seguridad

 

Hola amigos/as,

 

he vuelto, y ya han visto que no he tardado un mes como tengo por costumbre.

 

Este fin de semana va a ser extrañamente jovial ya que se estrena una de mis películas favoritas de los últimos tiempos, de la que ya hablé aquí (creo) hace unos cuantos posts.

 

La mala noticia es que la película se estrenó el 8 de julio de 2012 en Estados Unidos. Es decir, que ha tardado casi dos años en llegar aquí con lo que el pirateo del filme habrá llegado a cuotas estratosféricas. Muchos dirán que, bueno, qué se le va a hacer, pero a mí me molesta profundamente que una película tan maravillosa tenga que verse en la pantalla de un ordenador.

 

Otro día podemos discutir sobre el hecho de que una distribuidora tarde dos años en estrenar una peli tan pequeña (y por tanto barata para el comprador), pero lo cierto es que, con el nivel de pillería que hay en nuestro país, lo de comprar una peli pequeña para estrenar en cines es una locura gigantesca. Lo sé bien, yo jugué en ese terreno años ha y aún estoy pagando las consecuencias de mi buena fe.

 

Sea como fuere, eso sería materia de otro post que no me apetece escribir ahora. Lo importante es que la película, Seguridad no garantizada (puede que el título les parezca horrendo, el filme, desde luego, no lo es) es una de esas joyitas que obligan a uno a salir del cine con cara de bobo.

 

Seguridad no garantizada empieza con un anuncio muy extraño que aparece en un periódico. Dos periodistas deciden investigar qué se esconde detrás de ese anuncio, que parece haber sido redactado por un perturbado.

 

La investigación les lleva hasta un tipo con evidentes problemas de socialización que parece vivir en un mundo paralelo y que afirma haber inventado una tecnología que le permite viajar en el tiempo.

 

Con esta alocada premisa y un par de actores en estado de gracia (Mark Duplass y Audrey Plaza) la película se llevó el premio a mejor guión en el festival de Sundance gracias a una brillante combinación entre ciencia-ficción, comedia y drama.

Seguridad no garantizada, rodada con cuatro duros, es uno de esos ejemplos de que a veces no hace falta un montón de billetes para ejecutar una buena idea, basta con utilizar lo que hemos dado en llamar “creatividad”.

 

Lo que me fascina de esta película (sí, me fascina, ¿qué pasa?) es su ritmo pausado, dulzón, sin prisa por llegar adonde quiere llegar (un final que no fui capaz de anticipar, por cierto, aunque nunca he sido muy bueno anticipando finales) y con la idea de que hay un artesano detrás de la propuesta. Un tipo que ha visto muchas comedias románticas y que las ha procesado de una forma distinta.

 

Hay en Seguridad no garantizada la receta del cinéfilo: esa combinación de factores que hace que, si te gusta el cine (o si has visto unas cuantas películas), veas en ella mil referencias distintas. No son obvias porque Colin Trevorrow (el director, que está ahora mismo empezando la preproducción de la nueva entrega de Parque jurásico, Jurassic world) no necesita restregártelas por la cara. Pero si uno ve a Katherine Hephburn o a Cary Grant o a la sombra de Hitchcok o a Howard Hawks, no es porque esté sufriendo algún tipo de alucinación, sino porque ellos “están ahí”.

De la misma forma, la patina de ciencia-ficción de la cinta no es ningún capricho, no es un mcguffin que en un momento dado desaparece para no volver, sino una referencia perfecta para los protagonistas. Es la percha de la historia, pero también la clave imprescindible para entender su desarrollo y desenlace.

 

Pocas veces (a menos que yo recuerde) en los últimos años había visto una película tan inteligentemente esquiva a la hora de encuadrarse en un género y tan bien ensamblada en todos sus elementos (reparto, diseño de producción, guión y dirección).

Por eso Seguridad no garantizada trasciende su condición de filme independiente para situarse en una mucho más elevada, porque si algo es esta película por encima de todo es un filme de culto.

 

De culto instantáneo.

 

No sé aún dónde y con cuántas copias se estrena, pero les aconsejo que, si tienen algún cine a mano donde la proyecten, corran a la taquilla y compren una entrada: no se arrepentirán.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


noe

 

Todo lo que me vayan a decir ya lo sé. No puedo dejarles sin mi inmenso talento tanto tiempo seguido. Soy plenamente consciente de que están ustedes colgados del botón de actualizar, apretándole continuamente para comprobar si –finalmente– he colgado un nuevo post.

 

Bueno, si no es así es algo así. La cuestión es que no he escrito en semanas y les pido perdón (en este momento estoy arrodillado. Casi).

