salvajes

 

 

¿Qué tal señores y señoras?

 

¿ Han ido ustedes a ver Perdida y La isla mínima? Francamente, no sé que esperan, deberían CORRER a las salas de cine porque ambas no son para ver en la tele, aunque eso seguro que ya lo saben.

 

Esta semana (o sea, este viernes) va a haber sensaciones encontradas pero –aun así- encontramos una joya y una película entretenida, así que no vamos a quejarnos.

 

Mientras tanto, en este nuestro bonito país, no dimite ni Cristo. Ya puede haber robado con las dos manos, o haber gastado 10.000 euros en sus propios restaurantes, o llamarse Rodrigo Rato (uno de los mangantes más extraordinarios de los últimos años) que no hay tu tía. Aquí lo de asumir responsabilidades y dar un paso adelante (o atrás) no se lleva. Luego se extrañarán que el de la coleta arrase aquí y allí.

¿Cómo cojones no va a arrasar? Cualquier persona que vea hoy en día las siglas PP o PSOE preferiría dejarse picar por un escorpión que volver a votarles. Otro día hablaremos de la paradoja de que un partido denominado popular te acuse de populista: debería estudiarse en las escuelas de política.

 

(no, a mí no me va lo de Pablo, pero entiendo que estemos todos hasta los huevos y queremos que reviente. De una puta vez)

 

Dicho esto, vamos con las mamarrachadas de la semana.

 

Las tortugas ninja.

 

Sí, lo voy a repetir: Las tortugas ninja.

 

Pensaban ustedes que habían dejado atrás esa cosa, ¿eh? ¿Pues no va el manazas de Michael Bay y se casca un remake?

 

Y como ya imaginarán es un auténtico horror, un coñazo inconcebible que –como ya imaginarán también- funcionó muy bien en Estados Unidos. Eso quiere decir que es muy probable que tengamos que tragarnos una secuela del remake. Así, por el morro.

 

La historia ya la saben: unas tortugas, una rata, blablablá.

 

Pasemos a otra cosa.

 

The equalizer.

 

Esta es muy entretenida, básicamente porque a mí me gustan las películas donde dan hostias como panes y en esta se ponen hasta las cartolas (que dirían en Bilbao). Denzel Washington, que siempre cuela, interpreta a un soldado de operaciones especiales que trata de vivir una vida tranquila pero que al conocer a una prostituta maltratada por unos mafiosos rusos decide que ya lleva mucho tiempo sin asesinar a unos cuantos villanos.

 

Yo me lo pasé bien, pero ya me conocen.

 

La última (y mejor) es Relatos salvajes.

 

No quiero contarles mucho, simplemente decirles que es una película que habla de lo qué pasa cuando nos ponen contra la pared y decidimos dejar de comportarnos educadamente para hacerlo cómo nos apetece.

 

Es una de las películas más salvajemente ácratas y políticamente incorrectas que hemos visto en nuestro país además de una cita ineludible con su sala de cine más cercana.

 

Eso sí, no me salgan luego a la calle con ganas de quemarlo todo, y si lo hacen tenga el buen juicio de taparse el rostro y no dejar huellas dactilares.

 

Abrazos/as,

T.G.


Quién sabe dónde

perdida

 

 

Señores y señoras,

 

¿Cómo están ustedes?

 

A aquellos de la capital les pregunto con doble intención: ¿cómo están ustedes?

 

Después del lamentable espectáculo del ébola, con la ministra del vestido de ‘perdonadme, es la hora del brunch’ y el resto de inútiles cuyo máxima medida para detener al virus ha sido matar a un perro (por cierto, espero que exterminen a todos los demás perros del parque donde jugó el animal, a los niños que le acariciaron, a los ancianos que se cruzaron en su camino y a las plantas en las que meó. Ya de paso, podrían pulverizar Alcorcón con una bomba de hidrógeno (por si acaso), y echarle la culpa de todo a una persona que se ofreció voluntaria para cuidar a un misionero enfermo.

 

En este país la bajeza, señores y señoras, es algo muy serio.

 

(Y premio para ese patán gordinflón de pelo blanco que respondiendo a las quejas del médico que trató en primer lugar a la enfermera –“el traje protector me iba pequeño”- afirmó: “es que es un médico muy alto”. Claro, es que los tipos altos deberían dedicarse a otra cosa porque todo el mundo sabe que los trajes protectores están hechos para personas de 1.70)

 

En fin, para que no me suba la bilirrubina les voy a hablar del peliculón que se ha estrenado este fin de semana en nuestro país, ése en el que nunca se pone el sol: Perdida.

 

Verán que hay voces disonantes en la platea. Ayer escuché a un tipo decir que “Torrente es mejor que Perdida” (lo que me pareció raro es que no aparecieran dos señores con una camisa de fuerza y un embudo y se lo llevaran) y es sabido que el mismísimo Pedro Almodóvar aplaudió puesto en pie en el pase de Perdida para la prensa en Madrid.

