¿Qué tal señores y señoras?

 

¿Hablando aún del interesantísimo debate sobre el estado de la nación? No me extraña, es lo más apasionante que he visto desde la última película de Isabel Coixet.

 

Para seguir con mi tono positivo de las últimas semanas ayer me fui al velatorio de un amigo que había acabado de cumplir los 50. Hace seis días (seis) me dijo que se encontraba mal y que debía ser cansancio (el hombre era un currante). Murió antes de ayer. Eso es lo que duró en el hospital.

 

¿Saben? A veces veo a los políticos destinar partidas millonarias a supuestas campañas de concienciación, o a gigantescas obras de arquitectura o a rotondas con barco, mientras que médicos o científicos se ven obligados a buscarse la vida. Luego veo a un buen amigo morir de un cáncer tan agresivo que no le ha dejado vivir una semana y me pregunto si realmente se hace todo lo posible para erradicar la enfermedad, para prevenirla o para detectarla. Y no entraré aquí en mi opinión real para que no me tachen de demagogo, pero la multiplicación de casos de cáncer, especialmente en mujeres jóvenes, debería conllevar algún tipo de reacción.

 

Por supuesto, en un país que durante meses ha dejado morir a enfermos de hepatitis C -aun teniendo la medicación para parar el golpe- tampoco le vamos a pedir peras al olmo. Sí, ya sé que algunas enfermedades son imparables pero me gustaría mucho que dedicaran más tiempo a preguntarse por qué lo son y menos dinero a sus gilipolleces.

 

Descansa en paz, Manel.

 

Lamentando empezar este post con una nota póstuma, hablemos ahora de la película de la semana. Y del mes.

 

No sé si les he hablado alguna vez de mi devoción por Mark Millar.

 

Millar es un cabrón escocés con una mala hostia diabólica y que decidió desde bien joven dedicarse a escribir guiones de cómic. El hombre se hizo famoso por Kick- Ass (y la película consecuente) y –sobre todo- por los Ultimates, una revisión de Los vengadores que reventó las ventas de tebeos, trascendió el ámbito de la novela gráfica y le colocó de golpe y porrazo en todas las quinielas de los aficionados al cómic.

 

Si quieren ustedes empezar por algo realmente espectacular (y uno de mis comics favoritos de los últimos años) cómprense El viejo Logan, una maravillosa fábula sobre una América muy distinta de la actual en la que un Lobezno envejecido que hace 20 años que no saca las garras recorre el continente en busca de una respuesta. Un cuento magistral que merodea por el universo Marvel con una inteligencia insultante.

 

Corran a su tienda de cómics. Bueno, mejor por la mañana que ahora igual han cerrado… malditos gandules.

 

Todo esto viene a colación por el estreno de la adaptación de otro de sus cómics: Kingsman: The secret service.

 

La película cuenta la historia de un crápula adolescente metido en mil líos que se ve metido en una misión que incluye agentes secretos, súper-villanos y mujeres sumamente atractivas con cuchillas en los pies… o pies en forma de cuchillas.

 

Con un reparto impresionante que incluye a Sofia Boutella, Mark Strong (qué grande este tipo), Samuel L. Jackson y un imperial Colin Firth, en uno de los papeles más cachondos que le recuerda un servidor. Huelga decir que los efectos especiales son de sobresaliente y que el diseño de producción no tiene nada que envidiar a ningún Bond.

 

Kingsman es una de esas películas que recuerdan al espectador que es posible hacer cine comercial de primera clase con el que olvidar –durante dos horas- la cantidad de porquería que tiene uno que tragar en su día a día.

 

Y con esta<img style=”background-image: initial !important; background-attachment: initial !important; background-origin: initial !important; background-clip: initial !important; background-color: transparent !important; border-width: initial !important; border-color: initial !important; display: inline-block !important; text-indent: 0px !im


Sonia_Monroy

 

 

Señoras y señores,

 

¿Cómo están ustedes? Espero que en plena forma o al menos mejor que un servidor después de verme las tres horas y pico de ceremonia de los Oscar… en diferido.

 

Ya no estoy yo para ir trasnochando para ver según qué. Me dicen mis amigachos que el evento ha sido un auténtico coñazo y que Neil Patrick Harris no ha estado todo lo chisposo que se esperaba. No es ninguna novedad que estas ceremonias acostumbran ser larguísimas auto-felaciones en las que todos se dicen en voz alta y con cámaras de televisión por testigo, cuánto se aman y lo encantados que están de haberse conocido.

 

Repasada la ceremonia (y utilizando el fast-forward para saltarme los momentos más embarazosos, todo hay qué decirlo) puedo afirmar que han sido uno de los Oscar(s) más aburridos de la historia. Nada ha roto el rigor reinante, no ha habido ningún momento especial, ni especialmente emocionante y el público parecía más aburrido que los presentadores.

