas las lecciones importantes y la razón por la que –supongo- algunos empezaron a pensar en los viajes temporales. Irse al pasado a hacer las cosas de modo distinto parece una buena manera de compensar las dudas y la falta de coraje. Alguien muy querido (e igualmente añorado) me enseñó eso, hace un año y pocos meses. Ella nunca daba un paso atrás, no tenía miedo de pelearse consigo misma, de hecho creo que no tenía miedo de nada. Yo no soy ella, pero al menos ahora miro los problemas de cara y trato de solucionarlos antes de que me devoren, igual que solían hacer antes de descubrir que ignorarles era entregarles la victoria.

En un mundo que parece entregado a buscar en todo momento la solución más sencilla para salir del paso, alguien debería reivindicar el papel de la valentía. En lugar de tener que sonreír todo el rato y pensar en el arco iris, la gente debería pensar en apretar los dientes y luchar. Todo el rato. Contra cualquier enemigo, metafórico o literal. No se gana siempre, pero se gana muchas veces, y hasta en las derrotas uno puede pensar que hizo todo lo que pudo. No es poco, créanme.

Este fin de semana he pensado en ello, en el pistolero cobarde, en los malditos problemas, en las derrotas inevitables y en ella. Luego volví a ponerme Los siete magníficos y seguí pensando que el personaje de Robert Vaughn es el mejor, el más complejo y el más estiloso de la película. Quizás aún haya esperanza para mí, quién sabe.

A pesar de todo esto que les cuento, he tenido tiempo de ir al cine a ver Spotlight. Ya la había visto hace unos meses en Estados Unidos pero la he repetido. Es mi película favorita a los Oscar y seguramente una de las obras más importantes que se estrenarán este año. Un filme que nos recuerda la importancia del periodismo real, el que levanta historias, el que las persigue y las finiquita. El que cobra por pasarse horas buscando pistas en un archivo lleno de polvo, con documentos que no aparecen en google.

Recuerdo que hace unos años, cuando la revolución verde se alzaba en Irán y parecía que el reformismo más radical (en el buen sentido) se iba a hacer con el gobierno, el mundo empezó a conmoverse con las historias de una joven iraní que blogueaba desde el país. Su sensibilidad, su conocimiento directo de lo que estaba pasando y su brillantez narrativa la convirtieron en una constante en periódicos y televisiones de todo el mundo… hasta que en realidad descubrieron que era un señor escocés con sobrepeso que escribía desde su sofá de Glasgow. Naturalmente, el desmentido fue diminuto, nadie está dispuesto a aceptar que te han estado tomando el pelo durante meses y has tragado con todo el equipo.

Es solo un ejemplo del peligro que supone creer que el periodismo ciudadano es un equivalente real al periodismo tradicional. Hay grandes tipos ahí fuera haciendo grandes historias por su cuenta, pero nada puede rivalizar con la capacidad de un equipo de investigación, bien pagado y entrenado, respaldado por una estructura seria y capaz de admitir responsabilidades. Es curioso, por ejemplo, que el director de El País (un señor llamado Antonio Caño) se cargara al equipo de investigación del periódico nada más llegar a su silla. Una prueba irrefutable de lo que deseaba en la nueva etapa del que fue el mejor medio de comunicación de España: ahora interesan las listas, los clicks rápidos y temas como “¿Cuánto hay que esperar para ducharse después de hacer ejercicio?”. No, no es una broma, aunque me encantaría que lo fuera.

Spotlight es una reivindicación de la rotundidad y eficacia del periodismo de la vieja escuela, ese que puede permitirse perseguir un tema durante un año porque hay un señor que sigue pagando las nóminas. Llámenme romántico, pero ese es el periodismo que me gusta, el que ayuda a cambiar las cosas.

¿La historia de Spotlight? Los tipos del Boston Globe que revelaron los abusos a centenares de niños en la ciudad de Estados Unidos donde la iglesia católica era más poderosa.

Un historión.

Vayan ya.
Abrazos/as,
T.G.


 

Hay un momento en toda relación, ya sea de amor o de amistad, en que uno/a nota que ha dejado de importar. La vida tropieza y te cae encima; de repente eres como la antimateria, ya no te ven, aunque sepan que existes. Se acabaron la complicidad y las confidencias. Se acabaron las risas y las copas, las charlas de siete horas sobre temas inconsecuentes que parecían haber llegado al misterio de la existencia.

Si nos dejamos de hostias concluiremos que esos momentos se ven venir: uno/a se niega a procesarlos, a pesar de las evidencias, del silencio, del “es que ahora no me va bien”, del “es que mi vida es muy complicada”.