 

Aunque me pese, estoy totalmente de acuerdo con Almodóvar: Perdida se merece un aplauso gordo.

 

La última película de David Fincher (el genio que dirigió El club de la lucha, Seven, Zodiac, La red social y Milllenium) adapta la novela de Gillian Flynn sobre un tipo que un buen día llega a casa para descubrir que su adorada esposa (o eso pensamos todos) ha desaparecido.

 

Fincher lo utiliza como recurso para fotografiar el declive de una sociedad focalizada en lo obvio, donde la frivolidad ha adquirido estatus de culto y en la que los medios de comunicación crean sus propias corrientes de opinión atendiendo (simplemente) a las curvas de audiencia.

 

El amor, el colapso financiero, las relaciones entre ambos, el matrimonio y la manipulación como regla de tres, ocupan un espacio narrativo que Fincher encaja en una arquitectura visual tan fascinante que uno no puede dejar de admirar sus cataplines al contar una historia tan retorcida en unos ambages tan sobrios en los que hasta la sangre parece tener un color elegante.

 

Perdida es el retrato del ahogo, una reflexión sobre una situación que parecía fugaz (esa crisis de valores generada por una crisis aguda) y que ha acabado convertida en endémica, representada por un matrimonio para el que la palabra disfuncional parece un elogio.

 

Naturalmente, y como en todas las películas de Fincher, hay más capas que en una cebolla, y el filme puede leerse también como un thriller sombrío en el que nada es lo que parece y en el que si uno respira hondo puede saborear a Hitchcock y a Kubrick, con una atmósfera que recuerda al Fincher de la mencionada Millenium.

 

Protagonizan Perdida la sensacional Rosamund Pike (qué papelón el de esta mujer, que meterá la cabeza en los Oscar, seguro, seguro) y un sólido Ben Affleck, empeñado en cada película en demostrar que cuando le dijimos que se dedicara a otra cosa, que el cine no era lo suyo, nos equivocamos de cabo a rabo.

 

En resumen, y mejor aún si no han leído ustedes/as la novela, Perdida es uno de esos filmes en los que los cinéfilos van a ponerse las botas y los que no lo son, también.

 

Hala, no olviden ustedes sus guantes, sus trajes y sus mascarillas, y si son altos se joden. ¿Estamos?

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 


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Señores y señoras,

 

¿qué tal la vida? Espero que sea buena y dócil, y no les muerda el trasero por la noche. Créanme, eso pasa.

 

Esta semana (o sea, mañana) se estrenan dos películas la mar de interesantes… pero déjenme que antes me congratule por la dimisión de esa criatura de Dios llamada Alberto Ruiz Gallardón, un hombre que era conocido como ‘el moderado’ y que ha acabado hundiéndose en la miseria más absoluta gracias a sus amigos. Ya lo decía aquella famosa frase: “Señor cuídame de mis amigos que de mis enemigos me encargo yo”.

 

Tampoco puedo dejar de mencionar a uno de mis ídolos, el ínclito obispo Reig-Plá: cada vez que abre la boca se sube el pan dos euros, pero reconozco mi fascinación por su oronda figura y su boca lodosa. Hoy mismo, hace sólo unas horas, le he leído diciendo que el PP ha sido infectado por el ‘lobby gay’ y que por eso han frenado la ley del aborto (ya se sabe lo que les gusta a los gays los abortos, malditos gays). Después añadió una comparación entre los que están a favor del aborto y los nazis y finalmente dijo que estábamos todos corrompidos por el demonio. Bueno, esto último no es verdad, pero es obvio que debe pensarlo. Al señor Reig-Plá le das vía libre y un par de días y te quema a todas las mujeres de su comunidad por brujas.

 

En fin, un hombre admirable, de la España de los años 30, pero admirable. No le tengan en cuenta su incontinencia verbal y su estupidez supina, piensen que cada día reza por ustedes. Un rosario entero.

 

Este fin de semana empieza el festival de Sitges –otra cosa que da miedo, pero esta vez por las razones que cabría esperar- y lo hace proyectando [REC]4. Un servidor ya la ha visto y puede decir que se lo pasó pipa.

 

La película –si no lo he entendido mal- se estrena el 31 de octubre, así que aún quedan unas semanitas para que les llegue a ustedes, querido pueblo. No voy a reventarles la película (ya saben que no tengo por costumbre abusar de los spoilers) pero es sabido si se llama [REC]4 es porque hay tres entregas más. Sino fuera así sería un poco extraño llamarlo [REC]4.