 

Lo más sorprendente ha sido la falta de energía de Neil Patrick Harris, un actor como la copa de un pino y un tipo al que he visto en Broadway darlo todo sobre el escenario. No logro entender la desgana y aún menos ese truco de magia final (rozando el mentalismo) que parecía escrito por Los Morancos.

 

De los premios y los modelitos (incluyendo el modelo de Sonia Monroy, que hizo la pre-ceremonia de los Oscar del día anterior y no las del día del evento) ya se lo han dicho todo: nadie logra ponerse de acuerdo en qué mola y qué no, y este vestido y el otro y blablablá.

 

Es sorprendente lo mucho qué importan todos estos artilugios en las grandes ceremonias de premios. Al final parece que a todo el mundo le importan un pito los premios y lo único que es realmente relevante es el color del vestido de la actriz de turno.

 

De los premiados ya lo saben todo: Whiplash (mi favorita) se llevó tres premios (uno gordo y dos técnicos: mejor actor; mejor montaje y edición de sonido) pero se quedo sin el guión adaptado que ganó The imitation game. Mal.

 

Tampoco ha sido novedad lo de Birdman, una película que me encanta a pesar de su director: un señor insoportable que lleva de lo del egolatrismo a extremos insondables. Sin embargo, el Oscar que la película se merecía con más merecimiento (olé yo y mi elección de palabras) se quedó en otras manos: Eddie Redmayne le arrebató la estatuilla a un sensacional Michael Keaton. Mal.

 

Por último, no hubo sorpresas con las actrices: los maravillosos trabajos de Patricia Arquette y Julianne Moore se alzaron con el premio. Las dos llegaban con trabajos impecable (Boyhood y Still Alice, respectivamente) y pasó lo que tenía que pasar.

 

Y hasta aquí mi análisis a una de esas ceremonias endogámicas que se celebran en todos los países con distintos rostros pero que en el caso que nos ocupa tiene un calado descomunal porque en Estados Unidos, amigo, viven los tipos y tipas que nos hacen soñar cada años unas cuantas veces.

 

El que lo quiera ver lo ve y el que no pues no.

 

A veces me expreso tan bien que me doy rabia.

 

Abrazos/as,

T.G.


Dispárame a mí, campeón

 

 

 

american-sniper

 

Señoras y señores,

 

Se acabó ya el efecto Grey. Ya hemos visto reportajes de latigazos, consoladores, a una señora detenida porque se masturbó en el cine, salas que se negaron a proyectar la película y hasta un reportaje en una ferretería donde le preguntaban a un hermano de Mariano Ozores si habían ido clientes sospechosos pidiendo cinta aislante y cuerda.

 

Vaya, un despliegue periodístico sin precedentes para que ustedes estén informados como Dios manda y para que cuando vayan a adquirir sus productos sexuales a la ferretería lo hagan con un disfraz (yo recomiendo las gafas que incluyen una nariz de plátano, nunca fallan).

 

En fin, vamos a por un estreno de mañana (no sé si estoy mal informado pero parece que este viernes sólo hay dos estrenos, uno de ellos de animación, con lo que se intuye a las claras el miedo que produce el señor Grey y su fusta de castigo) que ha causado tsunamis de tinta en Estados Unidos por su temática pero que aquí nos la va a traer un poco al pairo: El francotirador.

 

La película narra la historia de uno de los soldados más letales de la historia del ejercito estadounidense, Chris Kyle. Este buen hombre, uno de los mejores francotiradores del mundo…

 

 

 

 

OJO QUE LLEGA UN SPOILER, SI NO DESEAN LÉERLO SÁLTENSE EL SIGUIENTE PÁRRAFO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(antes de morir a manos de un veterano al que intentaba ayudar), escribió un libro que se convirtió en un best-seller explicando los líos mentales, sociales y familiares que tiene un tipo dedicado al oficio de eliminar enemigos a los que ve a través de una mira telescópica. Sin hacer spoilers, en la película hay una escena (sobre todo una) que explica con claridad cristalina lo jodido que puede llegar a ponerse la vida de un soldado de élite.

 

El problema con la película ha llegado cuando se la ha acusado de ser un panfleto imperialista que trata a su protagonista como una suerte de héroe inmortal. Si juntamos ese concepto al hecho de que Clint Eastwood (no lo había dicho pero es el director del filme) es un conocido militante del partido republicano, tenemos entre manos la tormenta perfecta.

