El gran batacazo

 

Otro fin de semana desastroso para el cine en general y para el cine español en particular. Aún no hay cifras oficiales pero ya les adelanto que el batacazo va a ser de impresión. Sólo Iron man 3 ha aguantado el tirón (se hará con sus buenos millones, pero lejos de los grandes taquillazos de otros años) de una taquilla que se va a tomar viento a marchas forzadas (ya les dije que el debate que debería producirse en el sector no va a producirse, porque en este país nuestra capacidad de argumentación se limita al “y tú más”) y que cada semana recauda menos que la anterior. Ya no cuela ni la excusa del buen tiempo, porque este fin de semana ni eso, ni con lluvias y tormentas, ni aunque nos dijeran que los cines son el único lugar donde podremos librarnos del Apocalipsis. Nada, nos quedaríamos en casa porque allí se está mejor y tengo mi ordenador y así no gasto. Y blablablabla. Esto no lo salva ni los Vengadores.

 

Quede dicho también que Iron man 3 aparte, lo de este fin de semana era para echarse a temblar. Por un lado esa cosa llamada Combustión, de ese proyecto de director llamado Daniel Calparsoro. Seguro que este señor es una magnífica persona y muy amigo de sus amigos pero que siga consiguiendo financiación para sus proyectos es algo que me tiene –profundamente– alterado. Su última película, Invasor creo que se llamaba, era un engendro infumable de alguien que había visto muchas películas americanas y las había procesado mal. Aún recuerdo la jartada de reír con ese mamarracho llamado Karra Elejalde (un actor cargante hasta cuando le dirigen bien, y no sería el caso) yendo de superespías del CNI… joder, si es que hasta ahora me dan ganas de carcajearme y no me acuerdo ni de la mitad de las memeces que decía su personaje.

 

Ahora llega con Combustión, una irrisoria, delirante, patética película que trata de ser la franquicia española que plantará cara a Fast & Furious (eso lo digo yo, no ellos) y que en realidad es una de las peores películas españolas del último lustro. Primero, eso de mostrar el universo de los bakalas, poligoneros o cómo cojones quieras llamarlos es de una estupidez flagrante (ya lo demostró el batacazo de Yo soy la Juani), porque el target es absurdo: ¿a quién le importan las historias del chulo, la nena mona y sus bugas? Pues a nadie, a menos que venga del otro lado del Atlántico y llegue con NOMBRES propios (actores reconocibles). Me río mucho con Álex González (otro proyecto de actor que se va a quedar en guaperas y va acaba haciendo anuncios de La Piara, tiempo al tiempo) tratando de ser carismático. Ya se pegó la hostia con la nefasta Alacrán enamorado y ahora repite con Combustión. En segundo lugar, ¿alguien se imagina una película de persecuciones donde lo peor son las persecuciones? Pues eso.

 

La otra “película” española de la semana es El ayer no se termina nunca, de Isabel Coixet. Sobre esta señora no tengo mucho que añadir, sus películas hablan por ella: tal índice de afectación, sentimentalismo barato y pobreza discursiva ha acabado sumiendo su cine en el maravilloso mundo del disparate. No hay quien se trague sus películas: ya no va a verlas ni el Tato. No lo digo yo, lo dice el Tato (léase la taquilla).

En esta ocasión la Coixet habla de una pareja que discute sobre quién somos, de dónde venimos, les entra agua a los peces en los ojos, marean los columpios, mar o montaña, niño o perro, celo o cinta americana y me disparo o me ahorco (esto último es mi reflexión).

 

Y Iron man 3? Pues la mejor de la trilogía.

 

Abrazos/as,

 

T.G.

 


 

Cada vez tardo menos en actualizar, esto no puede ser, creo que me han abducido y me han inyectado algo y ahora cada dos por tres siento el deseo de escribir un post. Alguien debería investigar mi caso, yo que siempre he sido un vago y procrastinador no puedo soportar en lo que me estoy convirtiendo.

 

Y la excusa hoy es un trailer, oigan. Sí, un maldito trailer, si es que soy así.

 

En los últimos tiempos, por el exceso de celo de las multinacionales a la hora de forrar sus trailers de imágenes, he dejado de fiarme de esos avances que deben –en teoría– servir para arrastrarnos al cine. Particularmente, en los últimos tiempos la mayoría de trailers me dejan absolutamente frío. Sentí cierto escalofrío al ver el de Pacific rim (esa película de Guillermo del Toro que promete ser una de las sensaciones del verano), pero no me enamoré del todo. Sin embargo, me ha pasado algo extraño con el trailer pegado más arriba: lo he visto veinte veces y sigue pareciéndome uno de los mejores del último lustro. Es un trailer que tiene todo lo que se supone que debe tener un trailer de una superproducción: pausa, acción, drama, fuerza, épica, personajes…

 

Después del último Superman, aquella cosa de Bryan Singer con un tipo –el protagonista– absolutamente equivocado, debo reconocer que pensaba que me quedaría con las ganas de ver una reinvención seria y concienzuda de mi superhéroe favorito.

