En un principio no me lo podía creer; la sensación de eso que en francés denominan como “déjà vu” (ya visto anteriormente) era total. La causa era un correo enviado por la Fundación Mapfre, con fecha 28 de Octubre de 2011 (o sea, escasamente dos meses y medio antes de cuando esta entrada aparezca publicada), bajo el titular de “Estudio sobre amaxofobia”. Pero si esto es de hace ya varios años, y juraría que también de Mapfre, pensé inmediatamente; y sin lugar a dudas, porque recordaba haber escrito una columna al respecto en “Automóvil” años atrás. Así que repiqué el correspondiente “doble click” sobre la noticia, y me encontré con el siguiente texto: “Después del estudio sobre amaxofobia que realizamos en el segundo semestre de 2005, y que fue el primero que se hizo en España, tratamos ahora, después de 5 años, de realizar una segunda edición desde el punto de vista cualitativo, incidiendo en casos concretos y personalizados, para estudiar y comprobar evolución y diferencias, y entender esta fobia desde experiencias personales concretas”. Pues ya han tardado en publicarlo, me dije, si es del segundo semestre de 2010 (5 años más que el primero) y lo envían como primicia a finales de Octubre de 2011.

Así que recurrí al archivo histórico de textos de mi ordenador, y en el segundo semestre de 2005 no había nada al respecto; consulté las seis revistas de dicha época, y las dos primeras de 2006, por si el estudio se había publicado en Diciembre y mi comentario en Enero o incluso Febrero, y tampoco. Como no estaba dispuesto a admitir, al menos tan pronto, ser víctima de alucinaciones, empecé a buscar en mi archivo marcha atrás, y ¡bingo!, para el nº 328 de “Automóvil” (correspondiente a Mayo de 2005) apareció el dichoso comentario, escrito y cerrado originalmente el martes 5 de Abril de 2005. Dado que es imposible escribir un comentario sobre algo todavía no publicado, es evidente que el estudio se debió publicar en Marzo de 2005 como muy tarde; porque entre acabar el estudio, editarlo, enviarlo a los medios de comunicación, que yo lo leyese y le dedicas el tiempo suficiente para acabar mi comentario el 5 de Abril, tuvo que pasar un cierto tiempo. Total, que de segundo semestre, nada de nada; mal empezamos.

Así que del comunicado pasé a abrir el documento completo, que ahora ya se titulaba “Estudio cualitativo sobre amaxofobia o miedo a conducir”; al menos ya no es el mismo, pensé, porque éste es cualitativo. Pero en el texto más extenso se seguía insistiendo en que fue realizado durante el segundo semestre de 2010; y es posible, ya que una cosa es el trabajo de campo, y otra convertirlo en un informe para publicar. Pero en tal caso, y por la misma razón, el informe original bien pudo haber sido realizado en el segundo semestre de 2004, y no de 2005, en cuyo caso la diferencia con el segundo pasaría a ser no de cinco, sino de seis o siete años, en función de que el último se hubiese realizado en el segundo semestre de 2010, o quizás del propio 2011. Y es que con ese calendario tan elástico que utilizan en Mapfre, cualquier cosa es posible.

Amaxofobia

Una vez relativamente aclarado el aspecto cronológico, me sumergí en la lectura de este nuevo estudio, ahora cualitativo, y llegué a la conclusión de que la primera parte no era más que un refrito del anterior, para ofrecer luego una segunda que era la nueva aportación cualitativa; o sea, profundizando en los aspectos psicológicos y clínicos del problema. A fin de poner en antecedentes a los lectores que, ni entonces ni ahora, hayan tenido ocasión (o paciencia) de leerse semejante montón de páginas (casi 40 el primero y 26 el segundo), presentaré a continuación un resumen de lo que, en el segundo estudio, se dice respecto a la manifestación de los síntomas de la amaxofobia, dejando para el final el análisis clínico y mi posterior comentario.

Así que allá va lo que es la amaxofobia, utilizando retazos, unas veces literales y otras resumidos, de este segundo y más nuevo informe:

La amaxofobia es el miedo a conducir; ¿por qué se sufre este miedo y qué rasgos presentan estas personas? La mayoría de los afectados tiene carné de conducir desde hace más de 15 años, ya no conduce con frecuencia, y admite que comenzó a tener miedo a ponerse al volante a los pocos años de obtener el permiso. El porcentaje de mujeres con amaxofobia es casi doble que el de hombres; la mayoría son mujeres de más de 40 años que han sufrido o presenciado un accidente de tráfico grave, o que actúan con inseguridad porque necesitan controlar múltiples facetas de su vida, incluida la conducción. La amaxofobia también la sufren los hombres, aunque en un porcentaje mucho menor, a una edad más tardía (a partir de los 60 años) y siempre por aspectos relacionados con la limitación de sus capacidades.