 

Yo no soy tan osado y no creo que sea un panfleto. Creo –eso sí- que es una película muy americana pero es que (con perdón) no podía ser de otra manera. Estamos hablando de un tipo que se ha cargado a 200 enemigos (y alguno que no lo era), un héroe militar de los que cuelgan la bandera en el balcón y son objeto de adoración de sus vecinos. Si tenemos en cuenta el argumento y la propia naturaleza autobiográfica del producto, pensar que iba a ser una reflexión sobre la naturaleza de la guerra era ciencia ficción.

 

Pero aun así, Eastwood se maneja para crear algunos momentos magníficos que tienen que ver con la dinámica familiar del soldado (un magnífico, descomunal Bradley Cooper) y su mujer (esplendida Sienna Miller) y la continua tensión de un tipo que vive con el dedo apoyado en el gatillo y al que no le está permitido relajarse.

 

La película ha sido el mayor triunfo financiero (en taquilla, vaya) de la carrera de Eastwood, y lleva más de 300 millones de dólares sólo en Estados Unidos, aunque internacionalmente no se espera que recaude ni la mitad dado el núcleo extremadamente local del filme. De hecho, con la película ya proyectándose en la mayoría de países, acumula unos 60 millones de dólares. Es decir: cinco veces menos.

 

Yo iría a verla porque es una buena película, pero por si algún motivo son ustedes contrarios a cualquier cosa que venga de Estados Unidos mejor quédense en casa.

 

La otra película, El libro de la vida, producida por Guillermo del Toro, aún no he podido verla. Prometo hacer los deberes este fin de semana. Todo sea por ustedes, por su cariño y delicadeza.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 

 

 


loslerdos

 

Señores y señoras, sadomasoquistas, amigos y amigas del bondage, heterosexuales, asexuales y bisexuales, homosexuales y lesbianas… espero no haberme dejado a nadie, aunque seguro que es así. Viendo cómo las gastan algunos de ustedes/as es mejor no dejarse a nadie.

 

En primer lugar, para aclararlo y poder seguir hacía adelante, nunca quise ofender a ningún amante del látigo y la fusta. Miren, oigan, aquí siempre le hemos aplicado un filtro de cachondeo a la vida (y al cine por supuesto), y de eso no se libra nadie. Si a alguien no le gusta eso de reírse (soy autónomo, no hay nadie a quien le guste el sado más que a mí) pues que se mude a otro blog: hay miles que serán de su gusto, donde podrán ustedes lamerse las heridas (no va con segundas) y darse golpecitos en la espalda. Aquí todo el mundo es zarandeado en uno u otro momento, incluido un servidor. Aún recuerdo cuando un lerdo me dijo que era un ignorante. Por supuesto, y como soy el dueño del blog puedo decir que él era un lerdo.

 

También pueden abrirse un blog de disidentes/as y amantes/as de la suprema seriedad en el que no estará permitido hacer bromas ni comentarios sobre nadie en absoluto. Imagínense lo calentitos/as y contentos/as que estarían allí, eh?

 

Pues hala, no molesten más.

 

Y ahora, lo que todos/as estaban esperando: mi crítica de 50 sombras de Grey.

 

Ya saben que la película es el mejor estreno en España desde 2012, con más de siete millones de euros. Eso significa un triunfazo para la distribuidora y un espaldarazo para los fans, que han acudido en masa a apoyar al señor Grey y a su encantadora secretaria/asistenta/amante.

 

Amante del riesgo como soy decidí acudir a una sesión vespertina, con la suerte de tener a mi lado a un grupo de jóvenes y jovenas con ese punto de alcoholismo que da la cercanía del sexo. No reproduciré aquí algunos de los comentarios pero digamos que ellas no quedaron muy satisfechos con el tipo porque nunca se quitaba los pantalones para azotarla a ella y ellos no quedaron muy contentas con ella porque no se le veía claramente ‘el potorro’.

 

Estoy seguro de que si alguno de ustedes es aficionado a la antropología sabrá analizarlo todo con esmero.

 

Vayamos al tema.

 

Empieza con un blablablá de unos 25 minutos en el que se introduce a los personajes. Ella es una especie de beata que hace el amor con la luz apagada; él es un ricachón al que lo que pone más cachondo es su helicóptero.

 

Los dos se conocen, surge la chispa y él se la quiere beneficiar. Ella a él también.

 

Pero llegados a cierto punto, él le confiesa que le va un rollito poco convencional y ella –enamorada- le dice que sí, que lo que sea, que adelante.

 

Sin embargo, no hay ni una escena sexual potente, ya no en términos estéticos sino puramente conceptuales: había más erotismo en 9 semanas y media que en 50 sombras de Grey.

Él la azota sin quitarse los vaqueros y ella tiene siempre esa cara de berenjena, como pensando si tiene leche en la nevera o si debería ir al súper.

 

Luego está ese aspecto inquietante que es la banda sonora: cada vez que alguien está a punto de tener un orgasmo ponen una cancioncilla insoportable, como contrapunto romántico, como diciendo: “Que te azoto porque te quiero”.

