La película española del año

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Hola señores y señoras,

 

¿Cómo están ustedes? Confío en que aprovechen el fin de semana para ir al cine, que es lo que todo ser humano que se considere digno de caminar la tierra debe hacer los fines de semana.

 

Ya sé que son malos tiempos y todo eso, pero beban menos gintonics y vayan más al cine, que ya nos conocemos.

 

Ahora mismo acabo de enterarme de que Mario Casas y María Valverde lo han dejado porque él se ha enamorado de otra actriz cuyo nombre no recuerdo pero que dice María Casas que eso no es así porque ya habían hablado antes de que él rodará la película y lo habían dejado pero la gente dice que no. Y además el del Cantante del loco (el tío ese que tiene la voz como si alguien le hubiera dado una patada muy fuerte en el esternón) le ha dejado (o le han dejado, no me sé los detalles de memoria) y ahora está solo y sigue teniendo la misma voz, lo que son dos disgustos muy fuertes el mismo día.

 

Espero que entiendan que estoy muy afectado por esto, así que si me notan raro es porque no es para menos.

 

Ahora que ya les he contado lo que me preocupa (muchísimo) déjenme que les prevenga: la semana que viene se estrena la mejor película española del año. Voy a decir más: la semana que viene se estrena una de las mejores películas del año.

 

Se lo digo ya para que puedan ustedes planificarse bien el próximo fin de semana: dejen a los críos con los abuelos, pongan el fútbol a grabar y cojan dos buenas entradas.

 

La película se llama La isla mínima y es un thriller tan absolutamente descomunal que si no vieras los rostros de Antonio de la Torre y de Raúl Arévalo, pensarías que ha salido de Nueva Orleans o de Nueva York. De hecho, a mí me ha hecho pensar en True detective o en Seven, imagínense ustedes mi desconcierto.

 

No soy de esos que consideran el cine español (en genérico) una porquería. Creo que el cine y es cine y para mí la calificación es bueno, regular, malo o coñazo. Sin embargo, y creo que en eso hay bastante unanimidad, la falta de ambición en el cine patrio es algo terrible y una gran mayoría de las producciones a las que se da luz verde son más de lo mismo. Las franquicias son un horror (Torrente es chabacana, vulgar y los chistes van dirigidos a los amantes del reaggeton y la bachata y a los garrulos del barrio) y abundan las obras ‘de autor’ a las que van cuatro gatos pero que son inmediatamente elevadas a ‘obra maestra’ por cuatro esnobs de pacotilla que regentan revistillas de medio pelo que no venden ni mil ejemplares.

 

La cuestión es que La isla mínima es la demostración de que algunas veces basta con un buen guión, un grupo de actores maravillosos y un director valiente para tumbar de un bofetón todos los topicazos sobre el cine que se hace en la piel de toro.

 

La isla mínima, dirigida por un director sensacional llamado Alberto Rodríguez, es la historia de dos policías a lados opuestos del mundo (no geográficamente, sino de un modo más emocional –y sociopolítico, si ustedes quieren) que son enviados a las marismas del Guadalquivir donde se dan de narices con un asesino en serie que lleva años acabando con la vida de las mujeres del lugar sin que a nadie parezca importarle un pito.

 

La ambientación por sí misma es ya una obra maestra, pero súmenle a un realizador con un brutal talento visual y a dos actores perfectos y tendrán una película que se clava en el cerebro como un tenedor y que te deja exhausto y despeinado.

 

Lo he dicho antes: es una de las mejores películas del año y lo único que espero es que se convierta en un gran éxito. De hecho, si esa cosa llamada Ocho apellidos vascos llegó a los 50 millones de euros con cuatro chistes y un actor tan mediocre como Dani Rovira, La isla mínima debería hacer 100 millones de euros y ganar seis Oscar.

 

Me temo que no pasará, pero por pedir.

 

Sean buenos, vayan al cine, y no se pierdan La isla mínima.

 

He dicho.

 

T.G.

 

 


Corred, desgraciados, corred

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¿Qué tal?

¿Siguen ustedes de campo y playa?

¿Han llevado ya los niños a la escuela?

 

(Confiesen, malvados y malvadas, lo a gusto que se han quedado quitándose a los críos de encima… los niños, esa maldición. Un día alguien reivindicará a Herodes y ya puedo visualizarles a ustedes con la camiseta y el llavero promocional y el lema ‘Herodes tenía razón’)

 

Como ven está el país muy entretenido: unos se quieren ir, otros se quieren quedar, unos dicen que todo va bien, otros que somos el primer país de Europa en pobreza infantil, unos llevan barba y no contestan preguntas y otros hacen una (penosa) ley del aborto y luego se la tienen que comer con patatitas y un vaso grande de Don Simón.

 

Sí señores (y señoras) la tragedia nacional sigue y Berlanga sonríe desde su tumba pensando que el país que él dibujó en tantas películas ha superado sus sueños más húmedos. No es que a España no la conozco ni la madre que la parió, es que España, a su edad, quiere que la adopten.