Yo, como muchas personas de mi generación, asociamos Superman a la inmortal banda sonora de John Williams, a esos maravillosos títulos de crédito, a Christopher Reeves, a Gene Hackman, a Terence Stamp (que increíble era su general Zod), o a esas gafas que se calzaba Clark Kent.

 

Pero ahora, viendo El hombre de acero, la visión de Zach Snyder, un director que me gusta mucho (300, la fabulosa El amanecer de los muertos, Watchmen…) con la producción de los hermanos Nolan (los responsables de la gloriosa resurrección de Batman), creo que puedo empezar a ser optimista y confiar en que este nuevo intento va a ser exitoso. No sólo a nivel comercial (ahí no tengo ninguna duda), sino a nivel conceptual.

 

No es sólo que el Superman (Henry Cavill) de esta vez parece un actor mucho más poderoso que el anterior, sino que lo han rodeado de lo mejor de cada casa: Amy Adams, Michael Shannon (joder, qué actor), Dennis Quaid, Russell Crowe, Diane Lane, Christopher Meloni o Laurence Fishburne. Cuando uno se decide por un reparto similar, fuerte y sólido, pero sin estrellitas, es que la cosa va en serio.

 

Me gusta la consistencia de la historia, la modernidad de la misma sin caer en traiciones (es obvio que Zod no puede ir vestido de papel de charol) y el look de la historia. Tiene trazos de Malick y hasta de Kubrick, es espectacular (ese inicio con la batalla en el planeta Krypton), la visualización del superhéroe (la textura del traje, de la capa…) y –sobre todo– la impresión de que va a primera una perspectiva humana del personaje, muy por encima de la frivolización que genera el abuso de los efectos especiales.

 

Y sí, ya sé, vaya paja que me acabo de cascar con la excusa de un trailer pero debo decirles dos cosas: 1) mírenlo y díganme que no es cojonudo; 2) si esperan que les hable de la nueva película de la Coixet es que se están equivocando de persona y de blog.

 

A lo mejor si que un día de estos les hablo de la Coixet, pero primero lo consultaré con mi abogado.

 

Abrazos/as,

 

T.G.


desnazi

 

Buenas, he vuelto, no he tardado mucho así que no quiero quejas.

 

Voy al grano si les parece, que es domingo y quiero ir a comprarme un pollo asado y unas patatitas, o igual me quedo en casa y como fruta, tócate los cojones.

 

Alta films cierra sus puertas. ¿Qué es Alta films? Se preguntarán muchos de ustedes: pues la distribuidora de cine independiente más longeva y potente de España. Gracias a la que hemos visto, por ejemplo, las películas de Paul Thomas Anderson.

 

Ya sé, hay muchas empresas que cierran, los tiempos cambian, blablabla.

 

Lo que me preocupa del cierre de Alta films no es sólo el cierre en sí (que es preocupante ya no como fin sino como síntoma), sino lo que conlleva: 180 salas de cine podrían irse a tomar viento. Salas donde uno puede ver películas en V.O. (sí, soy un bicho raro, me gusta oír a los actores con su voz de verdad y no la que se inventa un señor de Malasaña) y pelis pequeñas que es difícil ver en las multisalas.

 

Además hay una réplica de este terremoto (porque eso es lo que va a ser para el sector) y es la nula capacidad de reacción del mundo del cine, anquilosado en modelos del s. XVIII y que ni siquiera se plantea que en tiempos extremos hay que imponer medidas extremas.

 

Esto es, reducción del precio de las entradas, insumisión fiscal ante la subida del IVA, mejora de las condiciones de exhibición (esas salas con la intensidad lumínica de una bombilla y el sonido de una radio mono) y –sí– adopción de medidas antipiratería.

 

En un país civilizado, podríamos sentarnos en una mesa y hablar de todo ello. Analizar en profundidad porque las plataformas VOD (video on demand) no funcionan (más allá de los precios, Filmin –por ejemplo– es altamente competitiva en ese aspecto), por qué el espectador ha cambiado sus hábitos culturales (más allá de la coyuntura económica y el brutal auge de las descargas) y qué soluciones a corto y medio plazo pueden tomarse.

 

Sin embargo, me juego con ustedes el cuello que al ministro se la sopla que el sector las esté pasando canutas. Así mismo, (algunos de) los dueños de las salas seguirán metiéndote el sablazo por ver películas mal proyectadas y te cobrarán dos euros por unas gafas de mierda que a ellos les cuestan tres céntimos. Al mismo tiempo cualquier discusión sobre la piratería entrará en conflicto con el tejido social español y “los internautas” se pondrán en pie de guerra (poderosos deben ser cuando han conseguido que PSOE y PP miren a otro lado en este asunto, por miedo de cabrear al personal).