 

Y claro, si uno va esperando ver una película de alto voltaje tendría más suerte con una de Pixar. Además, la gran ventaja del libro es que cuando van en helicóptero o están en un restaurante hablando de sus memeces, uno puede saltarse esas páginas y tan pancho. En el cine no es así. En el cine uno se lo traga todo (de nuevo: no busquen dobles lecturas) y no puede hacer fast forward.

 

La película dura dos eternas horas y pico y son dos horas y pico de más. Y –además- poco se ha hablado de la terrible falta de química entre los actores, que parecen aburrirse de tanto fingir que se gustan. Si al menos se estrellara el helicóptero con los dentro.

 

Obviamente, se han saltado las partes más ‘fuertes’ del libro y lo que ha quedado es un drama para adolescentes que está entre Crepúsculo y una película erótica italiana de los 80: una teta por aquí, una cacha por allá y aquí paz y después gloria.

 

Y faltan dos películas más.

 

No una, dos.

 

Abrazos/as,

T.G.


señorgris

 

Señores y señoras,

 

Si han estado ustedes viendo la tele el día de hoy habrán tenido el placer de contemplar en directo la desintegración de un partido político histórico, que va a tardar siglos en curarse del circo en el que se ha convertido en su devenir.

 

Miren qué sencillo: sólo hay que echar a la calle a un fracasado que ha sido incapaz de ganar una sorpresa en un huevo kínder y sus seguidores, adláteres y correveydiles se enfadarán tanto que le pondrán a usted (presunto líder de su partido) a parir en cualquier cámara, micrófono o bolígrafo que tengan a su alcance. Sólo falta que su sibilina rival en esa misma agrupación político opte por un silencio mezquino y ruidoso y hala.

 

Lo curioso es que a mí Pedro Sánchez siempre me había parecido un completo inútil, el guaperas que se sacó la manga el aparato del partido socialista para impedir que el candidato natural (Eduardo Madina) se hiciera con las llaves de la casa y la pusiera patas abajo.

Cuando por primera vez toma una decisión propia (igual se lo ordenó ese ser abyecto llamado Rubalcaba, pero no me lo trago) se le caen encima todos los caballos de Troya que tiene en Ferraz. Pues oigan, ahora siento lástima por él.

 

 

¿Y esto a qué viene? Se preguntarán ustedes/as. Pues a nada, a que me hace gracia que luego algunos se pregunten qué hace tan difícil que la izquierda de este país se ponga de acuerdo para gobernar: unos necesitan hacer una asamblea hasta para comprar el pan; otros no tienen claros si son marxistas, leninistas o del partido romaní y los gordos, esos que podrían aspirar a todo, siguen empeñados en demoler la casa desde dentro. Los otros pueden tener la sede embargada, tres tesoreros imputados, 200 imputados y 400 procesos judiciales abiertos que estos tienen 300 imputados, a Felipe González, a Almunia, los ERE y a Miquel Iceta.

 

“Hostia, que ha vuelto a ganar la derecha”.

Pues claro, si es que sois gilipollas, coño.

 

Hasta ahí mi comentario de calidad sobre este delicado asunto.

 

Concentrémonos ahora en el cine: este fin de semana se estrena 50 sombras de Grey. Ya lo sé, no se exciten aún: no ha habido pase de prensa (en España, al menos) y por tanto tendré que verlas con ustedes, querido público. Pienso ir el viernes, sólo, vestido de cuero, y con palomitas.

Hoy he ido a comprar 20 metros de cuerda y ataré a toda la fila. Va a ser maravilloso.

 

A ver si algún amigo se anima a venir conmigo porque me apetece que me azoten mientras veo la película (voluntarios o –preferentemente- voluntarias) déjenme un mensaje.

 

Por razones que no vienen a cuento me vi obligado a leer la trilogía (créanme, fue algo profesional) y creo que no había visto algo tan divertido desde que alguien me pasó The office (la inglesa, no esa imitación estadounidense).

 

La verdad, me cuesta entender como una fantasía sado ha conseguido tal nivel de comercialización y reconozco que leyéndolo antes de que explotara (en inglés, justo antes del lanzamiento allí) no supe ver el fenómeno: me daba la impresión de que vendería decenas de miles pero no millones.

 

Féminas que me leen y son fans de ello: ¿por qué? ¿De verdad que la fantasía es una mazmorra y un tipo guapo que les arrea con una fusta?

Por saberlo, ¿eh? Por adecuarme a los nuevos tiempos.

 

(A ver cómo cojones me construyo una mazmorra en casa).

 

El viernes seguimos.

 

Abrazos/as,

T.G.