 

Dicho esto, no sé si todos ustedes, queridos/as lectores/as, han podido ver las tres entregas anteriores. La primera es un clásico; la segunda una especie de Aliens, con acción a raudales; la tercera una comedia delirante y muy divertida (sí, una comedia, que –por cierto- no gustó a los fans más radicales). Las tres son magníficas películas, aunque a mí la primera sigue pareciéndome la más redonda de todas, original como pocas películas españolas y a la altura de cualquier producción estadounidense de género.

 

Ya sabrán (si no han visto ninguna de las entregas dejen de leer ahora mismo y corran al videoclub o donde demonios se puedan alquilar películas ahora) que la saga cuenta la historia de una casa en el Eixample barcelonés en el que se esconde una brutal amenaza contra la salud colectiva. Una terrible infección de origen desconocido atrapa en el citado edificio a una célebre reportera televisiva y a su cámara y les introduce en una pesadilla digna de Lovecraft.

 

Rodada cámara en mano (ya saben, el rollito ‘found footage’) cuando el formato era original, la primera [REC] arrasó todo el mundo, se vendió en más de 90 países (no hay precedentes de ninguna otra película en la historia de este país que pueda presumir de algo así) y hasta acabó generando un remake estadounidense. Naturalmente, se convirtió inmediatamente en una franquicia y hasta hoy.

 

En [REC]4 la cosa se ha trasladado a un barco en alta mar, donde han llevado a los infectados, esperando encontrar un remedio para el virus. Como es de suponer, algo sale mal y se abren –otra vez- las puertas del infierno.

 

Ya no hay cámara en mano sino una dirección esplendida de Jaume Balagueró, al modo tradicional. Sangre a litros, una escena sensacional (especialmente si uno es fan del gore) con un motor fuera borda y un final estupendo (que se cambió, porque le faltaba contundencia), además de todo el despliegue habitual [REC] convierten a esta secuela en un gran entretenimiento, brillante en ocasiones, y totalmente solvente.

 

Pónganse este post en favoritos y vayan a verla, hombre ya.

 

O Reig-Plá les perseguirá.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 

 


La película española del año

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Hola señores y señoras,

 

¿Cómo están ustedes? Confío en que aprovechen el fin de semana para ir al cine, que es lo que todo ser humano que se considere digno de caminar la tierra debe hacer los fines de semana.

 

Ya sé que son malos tiempos y todo eso, pero beban menos gintonics y vayan más al cine, que ya nos conocemos.

 

Ahora mismo acabo de enterarme de que Mario Casas y María Valverde lo han dejado porque él se ha enamorado de otra actriz cuyo nombre no recuerdo pero que dice María Casas que eso no es así porque ya habían hablado antes de que él rodará la película y lo habían dejado pero la gente dice que no. Y además el del Cantante del loco (el tío ese que tiene la voz como si alguien le hubiera dado una patada muy fuerte en el esternón) le ha dejado (o le han dejado, no me sé los detalles de memoria) y ahora está solo y sigue teniendo la misma voz, lo que son dos disgustos muy fuertes el mismo día.

 

Espero que entiendan que estoy muy afectado por esto, así que si me notan raro es porque no es para menos.

 

Ahora que ya les he contado lo que me preocupa (muchísimo) déjenme que les prevenga: la semana que viene se estrena la mejor película española del año. Voy a decir más: la semana que viene se estrena una de las mejores películas del año.

 

Se lo digo ya para que puedan ustedes planificarse bien el próximo fin de semana: dejen a los críos con los abuelos, pongan el fútbol a grabar y cojan dos buenas entradas.

 

La película se llama La isla mínima y es un thriller tan absolutamente descomunal que si no vieras los rostros de Antonio de la Torre y de Raúl Arévalo, pensarías que ha salido de Nueva Orleans o de Nueva York. De hecho, a mí me ha hecho pensar en True detective o en Seven, imagínense ustedes mi desconcierto.

 

No soy de esos que consideran el cine español (en genérico) una porquería. Creo que el cine y es cine y para mí la calificación es bueno, regular, malo o coñazo. Sin embargo, y creo que en eso hay bastante unanimidad, la falta de ambición en el cine patrio es algo terrible y una gran mayoría de las producciones a las que se da luz verde son más de lo mismo. Las franquicias son un horror (Torrente es chabacana, vulgar y los chistes van dirigidos a los amantes del reaggeton y la bachata y a los garrulos del barrio) y abundan las obras ‘de autor’ a las que van cuatro gatos pero que son inmediatamente elevadas a ‘obra maestra’ por cuatro esnobs de pacotilla que regentan revistillas de medio pelo que no venden ni mil ejemplares.

 

La cuestión es que La isla mínima es la demostración de que algunas veces basta con un buen guión, un grupo de actores maravillosos y un director valiente para tumbar de un bofetón todos los topicazos sobre el cine que se hace en la piel de toro.