 

He estado cuatro semanas en Canadá y Estados Unidos, viendo cómo se vive en un sitio donde los autónomos no pagan IVAs, donde se puede constituir una empresa en menos de 24 horas, donde te recibe hasta el Papa sin necesidad de que seas un tipo importante… en fin, un sitio en el que está permitido tratar de mejorar. Sí, está lejos de ser perfecto, estamos de acuerdo, pero desde un punto de visto puramente emprendedor volver a España y a sus impuestos y sus bases impositivas y sus cuotas al alza y a su legislación fiscal es para entrar en una terrible depresión.

Dicho esto, que no es más que la pura verdad. Podemos proceder a la chicha de este bonito post.

(Suenan las trompetas)

Y ahora, aprovechando que vi algunas películas en mi periplo estadounidense, déjenme hablarles de Noé, la película de Darren Aronofsky sobre la inmortal historia de el Arca, que la mitología católica se ha ocupado de convertir en una especie de dogma.

Había algo de miedo en los productores de que la (gigantesca) comunidad religiosa no acudiera en masa a ver la película. Ya se sabe que ellos solitos pueden hacer que una película triunfe o fracase. La religión, amiguitos y amiguitas, es algo muy poderoso.

 

Finalmente, y a juzgar por el aspecto (llenísimo) del Imax donde pude ver la película, parece que ésta va a ser un triunfo comercial sin paliativos.

 

Antes de empezar, un pequeño matiz: hace años acudí a una charla de un tipo que hablaba sobre el tema del Arca y explicaba que en la época donde la biblia sitúa la historia había unas 16.000 especies animales. Eso significa que la dichosa arca hubiera tenido que tener unos 100 kilómetros de largo para acoger a los 32.000 ejemplares.

 

(Subtexto: lo del Arca no se lo creen ni ellos.)

 

La cuestión es que la historia, contada tal cual, sería un auténtico rollazo, así que Aronofsky (que la verdad no tengo ni idea de que hace metido en este berenjenal, siendo como ha sido un hipster de tomo y lomo con películas como Pi o Réquiem por un sueño) ha decidido contar la historia como si fuera 300: una guerra en ciernes, tipos vestidos como si acabaran de salir de Braveheart y una imagen dura, con una paleta de colores oscuros y una fotografía cruda, casi de película de terror.

 

Russell Crowe aguanta bien la antorcha de Noé, es un actor ya veterano, de presencia poderosa y extremadamente solvente. Jennifer Connelly, tres cuartos de lo mismo (la arruga es bella, y ella es la prueba de que a algunas actrices el tiempo les sienta muy bien). Sus vástagos, los niños de Noé, son un auténtico coñazo y ese es, casi, el mayor problema de la película: cada vez que salen recitando sus líneas dan ganas de echarse a dormir o salir a fumarse un pitillo.

 

Sin embargo, la visualización del diluvio es brillante y el malo, Ray Winstone, es una auténtica bestia, y eso –unido al dueto actoral antes comentado– hace del filme un producto muy entretenido que hacia el final adquiere dimensiones de fantasía psicotrónica: cuando lo vean ya me dirán si tengo razón o no. Debe ser que el director tragó agua, pero el tramo final de la película es un delirio divertidísimo.

 

(No se les ocurra tomárselo en serio o creerán que están viendo un panfleto pseudo-religioso, lo importante es mantener una actitud escéptica y las risas vendrán solas).

 

Yo me reí, no miré el reloj y me lo pasé notablemente bien. Tal como están los tiempos, no es poca cosa.

 

Los que deseen pasar un mal rato pueden acercarse a ver Need for speed, que es una de las películas más insustanciales del año y la más demencial, sin ninguna duda.

 

Prometo volver pronto. Aunque yo no creería mis promesas.

 

Abrazos/as,

T.G.


artemisa

 

Buenas señores/as,

 

Ya ven que les he abandonado, pero –acostumbrados a mi procrastinación– esto no debería sorprenderles.

 

Les escribo desde Vancouver, patria de los canadienses de bien (Toronto sería la de los canadienses de mal) y donde no ha dejado de llover desde hace cuatro días para mi alegría y gozo. La temperatura tampoco ha subido de los cinco grados, con lo cual todo es aún mejor. Me atrevía a pasear hace unos días y ahora mismo Zeus y Poseidón están entablando un combate a muerte en mi cabeza (qué bonita metáfora para definir el dolor de cabeza que me invade después de que el diluvio universal me cayera encima, ¿eh?).

 

Sin embargo, y como hace mucho que no les digo nada, he pensado que hoy iba a portarme bien y a dedicar unas líneas a la última obra maestra que he visto.

 

La vi aquí en Vancouver, en Ultra AVX y con Dolby Atmos (traducción: imagen y sonido de la hostia, en un pantallote que doblaba las dimensiones de los multisalas españoles) en una sesión a las 12.30 que estaba casi llena. A las 12.30 de un viernes. Un mediodía. Con las entradas a 12 euros.