 

Después de eso hay un vacío, el abismo que te devuelve la mirada del que hablaba Nietzche. Los/as hay fuertes como una roca, al que el martilleo de la ausencia les trae sin cuidado, los que duermen la siesta aunque el vecino esté haciendo obras. Otros/as se rinden, se dejan caer, se preguntan una y otra vez “por qué”. El raciocinio marca que no lo hay, que es simplemente el ‘apacible’ río de la existencia desbordándose hasta llenarte la garganta de agua.

 

Después están los de mi tipo: los/as que no captan el mensaje aunque les llegue por burofax: “Ya no le importas una mierda, bobo”. Somos los que sufrimos por vicio, hasta encontramos pequeños placeres en imaginar la peor situación posible. Somos las eternas víctimas, los reyes Arturos que ven como Lancelot se camela a Ginebra y se la lleva al bosque. Sin embargo, hasta nosotros/as tenemos un tope, una delgada línea roja. Ese momento en que la coma se convierte en un punto y aparte que finalmente marca el desenlace de la frase. Ese punto y aparte convertido en un punto final.

 

Lo que pasa con la gente como nosotros/as es que cuando viramos el rumbo de la nave que iba contra el iceberg no estamos dispuestos a volver a girar el timón, aunque supiéramos con certeza que habíamos esquivado el monstruo de hielo. Somos tozudos hasta para dejar de ser tozudos.

 

Ayer viví uno de esos instantes en que oyes crujir el tronco. “Ya está”, te oyes decir: “Hasta aquí hemos llegado”.

 

Hasta aquí he llegado. Esta es mi parada. Me bajo.

 

A lo mejor por culpa de ese viejo motor que se encendió ayer después de un año de averías, y reparaciones casuales, y nuevas averías resueltas a base de parches , ayer vi dos películas que tendrían que haberme entusiasmado y no lo hicieron.

 

Así que en lugar de hablar de ellas, las repetiré en mejor situación y les contaré si me equivoqué la primera vez, que es lo más probable.

 

Lo que hice al llegar a casa, con la cabeza ocupada en el centrifugado al que tanto me he aficionado estos últimos meses, por una cosa u otra, fue ponerme El hombre tranquilo, de John Ford.

 

Es mi película Valium, o Trankimazin, o Tranxilium (aunque cada vez me arrepiento más de haber dejado las drogas legales, había en ellas una parte de atontamiento disfrazado de paz que me aturdía y relajaba a un tiempo). Así que ahora me dejo caer en manos de Ford y miro la historia de ese boxeador veterano volviendo a casa para descubrir que –a Dios gracias- nada ha cambiado. No sé si es la música, o la cabellera de Maureen O’Hara, o el caballo que se para por cuenta propia delante del pub, o los caballeros del IRA tomándose una cerveza tranquilamente, pero esa película es capaz de barrerme los recuerdos, las obsesiones y las malas vibraciones al menos durante dos horas. Y cuando acaba, al menos durante unos segundos, uno cree que vive en un lugar menos malo de lo esperado.

 

Con eso, un poco de The National (“Me prometiste que no me dolería; que sería como una aguja en la oscuridad. No fue así en absoluto”); otro poco de David Sedaris, para compensar la nostalgia de los primeros. Un mucho de buen vino, tinto o blanco; algún/a amigo/a que no haga demasiadas preguntas o que sepa hacer las preguntas justas y algo de shopping en internet, para sentir algo parecido al deseo sin tener que hincharse a comer chocolate. Sí, lo reconozco, también como chocolate.

 

Con todas esas cosas la supervivencia está asegurada, amigos y amigas.

Y escribirlo todo aquí, para que sepan ustedes/as cómo puedo hace un blog de cine sin apenas hablar de cine y se acuerden de mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos, por haber tenido que leer hasta aquí, esperando que en algún momento les hablaría de los Oscar, o de los Goya, o de cualquier cosa que proyecten en una sala oscura.

 

Lo sé, prometo reformarme.

 

Abrazos/as, y que la divinidad a la que veneren, sea cual sea, les bendiga.

 

T.G.

 


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Buenas, señores y señoras, ¿cómo están?

 

2016 ha arrancado de la misma forma que terminó 2015: MEH. Me gusta mucho esa formula, ‘MEH’, resume a la perfección el ‘ni fú, ni fá’ de toda la vida.

 

Así que MEH.

 

Ya no solicitaré la ayuda del azar, del karma o del universo para enderezar la situación, como ya les dije el otro día: “Esperaremos pacientemente el final de la guerra”.

 

Precisamente el otro día, volví a ver La gran evasión (cortesía de la FNAC: pack de McQueen en Blu-day, 14 euros, cuatro películas, ¿quién podría resistirse?) y sigo pensando que es un maldito clásico. Una de las cosas que más me gustan de ella son esos actores que aparecen un segundo y que son capaces de dejar huella con un gesto, con un movimiento. Con un ‘heil hitler’ o esa manera de cerrar el porta-documentos o de mesarse el bigote. Me fascinan los que son capaces de hacer que los recuerdes cuando el tiempo que han pasado ante tus ojos ni siquiera es suficiente para que tu cerebro los procese.