Goyas-2015

 

Señores y señoras,

 

Ayer cometí el grave error de trasnochar para ver los Goya.

Empecé con buen ánimo, ya saben: una cervecita, unas patatitas, la soledad de mi comedor calentito (en Barcelona no se recuerda un frío así desde que el Barça perdió la copa de Europa en Sevilla con el Steaua en 1986, en Sevilla).

 

Sin embargo, lo primero que me encontré fue a un señor de pelo raro, con un traje estrecho, una corbata horrible. Un tal Jesús-no-sé-qué (he dicho Jesús pero puede que fuera Miguel o Pedro) que era el presunto experto en moda de TVE para los Goya.

 

Lo primero que noté es que al hombre no se le entendía absolutamente nada, hablaba como Ozores pero sin ningún tipo de propósito comédico: a veces lograba pillar (yo) un adjetivo aquí o un sustantivo allá, pero cuando se trataba de nombres de diseñadores no entendí una mierda. Más allá de su falta absoluta de vocalización (que nadie hubiera advertido este detalle en los ensayos demuestra que 1) no les importó; 2) este señor es amigo de alguien) lo peor eran sus comentarios absurdos sobre mujeres ‘raciales’, lo mucho que habían trabajado los estilistas (como si los Goya fueran los Oscar) o lo absolutamente fabulosas que iban todas. Ayer no había nadie en Madrid que no fuera fabuloso o fabulosa. Ni el perro de Massiel.

 

Luego estaba el presentador, un tal Carlos del Amor, que tiene la manía de imprimir a la narración un gesto de dandy, como si el tipo estuviera ligando contigo. Pues la verdad, Carlos, chavalote, con esa pinta de gigoló de serie B, tu nula capacidad de improvisación y esa mentalidad de que eres tú y no el actor/actriz/director el que tiene que ser noticia (por no hablar de tus comentarios en off, que recorrieron de arriba abajo cada tópico y lugar común que podáis imaginar, queridos y queridas amigos/as de este blog/a) lo llevas clarito.

 

Es triste que una televisión que pagamos con nuestros impuestos se vea sepultada por este nivel de incapacidad… o eso pensaba yo. Porque si la incapacidad resultaba cómica lo que llegó después fue descorazonador.

 

Dos palabras: Dani Rovira.

 

No hablemos de la realización morosa de TVE, de los planos a sitios donde no había nadie, de la censura (no dejar que Carlos Areces presentara un premio por negarse a firmar un papel en el que se le obligaba a no salirse del guión o la extraña desaparición del lazo naranja –en solidaridad con los trabajadores de TVE- del director de la noche, Alberto Rodriguez), de los patéticos números musicales, o de los dos sevillanos (aparentemente muy graciosos, pero ayer no… y sí, a mí también me gustan sus cortos) del final, imitando a Faemino y Cansado… no, hablemos de Dani Rovira.

 

Yo entiendo que después de Manel Fuentes hasta Paco Marhuenda nos parecería bien pero lo de este cómico (actor no es, lo siento mucho, yo también he visto Ocho apellidos vascos) no lo veo claro: no me río con sus chistes, no entiendo sus gracietas como presentador, no entro en sus juegos de palabras y –en general- se me escapa su predicamento.

Lo de sus ‘trailers’ fue terrible. Supongo que nadie se lo dijo a tiempo pero eso no le exonera de repetir un chiste que no funciona e incluso extenderlo.

 

En su defensa diré que el presentador de una gala es tan bueno como lo sean sus guionistas, y los guionistas de la edición de 2015 de los premios Goya eran francamente malos.

 

Si a eso le sumamos el patético numerito de Alex O’Dogherty (¿por qué parece que hay que verle en cada gala?) y el mini-concierto de Miguel Poveda (a la una y media de la mañana lo único que me apetecería menos que unas canciones de Miguel Poveda sería que me besara el Mono Burgos) irse a dormir a las dos fue una de las peores ideas de mi vida.

 

Nunca más.

 

La próxima vez veré el resumen por la mañana o me lo cuentan ustedes en los comentarios.

 

¿Los premios? Bien. Viva La Isla mínima y Bárbara Lennie… ¿Dani Rovira actor revelación?

 

No me jodas.

 

Abrazos,

T.G.


blackhat

 

 

Hola señores y señoras,

 

¿Cómo están ustedes? Yo aquí sigo, en la cuesta de enero, que calculo se me acabará en marzo de 2017. Menos mal que estamos en año electoral y los autónomos seremos cortejados por cada político (de derecha, izquierda y centro) con tal de que les votemos, para a continuación volver a jodernos (perdonen mi vocabulario) el resto del lustro.

 

En fin, amigos y amigas, este fin de semana tenía que ser sensacional. Y tenía que serlo, sencillamente, porque se estrenaba la última película de uno de los más grandes directores de cine de la historia.