 

Nada, ahí les dejo con esa información, procésenla ustedes como deseen.

 

La película en cuestión se llama 300. Después va un subtítulo, pero no recuerdo cuál es. Algo de un imperio.

 

Así que a partir de ahora la llamaré 300. A secas.

 

300 es una auténtica porquería.

 

Esa sería la versión corta de mi crítica. Muy profunda, como pueden ver.

 

Algunos podrán argumentar que la primera tampoco era ninguna maravilla, pero lo cierto es –que sin serlo– yo me lo pasé de miedo con ella. Esa épica de plastidecor, esos bíceps de cartón piedra, esos decorados de papel cebolla. Coño, era divertida.

 

Además, salía Gerard Buttler, con ese acento escocés, haciendo de espartano. Y Rodrigo Santoro, disfrazado de travesti persa, con ese vozarrón del que se ha pasado con las hormonas. Ay, señores y señoras, si es que era un torbellino de diversión y hasta tenía escenas magníficas: todas esas batallas coreografiadas hasta la extenuación y con la sangre de sirope.

 

Era (y todos éramos conscientes de ello, menos los que se llaman Johnny y Jessi y se refieren el uno al otro como “gordi” o “cari”) una parodia comiquera, de tintes derechistas (o muy derechistas), pero que nunca se tomaba demasiado en serio.

 

Con esta 300 han seguido con la parodia, pero esta vez han tratado de darle una patina de respetabilidad, como si te estuvieran contando la Segunda Guerra Mundial desde el bunker de Hitler. Y no cuela.

 

¿Es espectacular? Sí, claro. ¿Tiene buenos momentos? Sí, el polvo de Artemisa, mejor coreografiado y concebido que todo lo demás. ¿Consigue su objetivo? Pues no, porque a media película el señor de mi lado ya estaba roncando como un jabalí en celo.

Yo resistí porque, cada vez que pensaba en los 12 euros que había pagado, me entraban ganas de salir y matar a la taquillera y al acomodador y a los de seguridad y luego seguir la matanza en la calle hasta calmarme. Por suerte soy muy calmado. Je.

 

La cuestión es que 300 debería ser emocionante, elástica, divertida, capaz de transmitir algo, aunque fuera “tío, hemos esto hecho para que te lo pases bien”. Sin embargo, no hay nada de eso en ella. Al tratar de ser relevantes, consiguen todo lo contrario, que un servidor haya logrado batir su record de apertura mandibular en una sala oscura… miento, la verdad es que ese record lo tendrá para siempre Isabel Coixet con A los que aman.

 

También he visto Ocho apellidos vascos, pero de esa ya hablaré otro día, que no quiero ponerme de mala hostia.

 

Pórtense bien. Yo no lo haré.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 


 

ruth-lorenzo-rechaza-eurovision-uk

 

 

Buenos días amigos/as,

Es domingo y aquí estoy actualizando el blog: no me reconozco. Voy mejorando. Un día de estos me pondré a hacer dos post a la semana y algunos de ustedes sufrirán ataques al corazón, Dios no lo quiera.

Espero que hayan ido ustedes al cine esta semana. A ver lo que sea, la cuestión es ir, aunque sea a molestar a la puerta.

Hubiera actualizado esta mañana pero andaba enmarañado en ese instrumento satánico que es twitter hablando con fans del festival de Eurovisión que sostenían (literalmente) que esa cosa es el mayor espectáculo televisivo sobre la faz de la tierra y que si no opinabas lo mismo que ellos eras poco menos que un mal español y una mala persona.

Lo reconozco: soy un mal español y una mala persona. Reconozco también que el festival de Eurovisión es un evento amañado que responde a patrones caricaturescos y ni siquiera funciona como mera provocación al buen gusto.

Sin embargo, por razones que desconozco, hay en este país personas (y parecen, en algunos casos, normales o al menos funcionales) que creen que dicho festival es motivo de orgullo patrio. Como si Europa, un marasmo de nacionalidades que nunca se encuentran en ninguna parte (entre muchas otras porque no lo desean) y que tiene el mismo afán de colectividad que una hortensia que tengo en mi balcón, luciera hombreras en ocasiones como esta. El axioma vendría a ser (y no estoy de cachondeo): “ese momento del año en que todos nos sentimos europeos”. Si fuera verdad, que no lo es, sería muy triste que una reunión de cantantes horteras cantando en inglés (que como todos sabemos es la madre de todas las lenguas europeas, pista: NO), y luego siendo votados en función de su nacionalidad y no del talento desplegado, fuera el máximo exponente de la Europa unida que algunos persiguen con tanto ahínco.