 

Yo es que desde que hace unos meses y durante dos día seguidos contemplé como la noticia más vista en ABC (en el diario ABC, ese bastión de modernidad que hace artículos de tres páginas sobre los peligros de la masturbación) fue ‘¿Cómo son las actrices porno sin maquillaje?’ que he perdido cualquier esperanza de salvación. Luego está ese otro periódico que en su edición en catalán titulaba “Masacres en Irán” y en su edición en castellano “Masacres en Irak”. Así, por el morro, porque –no nos engañemos- Irán e Irak se parecen mucho y en ambos sitios muere gente a diario, así, que, ¿por qué no dejar que el lector escoja dónde quiere la masacre?.

 

Propongo que a partir de ahora, en las noticias internacionales (de las otras secciones ya nos ocuparemos después) dejen un hueco al lector que este deberá rellenar con el país que le apetezca, así se fomenta la interacción.

Por ejemplo, “Decapitan a rehén en …………”. A lo mejor uno se levanta y le apetece rellenar el espacio con ‘Cuenca’ o, ¿qué sé yo? ‘Calasparras’. Así cada lector se haría su propio periódico y siempre habría un tema de conversación con los amigotes, en esos momentos de asueto en el bar.

 

-¿Viste al rehén que decapitaron en Murcia?

-Pero, qué dices, si fue en Pamplona.

 

La sociedad sería más feliz inventándose sus propias noticias, sin tener que depender del cronista de turno, imaginando un equilibrio geopolítico distinto en un mundo mejor repartido.

Con la cantidad de gente que hay inventando noticias a diario para periódicos serios, ¿no sería bonito que el lector también lo hiciera?

 

Ahí se lo dejo, para que reflexionen.

 

Este fin de semana (entrando ya en materia) se estrenan 11 películas.

¿11? (dice alguien rascándose la cabeza con un palito de pan)

 

Sí, 11.

 

De las 11, pueden saltarse 8 o incluso 9.

 

Tenemos un musical, una película de Nicolas Cage, dos películas para adolescentes, una española, una griega, una de terror, una italiana, una superproducción…

 

Yo no sé, oigan, ¿para qué tantas películas?

 

He visto algunas.

 

Si decido quedarme: el coñazo adolescente con una actriz que siempre me ha gustado (Chlöe Grace-Moretz) pero a la que me temo que acabaré cogiendo manía si empieza a ir de adolescente atormentada.

 

Joe: una película que demuestra que –si quiere- Nicolas Cage puede ser un gran actor. Ya, ya lo sé, son ustedes unos incrédulos y no quieren dar crédito a mis palabras (es comprensible, les he engañado muchas veces y ya no se fían de mí) pero déjenme que les explique.

 

En Joe, Cage es un ex convicto de pocas palabras que trata de rehacer su vida. Un día conoce a un chavalote (Tye Sheridan, el de Mud, un niño pequeño pero matón) y se le despierta el instinto paternal, lo que significa que hará lo que sea para protegerlo. Naturalmente, eso implicará volver a meterse en líos con algunas personas, justo lo que estaba tratando de evitar.

 

Parece una película de justiciero a lo Charles Bronson, pero es un filme muy bien rodado, espléndidamente dialogado, muy contenido y con esplendidas interpretaciones. Una excelente película que deberían ir a ver.

 

Si prefieren dedicarse al entretenimiento puro y duro les recomiendo El corredor del laberinto, que me ha parecido dignísima, a pesar de ese final que ya anuncia la secuela (mecagoen las secuelas excepto las de El Padrino, El imperio contraataca, Indiana Jones y el templo maldito, Aliens y Terminator 2). Aun así, un notable filme con espíritu de serie B y un arranque fenomenal.

 

He dicho.

 

(De lo demás no digo nada, que me canso).

 

Abrazos/as,

T.G.

 


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Señoras y señores,

 

¿Ya han vuelto ustedes de vacaciones?

 

Mi pésame a aquellos/as que hayan decidido quedarse en este glorioso país (por el motivo que sea, financiero o emocional) y han sufrido el peor agosto desde que estalló la Guerra Civil Española. Con la mano en el corazón: lo siento.

 

Yo no he hecho vacaciones, sólo viajes de esos de arriba y abajo. Gracias a Dios he abandonado los festivales de cine y no me veo obligado a arrastrar mi culo por Venecia y Toronto (de San Sebastián dimití hace ya una década), así que ahora estoy en casita escribiendo y alegrando sus vidas con mi célebre prosa.

 

Supongo que estarán ustedes eufóricos con la perspectiva de volver a trabajar en sus respectivos agujeros/oficinas/madrigueras/empresas. Lo entiendo, el trabajo honra y nos hace mejores.

 

(Me estoy aguantando la risa, discúlpenme).

 

Bueno, vayamos al tema: hoy les quiero hablar de dos peliculillas.

 

La primera se llama Líbranos del mal y está bastante bien aunque a mitad de la película al responsable se le escapa el timón y se estampa contra un iceberg (se me entiende la metáfora). Aun así, fíjense, tiene un inicio tan potente y atmosférico que se le perdono todo.