 

Pero vamos a lo básico: ayer a las 11 de la mañana me fui al ladito de casa a ver The hateful eight, en 70mm ultra-Panavision, VOSE y en delicioso Dolby Atmos. Con una intro musical de 5 minutos de ese genio llamado Ennio Morricone, 17 minutos extras y el formato roadshow con intermedio incluido.

 

O sea, que soy de los pocos afortunados en este país que he podido ver la película de Quentin Tarantino como él la concibió. La mala noticia es que solo hay un cine en toda España que la proyecte así, porque las lentes para proyectar 70mm no las venden en Media market y porque para proyectar en esa anchura de pantalla se necesita un maquinista profesional y en este país se ha despedido al 90% de las personas que sabían como manejar un equipo así. De forma que los tipos que proyectan las películas son los mismos que le sirven las palomitas y le rompen la entrada. Seguro que son magníficas personas y que saben como apretar un botón para que el proyector arranque, pero a la que hay que ajustar una lente al milímetro para que la película aparezca perfectamente enfocada y encajada en la pantalla, ay amigos y amigas, entonces la hemos jodido.

 

Por eso, el Phenomena, un cine de por y para cinéfilos, cerca de la Sagrada familia, es la única sala con la ambición y el personal necesario para acometer una aventura semejante.

 

Y créanme, criaturas del blog, que cuando uno se sienta, se abren las cortinas (sí, el cine tiene cortinas) y en la pantalla aparece la intro musical en atronador dolby atmos (el mejor sonido, que tiene hasta monitores en el techo para que la sensación sea aún más envolvente) uno recuerda por qué le gusta tanto el cine y porque no importa lo grandes que hagan los plasmas, ni el 4K, ni lo poco que tarden en piratear una película: nada puede competir con la experiencia de ver una obra de verdad en un cine de verdad.

 

No puedo insistir lo suficiente en pedirles que si tienen ustedes la posibilidad de ver The hateful eight en ese cine en concreto, no dejen de hacerlo: vale cada euro de lo que cuesta.

 

Así que yo soy de esos que sí puedo hablar con propiedad de la película de Tarantino. Nadie que la haya visto en un puto ordenador o en la tele de su casa ha visto la película de Tarantino. Han visto un sucedáneo. Un mal sucedáneo.

 

En The hateful eight la experiencia de inmersión lo es todo: ocho tíos atrapados en una cabaña en medio de una ventisca de dimensiones apocalípticas. Un homenaje al John Carpenter de Asalto a la comisaria del distrito 13 y – sobre todo- de La Cosa (de hecho, en la película suenan tres temas de la obra maestra de Carpenter) que necesita meter en el espectador esa sensación de claustrofobia sin la que no se genera la tensión necesaria para poder llevar al respetable hasta la casilla de salida.

 

Hay pocas películas en las que se perciba tan claramente el calado de Quentin Tarantino como director de cine. Por un lado está su dominio del ‘tempo’ cinematográfico, entendido como esa capacidad para dilatar o enriquecer la acción según le plazca. Se intuía en los diálogos de Pulp fiction, se sublimaba en la impresionante escena de la taberna de Malditos bastardos y alcanza su zenit en la última hora de The hateful eight.

Y aquí viene lo bueno: Tarantino maneja a su antojo tanto el ‘tempo’ como la narrativa literaria, que aunque lo parezca no son la misma cosa. La primera es una suerte de arquitectura que se sustenta básicamente en el montaje; la segunda depende exclusivamente del uso del lenguaje. Dicho de otra manera: el chiflado de Tarantino es tan diestro en el guión como en la dirección. Algo insólito (totalmente insólito) en el cine moderno, donde todos parecen querer meterse en su hueco sin mirar al de los demás.

 

Además, aunque sea casi obvio, el uso de los 70mm es apabullante, y parece que no hay ni un encuadre elegido al azar, pareciéndose a veces a Martin Scorsese en la cadencia de los planos secuencia. Para hablar en plata: que jodidamente bien filmada está la maldita película.

 

No hay mucho más qué decir, excepto que Kurt Russell, Samuel L. Jackson y la brutal Jennifer Jason Leigh están de lujo. Y que esta es –de largo- la película más sangrienta y desmedida del director, lo cual es decir mucho. Muchísimo.

 

Así que vayan donde puedan o vénganse a Barcelona. Avisen e igual nos tomamos una caña.

 

Abrazos/as,

T.G.


Hasta siempre, preciosa

A los habituales de este blog les sonará un post llamado ‘Ella’. Lo siento, no sé cómo enlazarlo, soy un analfabeto tecnológico. Seguro que hay un botoncito apropiado pero ahora mismo no me apetece buscarlo.