Alguien ha llegado a decirme que Eurovisión tiene un público potencial de 1.250 millones de personas. Siempre me ha hecho gracia (mucha) eso de la audiencia potencial: como si yo dijera que este post tiene una audiencia potencial de 2.500 millones de personas porque esas son las personas con acceso a Internet en el planeta y, claro, podría darse que todas ellas decidieran leerme. Esa sería mi audiencia potencial. Vaya concepto tan elegante, ¿eh?

Y así he perdido la mañana, contestando a todos esos tipos que ven en Eurovisión la recuperación del espíritu de aquel discurso de John Fitzgerald Kennedy en Berlín. Algunos de ustedes/as pensarán que eso es perder el tiempo, que más vale no discutir, pero oigan, a veces no queda más remedio que ponerse las botas de lluvia y bajar a las trincheras, porque, si empezamos aceptando estupideces sin importancia, acabaremos por aceptar que avasallen en los asuntos importantes.

Ahora es cuando ustedes me dicen que sí, que les encanta Eurovisión (verlo para reírse no cuenta, que nos conocemos) y que confirma la recuperación económica del viejo continente. Entonces yo abro la puerta del balcón, beso a mi hortensia, trepo por la barandilla y me lanzo al vacío.

Iba a hablarles también de cine pero me he olvidado. No me lo tengan en cuenta.

Abrazos/as,

T.G.


redford

 

Señores y señoras,

 

¿cómo están ustedes? (no hace falta que contesten ‘bien’, ya sé que no está el horno para bollos y todo eso).

 

Ya me tienen aquí, he vuelto, dispuesto a todo.

 

En el tiempo que he tardado en volver en Kiev se han liado a tiros, en Venezuela parece que van a ir a lo mismo, un político ha dimitido (lo que debe estar escondiendo el hombre para tener que dimitir, esta historia hay que seguirla porque habrá muy buen material para seguir blasfemando) y ha aparecido un video donde guardias civiles insultan a inmigrantes que tratan de llegar a la orilla a nado, con aguas a diez grados, asustados y vestidos con harapos. Ah sí, me olvidaba de decirles que mientras les insultan les disparan bolas de goma. Para que no se confundan (ni ellos, ni ustedes).

 

Además, hemos visto la transcripción de declaración de la Infanta hasta el juez. La mujer, digna miembra de nuestra realeza que le dijo 150 veces a un juez: “no lo sé”. Y otras tantas “no lo recuerdo”.

 

Así que ya saben, cuando tengan que ir a un juicio limítense a decir que no lo saben o no se acuerdan, y no olviden reírse al entrar y salir del juzgado. Pero sonrisa de idiota, forzada. Sino, no vale.

 

Y ahora voy a hablarles de cine, después de haberles contado todas estas películas.

 

Y lo voy a hacer recuperando una película que me gustó muchísimo en su momento y que si no recuerdo mal no he mencionado en este glorioso foro: Cuando todo está perdido.

 

En esta película al pobre Redford le hacen sudar la gota gorda y de paso le obligan a demostrar que es un pedazo de actor.

 

El argumento es sencillo: un hombre embarcado en un velero se ve atrapado en una tormenta de aúpa. Como La tormenta perfecta pero con un tío solo: la putada multiplicada por cinco. Ya se sabe que sufrir solo es peor que sufrir acompañado… bueno, no estoy seguro.

 

Lo explico mejor: un señor (me gusta el detalle de que nunca sepamos su nombre) navegando en solitario por el océano índico tiene un fatídico incidente por culpa de un barco mercante. Sin radio, ni sistema de comunicación, el hombre se mete sin querer en el vientre de una terrible tormenta.

 

La película tiene dos grandes virtudes:

 

1)  No sale nadie, ningún actor, ningún rostro, nada que no sea Robert Redford.

2)  Es una peli sin palabras. Se pueden contar las que se dicen.

 

Con eso en mente, imaginen el (brutal) esfuerzo interpretativo que representa llevar una película enterita sobre tus hombros. Pues bien, Redford se sale señores, pero de verdad. Es una gozada ver a un actor de raza luchar contra los elementos y ser capaz de transmitir tanto con tan poco.

 

Encima, la dirección de J.C. Chandor (el de la también magnífica, Margin call) es excelente y el diseño de producción, apabullante y sin concesiones.

 

En resumen, una de mis pelis favoritas en lo que va de año y una de esas apuestas que se ha estrenado con pocas copias y que es francamente buena.

 

Búsquenla. Vayan. Ya.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


her

 

 

Buenas, señores y señoras,

 

Anda el gallinero algo agitado con el lío de Google con los periódicos y los periódicos con Google. No acabo de entender que a la gente le preocupe más poder ver un enlace u otro con la que está cayendo. Como un guisante preocupándose de una pelea entre dos botas militares.