 

La cosa es sencilla: un oficial de policía que ha visto cosas la mar de chungas se encuentra frente a un caso que sugiere la presencia de una fuerza sobrenatural. Una fuerza sobrenatural maligna, concretamente.

Esta parte de la película, centrada en la vida diaria del detective, es tan absolutamente brutal, que uno cree estar frente a uno de los mejores filmes de terror de los últimos años.

 

Sin embargo, cuando la acción pasa del paraíso infernal en el que transcurren los días del poli a la vida personal del propio detective, habemus cagata.

 

Lo malo es que lo que se ha prometido al espectador, un tono concreto, muy parecido al de Seven, se vuelve después una especie de thriller intimista donde el foco se desvía a… bueno, no quiero hacerles spoilers, pero dejémoslo en que el personaje principal (interpretado por el siempre magnífico Eric Bana) es estupendo, pero los demás lo son bastante menos.

 

Es una pena, porque la dirección es magnífica y la película tiene escenas espectaculares (la llegada al caso de la que hablábamos antes y la visualización del escenario del crimen son descomunales), pero el guión se queda a medio camino y a la hora empiezas a mirar el reloj. Ay, amigos y amigas, el terror.

 

Y luego estrenan lo último de Clint Eastwood, Jersey boys, que a mí ni fu, ni fa.

Ya saben los que vienen leyendo(me) este bonito blog que soy muy fan de Eastwood y mi lealtad hacia su persona es indiscutible, pero entre que los musicales se me atragantan (no recuerdo el último que me gustó… bueno, sí, Granujas a todo ritmo) y que los niños de la película me dicen entre nada y poco, pues oigan.

 

La peli es la adaptación de un famoso musical de Broadway que aquí no conoce ni el Tato y me temo que van a hacer cuatro duros en taquilla. Ojalá me equivoque, porque a Clint siempre le deseo lo mejor.

 

Seguramente esperarán ustedes que les explique la trama de Jersey boys, pero es que entre tanta canción y tanto baile no acabé de entender de qué iba, la verdad sea dicha.

 

También estrenan La abeja maya, en animación, ante la cual sólo puedo manifestar mi más entusiasta entusiasmo (maldita la redundancia). Es un gusto ver como le sacan leche a la teta de una abeja y por el camino mancillan un bonito recuerdo de mi infancia.

 

 

Abrazos/as,

T.G.


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Hola señores y señoras,

 

Cómo están ustedes? (Ya saben que siempre que hago esa pregunta me los imagino a todos gritando al unísono: “Biennnnnn”.)

 

Como les prometí, ya he visto El niño, que cuando escribo estas líneas encabeza la taquilla española, por encima de Lucy y Guardianes de la galaxia (de las dos ya hemos hablado en este humilde blog), y promete ganar el fin de semana, aunque de momento no conocemos las cifras.

 

Antes de entrar al trapo con la película de Daniel Monzón, permítanme que felicite a Tele 5 por su insoportable campaña de marketing con ella, que casi me ha convencido de que era una porquería por pura machaconería.

Llevamos ya tres meses de Niño aquí y Niño allá, en cada programa, en cada pausa, en cada debate, en cada periódico, televisión, radio y blog de nuestro país. Sin tregua, como si la táctica de bombardear al españolito por tierra, mar y aire con lo de la maldita película fuera a asegurarles el taquillazo.

 

Bueno, ya saben ustedes que la cosa ha funcionado con Torrente(s), Los ojos de Julia, El orfanato, Lo imposible y Ocho apellidos vascos, así que para qué iban a querer cambiarlo. Al final tenemos lo que nos merecemos, pero yo siempre he creído que hay una gran cantidad de espectadores que simplemente no va (menos a Ocho apellidos vascos, a esa fue todo el mundo menos mi abuela) por el coñazo que te dan (día y noche) con el producto de turno.

 

A lo que íbamos.

 

El niño es una buena película, magníficamente dirigida, bien escrita y con algunas escenas (como la famosa persecución de lancha y helicóptero) que son francamente espectaculares. Los actores son de primera (aunque a mí el niño de los ojos bonitos y que todas las niñas quieren beneficiarse me toque bastante el pie), especialmente Luís Tosar y Jesús Carroza. Este último encabeza ahora mismo mi ranking de actores secundarios españoles con su capacidad para crear personajes de la nada, con un par de pinceladas. Su perdedor en El niño es un tipo memorable, y seguro que todos somos capaces de nombrar a alguien que nos lo recuerda, muestra indiscutible de que en lo específico se esconde lo universal.

 

Así pues, todo bien, Monzón demuestra que es un director de primera clase (a este le veremos volar en breve, junto a Bayona, en Hollywood) y que, aunque haya transcurrido casi un lustro entre ésta y su anterior película (la impresionante Celda 211), no se le ha olvidado dirigir.

 

Dicho esto, a mí la película no me parece memorable. Creo que hay cierta frialdad en el tono, cierto nervio que echo de menos, y que –me da la impresión– al niño se le ha escogido por su cara bonita más que por otros factores y que, cuando lo vemos con Luís Tosar, se pone de manifiesto que sí, que realmente es un niño.