 

La isla mínima, dirigida por un director sensacional llamado Alberto Rodríguez, es la historia de dos policías a lados opuestos del mundo (no geográficamente, sino de un modo más emocional –y sociopolítico, si ustedes quieren) que son enviados a las marismas del Guadalquivir donde se dan de narices con un asesino en serie que lleva años acabando con la vida de las mujeres del lugar sin que a nadie parezca importarle un pito.

 

La ambientación por sí misma es ya una obra maestra, pero súmenle a un realizador con un brutal talento visual y a dos actores perfectos y tendrán una película que se clava en el cerebro como un tenedor y que te deja exhausto y despeinado.

 

Lo he dicho antes: es una de las mejores películas del año y lo único que espero es que se convierta en un gran éxito. De hecho, si esa cosa llamada Ocho apellidos vascos llegó a los 50 millones de euros con cuatro chistes y un actor tan mediocre como Dani Rovira, La isla mínima debería hacer 100 millones de euros y ganar seis Oscar.

 

Me temo que no pasará, pero por pedir.

 

Sean buenos, vayan al cine, y no se pierdan La isla mínima.

 

He dicho.

 

T.G.

 

 


Corred, desgraciados, corred

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¿Qué tal?

¿Siguen ustedes de campo y playa?

¿Han llevado ya los niños a la escuela?

 

(Confiesen, malvados y malvadas, lo a gusto que se han quedado quitándose a los críos de encima… los niños, esa maldición. Un día alguien reivindicará a Herodes y ya puedo visualizarles a ustedes con la camiseta y el llavero promocional y el lema ‘Herodes tenía razón’)

 

Como ven está el país muy entretenido: unos se quieren ir, otros se quieren quedar, unos dicen que todo va bien, otros que somos el primer país de Europa en pobreza infantil, unos llevan barba y no contestan preguntas y otros hacen una (penosa) ley del aborto y luego se la tienen que comer con patatitas y un vaso grande de Don Simón.

 

Sí señores (y señoras) la tragedia nacional sigue y Berlanga sonríe desde su tumba pensando que el país que él dibujó en tantas películas ha superado sus sueños más húmedos. No es que a España no la conozco ni la madre que la parió, es que España, a su edad, quiere que la adopten.

 

Yo es que desde que hace unos meses y durante dos día seguidos contemplé como la noticia más vista en ABC (en el diario ABC, ese bastión de modernidad que hace artículos de tres páginas sobre los peligros de la masturbación) fue ‘¿Cómo son las actrices porno sin maquillaje?’ que he perdido cualquier esperanza de salvación. Luego está ese otro periódico que en su edición en catalán titulaba “Masacres en Irán” y en su edición en castellano “Masacres en Irak”. Así, por el morro, porque –no nos engañemos- Irán e Irak se parecen mucho y en ambos sitios muere gente a diario, así, que, ¿por qué no dejar que el lector escoja dónde quiere la masacre?.

 

Propongo que a partir de ahora, en las noticias internacionales (de las otras secciones ya nos ocuparemos después) dejen un hueco al lector que este deberá rellenar con el país que le apetezca, así se fomenta la interacción.

Por ejemplo, “Decapitan a rehén en …………”. A lo mejor uno se levanta y le apetece rellenar el espacio con ‘Cuenca’ o, ¿qué sé yo? ‘Calasparras’. Así cada lector se haría su propio periódico y siempre habría un tema de conversación con los amigotes, en esos momentos de asueto en el bar.

 

-¿Viste al rehén que decapitaron en Murcia?

-Pero, qué dices, si fue en Pamplona.

 

La sociedad sería más feliz inventándose sus propias noticias, sin tener que depender del cronista de turno, imaginando un equilibrio geopolítico distinto en un mundo mejor repartido.

Con la cantidad de gente que hay inventando noticias a diario para periódicos serios, ¿no sería bonito que el lector también lo hiciera?

 

Ahí se lo dejo, para que reflexionen.

 

Este fin de semana (entrando ya en materia) se estrenan 11 películas.

¿11? (dice alguien rascándose la cabeza con un palito de pan)

 

Sí, 11.

 

De las 11, pueden saltarse 8 o incluso 9.

 

Tenemos un musical, una película de Nicolas Cage, dos películas para adolescentes, una española, una griega, una de terror, una italiana, una superproducción…

 

Yo no sé, oigan, ¿para qué tantas películas?

 

He visto algunas.

 

Si decido quedarme: el coñazo adolescente con una actriz que siempre me ha gustado (Chlöe Grace-Moretz) pero a la que me temo que acabaré cogiendo manía si empieza a ir de adolescente atormentada.

 

Joe: una película que demuestra que –si quiere- Nicolas Cage puede ser un gran actor. Ya, ya lo sé, son ustedes unos incrédulos y no quieren dar crédito a mis palabras (es comprensible, les he engañado muchas veces y ya no se fían de mí) pero déjenme que les explique.