 

Pero, oigan, España también es así: ¿para qué preocuparse de lo importante cuando podemos seguir concentrados en las idioteces? Mientras tenga pasta para pagar mis gin-tonics, ¿qué más me da que ahora me puede detener el guardia de seguridad del Zara?

 

Va, pasemos página, hablemos un poco de cine.

 

Esta semana se estrenan dos titulazos. Bueno, a priori. Uno es titulazo y el otro es titulín, pero a primera vista son dos titulazos.

 

(Déjenme hacer una pausa para hablarles de estrenos recientes.)

 

Por un lado, Lego. Un peliculón, una de las cosas más bonitas que ha dado el cine para chavales en los últimos años. Tan genial que podría ser hija de la Pixar –de la antes, no de la ahora– y tan grande como cualquier otra peli que pueda estrenarse este año: divertida, atrevida, inteligentísima y absolutamente subversiva. Si es padre, lleve a sus hijos y, si no lo es, agénciese los niños de algún amigo… haga esto último con cuidado, que no está el horno para bollos.

 

Por el otro lado (busquen también, si lo desean, el doble sentido), una cosa llamada La ladrona de libros, que me parece uno de los libros más bobos de la historia y que los mamarrachos de Hollywood han convertido en una de las películas más bobas de la historia, supongo que para hacer honor al material original.

Es difícil encontrar una idiotez semejante en la cartelera y les aconsejo –fervientemente– que no se asomen a la sala donde la emitan. Si lo hacen (o si ya lo han hecho) no vengan aquí buscando consuelo.

 

Hecha la pausa reglamentaria (tipo flashback), volvamos al presente y hablemos del titulín y el titulazo.

 

El titulín: The monument’s men. Muchas esperanzas (demasiadas) tenía yo puestas en esa película que se demostraron falsas. Sí, la dirige George Clooney. Sí, salen John Goodman, Bill Murray, Matt Damon, y no sé cuántos genios más. Sí, el libro en el que está basado es sensacional. Y sí, es una historia real: la del intento por parte de un grupo de aliados de recuperar las obras de arte robadas por los nazis allende de Europa.

 

Pero no, no es buena. Es más, es aburrida. Un crimen imperdonable para una película con pretensiones de blockbuster con algunos de los mejores actores de Hollywood, un gran presupuesto y una historia cojonuda.

 

No sé qué le ha pasado a Clooney, no sé si por el camino se ha olvidado de que el guión no es cualquier cosa o si creyó que era fácil repetir el esquema de Ocean’s eleven sin ser Soderbergh. Nada le ha salido bien y al cabo de veinte minutos ya se venir que aquello no va a ninguna parte.

 

Ojo, no es una mala película, pero no es una BUENA peli.

 

El titulazo: Her. Ya hablé por encima de esta obra maestra (sí, he dicho “obra maestra”) de Spike Jonze y de su absoluta brillantez a la hora de situar en parámetros futuristas la comedia dramática de toda la vida. Como si a George Cuckor le hubieran dado un ordenador y vía libre.

 

Her cuenta las aventuras de un tipo destrozado por su divorcio que de repente se enamora de su nuevo sistema operativo (y en concreto de la voz de su nuevo sistema operativo) y con ello pone su mundo del revés.

 

Él es Joaquim Phoenix (vaya pedazo de actor) y ella (la voz, porque no aparece jamás en pantalla) Scarlet Johansson.

La dirección es exquisita, el diseño de producción es maravilloso, la música es una delicia y la película una joya.

 

Vayan, en VO y pantalla grande siempre que sea posible, por favor.

 

(a veces es difícil o –directamente– imposible. Si ese es el caso hagan lo que puedan. Yo haré la vista gorda.)

 

Abrazos/as,

T.G.


Adiós, querido genio

genio

 

Señoras y señores,

 

Sí, soy un procrastinador. Encima he estado en Islandia, trabajando (ya saben, “trabajando”) y no he podido ponerme al día con este nuestro blog. Francamente, tampoco tengo mucho que decirles respecto a los estrenos de esta semana. Sólo confirmar mi sabiduría a la hora de hacer pronósticos y enfatizar mi capacidad para lograr que las películas que me gustan arrasen en la taquilla.

 

(Vale, a veces cometo pequeños errores, como cuando dije que Iron Man 2 era muy buena. Lo reconozco, no sé qué había bebido ese día… o quizás fueron las drogas. En cualquier caso, Iron Man 2 era una puta mierda)

 

El lobo de Wall Street lleva ya unos 7 millones de euros y sigue amasando la mejor media por sala de la última década (con la excepción de Avatar) además de gustar (y mucho) al público. La gente repite, amigos y amigas. ¿Se acuerdan de la última vez que la gente fue a ver una películas dos veces?

 

(Yo sí, pero yo soy un enfermo.)