 

En resumen, tenemos la cultura (y el cine, qué duda cabe, lo es) que nos merecemos, en el lugar que nos merecemos y en el estado que nos merecemos.

 

Llámenme antiguo pero para mí nada sustituye al placer de ver una buena película, bien proyectada, a un precio justo, en un buen cine, en una pantalla grande, o muy grande.

 

Lamentablemente, en España no puedo hacerlo.

 

(hay que joderse)

 

Abrazos/as,

 

T.G.


posesion-infernal

 

 

Lo sé, lo sé… “volveré pronto, lo prometo”, y luego tardo una eternidad, suelto el discurso y me las piro. Créanme, no son ustedes, soy yo. Mi personalidad disociativa me impide cumplir con mis obligaciones. Por la mañana mi otro yo me amenaza con hacerme cosas terribles a la que me duerma. Ustedes también estarían asustados.

 

La cosa es que, aprovechando que ayer salimos y mi otro yo está con la guardia baja, les hago un post y así dejan de quemar mi foto, poner mi nombre en un papelito en el congelador, o arrancar la placa del buzón del vecino (sí, del argentino). No lo nieguen, menuda panda de cabro… malas personas que son ustedes/as.

 

Bueno, no me disgusta Tipos legales, pero es que salen Alan Arkin, Al Pacino y Christopher Walken. Hay pocas películas en la cartelera que ofrezcan –al menos– eso. De lo demás me veo incapaz de recomendarles nada, pero les aconsejo, por su propio bien, que se alejen lo más posible de ese engendro llamado To the wonder. No sé qué le pasó al pobre Terrence Malick, no sé si fue el peyote, o una mala digestión, o que intentaron explicarle el caso Bárcenas, la cuestión es que –vista la película– no hay quién se aclare: ¿los protagonistas son pareja?, ¿pagan a hacienda o evaden impuestos?, ¿son de carne o verdura?, ¿saben que están siendo filmados?

 

Y así todo. Y encima sale Bardem vestido de cura con acento de Zamora.

 

Por cierto, en la sinopsis que me pasaron a posteriori, ponía que el personaje de Bardem era un cura en una profunda crisis de fe después de volver de un campo de refugiados en África. Yo entendí que se había perdido yendo desde su parroquia al Carrefour y por eso tenía esa cara de mostrenco.

 

En fin, que no vayan, porque van a pasar un rato muy malo y tampoco hace falta.

 

Mi recomendación (y es para el cupo masculino de la parroquia) es que se acerquen a ver Posesión infernal. ¿Por qué? Pues porque es una de las pelis más descacharrantes de la temporada, oigan.

 

Yo era un niño cuando se estrenó el original (1981) pero mis padres eran fans de las pelis de terror, así que, cuando en 1984 o 1985 salió en video, la alquilaron y un sábado por la noche me enviaron a la cama y se la pusieron. Yo pegué el oído a la puerta y me acojoné de mala manera, pero el lunes siguiente, cuando mis progenitores estaban trabajando, me la puse enterita. Creo que no dormí durante un mes.

 

Sólo La profecía y El exorcista han causado en mi delicada alma juvenil un efecto semejante: el acojone perpetuo ante la oscuridad, la puerta que chirría, la ventana que se queja, el viento moviendo las jodidas plantas.

 

Bueno, pues ahora un chavalote llamado Fede Álvarez, uruguayo por más señas, ha hecho el remake con el beneplácito del director del original, Sam Raimi, y le ha salido bastante potente. Ya se conocen el guión: unos muchachotes llegan a una cabaña aislada en medio de los bosques. Allí encuentran un libro hecho de carne humana y escrito con sangre. Al leerlo, conjuran a un montón de demonios interesados en el noble arte del descuartizamiento.

 

Lo de luego es un festival de cabezas cortadas, mutilaciones varias, operaciones en vivo y demás lindezas. Pero bien dirigido, estupendamente planificado, tan salvaje que cuesta creerlo.

 

No se la pierdan, se lo pasarán de muerte.

 

(Si no les va el horror o el gore, ni se les ocurra, no acepto reclamaciones.)

 

Abrazos/as,

 

T.G.


No me jodas Walter

http://youtu.be/W3sfXkyqOFg

¿Han ido ustedes al cine o están en misa? Que conste que las dos opciones me parecen perfectamente válidas. Además la segunda es gratis y te dan algo de comida.