En ‘Ella’ yo contaba la historia de una amiga, la mujer de un amigo mío, cuyo cáncer la había dejado en un estado muy cercano al adiós, al adiós definitivo.

 

Se ha ido hoy. Hace unos minutos. Y por mucho que lo esperáramos, nos ha pillado de sorpresa. Da igual que estuviera en el hospital y que todo fuera cuesta abajo, no lo esperábamos. Como si no pensando en ello pudiéramos extenderle la vida unos cuantos meses más.

 

Así que otro año y otra vez el mismo ritual: las lágrimas, la mala hostia, la pregunta sin respuesta –‘por qué- que el universo siempre contesta igual: ‘¿y por qué no?

Y empezamos 2016 con otro funeral, como si no hubiera habido bastantes ya en 2015. Un amigo mío me ha escrito y me ha dicho: ‘ya está, a tomar por culo 2016’.

Pues sí, amigos y amigas, a tomar por culo 2016.

 

Por favor, no vengan a contarme las mandangas de ‘era la voluntad de no-se-quién’, una persona de 29 años no puede irse a los 29 años. Las buenas personas (como le dijeron a Groucho Marx) no deberían morirse nunca, pero aún menos a los 29 años.

 

Y nada, te echaremos de menos, rubia, ‘vikinga’ como te llamaba Alberto. O ‘valkiria’ como te llamábamos otros. Espero que te reencarnes en una de esas personas que tienen una vida deliciosa y viven hasta los 100 años. Alguien a quién nunca le pase nada malo.

 

Para ti, hermano, no hay consuelo. Así que hoy abriré una botella de vino a vuestra salud y dentro de unos días nos iremos a cenar y la recordaremos con la boca llena de buena comida y el mejor alcohol que puede comprarse con dinero. Estoy seguro de que ella estaría de acuerdo. Y una vez más, no diremos nada, fingiremos que esto nunca ha pasado, que somos tres colegas en una noche cualquiera. Luego, cada uno se comerá el alma en su casa, que para algo somos hombres, dignos herederos de una estirpe de cazadores que no lloran, ni se lamentan.

 

Ojalá no haya más funerales este año, ni malas noticias. Ojalá este sea el último post de mierda que me vea obligado a escribir, cuando debería estar viendo películas para contárselas a ustedes.

 

Hasta siempre, preciosa. Y descansa: te lo has ganado.

 

T.G.


… Para aquellos/as de ustedes/as que crean en ellos, por supuesto.

Les deseo que alcancen todas sus metas, a menos que coincidan con las mías, entonces yo tengo prioridad.

Espero que gocen de salud, lo demás ya es cosa suya.

En 2016 seguirán encontrándome aquí, a no ser que muera, entonces no, porque con el rigor mortis es casi imposible escribir. Sigan cascando, polemizando y atizándome cuando no les guste lo que diga. Sólo les pido que no me recomienden libros de autoayuda, prefiero jugar a la ruleta rusa con el tambor lleno de balas.

Hoy es día 3 de enero, señoras y caballeros. Mañana es el primer lunes del año, hagan que sea un buen lunes.

Yo voy a mirar el remake de Karate Kid, que sale Jackie Chan.

Besos y abrazos/as,

T.G.

 


Sólo una cosita antes de empezar con el penúltimo post del año: Christopher Hitchens está considerado el mejor ensayista en lengua inglesa desde George Orwell. Así que sí es un listillo: uno de los muy listillos. En cuanto a esos tipejos que desean la muerte de un hombre (cuando este ya ha anunciado que va a morir) es imposible que ganen nada, empezaron a perder el día que abandonaron su fe, la que dice “pon la otra mejilla”. Los resúmenes cafres de situaciones complejas siempre me han inquietado, así que mejor lo dejamos aquí.

 

Se acaba el año, amigos y amigas, a nivel personal –y si son habituales de este blog- ya saben que las cosas se torcieron pronto y siguieron torcidas hasta el final. No le echo la culpa a nadie, ni al maldito universo, las cosas son como son y no hay nada más qué decir. Lo que sí puedo hacer es pensar que 2016 será algo mejor que 2015, aunque no me crea nada. No soy determinista, me parece perverso pensar que el destino está escrito y que cada uno tiene lo que se merece: he visto gente maravillosa en situaciones incomprensibles y a tipos/as despreciables que no pisan ni un charco. En lo que sí creo es que hay un componente de azar inevitable, llámenle timing o intuición, que influye en el cauce de las aguas: o bien nos llega hasta las rodillas, o nos ahogan. Les deseo a ustedes que el azar les sonría o al menos que no les putee. En La gran evasión, el comandante alemán del campo le dice al oficial aliado al mando de los prisioneros: “esperemos juntos el final de la guerra” y siempre he pensado que es una frase perfectamente aplicable a los momentos de desazón vital.