 

En cualquier caso, de lo que quiero hablarles es de la muerte del mejor actor de su generación y de uno de los mejores de la historia: Philip Seymour Hoffman.

 

Ya habrán leído todo lo que hay que leer sobre el tema. Ya saben los detalles escabrosos y no es necesario repetirlo. También habrán leído toneladas de comentarios elogiosos (todos merecidos) y las consideraciones de los que le entrevistaron. Había uno que destacaba que el actor sudaba mucho. Es decir, que había pasado media hora con un tipo grandioso y lo que se le había quedado grabado es que el hombre sudaba mucho. Hay que ser mamarracho, señores y señoras.

 

Yo solo quiero hablar del intérprete. Del tipo que me emocionó en una docena de películas, al que me creí en las películas más absurdas. Al actor de Happiness, de Capote, de Casi famosos (¿alguien no se enamoró de su personaje en esa película?), Boogie nights, Magnolia, La duda, Los idus de marzo, The master, Mision Imposible III (uno de los mejores villanos de la historia del cine) o –la muy loca– Twister.

 

Puedo pensar en pocos actores que no tengan ni una sola película mala o –mejor dicho– que ni en las películas malas están mal. No recuerdo un papel de Seymour Hoffman en el que me dijera a mí mismo “qué mal está este tío aquí”. Seguro que ustedes (angelitos/as) me llevarán la contraria y es verdad que tengo una memoria lamentable, pero cuando salía el pelirrojo se hacía el silencio.

 

Le entrevisté cuatro veces. La primera –si no recuerdo mal– fue por Misión Imposible III. La última por The master. Le recuerdo gracioso y jovial en la primera y arisco y cabreado en la última. Si yo fuera un periodista de verdad sacaría un montón de conclusiones de este tema y seguro que llegaría a la verdad absoluta: estaba drogado en una y normal en la otra.

Igual en la que sonreía estaba muy drogado y cuando no se drogaba esta muy serio. O igual era al revés.

 

¿A quién cojones le importa?

 

Se ha ido uno de los grandes, un actor de plomo, infranqueable. Uno de los mejores que dio el séptimo arte en las últimas décadas. Me da igual la heroína, las papelas de su casa, que arrastrara los pies o que sudara. Me la sopla.

 

Como siempre, la muerte de alguien tan importante para el mundo del cine y especialmente cuando alguien muere de una forma poco elegante, demuestra que el apetito periodístico por las noticias macabras no se acaba nunca y que las prioridades pueden torcerse en cuestión de segundos: ya no importa quién era o por qué importaba; lo que importa es cuánta heroína había en su casa o si llevaba 10 años de fiesta.

 

¿Y ustedes? ¿Qué película recuerdan del mítico pelirrojo?

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 


Vete a tu pueblo, Spike

oldboy_remake_josh_brolin_poster

 

Señores y señoras,

 

Si pasa lo que me temo (y las estadísticas son ciertas), El lobo de Wall Street habrá sido un taquillazo descomunal. Yo sé que en los cines de Barcelona y Madrid se puso el cartel de “no hay entradas” en la mayoría de las salas. Lo mismo (me dicen) pasó en Valencia y Galicia y en unos cuantos sitios más a lo largo y ancho de la geografía española. Hacía mucho (mucho) tiempo que esto no pasaba y eso es consecuencia de una promoción magnífica de Universal, su distribuidora, y de lo mucho que nos gustan en España los corruptos y los estafadores.

 

No lean esto como una crítica a la piel de toro (Dios y nuestra señora me libren) sino como una conclusión razonable. Ya dije en el anterior post que la película de Scorsese es magnífica y que a un servidor le parece lo mejor del realizador desde Infiltrados… bueno, si no lo dije, lo digo ahora. Por otro lado, el efecto Lazarillo de Tormes hace que todos en esto país sintamos algo de complicidad con aquellos que hacen pirulillas, con los ventajistas, con los listillos. Luego nos joden la pasta y nos roban todo lo que pueden, pero la idea del ladronzuelo de toda la vida que le pone un toque de picaresca al asunto siempre nos ha hecho mucha gracia.

 

Escribo esto en domingo y como soy muy vago (el gran procrastinador) lo colgaré mañana. En las horas que transcurrirán tendré ya la confirmación de los números de la película y las añadiré a modo de postdata para que se vea que tengo razón. Si en cambio no tengo razón, me haré el loco y no pondré ninguna postdata porque cuando me equivoco no lo admito o le echo la culpa a otro. Yo soy así.

 

Dicho esto, que me parecía interesante, vamos a adelantarnos a los acontecimientos y hablaremos de lo que se estrena este viernes (me encanta hablar en mayestático, como si todo esto no lo hiciera yo solito y ustedes no se limitaran a leerlo y a decirme algo de cuando en cuando. Es bonito reforzar este sentimiento colectivo aunque no exista en absoluto).