 

En todo caso, salgan ustedes de casa y hagan algo de provecho, que sólo se vive una vez, damas y caballeros, porque dentro de unos meses, cuando un café valga 2.000 euros y el mundo haya quedado arrasado por el conflicto entre Corea del Norte (qué cara de mamarracho tarado tiene el niño coreano) y Estados Unidos, para salir de casa necesitarán una mascara, un traje sellado y un par de lingotes de oro, además de su pasaporte ruso, porque, no les quepa ninguna duda, dentro de dos días, todos soviéticos.

 

Espero que les guste el vodka.

 

Y, después de esta reflexión socio-política tan profunda, vamos al grano: he tenido la desgracia de ver Una bala en la cabeza y llevo arrepintiéndome desde entonces. No es que sea la primera vez (ni será la última por desgracia) que veo una mala película, pero cuando veo una mala película de un director al que amo entonces paso un mal rato. Ya experimenté algo parecido con Theward, aquel engendro de John Carpenter (mi director favorito de todos los tiempos), que me hizo llorar sangre. No es que fuera una aberración, pero, señores/as, es que hablamos de el director de La cosa, Halloween, La niebla, Golpe en la pequeña China, Asalto a la comisaria del Distrito 13, 1997: Rescate en Nueva York, El príncipe de las tinieblas, Están vivos o El pueblo de los malditos. Claro, me enseñas una memez sobre unas chicas encerradas en una especie de sanatorio y me da un jamacuco.

 

Algo parecido me ha sucedido con Una bala en la cabeza, una película dirigida por Walter Hill, aquel señor que años ha nos regaló Thewarriors, Los amos de la noche, Límite 48 horas o el guión de Alien. Es decir, un puto genio.

 

La primera cagada del buen Walter es darle el papel protagonista a ese personaje llamado SilvesterStallone. Ojo, no es que Stallone me caiga mal y reconozco que me lo pasé de coña con Acorralado y con Rocky (las primeras entregas de ambas) y que hasta encontré disfrutables Copland y Tango y Cash (sí, yo también tengo mis pequeños vicios), pero tanto Los mercenarios como los nuevos Rocky y Rambo me parecieron una auténtica gilipollez y el careto de este hombre ya no sirve para nada más que para enseñar a los niños que con los bisturís no se juega, que luego pasan cosas.

 

Hill sigue dirigiendo bien y tiene buen ojo para las escenas de acción, pero, entre un guión paupérrimo (no me hagan que se lo resuma, tengan piedad) y el impedimento que resulta ser incapaz de ver más allá del rostro (por utilizar una palabra generosa) de Stallone, la película acaba por convertirse en un rollazo épico al que parecen haberle extirpado el alma con unas tenazas. Nada funciona, ni la música, ni el vestuario, ni los decorados… nada. Encima súmale al señor Silvestre (estamos entre amigos, podemos llamarle como nos venga en gana) y ya tenemos una buena fiesta de cumpleaños con una tarta de abono… les pido disculpas por la imagen que acabo de introducir en su hipotálamo.

 

La lástima es que yo esperaba que esto fuese algo así como su retorno a la pantalla grande y en cambio parece ser su despedida. Como Richard Donner, Wolfang Petersen, Paul Verhoeven, John McTiernan o John Milius (ojo, que brutalmente brillante que es el documental sobre su persona que se estrenará el año que viene), Walter Hill pertenece a esa generación de directores maravillosos que nos regalaron cosas como Supermán, La jungla de cristal, La tormenta perfecta, Conán el Bárbaro, Starshiptroopers, Instinto básico, Lady halcón, Depredador, Desafío total o Arma letal. Un buen día Hollywood decidió que ya era hora de retirarles y de un día para otro todos ellos desaparecieron del panorama. Desde entonces el cine de aventuras ya no es el mismo que solía ser o –mejor dicho– ya prácticamente no hay cine de aventuras.

 

Con cosas como Una bala en la cabeza lo único que se consigue es que parezca que esos ineptos que firmaron la defunción de un género cojonudo sabían lo que se hacían.

 

En fin, amigos/as, ya viene la primavera y el aire huele a desahucios, ajustes, corralitos, quitas, preferentes y –también– a guerra nuclear. ¿No es un mundo maravilloso?

 

Abrazos/as,

 

T.G.

 

 


Apocalipsis catalán

 

 

No, que no cunda el pánico. Hoy, querido público, traigo buenas nuevas. Después de semanas de desierto (muchos han querido ver espejismos y obras maestras por todas partes pero la realidad es la que es) se estrena una película digna de ser vista sin después sentir la necesidad de ir a por una lata de gasolina, rociar a la taquillera y al proyeccionista (en estos tiempos que corren es bastante posible que sean la misma persona) y admirar el fuego mientras se danza con deleite.