Además, si tenemos en cuenta lo que era Celda 211, un thriller afilado como el maldito bisturí de Hannibal Lecter, El niño me parece corta: en ambición y en resultados. Quizás porque cuando hizo Celda 211 Monzón contaba con un presupuesto limitado y todas las decisiones eran puramente narrativas (que no estéticas), en esta ocasión me temo que, obligado por el gigantismo del propio filme que tenía entre manos, a veces parece como si tuviera que cumplir con un cupo de acción que queda muy bien en los trailers pero acaba resultando –al menos para mí– un simple recurso, un set pensado para embobar al público.

 

El niño me hace pensar en Manhattan sur o Heat, lo cual debería ser un piropazo, pero, mientras Mann y Cimino apretaban el acelerador hasta el fondo, Monzón se ve obligado a darle constantemente al embrague.

 

Ya saben lo que decía Harry El sucio de las opiniones: “Son como el culo, todo el mundo tiene una”. Bueno, pues ahí tienen la mía.

 

Hala, abrazos/as,

T.G.

 

 


en-el-ojo-de-la-tormenta

 

Buenas señores/as,

 

¿Qué tal están? ¿Se han portado bien? Voy a creer que sí y les voy a obsequiar con uno de mis fabulosos posts que harían sonreír a Shakespeare, Dante, Melville y Alfonso Ussía.

 

Debería haber sido rapero porque la fuerza de mis palabras es algo propio de la ciencia-ficción, pero no sabía cómo ponerme la gorra y me quedaban mal los pantalones anchos, así que opté por escribir un blog para el señor Moltó. Eso sí, a veces cuando escribo muevo las manos como un rapero y digo “yo, yo” [lo pronuncio “llou, llou”] e imagino que estoy en Brooklyn y que las niñas me miran y me guiñan el ojo.

 

Esta semana quería hablarles de El niño, de la que no paro de oír cosas buenas (Daniel Monzón, director de Celda 211, va para grande), pero aún no he podido verla. No quiero que nadie sufra por ello, que ya veo por ahí ojos llorosos y caras de preocupación, ya que mañana mismo haré los deberes en uno de esos multisalas que parecen salidos del infierno, con jóvenes que llevan gafas de sol dentro del cine y un tatuaje en la nuca que pone “Collejas por la voluntad”.

 

En fin. Tranquilízate T.G.

 

(He empezado a hablar conmigo mismo y estoy mucho mejor, como pueden comprobar.)

 

Para compensarles por lo que no he podido ver y que va a ser la gran noticia para el cine español hasta que entrenen la vigésimo-segunda entrega de Torrente, les voy a hablar de lo que sí he visto, que es una auténtica chaladura con la que me lo pasé como un chaval: En el ojo de la tormenta.

 

Recuerdan ustedes esa película llamada Twister? No, Twitter no, Twister.

 

(Esta pregunta determinará a qué generación pertenecen ustedes.)

 

Bueno, si no la han visto, se la cuento –los que la hayan visto pueden saltar hasta el próximo párrafo. Twister (que significa “tornado” en inglés) es una película sobre un grupo de cazadores de tornados que intentan descubrir la manera de predecir a esos malos bichos con el tiempo suficiente para que las poblaciones puedan ser desalojadas. La protagonizaban Bill Paxton, Helen Hunt y el mismísimo Philip Seymour Hoffman. Sí, lo han leído bien.

 

En el ojo de la tormenta tiene el mismo sujeto (los tornados), pero con cámara en mano (ya saben, el famoso “found footage”) y con unos efectos especiales tan bestiales que la cosa acaba siendo un festival de luz y colores.

 

Se lo digo ya desde ahora: la peli no vale un pimiento.

 

No tiene guión.

Los personajes son de cartón piedra.

La narrativa es inexistente.

El final no tiene ningún sentido (bueno, y el principio tampoco).

 

Sin embargo, si lo que buscan ustedes es un poco de diversión que les aleje de este país delirante que tenemos, En el ojo de la tormenta es su película. El nivel de destrucción en pantalla es tan salvaje que 2012 parece una bromista (vale, bueno, exagero un poco). Sólo les recomiendo lo del tornado en el aeropuerto: si el tornado más grande jamás recordado es un F5 este es un F18000.

 

No les digo más, si les gustan las películas apocalípticas incomprensibles pero deliciosamente caóticas, ya están corriendo al cine. Yo no me lo pasaba tan bien desde Independence Day.

 

Si alguien ve El niño antes que yo (hablaré de ella el sábado) que la comente. Que lo casque. Que lo diga.

 

Hala, hasta el sábado. No dejen que se los lleve el tornado.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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No estoy bien, se lo confieso. No es broma, ando muy jodido, así que van a ser ustedes mi diván.

 

Llevo unos días en que no levanto cabeza, sólo me ayudan el vino y las pastillas mágicas (no, no el Viagra, pervertidos). Es culpa mía, eso es lo peor, no tengo nadie a quien echar a los perros.

 

 

 

Hasta aquí mi confesión de hoy. Ya pueden dejar ustedes de ser el diván.