 

Hablaremos en primer lugar de Mindscape.

 

Mala.

 

En segundo lugar hablaremos de Al encuentro de Mr Banks.

 

Mala, mala.

 

En tercer lugar hablaremos de Hércules: el origen de la leyenda.

 

(JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA)

 

Mala. Con avaricia. De hecho, es tan mala que podría ser una de esas películas que uno ve con los amigotes para echarse unas risotadas.

 

En cuarto lugar Nynphomaniac Vol.2

 

(No sé qué opinar. Me da igual. Me parece como la primera, igual de descompensada y delirante, con grandes momentos por medio. Allá ustedes.)

 

En quinto lugar: Oldboy.

 

Aquí vamos a hacer una pausa.

 

Seguro que muchos de ustedes recuerdan el clásico (porque eso es lo que es) de Park Chan-Woo llamado Oldboy. Un tipo es encerrado durante tropecientos años sin que sepamos por qué. Cuando le sueltan, la cosa adquiere dimensiones de leyenda.

 

Bueno, pues ahora ese señor chulesco que ha firmado algunas obras maestras (La última noche, Haz lo que debas, Plan oculto, Fiebre salvaje) y un montón de mierdas (no me hagan pensar en ellas) creyó –en su osadía– que podía hacer un remake de la película y que le saldría bien.

 

Entrevistaba no hace mucho con Josh Brolin y me comentaba off the record que no quería ver la película, ni saber nada del proyecto. Ya me temí entonces que la cosa iba a ser terrible, pero ni siquiera con mi imaginación llegué a pensar que sería tan jodidamente horrorosa.

 

Desangelada, pretenciosa, absurda, delirante… [añada aquí el adjetivo que le parezca más oportuno.]

 

Es un despropósito de tal tamaño que cuesta entender por qué alguien le dio luz verde a tal memez. Espero que lo hayan despedido después de hacerle cosquillas en los pies con un soplete industrial.

 

No me voy a molestar en descuartizarla: si tienes ganas de cabrearse vayan a verla.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 


Cuidado, que viene el lobo

wolf

 

 

Señores y señoras,

 

Cómo están ustedes/as? ¿Qué tal va este magnífico año ahora que la crisis ya ha pasado, que los brotes verdes han dejado paso a los ficus que se abren con resplandeciente brillo y que ya todo el mundo vuelve a ser feliz y a pensar en sus vacaciones en las Maldivas?

 

[Risas enlatadas]

 

Escribo estas líneas mientras disfruto de los highlights del viaje de Mariano Rajoy a Estados Unidos. Ese momento en el que el presidente de la Cámara de Comercio le hace una pregunta en inglés; los segundos eternos que transcurren entre la traducción y esa cara de pazguato del que piensa para sus adentros que aquella mañana no debería haber salido de casa; ese discurso en uno de los foros más relevantes de una de las naciones más poderosas del mundo que empieza con un “vamos a ganar el mundial”.

 

Si eso no es comedia de la buena, que baje Dios y lo vea.

 

Bueno, pero dejemos las carcajadas para más tarde que ahora tenemos trabajo.

 

Primera recomendación:

 

El lobo de Wall Street.

La historia de un hijo de puta. Un estafador, despilfarrador, manipulador, cabronazo y corrupto que amasó una de las fortunas más descomunales de los años de oro de Wall Street a base de engañar hasta al Niño Jesús, a la Virgen María y al Espíritu Santo.

 

Una comedia negra con toneladas de mala leche y ausencia total de juicios éticos y morales (al final ya somos todos mayorcitos y podemos sacar nuestras propias conclusiones) que han generado acusaciones de glorificación del citado personaje. Curiosamente, las mismas voces que argumentaron que Scorsese (director de El lobo de Wall Street) idealizaba a la mafia con películas como Uno de los nuestros o Casino.

 

(Y mira que hay que tener cuajo para afirmar eso sin reírse.)

 

En realidad El lobo de Wall Street es la fiel crónica de una época de desapego existencial basado en la idiotez del ser humano cuando despunta la posibilidad de ganar dinero.  Piscinas de dinero. Mares de dinero.

 

Vayan, diviértanse, asústense pensando que es una historia real, que existe un tipo así (y que hay millones como él esperando su turno). Si quieren ver algo serio, mejor vayan al teatro.

 

Segunda recomendación:

 

Mandela.

 

Esta no es la obra maestra que muchos quieren ver, ni la porquería que otros insinúan que es.

 

En primer lugar, y dada la reciente muerte del líder surafricano (y subrayo lo de líder porque este tío sí que siempre me pareció un líder de verdad, un hombre inteligente, templado y sólido, capaz de prevenir un baño de sangre que sin su cintura política hubiera sido inevitable), la película ha sido sometida a un escrutinio inédito y –faltaría más– le han visto las costuras.