Algunos/as de ustedes/as están dibujando una sonrisa en su cara pensando “este tío nos va a decir que la secuela de GI Joe es cojonuda y que deberíamos ir a verla. Gilipollas”. Pero no, gilipollas lo soy  (y homófono y procastinador, no lo olviden) pero no les voy a recomendar esa cosa llamada GI Joe Retaliation. De hecho ya puedo adelantarles que la película es peor que Bankia. Bueno, quizás no sea tan mala pero por ahí andamos.
No, lo cierto es que voy a recomendarles una película española (!!!). Sí amigos, una peli española, cojonuda, valiente, hecha con cuatro duros (apenas cinco millones de euros) pero que luce como si costara el triple y de unos chavales que a mi me parecen una jodida realidad (que no una promesa): los hermanos Pastor.

En un panorama en el que siempre parece que sólo pueden hacer películas unos cuantos es bonito ver que un par de tipos de Barcelona han sido capaces de jugarse su pasta y la de unos cuantos chalados para hacer un filme de género (encima) que juega en primera división.
Los últimos días explica la historia de una extraña epidemia que causa que los seres humanos no se atrevan a salir de los espacios cerrados. La historia del filme transcurre en Barcelona y el aspecto apocalíptico de la ciudad (eso que hemos visto tantas veces en ciudades como Nueva York o Los Ángeles) es de lo mejor de la cinta junto al trabajo de un reparto estupendo encabezado por Quim Gutiérrez y José Coronado. Y es que la cantidad de referentes cinéfilos que parecen acudir a la mente de los realizadores es asombroso. No sólo películas como The omega man o Cuando el destino nos alcance sino el fantástico europeo (del expresionismo alemán al giallo italiano, no tanto en forma como en fondo) y Luc Besson, Roland Emmerich, Alex Proyas o Guillermo del Toro, eso sin olvidarnos del maestro John Carpenter.

Los últimos días es una epopeya que transcurre en las alcantarillas y que bebe de un diseño de producción espléndido (lo que se puede llegar a hacer con poca pasta si uno tiene la intencionalidad adecuada) y una fotografía magnífica, además de un cuarto de hora inicial que contiene más cine que las últimas cuatro películas de Almodóvar. Es también una reivindicación del cine de género, ese género, el fantástico, que algunos se empeñan siempre en colocar en categorías menores y que en realidad, cuando se ejecuta bien, es imparable. En cierto sentido, la película se parece a propuestas como Looper o Safety not guaranteed, proyectos que podemos etiquetar como independientes pero que funcionan a la perfección en sus respectivos registros porque no tratan de engañar a nadie. En una época en la que parece que lo único que llega a las salas son las comedietas de paripé, el drama tenebrista o las superproducciones de turno, da gusto ver que alguien apuesta por algo distinto.

No sé si Los últimos días funcionará en la taquilla pero si algo tengo claro es que se lo merece.

Vayan a verla, serán euros bien gastados. Y no, no recurriré a eso de “oigan, que no parece española” porque lo cierto es que como Celda 211 o Grupo 7, si que lo parece. Y en ese look -que no tiene nada de curte- yace uno de sus secretos. Los demás muevan el culo y descúbranlos ustedes.

Abrazos/as,

T.G.


Hostión bendito

Era lógico: castañazo inmenso de Almodóvar (un 55% de descenso en la recaudación el segundo fin de semana) y paupérrima entrada de esa cosa llamada Spring breakers.
Del artefacto de la señora manchega ya hablamos en su momento (alguien en los comentarios del post hasta me llamó “homófobo”, lo cual demuestra que los fans de Los amantes pasajeros, además de haber pagado por ver esa memez, han salido trastocados de la sala –Nota: esto último me parece perfectamente comprensible, quién no saldría trastocado de algo así), pero hoy podemos hablar un poquito de esa otra mamarrachada firmada por ese otro genio (ejem) llamado Harmony Korine. Un chaval al que han hinchado la cabeza diciéndole que es una especie de querubín que anuncia la llegada de un nuevo cine, uno que sólo entiendes si vas borracho y drogado (o ambas cosas), o si te va el posturno o si has tenido un mal día. Cierto, hay amigos míos que se declaran fans de la película y no logro entenderles, pero en general todos los que han genuflexionado ante tamaño adefesio no distinguirían una película de un ficus.

La película retrata a unas cuantos estudiantes en su pausa primaveral dedicada –básicamente- al despiporre en bikini. Ya saben drogas, tetas, priva y bailoteo. Visto así, y –especialmente- si uno pertenece al sexo masculino, la propuesta parece atractiva. Soy consciente de ello. Sin embargo es más aburrido que un debate de la 1. Con tanto experimento visual, tanta cámara en mano, tanto filtro y tanta alucinación (el final parece una copia chusca de 2001: Odisea del espacio), uno acaba por no entender una mierda (no de la trama, que es más plana que la actividad cerebral de Federico Trillo, nuestro embajador en Londres sin hablar inglés) de lo que quiere contar el chavalote este, en cuyo pasado se vislumbra un tremendo abuso de las sustancias psicotrópicas. También aparece por allí James Franco disfrazado de rapero jamaicano en uno de los personajes más ridículos concebidos por el hombre desde la aparición de Falete en Antena 3.