 

 

 

Hoy hablamos de Lucy, que se estrena mañana. Ya saben, la película de Scarlett Johansson donde ésta va soltando tiros y demás delicatessen con una pistola en cada mano.

 

 

 

El precepto –digámoslo ya- es absurdo: una chica normal y corriente se mete en un lío tremebundo sin comerlo ni beberlo y acaba tomando una droga experimental que expande su cerebro hasta límites inimaginables.

 

 

 

Se ha dicho muchas veces aquello de que sólo usamos un 10% de nuestra capacidad cerebral. Y se ha especulado también con lo que pasaría si utilizáramos el 100%.

 

 

 

Lo cierto es que nadie sabe que parte del cerebro usamos y algunos científicos se han molestado en indicar que lo que realmente pasaría si alguien usara el 100% de su capacidad cerebral: acabaríamos en un manicomio porque el cerebro ordenaría al cuerpo hacer todo a la vez. Todo. Naturalmente, todo son conjeturas, nadie sabe que pasaría pero me resulta más razonable pensar en un tipo volviéndose loco ante una cantidad descomunal de impulsos eléctricos que a otro volviéndose telépata, telequinésico y omnipotente.

 

 

 

Sin hacer demasiados spoilers, algo parecido (con bastantes matices) es lo que lo sucede a nuestra querida protagonista, una Johansson que parece estar pasándoselo como una niña en un columpio a la que cada vez empujan más arriba.

 

 

 

Así dicho, podrían ustedes/as pensar que estamos ante un coñazo de película o algo peor. Pues no, quitándole los últimos 20 minutos (puro delirio) Lucy es una de las películas más entretenidas del verano. Espléndidamente dirigida por un veterano de la acción como Luc Besson (el señor de El quinto elemento o los Transporter), la película tiene un par de escenas memorables y una de las mejores persecuciones de la historia del cine: la que tiene lugar en el centro de París, y que hubiera firmado el mejor George Miller, John Frankenheimer o el Friedkin de French connection.

 

 

 

Me perdonaran que hoy sea más breve que de costumbre, me cuesta escribir con tantas sombras en la cabeza pero no quería dejar de cumplir con ustedes/as.

 

 

 

Un abrazo,

 

T.G.

 


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Amigos y amigas,

 

He vuelto, después de una larga (pero grata) ausencia. El motivo de mis reiteradas faltas de actualización no ha sido –como siempre- mi alarmante tendencia a la procrastinación sino un largo viaje desde Barcelona a Moscú y de allí a Los Ángeles para acabar en Las Vegas, donde (aunque parezca mentira) sólo perdí 20 dólares después de un lamentable intento por entender la mecánica de una moderna máquina tragaperras. ¿Dónde quedaron aquellas maquinicas con manzanas, peras y cerezas? El cacharro me preguntaba si quería jugar a una línea, a dos o a diez. No lo sé, oiga no lo sé, no tengo ni la más mínima idea. Naturalmente le di a jugar a diez (soy un tío ambicioso) y perdí 15 dólares de una tirada. A mi lado, una mujer de rasgos asiáticos, se tomaba un mojito mientras miraba embobada una mesa de black-jack mientras mascullaba algo en chino (o quizás fuera coreano) que no entendí.

 

Lo de Moscú se lo cuento otro día, tan solo explicarles que mi presencia en el país coincidió con una de las cuatro fiestas nacionales por motivos militares. Esta vez era el de la marina. Pregunté si había que tomar alguna precaución ante la perspectiva de miles de marinos borrachos. “No, no se preocupe, a menos que sea negro o gay no tiene nada que temer” me dijo el recepcionista del hotel, como quitándome un peso de encima.

 

Lo dicho, ya se lo cuento otro día, con un par de vodkas encima.

 

Bueno, pues aprovechando mis viajes me vi unas pocas películas: Lucy, Life after Beth y Guardianes de la galaxia.

 

De la primera ya les hablo la semana que viene, cuando se estrena; de la segunda no lo sé, porque no sé si alguien va a querer comprarla (aunque me reí mucho con ella, las cosas como sean); de la tercera, una obra maestra como la copa de un pino, paso a hablarles ahora mismo.

 

¿Obra maestra? Dirá alguno/a frunciendo el ceño y rascándose la áxila. Pues sí., amigos, porque una película sin ínfulas de ningún tipo que acaba llegando al nivel de brillantez de Guardianes de la galaxia no puede ser calificada de ningún otro modo.

 

Naturalmente, la vi en Imax 3D con Atmos (dos veces) porque en Estados Unidos tienen estas cosas (en España han cerrado los Imax de Barcelona y Madrid, después de una patética trayectoria trufada de documentales sobre animales y deterioro de las instalaciones) y uno tiene la obligación de disfrutarlas por encima de cualquier otra consideración.

 

Supongo –les tengo a ustedes por personas inteligentes- que ya habrán ido a verla o estarán pensando en hacerlo. También supongo que otros/as dudarán de ir porque pensarán que es otra de superhéroes y ya tienen sobredosis.