 

Ahora bien, más allá de las habituales disquisiciones históricas sobre la representación del personaje (y las elecciones del director sobre lo que hay que enseñar y lo que no), Mandela es un filme bastante digno, con una impresionante actuación de Idris Elba (este tío es una máquina y el que no me crea que vea la serie The Wire) y una dirección impersonal pero efectiva.

 

Es una película que no se hace larga, que se disfruta y que sirve para entender algunas cosas de la vida de un hombre que salió de la cárcel sin sentir odio por sus carceleros.

 

Un hombre excepcional.

 

Hagan lo que hagan, no dejen de ir al cine y luego vengan aquí y cásquenlo.

 

Abrazos/as,

T.G.

 


NEBRASKA

 

Buenas tardes/Buenos días/Buenas noches,

 

Cómo están ustedes? Espero que no hayan reventado a base de comer con avaricia, como si el año que viene no fuera a haber navidad. También es verdad que, tal como está el tema, igual el año que viene a estas alturas ya no queda en este país nada de nada y hay que comerse las piedras.

 

¿No se sienten ustedes a veces como si estuvieran atravesando a pie un puente de Calatrava? Recuerdo (porque estuve allí) cuando inauguraron el puente del estafador en cuestión en Venecia y al cabo de dos días ya lo estaban cerrando de nuevo por los guarrazos que se daba la peña paseando por él (un acto de pericia el de ni siquiera saber escoger los materiales en una ciudad tan marcada por los elementos naturales como Venecia).

 

Así está este país ahora (y que no me den el coñazo con la macroeconomía, que los bancos aún nos deben 80.000 kilos que no pagarán en su puta vida), tal que un puente de Calatrava: todo brilla y huele a nuevo… hasta que te confías y acabas con el fémur roto.

 

Hecha mi reflexión político-arquitectónica, paso a resumir la cartelera de este próximo fin de semana.

 

La familia disfuncional.

 

Ya está, ya he acabado, así se resume la cartelera del fin de semana: Nebraska, Agosto, etc.

 

Todo el mundo está metido en una familia disfuncional de una forma u otra, cada uno con sus matices. Maldita disfuncionalidad.

 

Esto me lleva a mi segunda reflexión: ¿alguna vez existió la familia funcional? Aparte de los de Cuéntame y Médico de familia, quiero decir.

 

Porque, oigan, ya empiezo a estar hartito de tanta familia que se odia y que se mata (o sea, lo habitual) porque con lo que tengo en casa ya me basta. ¿Y por qué demonios lo llaman “disfuncional”, cuando quieren decir “la familia de toda la vida”? ¿Hay alguien que todavía se crea lo de los niños con vestidos blancos, la valla roja, la pareja que se besa mientras mira por la ventana, el perro que corre y el jeep en el garaje? (excepto Ana Mato, quiero decir).

 

Así que, vale, si queréis que trague con todo el rollo de la familia que se odia unida permanece unida, pues yo trago, pero, por favor, dejad de pervertir el lenguaje.

 

Qué disfuncional ni que niño muerto.

 

¿Y las películas?

 

Pues miren: Grandmaster está bien, el estilo visual de Wong Kar Wai es de un preciosismo precioso… pero la peli tiene casi dos años. DOS AÑOS.

 

Nebraska es un coñazo. Sí, los hipsters y los grandes gurús del aburrimiento (a los que he visto dormirse en innumerables ocasiones en el cine para abrir un ojo al final y proclamar: “¡obra maestra!”) les dirán que “la cadencia” y “el tono” y “la narrativa pausada”, pero lo que realmente quieren decir es que es un puto tostón de mil pares de cojones y que más vale que se lleven un cojín y un termo de Cola-Cao.

 

Sí, soy fan de Alexander Payne (mucho), pero esto es un pasote de esos que te sobrevienen después de haber fumado mucho ego.

 

¿Y Agosto? Pues ni fu, ni fa. Mucho reparto y mucha cara conocida y dos actrices estupendas/maravillosas (Meryl Streep y Julia Roberts) para lo que debería ser un festival de fuegos artificiales y se queda en un par de petardos a destiempo. Ahora bien, también tengo que advertir que a mí la obra de teatro ya me pareció una nadería pedante y esnob pensada para atraer a culturetas con ánimo de sentirse importantes y poder después divagar sobre el sentido de la vida mientras muerden la patilla de sus gafas de pasta. Eso sí, ellas están increíbles.

 

Pero no me hagan caso, vayan ustedes y cásquenlo luego aquí. Pinchen, linken, cliquen, compartan, difamen y ofendan pero háganlo aquí. Ya saben que me pagan por visitas.

 

(Mentira)

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 

 

 


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