 

Así pues, esperemos juntos el final de la guerra. Porque algún día se acabará.

 

Este fin de semana se estrena Steve Jobs, una de esas películas que no permite despistes, ni salidas al baño, ni containers de palomitas. Por favor, no confundan con Jobs, aquella especie de telefilme con hombreras con la que Ashton Kutcher trató de granjearse el respeto de la cinefilia y con la que consiguió carcajadas que llegaron hasta Marte.

 

No quiero entrar a fondo en el asunto porque prefiero que la disfruten por sí mismos, sólo diré que está estructurada en tres actos que se sitúan en tres presentaciones de producto (de Apple, next y, de nuevo, Apple) y que el director, Danny Boyle, se ha disfrazado de David Fincher (iba a decir que le calca, pero no quiero ser malo porque luego el karma me castiga), al fin y al cabo ya lo decía Voltaire: “Ser original es copiar con criterio”.

 

El guión es de un dios pagano llamado Aaron Sorkin, el tipo que escribió Algunos hombres buenos, El ala oeste de la casa blanca, La red social o Studio 60. Probablemente, y junto con Dalton Trumbo, Steven Zaillian, Eric Roth, Lawrence Kasdan y Leigh Brackett, mi guionista favorito.

 

Sorkin es un cabronazo, malo y cruel y seguramente por eso sabe mucho de la naturaleza humana, de sus idas y venidas, de lo bajo que podemos llegar a caer, de tocar el cielo con las manos y quedarte sin ellas. Y si había un tipo ahí fuera que podía escribir de alguien como Jobs ese era Aaron Sorkin. Fíjense bien en el reparto porque aparte de los siempre magníficos Michael Fassbender y Kate Winslet, hay el que espero que sea uno de los Oscar de este año (el 2016), el del impresionante Seth Rogen, al que hasta ahora habíamos visto siempre en su faceta de comediante y que aquí me dejó francamente atónito. Suyos son los mejores momentos de la película, de los que se adueña con la cabeza gacha, sin hacer ruido, como esos actores de antaño. Su presencia, al igual que la de un excelente Jeff Daniels, le da a la película un grado (extra) de solidez.

 

Es bonito ver a alguien capaz de excitarte sin tener que recurrir a nada más que la pura ingeniera de los monólogos intercalados (lo que otros llaman conversación, sin saber muy de lo qué hablan) y la velocidad endiablada del lenguaje cuando se usa a modo de rifle. No está al alcance de todo el mundo y no tiene nada de sencillo, pero es delicioso sentarte en el patio de butacas y aceptar el reto de procesar todo ese torbellino de ideas sin ni siquiera poder rebobinar.

 

Yo lo he hecho, háganlo ustedes también: no se arrepentirán.

 

Empiezo ya a desearles feliz año y una larga vida, sean cristianos o no.

 

T.G.


Mortalidad

hitch

 

No descubrí a Christopher Hitchens hasta hace pocos años. Supongo porque uno descubre ciertas cosas cuando está realmente preparado para descubrirlas. No me hubiera servido de nada leer a Hitchens a los 20 años porque no le hubiera entendido, francamente. El primer artículo que leí era un ensayo sobre Rudyard Kipling, el escritor británico famoso por El libro de la selva. Le llamaba racista y machista, y un montón más de –istas para a continuación alabar su literatura, su extraordinaria capacidad narrativa y su implacable talento. Por supuesto, ambas cosas eran compatibles, uno puede ser un cabronazo sin escrúpulos y un artista gigantesco. Ezra Pound, Celine o Elia Kazan son buena prueba de ello.

 

Lo más sorprendente de aquella lectura, una noche en mi casa, es que me leí un ensayo de 150 páginas sobre un escritor que –a priori- me importaba un pito, porque el tipo que escribía sobre él era tan aplastantemente brillante que si hubiera escrito sobre la resistencia del titanio a las fracturas causadas por los sopletes de acetileno también me lo hubiera leído. De cabo a rabo. De hecho, lo que probaba aquel artículo es que ningún tema es aburrido per se sino que el alma del escritor puede metabolizar cualquier aleación de baja densidad y convertirla en algo semejante a una piedra preciosa. Confieso que jamás he tenido tantas ganas de escribir como después de leer a Hitchens y también confieso que si en aquel momento se me hubiera aparecido Lucifer para venderme el estilo de aquel genio británico no hubiera dudado en cederle mi alma y la de unos cuantos amigos.