 

Así de simple.

 

Un servidor tiene varias obsesiones (cinéfilas, de las otras también, pero no hay suficiente espacio en internet) que paso a enumerarles:

 

  • John Carpenter. Desde que vi Asalto a la comisaria del distrito 13 (una de las primeras películas que alquilé en VHS). Luego vi Halloween, La cosa, 1997: Rescate en Nueva York y La niebla y me enamoré.
  • David Fincher. Desde Alien 3, sí, desde Alien 3. Luego ya El club de la lucha y Seven. Y Millenium, Perdida y The game.
  • Michael Mann. Desde que vi Manhunter. Pero claro, que tiene Heat, El dilema y Collateral.

 

Pues bueno, Fincher se toma su tiempo para hacer películas; John Carpenter hace años que está retirado (aunque a veces haga cosas para la tele que no tienen más importancia para un hombre de su talento). Finalmente, Michael Mann tarda tres, cuatro, cinco o seis años en hacer una película, y para mí cada vez que lo hace es una auténtica celebración.

 

Es verdad que su última película, Enemigos públicos, me pareció una película muy flojita. También es verdad que soy un grandísimo fan de Miami vice pero entiendo que haya personas que la consideren una frivolidad sin más tela que la que hay.

 

La cuestión es que después de la gigantesca trilogía de Los Ángeles (las mencionadas Heat y Colateral + la maravillosa Ladrón) uno espera otro atropello fílmico de Mann, una de esas obras que te deja patitieso.

 

Es obvio que uno rueda algo como Heat o El dilema una vez en la vida, y tampoco podemos pedirle peras al olmo, ni siquiera a Michael Mann. También es obvio que el hombre está cumpliendo años a velocidad de vértigo y ha perdido –incluso- esa fama de workaholic que viene arrastrando en Hollywood desde tiempos inmemoriales.

 

La cuestión es que se estrena Blackhat: amenaza en la red, su último thriller, que a priori se presentaba como una magnífica oportunidad de sentarse a ver otro peliculón del maestro Mann… pero no.

 

Visualmente, esta historia de un hacker que trata de evitar la Tercera guerra mundial (no les voy a hacer spoilers, pero se supone que la Tercera guerra mundial va a ser on-line), es deliciosa y contiene esos grandes sets de acción que han hecho famoso el director. Incluso el actor, un tipo guapo que sabe actuar (Chris Hemsworth), está francamente bien.

 

El problema es que el guión está tan lleno de tópicos, tan rebozado de lugares comunes, que es imposible no cabrearse un poquito. Uno puede ver la intromisión del director en todas las áreas y –creo yo- a veces debería dejar ciertas cosas a tipos que saben más que él.

 

Ojo, comparado con la media del cine comercial americano esta película es fantástica; comparada con la media del cine de Michael Mann no tanto.

 

La recuperaré en blu-ray, con las expectativas más bajas y con una copa de vino en la mano. Sé que me gustará más.

 

Lo sé, soy un tramposo.

 

Sean buenos.

 

Boas noites,

T.G.

 

 


Traficantes de basura, uníos

jake

 

Buenas señoras y señores,

 

Aquí estoy de nuevo, gozando con ese millonario al que Himmler llama cada dos por tres para que le devuelva las gafas y que es conocido entre nosotros como Juan Carlos Monedero. ¿No les parece fascinante este joven político al que le parece normal ganar un millón de euros en dos mesecitos por hacer unos informes? Un amigo mío dice que le da miedo porque le recuerda al malo de En busca del arca perdida, al de la Gestapo que saca un arma que resulta ser un perchero.

 

A mí no me recuerda a nadie pero me cabrea profundamente que un tipo que dice identificarse con el pueblo no sea capaz de admitir que cobrar un milloncejo en dos meses es una auténtica barbaridad. Que sea un informe para Venezuela o Irán es lo de menos (este gobierno trata con China a todos los niveles, y el país en cuestión no es precisamente un ejemplo de democracia), lo importante es que uno no puede hablar del sufrimiento del pueblo cuando trabajas con esas tarifas. Di que sientes mucha pena pero que te estás fumando un puro en el balcón de tu loft.

 

Yo lo haría, qué cojones.

 

En fin, miraré unas cuantas veces más el video de Mariano Rajoy llamando a casa de algunos desgraciados para dar las gracias, a ver si me así me río un rato y se me pasa la mala hostia.

 

Esta semana (yendo a lo que nos ocupa) se estrenan dos películas magníficas y que me hicieron disfrutar en 2014… ya saben que yo cruzo mucho el charco. No es culpa mía, es que me han hecho así.