 

En Joe, Cage es un ex convicto de pocas palabras que trata de rehacer su vida. Un día conoce a un chavalote (Tye Sheridan, el de Mud, un niño pequeño pero matón) y se le despierta el instinto paternal, lo que significa que hará lo que sea para protegerlo. Naturalmente, eso implicará volver a meterse en líos con algunas personas, justo lo que estaba tratando de evitar.

 

Parece una película de justiciero a lo Charles Bronson, pero es un filme muy bien rodado, espléndidamente dialogado, muy contenido y con esplendidas interpretaciones. Una excelente película que deberían ir a ver.

 

Si prefieren dedicarse al entretenimiento puro y duro les recomiendo El corredor del laberinto, que me ha parecido dignísima, a pesar de ese final que ya anuncia la secuela (mecagoen las secuelas excepto las de El Padrino, El imperio contraataca, Indiana Jones y el templo maldito, Aliens y Terminator 2). Aun así, un notable filme con espíritu de serie B y un arranque fenomenal.

 

He dicho.

 

(De lo demás no digo nada, que me canso).

 

Abrazos/as,

T.G.

 


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Señoras y señores,

 

¿Ya han vuelto ustedes de vacaciones?

 

Mi pésame a aquellos/as que hayan decidido quedarse en este glorioso país (por el motivo que sea, financiero o emocional) y han sufrido el peor agosto desde que estalló la Guerra Civil Española. Con la mano en el corazón: lo siento.

 

Yo no he hecho vacaciones, sólo viajes de esos de arriba y abajo. Gracias a Dios he abandonado los festivales de cine y no me veo obligado a arrastrar mi culo por Venecia y Toronto (de San Sebastián dimití hace ya una década), así que ahora estoy en casita escribiendo y alegrando sus vidas con mi célebre prosa.

 

Supongo que estarán ustedes eufóricos con la perspectiva de volver a trabajar en sus respectivos agujeros/oficinas/madrigueras/empresas. Lo entiendo, el trabajo honra y nos hace mejores.

 

(Me estoy aguantando la risa, discúlpenme).

 

Bueno, vayamos al tema: hoy les quiero hablar de dos peliculillas.

 

La primera se llama Líbranos del mal y está bastante bien aunque a mitad de la película al responsable se le escapa el timón y se estampa contra un iceberg (se me entiende la metáfora). Aun así, fíjense, tiene un inicio tan potente y atmosférico que se le perdono todo.

 

La cosa es sencilla: un oficial de policía que ha visto cosas la mar de chungas se encuentra frente a un caso que sugiere la presencia de una fuerza sobrenatural. Una fuerza sobrenatural maligna, concretamente.

Esta parte de la película, centrada en la vida diaria del detective, es tan absolutamente brutal, que uno cree estar frente a uno de los mejores filmes de terror de los últimos años.

 

Sin embargo, cuando la acción pasa del paraíso infernal en el que transcurren los días del poli a la vida personal del propio detective, habemus cagata.

 

Lo malo es que lo que se ha prometido al espectador, un tono concreto, muy parecido al de Seven, se vuelve después una especie de thriller intimista donde el foco se desvía a… bueno, no quiero hacerles spoilers, pero dejémoslo en que el personaje principal (interpretado por el siempre magnífico Eric Bana) es estupendo, pero los demás lo son bastante menos.

 

Es una pena, porque la dirección es magnífica y la película tiene escenas espectaculares (la llegada al caso de la que hablábamos antes y la visualización del escenario del crimen son descomunales), pero el guión se queda a medio camino y a la hora empiezas a mirar el reloj. Ay, amigos y amigas, el terror.

 

Y luego estrenan lo último de Clint Eastwood, Jersey boys, que a mí ni fu, ni fa.

Ya saben los que vienen leyendo(me) este bonito blog que soy muy fan de Eastwood y mi lealtad hacia su persona es indiscutible, pero entre que los musicales se me atragantan (no recuerdo el último que me gustó… bueno, sí, Granujas a todo ritmo) y que los niños de la película me dicen entre nada y poco, pues oigan.

 

La peli es la adaptación de un famoso musical de Broadway que aquí no conoce ni el Tato y me temo que van a hacer cuatro duros en taquilla. Ojalá me equivoque, porque a Clint siempre le deseo lo mejor.

 

Seguramente esperarán ustedes que les explique la trama de Jersey boys, pero es que entre tanta canción y tanto baile no acabé de entender de qué iba, la verdad sea dicha.

 

También estrenan La abeja maya, en animación, ante la cual sólo puedo manifestar mi más entusiasta entusiasmo (maldita la redundancia). Es un gusto ver como le sacan leche a la teta de una abeja y por el camino mancillan un bonito recuerdo de mi infancia.

 

 

Abrazos/as,

T.G.


niño

 

 

Hola señores y señoras,

 

Cómo están ustedes? (Ya saben que siempre que hago esa pregunta me los imagino a todos gritando al unísono: “Biennnnnn”.)