 

Es la misma sensación que un pianista debe tener después de escuchar a Rachmaninov: sí algún día puedes acercar a alguien a ese momento de perfección y emotividad podrías morirte tranquilo. No recuerdo quién dijo que “a uno le debería dar vergüenza morirse si no ha hecho algo de provecho por la humanidad”. No me hagan descifrar qué demonios significa “algo de provecho” pero supongo que la frase se explica por sí misma.

 

Hoy he retomado a Hitchens, leyendo de nuevo Mortalidad, su último libro. Abarca desde el día en el que le diagnosticaron un cáncer de esófago hasta unos días antes de su muerte. Es un libro duro, brutal, sin concesiones autoindulgentes. Reconozcan que la idea de tratarse bien (uno mismo) son altamente tentadoras cuando sabes que lo que escribes es tu testamento. No es el caso de Hitchens, que abre esta pequeña delicia literaria con una cita que colgaron unos fundamentalistas cristianos en su web y en la que le desean una muerte lente y una larga estancia en el infierno. No casa mucho con el concepto piadoso que teóricamente sustenta las religiones monoteístas pero, ya se sabe: Dios debe ser perfecto pero su congregación deja mucho que desear.

 

Leyéndole he vuelto a sentir su ausencia, ahora que –creo- que ya no me queda nada suyo que leer. Aún recuerdo la primera vez que leí su artículo sobre la tortura, para el que se fue a un recodo de las Rocosas con cuatro miembros de las fuerza especiales que le sometieron a varias sesiones de ahogamiento simulado. De hecho, puedo recordar casi con exactitud cuando leía cada uno de sus preciosos libros. Su despampanante erudición, su capacidad para esquiar sobre los tópicos y la brutalidad con sus enemigos: busquen alguno de los videos donde discute con sacerdotes y amigos de lo ajeno. Richard Dawkins dijo una vez: “si le invitan a un debate con Christopher Hitchens, no vaya”.

 

Cuando estoy a punto de llegar a la mitad de mi vida (soy muy generoso, igual el año que viene esparcen mis cenizas en algún sitio) pienso que si algún día soy capaz de ser la mitad de tocapelotas, de valiente, de aventurero, de lo que fue él, ya podré irme tranquilo al otro mundo.

 

Hoy, reencontrándome con Hitchens, con su sentido del humor, con sus ganas de tocar los huevos, me he acordado de aquello que decía constantemente García Márquez: “me encantaría perder la memoria para poder volver a leer algunos libros como si fuera la primera vez”.

 

Ah, y al cine hay que ir a ver El desafío. Porque Philipe Petit, su protagonista (interpretado por un magnífico Joseph Gordon Levitt) es aquel funambulista francés que se empeñó en tender un cable entre las torres gemelas y cruzarlas. Así, como si nada. La película está bien pero lo que es realmente relevante son los 45 minutos que Robert Zemeckis dedica a ese paseo en las nubes. Es la mejor escena –de largo-que verán este año en la gran pantalla y el uso más perverso –por terrorífico- del 3D que jamás se ha visto.

 

De ello da fe mi taquicardia.

 

Véanla y luego cómprense Amor, pobreza y guerra de Christopher Hitchens. Por aquello de seguir bien arriba.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


Olvidar (y que te olviden)

La navidad del año pasado fue el peor día de mi vida. Bueno, quizás no el peor, pero alcanzaría tranquilamente una de las tres primeras posiciones. Para no inducir a errores, no es que yo me dedique a hacer rankings de esos momentos en que todo se tuerce, pero es difícil olvidarlos.

También recuerdo que una vez inmerso en esos minutos en que parece que una tormenta de arena se te atasque en la gola, pensé ‘bueno, no puede ser peor’, pero un año después, aquí me tienen, y es peor. Tengo todo lo que me hundió el galeón en 2014 y me falta mi padre. Uno se da cuenta de que a veces es complicado relativizar, cuando parece que has perdido hasta a tu sombra, pero tampoco tenemos más remedio qué hacerlo. No tengo confianza en el futuro, porque después de 2014 pensé que ya llegaba 2015 y el segundo resulto ser más lodoso que el primero. Ahora sólo puedo pensar si el 2016 será otra ración de fango y quiero estar preparado, lo cual –quede dicho- es un disparate: nada nos prepara para los malos ratos porque eso implicaría que estamos inmersos en esa suerte de centrifugadora del pesimismo que es pensar que todo va a salir mal. Decía Sartre (ya lo he citado aquí otras veces) que “quien piensa en el infierno puede estar obligado a vivirlo dos veces” y no es que le falte razón.

 

Yo no creo que el hombre sea el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra, creo que el hombre coge la piedra e intenta comérsela, y cuando ve que no puede se la estampa en la cabeza. Así estamos hechos, criaturas de una ingeniera emocional a veces bochornosa, y otras veces simplemente ininteligible. Yo no escapo a ese diseño, naturalmente.