También afecta a personas que tienen miedo a la falta de control, que son inseguras y que sufren estrés y depresión habitualmente. Y también suele presentarse en personas que han dejado de conducir durante un periodo de tiempo y que padecen otras fobias, como miedo a volar o a permanecer en espacios cerrados. Personas responsables, autoexigentes, perfeccionistas, a quienes les gusta tener bajo su control todas las posibles variables, incluida la conducción. A la mínima sensación de riesgo prefieren no conducir, y ponen cualquier excusa para no salir de casa; eso les convierte en muy dependientes, y acostumbran a cambiar de planes continuamente. En consecuencia se sienten frustradas, tristes, impotentes y con la autoestima baja. Cuando se ven obligadas a ponerse al volante, lo hacen siempre con ansiedad, nerviosismo, taquicardia, palpitaciones, sudoración en las manos, vértigo, nervios en el estómago, temblor en las extremidades, dolores musculares y de cervicales, e hiperventilación (falta de aire). Más de la mitad de las personas con amaxofobia conduce de forma esporádica, realiza los mismos recorridos y se impone ciertas limitaciones, como no conducir sin acompañante, por autopista o autovía, con mucho tráfico o por la noche.

Hasta aquí, el resumen de los signos externos y la tipología de personas que sufren esta dolencia; y puesto que el primer informe, muy en resumen, venía a decir prácticamente lo mismo, me dio pie a publicar el siguiente y ya citado comentario, que reproduzco a continuación, para ahorrarme trabajo, y quizás evitar decirlo peor que hace seis años:

“La palabreja ha tenido éxito: apenas difundido el informe Mapfre titulado “Amaxofobia: miedo a conducir”, muchos medios de información lo reprodujeron. Al margen de su etimología griega, habría una razón (aunque no la he oído ni leído) para interesarse por la amaxofobia: tras de oir durante años que el automóvil convierte al conductor en un ser agresivo (lo cual es cierto en bastantes casos), ahora resulta que un tercio de los conductores lo que tiene es miedo a conducir; al menos en la Comunidad de Madrid, donde se ha realizado el estudio.
Entre 1.502 encuestados, 501 (justo un tercio) reconocen sufrir, en mayor o menor grado, esta patología; de ellos, el 64% son mujeres, lo que equivale a una de cada cinco conductoras. Para los hombres, la proporción se rebaja a uno de cada ocho. La gravedad oscila desde sentir miedo al conducir hasta el nivel incapacitante, que les impide ponerse al volante; este nivel afecta al 18% de dichos pacientes, y en doble proporción a las mujeres que a los hombres. ¿Cuándo se manifiestan los síntomas?: con climatología adversa (niebla, lluvia), de noche, en tráfico intenso (fin de semana, ciudades grandes), en vías desconocidas, en carretera más que en autovía o autopista, llevando pasajeros (sobre todo niños), conduciendo un coche prestado y, muy especialmente, por el modo de conducir de los demás. O sea, exactamente igual que el conductor novato.
¿Y a qué lo atribuyen los propios afectados? Según lo anterior, lo lógico sería que a su pésimo nivel de conducción respecto al nivel medio (que tampoco es para tirar cohetes, añado yo); pues no, señor. Los hombres lo achacan a disminución de capacidades físicas, bien sea por la edad (sobre todo si no han conducido bien ni de jóvenes, afirmo, o empezaron ya mayores) o por el alcohol (por lo visto, a los amaxofóbicos este último no les produce la euforia que se asocia con el beber, sino justo lo contrario), o bien al hecho de haber presenciado o sufrido un accidente. En el caso de la mujer, esto último también afecta, pero sobre todo influye sentir una baja autoestima al ser criticadas por parte de los que consideran familiares dominantes (es decir, la que no da pie con bola al volante, y se lo dicen de modo más bien poco diplomático).
Mal está, aunque sea comprensible, que los afectados no citen como concausa digna de mención el reconocimiento de su casi nula habilidad a los mandos de un coche; de hacerlo, el paso siguiente sería acudir a un cursillo de perfeccionamiento. Pero peor aún es que, según la psicóloga autora del informe, la solución sea (¡naturalmente!) un tratamiento psicológico, y para nada se cite una mejora de la técnica de conducción. O sea que se les tumba en un diván, se les convence de que ya son Fernando Alonso, y se les vuelve a lanzar en pleno tráfico. ¡Pues qué bien! Pregunta final: ¿cuántos de ellos son de los que van dando luces y agitando las manos contra el resto de conductores que conducen con algo más de soltura?”