 

No se preocupen, Guardianes de la galaxia no es una película de superhéroes. Guardianes de la galaxia es una comedia, con pinta de película de acción y disfrazada de epopeya de ciencia-ficción. El reparto es tan jodidamente mayúsculo (con Chris Pratt llamado a ser estrellón en breve) y tan bien mezclado que cuesta pensar en que algo podría haber sido mejor.

 

La historia, por si no la conocen: un niño es abducido por unos extraterrestres a las puertas de su casa. Veinte años después ese mismo niño se ha convertido en un contrabandista espacial metido en toda clase de líos (un Han Solo con más músculos y el mismo sentido del humor) que se verá envuelto en una guerra entre uno de los personajes más poderosos de la galaxia y algunos de sus colegas.

 

La banda sonora (sensacional), los efectos especiales (deslumbrantes) y el tono de la película, que nunca se toma a sí misma en serio, hacen de Guardianes una de las mejores pelis de lo que va de año: divertida, fresca, genial y corta, cortísima.

 

Por una vez, y aunque el sello Marvel siempre ayuda, hay que decir que la taquilla le ha reconocido los méritos y la ha empujado a una recaudación que ya supera los 400 millones de euros en todo el mundo.

 

En resumen, si les interesa saber lo que una señora verde, un culturista tatuado, un mapache superdotado (hablo del intelecto, pervertidos), un árbol con poco vocabulario y un contrabandista pueden hacer en la pantalla grande, ya tardan.

 

Vamos, hop hop, deprisa.

 

Abrazos/as,

T.G.

P.D.: descansen en paz ese tremendo actor y grandísimo actor llamado Robin Williams y mi adorada Lauren Bacall. Ojalá estén ustedes disfrutando de un sitio mejor, amigos.


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Señores, señoras, he vuelto.

 

Justo a tiempo para ver como Pujol por fin se ata su propia soga y se cuelga.

 

Ahora espero que hagan lo mismo Botín, Camps, Cotino, González y todos los que se han enriquecido mientras nos hablaban de lo importante que era mantenerse recto e inmune a las tentaciones.

 

Naturalmente, todos van a robarnos de una forma u otra así que al final sólo cabe pedirle al ladrón algo de elegancia y mucha discreción. Esto es España y aquí todo pasa y nada cambia, pero al menos esperemos poder tener el placer de ver a algunos de esos ladrones sin palancas y de día entrar a la cárcel. Aunque luego dentro tengan teles, y bonitas celdas individuales, y reproductores de dvd y los guardias les lancen piropos al pasar, porque –eso sí- nadie es miserable con tanto estilo como nosotros.

 

Para compensarles por todo esto, la morralla política y social que estamos condenados a soportar (incluyendo a un montón de corruptos de pequeña intensidad que hacen nuestras vidas menos soportables) les hablaré hoy de la que es posiblemente la mejor (o una de las mejores) película que veremos este año en este delicado país nuestro, que un día nos engullirá con un terremoto para demostrarnos lo cansado que está de nuestra maldita presencia.

 

Me despisto, perdón.

 

La película, tan delicioso que es difícil no rendirse ante ella, se llama Boyhood y su director es Richard Linklater.

 

A Linklater le conocerán por aquella preciosa trilogía donde dos amantes se reencuentran periódicamente en una ciudad distinta y en un día (sólo por ese día) hablan de si mismos. De lo que les preocupa, de aquello que aman, de lo que odian… de lo que envidian.

Son películas tan sencillas (Antes del amanecer, Antes del atardecer, antes del anochecer) y sin embargo tan complejas que uno siente que está aprendiendo algo de lo difícil que es ser simplemente humano tan solo por sentarse delante de una pantalla a oír hablar a esos dos personajes, maravillosos Ethan Hawke y Julie Delphy.

 

Pues bien. El señor Linklater tenía un pequeño proyecto, que ha estado rodando una semana al año durante doce años, con los mismos actores. De tal forma que –rizando el rizo- por primera vez el espectador puede ver a los protagonistas de una película envejecer ante sus ojos. Sin tener que recurrir a efectos especiales o maquillajes aparatosos. Simplemente por la obsesión de un director a la hora de pensar en un cine distinto, más atrevido, más ambicioso: mejor.

 

Da bastante igual que la película no tenga un línea narrativa muy marcada, porque el simple hecho cotidiano de encontrarse con esos actores, año tras año, y verles envejecer, madurar, volverse más sabios (o más idiotas), le añade al séptimo arte una capa de magia que nunca había tenido.

En cierto modo, al confundir a actores y personajes, Linklater entrega al espectador su propia Capilla Sixtina y le pide que la pinte a su gusto, que establezca en ella las relaciones que considere oportunas: que cierre los ojos y deje volar su imaginación, como cuando eres pequeño y estás convencido de que si lo deseas puedes aprender a volar.

 

En esa ingenuidad, a la que se aplica un barniz de calidez y otro de emociones (de las buenas, no de las que llevan aditivos y encuentras en las estanterías de los supermercados de Hollywood) explota en la retina del espectador y llega directamente a su cerebro. El cinéfilo sonreirá, el listo callará y el espectador convencional pensará que está viendo algo muy extraño, pero que es –en general- algo bueno.