 

Hay una palabra inglesa que siempre me ha fascinado, ‘oblivion’. Oblivion es el olvido absoluto, cuando alguien o algo nunca vuelve a ser mencionado. A veces me gustaría residir ahí un ratito, sólo un ratito, no vayan a pensarse que deseo caer en el olvido por toda la eternidad. Tengo la impresión de que todos/as hemos caído ahí alguna vez, por voluntad propia o ajena. Como cuando uno cae en la cuenta de que si no es él/ella el que llama a sus amigos, ellos/as no le llamarían a él/ella. Ya saben de qué les hablo. Seguro.

 

Hasta ahí mi bonita reflexión navideña, con ganas de quemar el árbol y asesinar a Papa Noel. Con suerte el post del 24 de diciembre del año que viene será un mar de emoticonos felices, así que sigan por aquí.

 

Dicho esto, y esperando que no estén pensando qué cojones hacen leyendo este tipo de cosas en lugar de estar en el bar bebiéndose toda la estantería de whiskies, paso a hablar de Star wars, la película que todos/as queríamos ver y que todos/as acabaremos viendo.

 

He leído críticas del tipo ‘blablablabla’ sobre que si estos personajes y los antiguos no dejan que avance la trama y sobre que si se parece mucho a la primera y que si esto y lo otro y lo de más allá. La conclusión es que hay personas que no saben disfrutar, esas personas que van al cine a ver a una pareja de ancianos franceses que primero lo pasan mal y luego se mueren. Pues oiga, con todo el respeto, si van a ver una película que se llama Star wars no esperen un baño de realidad, para eso sólo hace falta salir a la calle.

 

Luego están los hipercríticos, esos que buscan seis o siete capas de narrativa y ven significado en un bicho peludo que sale dos segundos volando por los aires en el fondo. Es como esa teoría de la cebolla, en el que tratas de analizar que se esconde bajo cada capa y acabas llorando y con las manos vacías.

 

Star wars: el despertar de la fuerza, es una película cojonuda, con momentos sensacionales. Hecha respetando escrupulosamente la mitología de la saga, con amor por los personajes clásicos que convirtieron la saga en un icono de la cultura pop. Además, las aportaciones, especialmente Rey, son magníficas: figuras carismáticas que enriquecen la trama y que prometen emociones fuertes. Por si fuera poco, el final de la película contiene un momento glorioso (y muy doloroso, sin spoilers) que lleva la firma de Lawrence Kasdan, aquel guionista que nos regaló la mejor entrega de la serie, El imperio contraataca y el libreto de En busca del arca perdida.

 

Lo mejor: las dos horas de sonrisa en el rostro que le proporcionará el filme a los fans y las dos horas de diversión que proporcionará el filme a los que no son fans. Si hay una cosa que se puede decir de El despertar de la fuerza es que es la mejor película de aventuras que vemos en un lustro. Parece poco, pero no lo es.

 

Feliz navidad amigos y amigas, que la suerte les sea propicia.

 

T.G.


Lean y callen

Ya queda menos para 2016. No sé muy bien qué cambiara, me temo que el cambio de digito no le asegura nada a nadie, ni le añadirá velocidad a este proceso (el mío), pero me agarraré a las paparruchas para predecir(me) un cambio de ciclo donde me será imposible lidiar con tanta felicidad. Luego seguiré nadando en las aguas de este lago en el que nunca pasa nada, pero al menos me engañaré durante un rato.

Sin más qué decir, porque todo se ha dicho, les dejo con unas recomendaciones literarias con la condición de que las comenten si se animan a adquirirlas.

Felices fiestas, queridos y queridas,

T.G.

Todo lo que muere/El poder de las tinieblas/El invierno del lobo

 

Empezamos con Charlie Parker, el detective creado por John Connolly, por el que siento extrema debilidad. Si no le han leído, empiecen por sus dos obras maestras porque jamás vuelve a llegar a ese nivel. Los dos libros que arrancan la saga de Parker son Todo lo que muere y El poder de las tinieblas. Ambos son auténticas prisiones, jaulas en las que el lector se siente atrapados, y si el primero es duro, el segundo es brutal. Parker es un tipo conectado de alguna manera con el más allá y con un punto gótico, pero que nadie se engañe: no hay ningún guiño adolescente, ni espíritus cantarines, lo que hay es una mirada a ese mundo violento y salvaje que es esconde tras las paredes del nuestro. Es literatura de primera clase, con una narración que llega a punto de claustrofobia que puede resultar insoportable, pero el personaje y sus colegas son tan carismáticos que se lee como el que se come una rebanada untada de nutella: pim-pam.

Por cierto, El invierno del lobo, la última entrega de la saga (que abarca unos 10 libros) es una de las mejores, después de cinco entregas regulares.