Amaxofobia

¿Un poco duro mi alegato? No lo creo; lo que ocurre es que el informe va por la senda de lo psicológico y yo, sin despreciarlo, no olvido lo más básico: lo que ocurre en el asfalto, que es lo que salpica al resto de usuarios de la vía. Me resultaba incomprensible, al leer el primer informe, que un cierto porcentaje de mujeres se sintiesen afectadas por las críticas de sus familiares respecto a su bajo nivel de conducción, pero no por dicho bajo nivel, para intentar superarlo. Del mismo modo que la realizadora del informe lo arregla todo sugestionando a los pacientes para que vuelvan a lanzarse al asfalto, para que a los primeros 500 metros se les reproduzcan los mismos síntomas; porque si no hemos quitado la causa básica y original (bajo nivel de conducción) malamente podrán sentirse a gusto en el tráfico.

Pero ahora nos llega la segunda parte del estudio, consistente en un análisis sobre un grupo de 30 personas que padecen amaxofobia: de las 30, 27 son mujeres y 3 hombres. Hay muchas más mujeres, y este dato encaja con el estudio estadístico de 2005. La media de edad era de 42 años; la media de años con permiso de conducir era de 17; y 13 años de media es el tiempo que las personas reconocen llevar sufriendo amaxofobia. De las 30 personas, 17 conducen de forma más o menos esporádica o por recorridos conocidos y siempre los mismos, o con limitaciones como no conducir por autopista o autovía (¿pero no era al revés?); otros 13 no conducen en ninguna ocasión.

Seguiremos por el acotamiento del tipo de personas que sufren esta dolencia. Básicamente hay dos grupos:

a) Personas que lo que sufren es un estrés postraumático, es decir, que han tenido un accidente, o lo han presenciado, o alguien de su familia o una persona muy allegada, ha tenido uno grave, incluso con muerte.
b) Personas que tienen la fobia a causa de sus rasgos específicos de personalidad, su manera de afrontar el estrés y de resolver los conflictos.

Hay un rasgo común para a) y b): en todos los casos de las personas encuestadas, hay un patrón de conducta temerosa aprendido en familia, desde pequeños. Es decir, en todos los casos, los padres o los hermanos, aunque generalmente las madres, son o han sido personas miedosas, con fobias diversas, lanzando mensajes de “cuidado, riesgo, peligro, etc”, con un umbral de preocupación y de anticipación de futuro en negativo.

Se ha encontrado un dato relevante, y es que 25 de las 30 personas reconocen que en su familia hay patrones de miedos y fobias, y que algunos parientes también sufren amaxofobia o fobia a otras situaciones (tormentas, vértigo a las alturas, agorafobia, claustrofobia, fobia a las ratas, a las serpientes, a las cucarachas, a los perros, a volar, miedo a ahogarse, a los ascensores, etc). Además, 25 de las 30 personas sufren fobia en otras circunstancias de la vida cotidiana; reconocen tener, además de amaxofobia, alguna o varias de las fobias antes enumeradas.

En cuanto a ciertos rasgos de personalidad, las definiciones más habituales, que ellos mismos han elegido para sí, han sido: personas muy precisas, detallistas, minuciosas, responsables y autoexigentes, a las que les gusta tenerlo “todo controlado” (en ocasiones les cuesta delegar). Así mismo, en general es una fobia que suelen padecer personas que antes de conducir no les gustaba o les resultaba indiferente el hacerlo, y menos las personas a las que les gustaba mucho conducir, aunque también hay casos de estos. A la mayoría de los 30 encuestados, antes de sufrir este miedo, les resultaba indiferente conducir o no les gustaba; sólo 4 personas comentan que les gustaba mucho.

Y llegamos a las conclusiones del informe: el objetivo es comprender y encontrar denominadores comunes en las personas que sufren miedo a conducir, entenderlo mejor, tratarlo correctamente y ayudar a prevenirlo. Al igual que otras fobias, la amaxofobia también se puede tratar y superar: con el tratamiento adecuado por parte de un psicólogo especializado en fobias, estas personas pueden volver a conducir en poco tiempo. Otros consejos básicos para superar este miedo son: ponerse en manos de un profesor de autoescuela o de familiares para ganar confianza en la conducción, y solicitar tratamiento psicológico cuando se sufre un accidente. Recibir la ayuda conveniente para superar el estrés postraumático cuando se ha sufrido, presenciado o perdido a un ser querido en un accidente de tráfico, también contribuye a ganar la batalla a la amaxofobia.

Amaxofobia. Miedo a conducir

Es más que evidente que, en este como en tantos otros casos, cada cual tira para su lado, y que tanto el primer como el segundo informe de Mapfre está realizado por psicólogos, que no sólo creen que la solución a la amaxofobia se alcanza por métodos casi exclusivamente psicológicos, sino que también parecen creer que conducir es algo innato para el ser humano, que todo el mundo conduce igual, y que las dos únicas causas del trauma del que estamos hablando se debe a la impresión por un accidente propio o ajeno o bien al influjo de una familia con más traumas de los que salen en las películas de Cronenberg o Greenaway, de Bigas Luna o de Almodóvar. Pero como yo soy del otro lado, es decir, del asiento del conductor y no del diván del psicoanalista, voy a arrimar el ascua a mi sardina, y señalaré unas serie de lo que me parecen incoherencias, tanto en los informes como en las posturas declaradas por los encuestados; y ello, al margen de lo que ya comenté en mi columna de “Automóvil”, y que no voy a repetir.