 

La primera es Nightcrawler. Una de las mejores pelis de 2014, con un Jake Gyllenhaal espectacular y que incide (a lo bestia) sobre la obsesión de la sociedad moderna por la hiper-información, ya sea en campos más o menos serios (la política o la sociología) o en el universo del cotilleo. En Nightcrawler un aprendiz de paparazzi armado con una cámara empieza a asomarse al abismo del crimen y la miseria en Los Ángeles cuando cada accidente sonado puede dejarte unos cuantos dólares en la cuenta, siempre que estés dispuesto a colgar tus escrúpulos en el perchero y dejarlos allí al salir de casa.

 

Sin meterse en los laberintos morales de los creadores europeos, Dan Gilroy (el realizador) construye un thriller perfecto, desbocado, que se te mete en la gola como el tentáculo de un pulpo. El descenso a las llamas del infierno del protagonista (repito: espectacular Jake Gyllenhaal) se ha visualizado pocas veces con tanta nitidez. Yo salí del cine con la retina ardiendo, y si hay entre ustedes –amantes de los vehículos motorizados- alguna alma sensible les aconsejo que vayan preparados.

 

La otra película que voy a recomendarles se llama Wild. Creo que por estos lares la han traducido como Alma salvaje o algo por el estilo. Alma salvaje… en fin.

 

Esta road-movie son coches cuenta la historia de una mujer que está hasta los ovarios del mundo y decide coger una mochila y largarse a hacer una caminata de mil kilómetros. ¿Se acuerdan ustedes de aquella cosa llamada Comer beber amar, donde una pija de Nueva York se largaba a ver el mundo y cuando acababa el viaje seguía siendo exactamente la misma pija de Nueva York? Pues esta película es exactamente lo contrario: la persona destruida –en todos los sentidos- que arranca el viaje por la costa del Pacífico no tiene nada en común con la persona que lo ha empezado.

 

Créanlo o no, Reese Witherspoon está sensacional y aunque me parece una actriz insoportable (excepto en Walk the line y Election) en esta película hace un esfuerzo interpretativo maravilloso que bien podía darle un Oscar (no me quejaré si lo hacen, creo que está realmente magnífica).

 

No les hago spoilers, es obvio que las a pasar putas de todos los colores pero tengan claro que no es un drama lacrimógeno. Ya lo verán.

 

Y ahora les dejo que tengo que ir a misa.

 

Abrazos/as,

T.G.


71

 

 

Señoras y señores,

 

¿Cómo les va? Espero que de primera.

 

Yo estoy hundido en la cuesta de enero, quizás la peor cuesta de enero de todos los tiempos gracias a una oportuna multa de hacienda, unas cuantas comisiones bancarias y que todo el mundo ha decidido pagarme cuando le salga de los cojones. Así, sin más.

 

(Ojo, debo declarar que en esta casa siempre –siempre- se me ha pagado a tiempo. Al César lo que es del César)

 

En fin, que estoy por ir a comprarme gasolina y un mechero pero el presupuesto sólo me da para cerillas y una botella de Brummel.

 

Gracias al Altísimo, esta semana la cartelera trae una gran película con la que apaciguar mis penas que he visto –oportunamente- en el pase de prensa, ya que si hubiera tenido que ir al cine pagando ahora mismo no podría escribir estas líneas o, lo que es peor, me las tendría que inventar.

 

La película en cuestión se llama 71 y es absolutamente magistral.

 

Explica la historia de un recluta del ejercito británico que en 1971 queda atrapado en una reyerta callejera en Belfast. Ya saben, los años del plomo en Belfast fueron una historia bastante jodida.

 

La cuestión es que el soldado pierde el rastro de su unidad en el fragor del combate (que se pierde vamos) y queda atrapado en un territorio donde su vida no vale un pimiento: los paramilitares republicanos –el IRA- quiere matarlo; los paramilitares unionistas quieren rescatarlo; los infiltrados en las filas católicas no creen que valga la pena sacrificar su tapadera por un soldadito y en medio hay unas cuantas personas que el espectador no sabe si considerar amigas o enemigas hasta que las cosas se aceleran.

 

Filmada al estilo del director de los Bourne, Paul Greengrass (esto es, cámara en mano que nunca deja de moverse, pero calibrada de tal modo que la narración no es nunca confusa o torpe), vigorosa, tensa, con toques de película de horror, momentos de drama, trazos de thriller y tremendamente atmosférica (esas calles de Belfast en las que sólo se adivinan sombras que se escabullen bajo la luz de una farola parece el páramo de un cuento de Poe), 71 es una opera primera bestial, de un tipo –al que habrá que seguirle la pista- llamado Yann Demange con la ayuda de un guión de granito de un tal Gregory Burke, al que no tenía el gusto de conocer.