 

El cine sensorial, que es algo que uno no puede forzar porque interactúa con nuestros sentidos sin pedirnos permiso, encuentra en Boyhood uno de los ejemplos más bonitos y sentidos que nos ha dado el cine en toda su historia.

 

Dentro de unos años hablaremos de ella con reverencia, la repasaremos para asegurarnos de que no fue una broma y la dejaremos a nuestros amigos para hacernos los guays.

 

La estrenan el 12 de septiembre y con total seguridad ganará entre poco y nada de dinero. Habrá otras cosas más grandes y ruidosas que reclamarán nuestra atención y es bien sabido que nos distraemos fácilmente, así que nos olvidaremos de ella.

 

Con suerte, resistirá en alguna capital de provincia durante unas cuantas semanas.

 

Por eso, antes de que se estrene, les advierto sobre ella. Para que la apunten y no se olviden.

 

Ya me lo agradecerán luego.

 

Un abrazo y buenas vacaciones,

T.G.


Anarchy

 

Hola señores y señoras,

 

¿Qué tal?

 

Espero que vieran ustedes/as (como vi yo) el lamentable espectáculo de nuestros políticos con el llamado “cañonazo”. Pocas veces se ha televisado un ridículo mayor en nuestra historia reciente (y mira que estaba el listón por las nubes). Pero así son sus señorías, intentando legislar sobre internet cuando apenas saben escribir.

 

Qué gusto de país, dan ganas de tirarse por el balcón.

 

Y de cine, ¿qué? Pues ya ven, la taquilla suicidándose cada fin de semana. Montoro sudando de cualquier tipo de esfuerzo colateral (la bajada del IVA) y la población repitiendo aquello de que “el cine español es malo”. Cuando vean La isla mínima y El niño, ya me lo dirán.

 

Y dicho todo esto, parte de mi habitual discurso optimista, pasemos a las novedades de la semana. Son alrededor de media docena pero les hablaré de dos porque –francamente– tampoco es que sea para tirar cohetes.

 

La primera es Sex tape (aquí titulada Algo pasa en la nube). Para los lectores masculinos es importante que sepan que Cameron Diaz sale desnuda y se conserva extremadamente bien. Para las lectoras femeninas decir que sale Jason Seger y que, aunque se ha adelgazado mucho, sigue siendo el tipo alto y raro de siempre. A ver, yo no digo que sea feo, pero como hombre objeto no cuela. Y si la cosa va de que es la pareja de Cameron Diaz, pues tampoco cuela.

 

Algo pasa en la nube explica la historia de una pareja que, vencida por la monotonía de la vida conyugal (los niños y blablablá), decide grabar una cinta de sexo casero. Lo malo es que en tiempos modernos uno tiene que tener mucho cuidado con los botones que toca y lo que acaba sucediendo es que el torpe marido lo cuelga sin querer en la nube, con lo que muchos colegas pueden acceder al material.

Así que marido y mujer se lanzan a una loca carrera por confiscar todos los Ipads donde parece estar contenida la información.

 

El primer problema de la película es su evidente (e inevitable) obsolescencia programada: dentro de un par de años la nube será otra cosa y la película se verá como una antigualla. Supongo que les importa un pito, pero había que decirlo.

 

Lo segundo es que la pareja no cuela. Así de sencillo. Es obvio que él está en el filme por su (innegable) vis cómica, pero, más allá de eso, es pedirle peras al olmo que un espectador se trague que ese señor está con esa señora.

 

Lo tercero es que la película tiene una excusa muy pequeñita y que además el núcleo es inofensivo. Imagínense ustedes grabando una cinta porno con su pareja y que esta se cuelgue por error en la nube y que sus conocidos tengan acceso a ella. Aunque sea una comedia, habría que percibir esa tensión y lo cierto es que aquí no se percibe en absoluto.

 

Lo cuarto es que esta es una comedieta divertida, que pasa rápido, que tiene cinco o seis gags geniales y que ellos (independientemente de que uno se trague ese matrimonio) están muy bien. Por tanto, si no desean complicarse la vida y pasar una hora y media de su vida en formato ligero, con unas cuantas risas en el camino, esta es su película. Si busca usted/a algo más complejo y elaborado huya. Pero corra.

 

La segunda película que –sorprendentemente– es entretenida (muy entretenida) es la secuela de The purge, un filme que a mí me parece regular y hasta pretencioso, pero que en esta segunda entrega se olvida de las hombreras y se dedica a divertir al espectador. En ese sentido del espectáculo está lo mejor de La noche de las bestias (así se llama), que recuerdas a esas pelis italianas de los ’80 como Los guerreros del Bronx. Además, el protagonista es Frank Grillo, un actorazo de pura raza (sólo hace falta ver Warrior para darse cuenta de ello) y la peli es un pepinazo en el sentido puramente rítmico.

 

Ya saben de qué va el tema: durante una noche en Estados Unidos el crimen es legal y uno puede hacer lo que le dé la gana sin que la ley haga nada para detenerlo.

Obviamente, los ricos se protegen en sus fortalezas mientras que los que no tienen donde caerse muertos acaban en un agujero o en un contenedor.