 

Como les prometí, ya he visto El niño, que cuando escribo estas líneas encabeza la taquilla española, por encima de Lucy y Guardianes de la galaxia (de las dos ya hemos hablado en este humilde blog), y promete ganar el fin de semana, aunque de momento no conocemos las cifras.

 

Antes de entrar al trapo con la película de Daniel Monzón, permítanme que felicite a Tele 5 por su insoportable campaña de marketing con ella, que casi me ha convencido de que era una porquería por pura machaconería.

Llevamos ya tres meses de Niño aquí y Niño allá, en cada programa, en cada pausa, en cada debate, en cada periódico, televisión, radio y blog de nuestro país. Sin tregua, como si la táctica de bombardear al españolito por tierra, mar y aire con lo de la maldita película fuera a asegurarles el taquillazo.

 

Bueno, ya saben ustedes que la cosa ha funcionado con Torrente(s), Los ojos de Julia, El orfanato, Lo imposible y Ocho apellidos vascos, así que para qué iban a querer cambiarlo. Al final tenemos lo que nos merecemos, pero yo siempre he creído que hay una gran cantidad de espectadores que simplemente no va (menos a Ocho apellidos vascos, a esa fue todo el mundo menos mi abuela) por el coñazo que te dan (día y noche) con el producto de turno.

 

A lo que íbamos.

 

El niño es una buena película, magníficamente dirigida, bien escrita y con algunas escenas (como la famosa persecución de lancha y helicóptero) que son francamente espectaculares. Los actores son de primera (aunque a mí el niño de los ojos bonitos y que todas las niñas quieren beneficiarse me toque bastante el pie), especialmente Luís Tosar y Jesús Carroza. Este último encabeza ahora mismo mi ranking de actores secundarios españoles con su capacidad para crear personajes de la nada, con un par de pinceladas. Su perdedor en El niño es un tipo memorable, y seguro que todos somos capaces de nombrar a alguien que nos lo recuerda, muestra indiscutible de que en lo específico se esconde lo universal.

 

Así pues, todo bien, Monzón demuestra que es un director de primera clase (a este le veremos volar en breve, junto a Bayona, en Hollywood) y que, aunque haya transcurrido casi un lustro entre ésta y su anterior película (la impresionante Celda 211), no se le ha olvidado dirigir.

 

Dicho esto, a mí la película no me parece memorable. Creo que hay cierta frialdad en el tono, cierto nervio que echo de menos, y que –me da la impresión– al niño se le ha escogido por su cara bonita más que por otros factores y que, cuando lo vemos con Luís Tosar, se pone de manifiesto que sí, que realmente es un niño.

Además, si tenemos en cuenta lo que era Celda 211, un thriller afilado como el maldito bisturí de Hannibal Lecter, El niño me parece corta: en ambición y en resultados. Quizás porque cuando hizo Celda 211 Monzón contaba con un presupuesto limitado y todas las decisiones eran puramente narrativas (que no estéticas), en esta ocasión me temo que, obligado por el gigantismo del propio filme que tenía entre manos, a veces parece como si tuviera que cumplir con un cupo de acción que queda muy bien en los trailers pero acaba resultando –al menos para mí– un simple recurso, un set pensado para embobar al público.

 

El niño me hace pensar en Manhattan sur o Heat, lo cual debería ser un piropazo, pero, mientras Mann y Cimino apretaban el acelerador hasta el fondo, Monzón se ve obligado a darle constantemente al embrague.

 

Ya saben lo que decía Harry El sucio de las opiniones: “Son como el culo, todo el mundo tiene una”. Bueno, pues ahí tienen la mía.

 

Hala, abrazos/as,

T.G.

 

 


en-el-ojo-de-la-tormenta

 

Buenas señores/as,

 

¿Qué tal están? ¿Se han portado bien? Voy a creer que sí y les voy a obsequiar con uno de mis fabulosos posts que harían sonreír a Shakespeare, Dante, Melville y Alfonso Ussía.

 

Debería haber sido rapero porque la fuerza de mis palabras es algo propio de la ciencia-ficción, pero no sabía cómo ponerme la gorra y me quedaban mal los pantalones anchos, así que opté por escribir un blog para el señor Moltó. Eso sí, a veces cuando escribo muevo las manos como un rapero y digo “yo, yo” [lo pronuncio “llou, llou”] e imagino que estoy en Brooklyn y que las niñas me miran y me guiñan el ojo.

 

Esta semana quería hablarles de El niño, de la que no paro de oír cosas buenas (Daniel Monzón, director de Celda 211, va para grande), pero aún no he podido verla. No quiero que nadie sufra por ello, que ya veo por ahí ojos llorosos y caras de preocupación, ya que mañana mismo haré los deberes en uno de esos multisalas que parecen salidos del infierno, con jóvenes que llevan gafas de sol dentro del cine y un tatuaje en la nuca que pone “Collejas por la voluntad”.