 

Al frente, el antes mencionado Jack O’Connell, un actor que me recuerda a Tom Hardy, por que a pesar de tener una presencia física bastante intimidante (no precisamente en esta película, pero véanle en Starred up, aún no estrenada aquí) sabe esconderse tras una imagen de vulnerabilidad. A este señor habrá que seguirle la pista muy de cerca porque de momento ya está confirmado como protagonista de los próximos filmes de Jodie Foster y Terry Gilliam.

 

No tengo mucho más que contarles, excepto que he visto los pilotos de dos series bastante interesantes: Empire y The man in the high castle. La primera ambientada en el universo de los pioneros del rap y la otra la adaptación televisiva de un fantástico relato de Philip K. Dick situado en un universo alternativo donde los nazis han ganado la guerra y conquistado el mundo entero.

 

Háganme caso y no se las pierdan, no sé cómo serán las siguientes entregas pero las primeras han estado muy bien.

 

Ánimo con la cuesta de enero, ustedes pueden. Yo no.

 

Abrazos/as,

T.G.


guardianes

 

Señores y señoras,

 

¿Cómo están ustedes? (respondan: ‘biennnn’. De acuerdo, les he oído, ya pueden callarse y seguir leyendo).

 

Hace unos días (pocos) anunciaron las nominaciones a los Oscar pero no les pude hablar de ello porque me distraje viendo el video del PP en el que salen Floriano, la Cospedal, Mariano y no sé quién más, en un de los shows más hilarantes del año. Si no lo hubieran presentado tan tarde todos ellos habrían estado nominados a los Oscar y –francamente- hubieran arrasado. Sin paliativos.

 

Hacía mucho tiempo que no me reía tanto, se lo(s) juro. Si un día oyera una conversación así en un bar probablemente la interrumpiría para pedir los teléfonos de todos los participantes y contratarlos para mi fiesta de cumpleaños. Ni Los Morancos pueden mantener ese nivel de humor durante tanto rato (y aguantándose la risa). Qué nivel, señores.

 

Bueno, pues vayamos a los Oscar porque a pesar de que tanto Gran Budapest como Birdman son películas que me gustan hay cosillas que me escuecen y no puedo dejar de comentarlas.

 

Primero, ¿dónde está Interstellar? Ya, ya sé que muchos de ustedes no tragan la película y aunque se equivocan y yo tengo razón, yo respeto mucho su opinión. Entiendo que las categorías técnicas no le importan a nadie por lo que me las paso por el forro, pero no nominar como director a Nolan. Mal, oiga, mal. A ver, si yo entiendo que no les pueda gustar la películas pero, coño, el trabajo de realización es impecable.

 

En fin, que estoy ligeramente enfadado pero si me dan una loncha de jamón de bellota y dos gintonics hasta puede que se me pase.

 

Lo que no se me pasa ni con un jamón entero (bueno, si alguno de ustedes/as me envía un jamón entero prometo pensármelo) es el desdén hacía esa obra maestra llamada Guardianes de la galaxia. Ni guión, ni dirección, ni ese monstruo llamado Chris Pratt.

 

Nada.

 

Ya sé, me dirán ustedes que bueno, que al final es un blockbuster, que se ha hecho para ganar pasta, que es una película de Disney, que si los comics… blablablá.

 

Pero más allá de que haya sido la peli más taquillera del año en Estados Unidos y en medio mundo, lo cierto es que la película se merece alguna estatuilla gorda por el tremendo mérito que supone conseguir algo que nos ha recordado lo grandes que pueden ser los filmes de aventura. No sé ustedes, pero yo hacía años que no disfrutaba tanto viendo una película comercial… así que habría que darle algo gordo. ¿Cómo es posible que no haya entrado en ninguna categoría? Si estamos hablando de un nuevo Indiana Jones (no, no me miren así).

 

Claro, al director (James Gunn) se le han hinchado las pelotas y ha soltado la lengua para llamar de todo a los académicos. Les ha faltado llamarles ‘viejos chochos’.

 

Miren, yo creo que hay veces que a las estatuillas no las entiende nadie pero también es cierto que en 2014 hubo una gran cantidad de películas excelentes. También es cierto que una de mis actrices favoritas para ganar el Oscar (Jennifer Aniston, por Cake) se ha quedado fuera.

 

¿Significa esto que donde dije ‘digo’ digo ‘Diego’? Bueno… mmm… igual sí, me temo que soy muy contradictorio. Pero no costaba nada hacerme feliz y darle una nominación a Chris Pratt. Puñetas.

 

Si es que no me quiere nadie. Ni ustedes, ni los académicos, ni esas mujeres que me echan de sus casas mientras me golpean con un palo… nadie.

 

(Puede que haya exagerado un poco en este último párrafo, lo cierto es que ellas nunca me golpean, solo me insultan y lanzan objetos)

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 


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