 

Aquí se añade la idea de un vengador y una pareja que parece haberse caído de un guindo, lo que le otorga a la receta un plus de maldad (de serie B) que se agradece.

 

Estrenan más películas, pero yo no iría a verlas.

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 

 

 

 


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He vuelto.

 

Hoy estaba leyendo la historia de un ciudadano holandés que perdió el avión que desapareció en algún lugar del Océano índico y que antes de ayer perdía el que fue derribado en Ucrania (por cierto, qué papelón el de algunos medios calificando de “accidente” el hecho de que un misil impactara con un avión en pleno vuelo, cuando ya se había confirmado que no había sido ningún accidente. Lo del lenguaje es algo maravilloso), salvándose así de una muerte segura no en una, sino en dos ocasiones.

 

Pensé qué buena película sería eso, si alguien se atreviera a hacerla. No dentro de dos años, ni de cinco, ahora. También he pensado muchas veces (extrañas conexiones que tiene mi cerebro, o lo que me queda de él) cuánto me gustaría ver una buena película sobre lo qué ha pasado en el País Vasco durante los últimos 40 años con una organización terrorista llamada ETA. Sin embargo, y un día alguien lo lamentará, la historia está pasando de largo y –de nuevo– volveremos a perder la oportunidad de aprender algo de los momentos difíciles.

 

Estamos en un momento de la historia de este país que será recordado por nuestros hijos y nuestros nietos. No sólo por lo de Cataluña, o por lo de Podemos, o por la sensación de que el bipartidismo que hemos sustentado con nuestros votos desde los años ’80 (no sé si lo de la UCD cuenta para algo) va a acabarse. Hay algo más: la sensación de que en las próximas elecciones generales a este país no lo reconocerá ni la madre que lo parió. ¿Y qué hacemos? En lugar de tomar nota y documentarlo y hablar de ello en tiempo real, nos dedicamos a regodearnos en sandeces y a olvidarnos de lo que se discute aquí es nuestro futuro. Plain and simple, como dirían al otro lado del Atlántico.

 

Bien, pasado este ataque de trascendencia (no se me preocupen, sólo los tengo cada tres o cuatro meses, la medicación me tiene bastante a raya), decirles que este fin de semana se estrena –al menos– una película cojonuda, que deberían ir a ver inmediatamente: El amanecer del planeta de los simios.

 

Todos/as recordamos/as el clásico de Charlton Heston. Todos/as hemos querido olvidar el despropósito de Tim Burton. Y –creo– que todos/as podemos reconocer lo estupenda que era el reboot de hace un par de años, extremadamente inteligente y totalmente solvente. De pronto anunciaron que el director lo dejaba y a algunos/as (incluido yo) se nos cayó el cielo encima: la gracia de la película era tener a un tipo con ideas frescas, un novato que no dudó a la hora de pasarse por el forro lo que se suponía que tenía que ser el filme para perseguir su propia visión del mismo.

 

Sin embargo, cuando anunciaron que Matt Reeves tomaba el control, reconozco que me iluminaron los ojos. Un tipo del círculo de JJ Abrams, con dos películas en su currículo de la altura de Déjame entrar y (la brutal) Monstruoso y un talento que no le cabe en el cuerpo.

 

Lo primero que hizo fue contratar a Gary Oldman y a Jason Clarke. Lo segundo, reescribir el guión. Y lo tercero, convertir la película en algo más que la secuela de un reebot que es en realidad un remake (lo siento, yo también me he mareado al decirlo).

 

El amanecer del planeta de los simios es un tour de force, una reflexión sobre la humanidad que va más allá del puro espectáculo (que lo hay, créanme, madre de Dios si lo hay) y que entronca de algún modo con un humanismo que es difícil ver en las grandes superproducciones de Hollywood. Tanto es así, que muchos republicanos y la Asociación Nacional del Rifle (los que van después de cada matanza en un colegio a decir que las armas no tienen culpa de nada) han puesto al grito en el cielo por lo que ellos consideran que es un manifiesto radical contra las armas de fuego.

 

La película arranca un tiempo después de donde lo dejó la anterior: César es el líder de un numeroso grupo de simios que viven en algún lugar al otro lado del Golden Gate. La gripe simia ha barrido el planeta y diezmado a la humanidad hasta límites insospechados, pero –aun así– estos siguen empeñados en buscarles las cosquillas a los simios, lo que provoca un conflicto que va a poner al hombre contra las cuerdas.

 

Los efectos especiales son algo descomunal (atención al CGI de los simios, que demuestra cuanto ha avanzado esta tecnología) y el diseño de producción es extraordinario. No se mira el reloj ni una sola vez y cuando se encienden las luces a uno se le queda la cara de “¿puedo tomarme otro Cola-cao, papá?”.

 

Sí señores, es así de buena. Un espectáculo sensacional por el que vale la pena pagar el precio de una entrada.

 

Corran, coño, corran.

 

(Si es posible en versión original, la voz de César en la doblada es una aberración.)

 

Abrazos/as,

T.G.

 

 


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