Nada que objetar a los dos tipos a) y b) de potenciales “clientes” de la amaxofobia; pero me sigue faltando un dato importante: ¿cuántos de esos 30 (o del colectivo entero nacional) eran buenos y hábiles conductores antes de caer en la dolencia? Y digo buenos y hábiles, y no los cuatro que dicen que antes “les gustaba mucho” conducir; porque podría gustarles mucho pero ser unos auténticos “piernas” (o no; no se sabe). Pero creo que sería un dato a tener en cuenta, aunque su origen subjetivo no sería muy fiable. En cuanto al tipo de personalidad, a mí me tienen mis íntimos por preciso, detallista, minucioso y controlador; me cuesta delegar (soy de los que prefiere hacer que mandar hacer), y por ello mismo, prefiero conducir yo a que me lleven. La mayoría de los grandes pilotos son auténtico maniáticos, y sumamente controladores, pero ni ellos ni yo padecemos amaxofobia.

En cuanto a las conclusiones del informe, me asombra que uno de los objetivos sea ayudar a prevenir la dolencia, salvo que considere como tal ayuda lo de ir al psicólogo después de ver, sufrir o tener un accidente en la familia; yo he tenido ejemplos de los tres, y voy tirando, aunque no dudo que habrá gente a quien le venga bien. Pero lo que le vendría bien a todo el mundo, antes de eso, es haber aprendido a conducir bien, para no tener que ir ahora a ponerse de nuevo en manos del profesor de autoescuela (¿querría decir perfeccionamiento de conducción?) o de familiares sin más cualificación que la consanguinidad (¡qué peligro!); por lo visto, para enseñar a conducir cualquiera vale, al menos para un psicólogo.

Un auténtico contrasentido es que los amaxofóbicos sientan más miedo cuando viajan solos (luego conduciendo), pero a su vez una encuestada dice que el que conduzca otro “me libra de la responsabilidad de que pase algo y yo sea la culpable”. Luego cuando tienen que llevar a alguien que a su vez no conduce (no tiene permiso) tienen menos miedo porque ya van acompañados, lo cual equivale a sentir menos temor a ser responsables de un accidente, pese a llevar la vida de un inocente entre sus manos. Pues no lo entiendo; parece que alguien se ha trabucado al tabular la encuesta.

Pero lo mejor es la ingenua a la par que sincera expansión de otra encuestada: “Propongo que nos dejen llevar un cartel, como la “L” de los principiantes, para que los demás sepan y nos reconozcan como personas que conducimos con miedo, y nos respeten y nos dejen tranquilos”. Miedo debería darles a los que viesen semejante cartel, por si las moscas, porque la capacidad de maniobra de uno de estos conductores, en un momento critico, no parece que sea la más fiable, y pueden salir por los cerros de Úbeda. O sea que lo que la buena señora pretende es que circulemos todos dejándole libres unos tres o cuatro metros a lo ancho por cada lado, y unos quince a veinte por delante y detrás, para “dejarle tranquila”. Y eso en plena hora punta; ¿no es pedir demasiado? Y a eso llama respetarles; pero de respetar ella el razonable desenvolvimiento del tráfico de todo el resto de usuarios de la vía, ni palabra; y si tienen que tardar más, para dejarle libre su “crisálida” de tranquilidad, pues que tarden, y asunto resuelto.

Y para cerrar, un aspecto colateral siempre candente, sobre el cual ya tuvimos un interesante coloquio hace algo más de un año: ¿conducen mejor las mujeres que los hombres? A juzgar por los síntomas, los amaxofóbicos manifiestan algunas de las características que habitualmente se asocian con un conductor prudente, por más que por dentro ellos lo vayan pasando fatal. Pero para los que somos el núcleo principal de conductores, sin necesidad siquiera de tener un alto nivel de manejo, su sintomatología coincide punto por punto con la un novato irresoluto y atemorizado; ¿esto es ser un buen conductor? Y el hecho de que el número de amaxofóbicas sea porcentualmente el doble que el de sus equivalentes masculinos (y ello, pese a que todavía actualmente hay más carnés de conducir en manos de hombres que de mujeres) me parece un dato a tener muy en cuenta. En cualquier caso, lo que sí indicaría es que ellas son capaces de reconocer sus carencias con mayor sinceridad de lo que nosotros lo hacemos; en cuanto a lo ponerles el adecuado remedio, parece que ni con los psicólogos nos ponemos de acuerdo.

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