La película, uno de los fenómenos más publicitados de los últimos años en España (se me escapan las explicaciones al respecto, supongo que, en cuanto salen tres tías buenas en bikini en un cartel, perdemos el dominio de nuestros bolígrafos), se ha metido la gran hostia en salas. No ha llegado a los mil euros de media con más cien copias. Llegados a este punto, un momento que voy a reírme hasta que me ahogue.

Ya está, ya me he desahogado. Me duele la mandíbula pero ha valido la pena. No he mencionado que en el reparto están dos tías buenas que solían trabajar para Disney y que eso –al parecer- tiene también mucho morbo y mucho interés informativo.

Y con todo este barrizal de Almodóvares y Korinnes y señoras en bikini, ha pasado desapercibida una película –esta sí- magnífica. Se llama The paperboy (creo que en España la han llamado El chico del periódico –no quiero oír ningún comentario al respecto) y habla de un panoli al que una señora fatal (impresionante Nicole Kidman, que parece que después de haber dejado de inyectarse bótox en la jeta ha recuperado también el control de sus facultades mentales) le hace un nudo en el cerebro. Ambientada en uno de esos sitios de Estados Unidos cerca del sur profundo donde hace tanta calor que los lagartos matarían por una nevera, la película (del director de otra película que no soporto, Precious) es sencillamente magnífica. Una fábula oscura como el petróleo donde pululan algunos de los hijos de puta más memorables que se han visto en la gran pantalla en los últimos meses. Pues nada, esa película (de la que nadie supo nada porque su campaña de publicidad fue más o menos como las ruedas de prensa de los políticos de este país: no sabe, no contesta) casi igualó la recaudación de Spring breakers. Si la primera hubiera tenido la mitad de “hype” que la segunda estaríamos hablando de un éxito sorpresa. Ahora mismo hablamos de otra hostia memorable.

Y aquí seguimos, señores/as, tragando veneno y regando las plantas, esperando que pase algo. Si es que alguna vez pasa algo.

Vayan al cine, así al menos alguien irá a algún sitio.

Abrazos/as,

T.G.


¿Se acuerdan de mis comentarios sobre el trailer de Los amantes pasajeros? Básicamente –para los desmemoriados- decía que aquello no había por donde cogerlo y que me temía que la película iba a ser una auténtica mierda (hablando en plata). Pues bien, no me duele reconocer que me equivoqué: el trailer era mucho mejor que la película. De hecho, en el trailer está lo mejor de la película. Lo sé, no es posible.

Ahora podría dejarlo aquí, pero no me da la gana, sobre todo después de comprobar la oleada de infame peloteo que se ha producido después del estreno de la película. Críticos de medio pelo vendiéndonos lo buena que es la última memez de Almodóvar, cuantas virtudes se esconden detrás de sus crípticas imágenes (JAJAJAJA). Hasta he tenido que leer que el humor de esta señora de La Mancha es “sutil”. Así que, llegados a cierto punto, he empezado a preguntarme si es que no me habría metido en otra sala y habría visto una película distinta. A lo mejor yo había visto la de la Almodóvar y ellos una de Eastwood.

Este engendro (un auténtico engendro, infumable) arranca con un avión que por un problema mecánico se ve obligado a interrumpir su viaje. Bueno, eso es lo que entendí entre “sutiles” chistes de lefa, de pollas, de culos y de tipos que se definen en base a su sexualidad. Para ellos no hay nada más, sus vidas giran en torno a los miembros, los cipotes, los penes y los trípodes. Joder, qué vida tan triste, pensarán ustedes. Pues no, es la hostia de guay, señores, no tener otra preocupación que alimentar lo que uno tiene entre las pierna es lo más de lo más y lo muy de lo muy.

A mí me la sopla la sexualidad de los personajes de un filme y espero que, cuando esta toma un rol activo, sea por un motivo rotundo, que me sirva para entenderles mejor, para comprenderles. Cuando una película convierte a sus personajes en pollas andantes, me da la risa. Y la risa pasa a ser carcajada cuando encima un crítico quiere venderme que en realidad es todo una gran metáfora. Ay, que bonito es el s. XXI, cuando cualquier gilipollez, no importa lo absurda que sea, puede ser reinterpretada, explicada, verbalizada y arrojada a los cuatro vientos. O sea, que un avión lleno de azafatos homosexuales y pasajeros con el cerebro del tamaño de un cacahuete es la metáfora de este país. Por favor que alguien me lo explique, porque a mí me entran los tembleques y me despisto.