 

En fin. Tranquilízate T.G.

 

(He empezado a hablar conmigo mismo y estoy mucho mejor, como pueden comprobar.)

 

Para compensarles por lo que no he podido ver y que va a ser la gran noticia para el cine español hasta que entrenen la vigésimo-segunda entrega de Torrente, les voy a hablar de lo que sí he visto, que es una auténtica chaladura con la que me lo pasé como un chaval: En el ojo de la tormenta.

 

Recuerdan ustedes esa película llamada Twister? No, Twitter no, Twister.

 

(Esta pregunta determinará a qué generación pertenecen ustedes.)

 

Bueno, si no la han visto, se la cuento –los que la hayan visto pueden saltar hasta el próximo párrafo. Twister (que significa “tornado” en inglés) es una película sobre un grupo de cazadores de tornados que intentan descubrir la manera de predecir a esos malos bichos con el tiempo suficiente para que las poblaciones puedan ser desalojadas. La protagonizaban Bill Paxton, Helen Hunt y el mismísimo Philip Seymour Hoffman. Sí, lo han leído bien.

 

En el ojo de la tormenta tiene el mismo sujeto (los tornados), pero con cámara en mano (ya saben, el famoso “found footage”) y con unos efectos especiales tan bestiales que la cosa acaba siendo un festival de luz y colores.

 

Se lo digo ya desde ahora: la peli no vale un pimiento.

 

No tiene guión.

Los personajes son de cartón piedra.

La narrativa es inexistente.

El final no tiene ningún sentido (bueno, y el principio tampoco).

 

Sin embargo, si lo que buscan ustedes es un poco de diversión que les aleje de este país delirante que tenemos, En el ojo de la tormenta es su película. El nivel de destrucción en pantalla es tan salvaje que 2012 parece una bromista (vale, bueno, exagero un poco). Sólo les recomiendo lo del tornado en el aeropuerto: si el tornado más grande jamás recordado es un F5 este es un F18000.

 

No les digo más, si les gustan las películas apocalípticas incomprensibles pero deliciosamente caóticas, ya están corriendo al cine. Yo no me lo pasaba tan bien desde Independence Day.

 

Si alguien ve El niño antes que yo (hablaré de ella el sábado) que la comente. Que lo casque. Que lo diga.

 

Hala, hasta el sábado. No dejen que se los lleve el tornado.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lucy

 

No estoy bien, se lo confieso. No es broma, ando muy jodido, así que van a ser ustedes mi diván.

 

Llevo unos días en que no levanto cabeza, sólo me ayudan el vino y las pastillas mágicas (no, no el Viagra, pervertidos). Es culpa mía, eso es lo peor, no tengo nadie a quien echar a los perros.

 

 

 

Hasta aquí mi confesión de hoy. Ya pueden dejar ustedes de ser el diván.

 

 

 

Hoy hablamos de Lucy, que se estrena mañana. Ya saben, la película de Scarlett Johansson donde ésta va soltando tiros y demás delicatessen con una pistola en cada mano.

 

 

 

El precepto –digámoslo ya- es absurdo: una chica normal y corriente se mete en un lío tremebundo sin comerlo ni beberlo y acaba tomando una droga experimental que expande su cerebro hasta límites inimaginables.

 

 

 

Se ha dicho muchas veces aquello de que sólo usamos un 10% de nuestra capacidad cerebral. Y se ha especulado también con lo que pasaría si utilizáramos el 100%.

 

 

 

Lo cierto es que nadie sabe que parte del cerebro usamos y algunos científicos se han molestado en indicar que lo que realmente pasaría si alguien usara el 100% de su capacidad cerebral: acabaríamos en un manicomio porque el cerebro ordenaría al cuerpo hacer todo a la vez. Todo. Naturalmente, todo son conjeturas, nadie sabe que pasaría pero me resulta más razonable pensar en un tipo volviéndose loco ante una cantidad descomunal de impulsos eléctricos que a otro volviéndose telépata, telequinésico y omnipotente.

 

 

 

Sin hacer demasiados spoilers, algo parecido (con bastantes matices) es lo que lo sucede a nuestra querida protagonista, una Johansson que parece estar pasándoselo como una niña en un columpio a la que cada vez empujan más arriba.

 

 

 

Así dicho, podrían ustedes/as pensar que estamos ante un coñazo de película o algo peor. Pues no, quitándole los últimos 20 minutos (puro delirio) Lucy es una de las películas más entretenidas del verano. Espléndidamente dirigida por un veterano de la acción como Luc Besson (el señor de El quinto elemento o los Transporter), la película tiene un par de escenas memorables y una de las mejores persecuciones de la historia del cine: la que tiene lugar en el centro de París, y que hubiera firmado el mejor George Miller, John Frankenheimer o el Friedkin de French connection.