 

 

El cartel /El poder del perro

 

El cártel es la segunda entrega de El poder del perro, y El poder el perro es una de las mejores novelas de la década. El problema con Don Winslow (el autor) es que nos hemos tenido que tragar todas las noveluchas que escribió antes de El poder del perro y que son mediocres en grado sumo. El cártel es su primera novela (de verdad) después de ésta, y ahora sí, tenemos a un escritor gigantesco en un medio que domina a la perfección: los tentáculos del narcotráfico en México. Con el mismo protagonista, el agente de la DEA Art Keller (ahora retirado) y los mismos narcos hijos de puta que matarían a su madre por un cargamento. Se lee a toda hostia y se disfruta igual. Si no leyeron el primero, que es una bestialidad encuadernada, háganlo inmediatamente. Si lo han hecho, no duden en hacerse con El cártel. Y llamen a la oficina para advertir de que no irán por allí en un par de días.

 

 

El desmoronamiento

 

George Packer, periodista del New Yorker, explica en este ensayo que por momentos parece un relato de ficción, la muerte de la clase media estadounidense, a través de la historia de diversos personajes (todos ellos reales) en distintas décadas, desde los años 60 hasta la actualidad. Un libro imprescindible para entender el alma de los Estados Unidos de América y la equivalencia literaria de The wire: un auténtico fresco que suda autenticidad y que a veces parece un cuento de terror. Para mi gusto el ensayo más brillante del año, con un nivel narrativo digno del mejor Scorsese.

 

 

James Rhodes

 

La biografía de un tipo maravilloso, delicado y –sobre todo- humano. Cuando tenía cinco años su profesor de boxeo abusó de él. Las violaciones (tal como él las describe) se prolongaron durante mucho tiempo. Ya en su adolescencia intentó quitarse la vida en varias ocasiones y siguió autolesionándose hasta que encontró la música, o la música le encontró a él. John Lee Hooker o Van Morrison hablaron en su momento del poder curativo de la música; Rhodes habla de lo mismo y lo concreta en Bach. Con la ayuda de la música clásica, de su piano y de unas ganas de vivir que le abofetearon cuando ya pensaba en darse por vencido, Rhodes construye unas preciosas memorias que nos recuerdan que la excusa a la que agarrarse cuando (parece que) solo queda la rendición puede surgir del lugar más insospechado.

 

El reino

 

No si están ustedes familiarizados con la obra de Emmanuelle Carrère, al que tengo ocupando el trono de la lista de mis escritores favoritos desde que leyera El adversario, un libro que me dejó en la lona y al que aún vuelvo de cuando en cuando, en esas ocasiones en las que pienso cómo me gustaría escribir si me pusiera una meta imposible. Carrère es todo: el tipo capaz de hablar de él sin ambages, de analizar cualquier asunto, por complejo que sea, en tres frases; de escribir lo que yo querría escribir como el que se rasca la oreja mientras se come unas bravas. Todo lo hace tan insultantemente fácil que te engañas a ti mismo y te dices que quizás podrías intentarlo tú también: luego viene cuando te das cuenta de que no, de que no tienes ninguna posibilidad.

En su último libro, El reino, analiza su propia inmersión en los abismos del cristianismo (después de una severa depresión) y usa esa experiencia para contarnos la historia de una religión que siempre ha pretendido contarnos que podía adaptarse a los nuevos tiempos para a continuación quedarse exactamente igual. Sean ustedes creyentes o no, les aconsejo que dejen que Carrère les coja por las solapas y les zarandee un rato, a ustedes y a esos preceptos inamovibles que creen profesar.

 

 

 

Ante todo, no hagas daño

 

Este libro me ha dejado patidifuso. Siempre he sido fan de Oliver Sacks y esa visión profundamente humanista de la vida que irradiaban sus libros. Con este tipo, médico también (y uno de los mejores neurocirujanos del mundo) llamado Henry Marsh, es como si hubieran cogido a Sacks, le hubieran puesto una chupa de tachuelas y unas botas militares y le hubieran dicho que escribiera. Ojo, Marsh no tiene nada de punk, pero lo que si tiene es una actitud tan salvaje consigo mismo que cuesta, a veces, pensar que no habla de un desconocido que se llama como él. A tanto llega, que empieza hablando de una negligencia médica. La suya.

Marsh habla de los médicos sin filtros, empezando por un escrutinio demoledor de su propia carrera, de sus miedos y sus dominios. No es solo que sea un escritor brillante, es que esa visión de la medicina en la que el doctor puede ser dios o demonio es algo poco visto, sabiendo que todos tendemos a ser benevolentes con nuestros errores al mismo tiempo que fiscalizamos solemnemente los de los demás.

Marsh ve la viga en su ojo y no se molesta en buscar la paja en los ojos de los demás. Si encuentran otro igual, no dejen de recomendármelo.

 


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