Y por favor, que nadie me salga con lo de la homofobia, hay películas maravillosas sobre lo que es y lo que significa ir a contracorriente, sobre lo difícil que resulta a veces vivir con la propia sexualidad. Lo que hace Almodóvar en Los amantes pasajeros es reírse de los gays, tomarles el pelo, convertirles en un puto arquetipo. Todos los topicazos que hemos mamado sobre el colectivo homosexual están en esta película, metidos de forma zafia en un intento de comedia que provoca sonrojo en el espectador.

Me he reído mucho con las comedias de Almodóvar en el pasado, pero en esta ocasión me he reído de Almodóvar, de su incapacidad para el diálogo inteligente y la reflexión mordaz, de sus andares de pato mareado y de su habilidad para conseguir que tantos buenos actores hagan tanto el ridículo con tanta intensidad y durante tanto tiempo.

Los amantes pasajeros sólo confirma el agotamiento absoluto de este manchego universal, que ha cambiado su radicalidad y su inteligencia emocional por un montón de chistes baratos de pedo, caca, culo, pis. Lo único que hay peor que su cine es toda esa corte de adoradores que le aplaudirían hasta un eructo.

El seguidismo, señores/as, es tan nocivo como el cainismo. Y en este país somos expertos en ambas cosas.

Hala, un abrazo/a.

T.G.


¿Saben? Últimamente sólo pienso en estrangulamientos, decapitaciones, tratamientos de electroshock y en cuántos litros de gasolina me harían falta para llevar adelante mis planes. He calculado que muchos y que además me haría falta un conductor ya que no tengo carnet de conducir, como sabrán muchos de los que me leen desde que un bonito día hace 200 posts empecé a escribir en esta gloriosa página web del no menos glorioso señor Moltó.

Pero intento alejar esos pensamientos de mi mente, arrancándome el pelo a mechones o dando cabezazos al microondas, una terapia que no siempre funciona, debo aclarar. Y escribiendo para ustedes también, señores y señoras. Aunque algunos me vean ya decrépito (sé donde viven damas y caballeros, así que ojo), sigo siendo la nutria asalvajada de siempre.

Esta vez les voy a pontificar sobre una película que me salté en su momento y que ahora me arrepiento de no haber visto en sala grande. Se llama Paranorman y es un filme de animación. No de esos por ordenador, sino uno de los que se confeccionan a la vieja usanza: animándolos fotograma a fotograma, un trabajo laborioso de cojones, pero de sublime belleza si se hace bien, y jodidamente fascinante si hay un buen guión detrás. Paranorman tiene ambas cosas y las tiene a borbotones, aunque –eso sí– me pregunto si es una película para niños o si es de esas que los adultos utilizan como excusa para sacar a los hijos de casa: “Niño, vamos al cine anda”, para luego gozarlo ellos. Qué vergüenza.

Miren, con Pixar semi-desaparecida (desde Up) no me han reconfortado ni esa cosa de Cars 2, ni Brave, y lo de Monsters University me repatea un poco (si ellos también empiezan con las secuelas, las precuelas, los spin-ofs y los reboots, que me avisen que me bajo), así que uno se busca alternativas y –francamente– Dreamworks me parece una fábrica de palomitas de segunda mano, que si Ice Age 17, que si Madagascar 36, que si El gato con botas 5… que me importa un pito, oiga. Por eso esta película, realizada a la vieja usanza y producida por un estudio que no tiene NADA que ver con la animación como es Focus Features, especializado en cocinar cine independiente, me dio buena espina desde el principio. Luego llegaron las críticas: magníficas, estupendísimas, excelentes. Así que al final, en un reciente viaje al otro lado del océano, me la compré. Porque sí, porque había que verla.

Paranorman cuenta la historia de Norman (el chaval del título), un chaval enclenque y asustadizo al que los malotes del colegio putean sin descanso y que encima tiene la facultad (o la maldición) de ver a los muertos y poder comunicarse con ellos.
Con esto por montera y una vida insoportable, coronada por una familia insoportable, el pobre Norman sobrevive como puede. Pero resulta que el chaval tiene en sus manos salvar al asqueroso pueblo donde vive de una maldición terrible que amenaza con llevárselo todo por delante.

Sí, lo sé, parece el argumento de unos insoportables dramas indies con anti-héroe, pero no. En primer lugar, el tono apagado, de vino peleón, ya da una idea al espectador de que aquello no va a ser otra mamarrachada para niños de teta sino algo serio, de asustarse, de risa congelada y de “cariño, ponte bien en el asiento”. Y, cuando la cortina se abre y uno ve el empeño que han puesto los guionistas en dotar al protagonista de personalidad, se te sube la entrepiernas a los mofletes.