 

 

 

Me perdonaran que hoy sea más breve que de costumbre, me cuesta escribir con tantas sombras en la cabeza pero no quería dejar de cumplir con ustedes/as.

 

 

 

Un abrazo,

 

T.G.

 


rocket

 

 

Amigos y amigas,

 

He vuelto, después de una larga (pero grata) ausencia. El motivo de mis reiteradas faltas de actualización no ha sido –como siempre- mi alarmante tendencia a la procrastinación sino un largo viaje desde Barcelona a Moscú y de allí a Los Ángeles para acabar en Las Vegas, donde (aunque parezca mentira) sólo perdí 20 dólares después de un lamentable intento por entender la mecánica de una moderna máquina tragaperras. ¿Dónde quedaron aquellas maquinicas con manzanas, peras y cerezas? El cacharro me preguntaba si quería jugar a una línea, a dos o a diez. No lo sé, oiga no lo sé, no tengo ni la más mínima idea. Naturalmente le di a jugar a diez (soy un tío ambicioso) y perdí 15 dólares de una tirada. A mi lado, una mujer de rasgos asiáticos, se tomaba un mojito mientras miraba embobada una mesa de black-jack mientras mascullaba algo en chino (o quizás fuera coreano) que no entendí.

 

Lo de Moscú se lo cuento otro día, tan solo explicarles que mi presencia en el país coincidió con una de las cuatro fiestas nacionales por motivos militares. Esta vez era el de la marina. Pregunté si había que tomar alguna precaución ante la perspectiva de miles de marinos borrachos. “No, no se preocupe, a menos que sea negro o gay no tiene nada que temer” me dijo el recepcionista del hotel, como quitándome un peso de encima.

 

Lo dicho, ya se lo cuento otro día, con un par de vodkas encima.

 

Bueno, pues aprovechando mis viajes me vi unas pocas películas: Lucy, Life after Beth y Guardianes de la galaxia.

 

De la primera ya les hablo la semana que viene, cuando se estrena; de la segunda no lo sé, porque no sé si alguien va a querer comprarla (aunque me reí mucho con ella, las cosas como sean); de la tercera, una obra maestra como la copa de un pino, paso a hablarles ahora mismo.

 

¿Obra maestra? Dirá alguno/a frunciendo el ceño y rascándose la áxila. Pues sí., amigos, porque una película sin ínfulas de ningún tipo que acaba llegando al nivel de brillantez de Guardianes de la galaxia no puede ser calificada de ningún otro modo.

 

Naturalmente, la vi en Imax 3D con Atmos (dos veces) porque en Estados Unidos tienen estas cosas (en España han cerrado los Imax de Barcelona y Madrid, después de una patética trayectoria trufada de documentales sobre animales y deterioro de las instalaciones) y uno tiene la obligación de disfrutarlas por encima de cualquier otra consideración.

 

Supongo –les tengo a ustedes por personas inteligentes- que ya habrán ido a verla o estarán pensando en hacerlo. También supongo que otros/as dudarán de ir porque pensarán que es otra de superhéroes y ya tienen sobredosis.

 

No se preocupen, Guardianes de la galaxia no es una película de superhéroes. Guardianes de la galaxia es una comedia, con pinta de película de acción y disfrazada de epopeya de ciencia-ficción. El reparto es tan jodidamente mayúsculo (con Chris Pratt llamado a ser estrellón en breve) y tan bien mezclado que cuesta pensar en que algo podría haber sido mejor.

 

La historia, por si no la conocen: un niño es abducido por unos extraterrestres a las puertas de su casa. Veinte años después ese mismo niño se ha convertido en un contrabandista espacial metido en toda clase de líos (un Han Solo con más músculos y el mismo sentido del humor) que se verá envuelto en una guerra entre uno de los personajes más poderosos de la galaxia y algunos de sus colegas.

 

La banda sonora (sensacional), los efectos especiales (deslumbrantes) y el tono de la película, que nunca se toma a sí misma en serio, hacen de Guardianes una de las mejores pelis de lo que va de año: divertida, fresca, genial y corta, cortísima.

 

Por una vez, y aunque el sello Marvel siempre ayuda, hay que decir que la taquilla le ha reconocido los méritos y la ha empujado a una recaudación que ya supera los 400 millones de euros en todo el mundo.

 

En resumen, si les interesa saber lo que una señora verde, un culturista tatuado, un mapache superdotado (hablo del intelecto, pervertidos), un árbol con poco vocabulario y un contrabandista pueden hacer en la pantalla grande, ya tardan.

 

Vamos, hop hop, deprisa.

 

Abrazos/as,

T.G.

P.D.: descansen en paz ese tremendo actor y grandísimo actor llamado Robin Williams y mi adorada Lauren Bacall. Ojalá estén ustedes disfrutando de un sitio mejor, amigos.


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