Personalidad. Que palabreja tan rara, ¿verdad? Con lo fácil que hubiera sido dejar que Norman fuera como el 90% de los personajes que vemos en por ahí: seres planos y anodinos con cara de tortazo. Pues no, el chaval tiene cabeza y alma y te agarra por el cuello como el pulpo al Nautilus.

Vean Paranorman y asómbrense de la madurez de esta preciosa película que, cuando coge velocidad de crucero, es como el Titanic cuesta abajo por un barranco. Pero en bueno, se entiende.

Háganme caso por una vez, no se arrepentirán.

Abrazos/as,

T.G.


El cabreo

Miren, tenía pensado hablar de los Goya, de lo ridículo que me parece todo. No tengo ningún problema con los actores diciendo lo que les de la gana (a algunos habría que recordarles que en este país –al menos que yo sepa- rige algo llamado “libertad de expresión”), ni con los periodistas de uno y otro bando que a su vez les replican posicionándose a favor y en contra (a algunos de los actores antes mencionados habría que recordarles que en este país rige algo llamado “libertad de expresión”). Son cosas del juego: uno dice algo, otro le contesta y al final uno (yo) acaba pensando lo que le da la gana, porque de eso se trata, ¿no?

Ahora bien, lo que sí me jode y bastante es ver al tal Cristóbal Montoro, un tipo siniestro donde los haya, diciendo en un foro público que hay actores que no pagan sus impuestos en España y que se les va a perseguir. Bueno, varias cosas: en primer lugar una cosa es no tributar (delito) y la otra no tributar en España (legal). Si hay algún experto en la sala, que me corrija por favor, la economía no es mi especialidad.

En segundo lugar, si es cierto, ¿quiénes son esos presuntos delincuentes y cuándo se ha empezado a perseguirlos? ¿Por qué se hacen estas declaraciones sin venir a cuento y en sede política? ¿Se les persigue porque el día antes hubo cierto ambiente de revuelta contra el Gobierno, o, si no hubieran abierto la boca, no se les hubiera perseguido?

Estas preguntas me atormentan porque francamente y, aunque siempre he dudado mucho de la capacidad del citado ministro para dirigir nada más grande que un hámster, sus declaraciones públicas me parecen cada vez más lamentables. No es mi problema que vaya acelerado o que sus acólitos le estén dando para el pelo por esa torpeza llamada amnistía fiscal (no tanto por el hecho de la propia amnistía, un recurso que puede ser útil en algunos casos, sino por como lo han utilizado determinados personajes), un ministro es un funcionario y espero de él un mínimo sentido de la responsabilidad, si no del ridículo. Y ya, su voz no es culpa suya, pero no puedo soportarla. Me recuerda a los gangosos de los chistes de Arévalo. Seguramente si su trabajo me resultara soportable no me importaría, pero con sus dotes para las relaciones sociales y esa chulería que gasta no me pueden pedir milagros.

Vale, y luego les puedo hablar del tráiler de Los amantes pasajeros. Miren ustedes (parezco Mariano Rajoy), yo no tengo nada en contra de Pedro Almodóvar per se, y de hecho algunas de sus películas me parecen cojonudas (Qué he hecho yo para merecer esto, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre y especialmente Átame) pero ya hace un lustro que no le soporto. Esa afectación permanente de sus personajes (“cariño, ¿pongo el dvd de Antonioni o el de Godard?”) y esos aíres que se da el tipo, como si fuera el mejor realizador que ha dado la historia del cine, me ponen muy nervioso. Así que, cuando anunciaron que iba a hacer una comedia, me alegré, pensé que era una buena noticia que volviera a un registro menos forzado, menos quejoso. Le imaginé en los terrenos de los filmes antes mencionados y le vi feliz.

Pues (ojalá me equivoque) he visto el tráiler y parece que mis impresiones fueron totalmente erróneas. Oiga, que ya sabemos que es usted gay y que sus actores son gays y que sus personajes son gays y que los azafatos (ahora asistentes de vuelo) son TODOS gays, pero ¿podría usted calmarse un poco? Yo no sé si es que no soy el público objetivo, pero me imagino que Almodóvar querrá que algún heterosexual vaya a ver su película (también). Y por favor no me salgan con lo de homofobia, al final no se trata de eso sino de la simpleza de sus preceptos, de los personajes unidimensionales (personajes que no se definan únicamente por sus gustos sexuales, por el amor de dios, no podemos ser tan planos) y de lo plano de sus tramas.

En resumen, que cada día me ponen más de mala hostia todos estos mamarrachos que nos tratan como si fuéramos gilipollas. Así no se puede vivir, oigan.

Abrazos/as,

T.G.

P.D.: si veo la película y me he equivocado en mis apreciaciones rectificaré públicamente, que conste.


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